PRÓLOGO
Estaba sollozando, la cara hundida en sus rodillas dobladas, pero no podía ser mucho mayor que mis trece años.
El ceño de mi padre se frunció aún más.
—Porque yo te lo he dicho. Porque es hora que te hagas un hombre. Porque hay que domar a esta chica antes de venderla.
Una oleada de náuseas me golpeó.
Mi madre me había mantenido lo más lejos posible de los negocios de mi padre, demasiado asustada en quién me convertiría, en una réplica de él.
Infiel, inmoral, malvado.
Pero ella había muerto hacía un año y ahora yo estaba a su merced.
¿Cuántas veces había querido decirle la verdad a Luca?
Mi amigo, a pesar de ser el hijo de un hombre de baja estofa y él de la realeza mafiosa, pero ¿entonces qué?
Tendría la muerte de mi padre y la de todos sus hombres sobre mi conciencia, ¿y si le hubiera permitido lo que hizo?
Yo sería el traidor y ¿qué me harían?
No era más que un niño, un cobarde, nada más que un lacayo de su padre.
Volví a mirar a la chica.
Me miró a través de su cortina de rubios cabellos, sus ojos azules llenos de lágrimas y pavor.
—No quiero.
Mi padre me dio un puñetazo y sentí la sangre en la boca mientras caía pesadamente al suelo.
—Muy bien entonces, ella tendrá que agradecerte por lo que pasará. Te quedarás a mirar. —Pulsó un botón y entraron tres hombres de mi padre.
El primero era un hombre de metro noventa y más de ciento treinta kilos al que llamaban El Monstruo.
Contempló a la chica con una mirada enfermiza en los ojos.
—Estos tres o tú. Elige.
La chica levantó la vista y palideció antes de volverse hacia mí, con ojos casi suplicantes.
¿Cómo pudo esta pobre chica rogarme que le hiciera daño?
Suspiré derrotado.
—Yo lo haré.
Mi padre me puso la mano en el hombro.
—Sabía que, harías lo correcto, hijo.
Me acerqué a la chica y la desnudé mientras lloraba, con la mano temblorosa bajo el escrutinio de mi padre.
Qué manera de perder la virginidad para esta pobre chica.
Yo había perdido la mía hacía un par de meses, el día de mi decimotercer cumpleaños, con una prostituta que me doblaba la edad.
No de la forma que yo quería, pero nada que ver con lo que esa pobre chica estaba a punto de sufrir.
—Todo saldrá bien —le susurré, esperando que mi padre estuviera demasiado lejos para oírlo y no tomara esto por amabilidad o debilidad que ambos pagaríamos—. ¿Cómo te llamas?
—Emily —sollozó mientras tiraba de ella hacia la cama y me bajaba los pantalones, intentando bloquear todo lo que nos rodeaba, los sádicos ojos de mi padre y lo que le estaba haciendo.
Cerré los ojos y la penetré lo más suavemente que pude, tratando de hacer menos la pesadilla que debía de ser para ella, y mientras la penetraba, sus sollozos se convirtieron en lamentos y, al robarle su inocencia, sentí que lo poco que me quedaba también se desvanecía.
Fue el día en que perdí mi alma y parte de mi humanidad...
Y eso solo fue el principio de mi infierno.