Una emboscada fatidica
Masticaba mi chicle lentamente mientras el convoy avanzaba.
Estábamos en mitad de una ofensiva. Los del sur nos comían terreno sin tregua, y no podíamos permitir que pasaran la trinchera 5. Si lo lograban, en menos de tres días llegarían a la ciudad y se formaría un caos con civiles heridos, capturados o algo peor, fallecidos.
Saqué un medallón que llevaba al cuello, lo abrí y observé la foto de una chica morena.
—¿Quién es? —preguntó una chica sentada a mi lado.
Me giré para mirarla brevemente, cerré el medallón y lo guardé antes de cerrar los ojos.
Ella sonrió tímidamente y no volvió a hablarme. Se levantó y se sentó junto al chico que estaba frente a mí.
—¿Qué le pasa a ese? —susurró al chico, señalándome.
El joven la miró con seriedad.
—Es Derek Smith, el mejor tirador a larga distancia. Siempre mastica su chicle, mira su medallón y cierra los ojos hasta que llegamos al destino. Cada vez que él está en una misión, el éxito está asegurado. Puedes estar tranquila —respondió en voz baja.
El camión se detuvo de golpe. Cuando intentaron levantarse, levanté la mano indicando que esperaran. Descendí y observé el camino: un tronco bloqueaba la ruta. Seguramente era una trampa enemiga, pero no podía asegurarlo del todo ya que hace unos días hubo rachas de viento muy grandes
El capitán del convoy, nervioso, corrió hacia mí.
—Derek, esto pinta mal. Estamos en un llano, si nos atacan, no tenemos escapatoria.
Miré alrededor buscando terreno elevado. Por desgracia no había nada.
—Prepara las ametralladoras. Necesito que algunos soldados comiencen a cortar el tronco; es imposible moverlo —ordené.
Asintió y corrió a transmitir las órdenes. Volví a mi camión, tomé mi arma y salí para cubrir a los hombres.
—Camino despejado. Solo un tronco derribado por el viento —informó el capitán por radio.
Negué con la cabeza.
—No encaja...
Antes de que pudiera terminar, aparecieron cinco enemigos. Un silbido agudo lo confirmó.
—¡Emboscada! —grité.
El caos estalló. Disparos por todas partes. Un cohete fue lanzado hacia nuestra posición. La chica que pregunto sobre el medallón me empujó al suelo, cubriéndome. El camión cercano explotó, y un pitido ensordecedor me dejó aturdido. La vi levantarse, a pesar de la conmoción, y disparar para defender al pelotón. Intenté enfocarme, pero el pitido no me dejaba pensar.
Por suerte helicópteros llegaron, militares descendieron disparando y evacuando heridos. Entonces perdí el conocimiento.
Desperté en el hospital.
—Me alegra que estés bien —dijo la chica, sentada a mi lado.
Antes de que pudiera responder, se desplomó. Alarmado, llamé a los médicos.
—Tranquilo, Derek. Es agotamiento. Estará bien —aseguró un médico mientras la trasladaban a una cama.
Fui sometido a pruebas médicas, pues aquella explosión podía haberme creado alguna secuela. Afortunadamente, mis heridas eran superficiales, pero había algo que necesitaba hacer antes de marcharme.
Volví a la habitación donde la chica descansaba, no pude estar mucho tiempo ya que un chico me miro mal y tuve que marcharme para no causar ninguna molestia. Sali y sin pensarlo 2 veces volví al cuartel, directo al despacho del general.
—¡Diez bajas y veintiún heridos no es suerte! ¡Eran mis compañeros, mi mejor amigo! ¡Para ti son cifras, para mí son vidas! —le espeté.
El general, inmutable, replicó ante aquella falta de respeto:
—Serás trasladado al portaviones de la fragata 4 como capitán de los marines.
El anuncio me enfureció más, pero sabía que no podía enfrentarlo. Salí del despacho con un portazo.
En el portaviones, mi rutina se había transformado. Entre entrenamientos y misiones, intentaba olvidar lo ocurrido, aunque el recuerdo de mi amigo y la trampa seguían persiguiéndome.
Un día, mientras organizaba el entrenamiento aéreo, mi pasado volvió a alcanzarme. Una mujer irrumpió en mi camarote con dos guardias.
—Derek, dame lo mío y me largo. Sabes que gracias a mí estás aquí, lejos de las misiones suicidas.
Era mi madre, la mujer que me había abandonado de niño. Apreté los dientes y le entregué un sobre con dinero.
—Buen chico. Siempre has sido mi favorito, o al menos el único que me queda —se burló antes de marcharse.
Golpeé la pared con rabia, rompiéndome un dedo. A pesar del dolor, me dirigí a la enfermería y luego a la pista de vuelo para supervisar a mi pelotón. La disciplina y el liderazgo eran mi única forma de mantenerme enfocado.
En cada misión, dejaba todo atrás. Volaba en mi caza con precisión letal, llevando al límite cada habilidad que había perfeccionado con los años.
Pero en el fondo, sabía que no importaba cuántas trincheras conquistáramos o enemigos derribáramos: las cicatrices del pasado seguían grabadas en mi alma.