Prólogo. La bruja
La peor parte de ser quemada en la hoguera no son las llamas, por increíble que parezca. El calor es soportable, al menos al principio, pero si no han usado aceites o resinas para precipitar el final, el fuego es lento, inexorable, cierto, pero lento; y el tiempo pasa con parsimonia hasta que el calor aumenta hasta ser insoportable. Esos son muchos minutos hasta que llega a ti, prende tu saya y comienza a consumir tu cuerpo. Es sorprendente lo fácilmente que prende la carne humana, pero para entonces, si tienes suerte, ya estás muerta.
Tampoco es el humo, aunque es lo que probablemente te matará primero, asfixiada mientras temes el calor que calcinará tu cuerpo. El humo aumenta y se arremolina a tu alrededor en pequeñas volutas que van creciendo y pegándose a tus pulmones como melaza, provocando espasmos en los mismos, dolorosos y continuos, hasta que llega el desmayo y la hipoxia.
Podría ser el temor al dolor, o el lento paseo hacia el cadalso que es de por sí una tortura. Los gritos de excitación de los espectadores que se mezclan con los insultos a tu persona, las hortalizas podridas que te aciertan como guijarros, lanzadas por manos de aquellos a los que has ayudado en el pasado, con los que has convivido y has reído toda tu vida. Las cuerdas que atan tus manos y pies te mantienen gacha, y casi lo agradeces, por no ver todos esos rostros clamando tu muerte como si fuera la mayor alegría que pudieran concebir. El odio que lees en sus ojos podría ser la peor parte, sin duda. Pero no es así para mí.
Cuando tenía seis años, vi mi primera ejecución pública. Me había escapado de las lecciones de mi madre y perdido en el río de gente que inundaba la plaza. No había visto nunca tantas personas juntas, ni si quiera en los días de mercado. Podría parecer un día de fiesta, si no fuera por la hoguera que esperaba a su protagonista y la tensión creciente que se expandía como una ola entre los presentes.
Recuerdo cada detalle de cómo quemaron ese día a Jimena, la panadera, acusada de brujería por mezclar extrañas hierbas en su repostería. Cuando el pequeño de los Pérez cayó enfermo, los padres la acusaron ante las autoridades eclesiásticas y tras un proceso rápido, fue condenada por herejía. Murió sofocada por el humo, entre toses, antes de que las llamas tuvieran la oportunidad de lamerle los pies. En ningún momento dejó de gritar su inocencia, a quien quisiera escucharla. Pero nadie lo hizo, ni siquiera su marido ni ninguno de sus tres hijos mayores. Solo la bebé berreaba, con la cara roja y las lágrimas empapando su saya, pero a ella tampoco la escucharon.
Pensé que a mí nunca me ocurriría. Mucho me había cuidado todos estos años de que nadie me viera hacer algo sospechoso. Podía ser una chica extraña, pero eso no había sido un problema hasta la llegada del padre Antonio.
No, lo peor no es el fuego, ni el humo, ni el dolor de la tortura, la traición de tus vecinos o la humillación.
Lo peor, es saber que Manaos seguirá esperándome en el Rincón, sin imaginar que he sido quemada por bruja.









