Capítulo uno: Aeron Bracken.
TW: Contenido sexual explícito entre mayores de edad. Violencia explícita. Lenguaje vulgar.
Historia situada durante la Batalla del Molino Ardiente, pov de Aeron. Serán dos capítulos.
Historia Omegaverse Aeron Omega × Davos Alfa.
Eso, ojalá les guste, ya quería hace mucho escribirles algo a estos dos.
***
Aeron no inició la batalla, pero Davos definitivamente quiso terminarla. Davos estaba muy cerca. Muy cerca. Muy sonriente. El hombre definitivamente podría sonreír incluso mientras lo apuñalaban.
Definitivamente lo iba a apuñalar, porque lo primero que el maldito hizo antes de que estallara la batalla fue morderlo.
En Poniente, en una batalla, todos pelean, porque no se sesga por casta, se sesga por género y fortaleza. Aeron evidenció su valía y por eso fue nombrado caballero. Un Omega caballero con una gran espada y valentía. Olía a manzanilla y romero, y por eso solían molestarlo. No por ser Omega, sino porque olía a infusiones para el dolor de estómago.
Los idiotas de su escuadra eran unos cabrones. Pero ninguno jamás sería peor que Davos Blackwood. O que cualquier Blackwood.
"¿Por qué los odiamos?" preguntó una vez. Su tío no supo responder al principio.
"Porque los Blackwood son pestes. Los Blackwood son escoria." Dijo. "Hay que matar a los Blackwood. Así son las cosas, son nuestro enemigos".
Así eran las cosas. Odiaban a los Blackwood porque así debía ser hasta el fin de sus casas. Era una enemistad heredada que Aeron no comprendía pero no cuestionaba.
Hay que matar a los Blackwood.
Así son las cosas.
No iba a amedrentarse frente a un Blackwood. No frente a ese, por más Alfa y loco que fuese.
Pero Davos no buscaba asustarlo cuando se acercó a él hablando pestes sobre el rey Aegon. Buscaba acortar la distancia.
Cuando solo los separaban unos centímetros, lo escuchó inhalando. Lo vio sonreír.
Tenía la misma sonrisa desde los siete años, cuando su tío lo llevaba a las reuniones con el consejo y el niño Blackwood estaba ahí. La primera vez que lo vio, Davos tiró de su cabello y los guardias tuvieron que separarlos cuando los dos terminaron peleando entre gruñidos. Se rieron de las escaramuzas de niños, no tomaron importancia.
Siempre terminaban irremediablemente juntos, Davos lo molestaba y Aeron respondía. Siempre juntos. Siempre se encontraban. No podían hacer más que pelear, al menos de esa manera saciaba su deseo por cercanía.
La segunda vez Aeron lo mordió. La tercera los dos rodaron por el pasto fuera del castillo, y esa vez no necesitaron solo a los guardias sino que a sus propias familias porque terminaron sacando sus dagas para hacerse daño real.
Cada vez que estaban los dos, la tensión se volvía vibrante y ruidosa.
—Así como tú no eres un verdadero caballero —dijo.
El dolor estalló en su costado cuando los colmillos del Alfa se incrustaron con furia en su cuello. Fue repentino, explosivo, abrasador, doloroso. No fue una intención de marcar, sólo quería hacer daño. Quizás incluso desgarrar su yugular ahí mismo.
Se apartó entre gritos de ambos grupos regalando un puñetazo bestial al perpetrador. Su cuello palpitaba. La sangre mojaba su ropa y ensuciaba la boca de Davos Blackwood. Lo vio relamiendo sus labios, quitando las gotas rojizas. Casi pudo verlo saboreándolas.
—Omega. . . —observó—. Un maldito Omega.
Hay que matar a los Blackwood.
Así son las cosas.
Aeron solo quería matar a uno. Al que se reía de él. Al que lo llamó "pequeña puta" como si hubiese podido adivinar su casta por encima de las colonias y ungüentos que usaba para cubrirse. Aeron no escondía su casta. No de su gente, sino del resto. Si iba a morir, lo haría como guerrero, no como Omega. Pero Davos ahora lo sabía, quizás por eso lo había mordido. Quizás siempre lo supo.
Le daba igual, quería matar a Davos Blackwood desde que tiró de su pelo a los siete años.
Su espada brilló cuando la desenvainó y apuntó con ella al pecho de Davos.
—No te atreverías.
Malditamente iba a sacarle el corazón.
Davos avanzó un paso, apretándose contra la punta de su espada. Él no tenía una, tenía una daga. Su arma provocó un chillido escalofriante cuando deslizó el lado sin filo por la hoja de su espada. Se descubrió pasando saliva ante el aroma anegante que inundó su espacio; madera de pino quemada. Apretó el mango con más fuerza, lo alejó y arremetió contra él. Contra esa sonrisa desquiciada y ojos diabólicos.
Después de eso los historiadores relatarían la Batalla del Molino como una de las más sangrientas de la danza. Pero no sucedería sino dos días después, cuando la pelea se volvió inevitable y entonces todos los hombres de las tierras se lanzaron a una muerte por la victoria. Aeron entre ellos.
Su espada desgarraba carne, cercenaba y asesinaba. Recibía berridos agónicos, sacaba chillidos y los escuchaba de otros. Sus músculos ardían. Su nariz quemaba. Por todos lados hombres morían, caían chorreando sangre y sosteniendo sus intestinos, con cortes en la garganta o directamente decapitados. Sin brazos. Sin piernas. Sin cara.
Aeron ya no veía caras, solo rojo.
Hay que matar a los Blackwood.
Así son las cosas.
Y mataba y mataba. Él mismo jadeaba e ignoraba sus propias heridas. Tenía una en la espalda, en el brazo y piernas. En la cara, sentía la tibieza del sudor mezclándose con su sangre y provocando un ardor desagradable. Su labio inferior estaba partido y todo su cuerpo palpitaba por los golpes. Directos o indirectos recibía muchos. Con manos y cabeza, codos, empuñaduras de espada, escudos.
Los insultos eran lo único que ensordecía el ambiente. No habían nombres, solo Blackwood y Bracken. Así que las atroces vulgaridades iban hacia todos y hacia ninguno. Hacia el aire que todos respiraban. Y hacia los que ya no.
Aeron no llevaba la cuenta de la cantidad de personas que había matado. Le daba igual, no lo hacía por placer. Lo hacía por deber. Tenía un deber y un juramento hacia su Casa. Pelear y morir por ella. Así que eso haría.
Daba igual, todo daba igual, todo era una mezcolanza de sangre, destrucción y muerte.
Y madera quemada.
Madera de pino.
De pronto no era su apellido el foco de insultos. Sino su nombre.
—¡Aeron! —una voz rugió—. ¡Aeron puto Bracken! ¡Ven acá, hijo de perra!
Por un segundo todo se detuvo.
Aeron debió voltear y enfrentar la cara del hombre por el que comenzó esa batalla. La herida aún hinchada y brutal que recorría su mejilla, desde el pómulo hasta la ceja. No le quitó el ojo, por desgracia, pero eso no le impidió burlarse.
"—No es una pérdida, tu cara ya era un asco".
Se necesitó de todos sus acompañantes para arrastrarlo hasta su territorio, y lo último que vio fue como hacían lo mismo con Davos mientras él juraba venganza. La cascada de sangre que caía de su cara no mitigó el aroma a furia que destilaba.
Y ahora estaba ahí. Corría en su dirección con la locura brillando en sus pupilas dilatadas. La sangre apelmazaba su cabello azabache y ensuciaba su cara. Asesinaba a cualquiera que se le pasase por delante. Quizás él solo veía amarillo. O quizás solo lo veía a él y a su venganza, porque su sonrisa era diabólica y sus ojos estaban fijos, clavados en Aeron.
Recibió el primer impacto de su espada ignorando el palpitante dolor en sus palmas. Después el segundo, y el tercero. Davos erró uno y tuvo su chance para asestar un corte limpio y certero contra su cuello. Una muerte rápida.
Hay que matar a los Blackwood.
Así son las cosas.
Salvo que Davos alcanzó a atrapar la hoja con su mano enguantada, la detuvo en el aire y después la impulsó lejos de la zona vulnerable mientras conectaba una patada paralizante contra su abdomen.
—Una espada pequeña para una pequeña puta —él siseó, terminando por tumbarlo de otro golpe con la empuñadura de su espada al costado de su cabeza.
El dolor provocó titileos de luz. Vio doble y luego borroso, y, en medio de su visión atontada, percibió al hombre alzando la espada para rematarlo. Aeron exhaló algo desesperado, guiado por el terror de morir alcanzó a extraer su daga y asignar un tajo en su pierna. Davos gritó, Aeron rodó lejos. Vivo. Se puso de pie ignorando las volteretas nauseabundas que dio su visión, y exhaló.
—Es equilibrada a mi tamaño —escupió, limpiando la sangre de uno de sus ojos—, no puedes decir lo mismo.
Paladeó la furia de Davos cuando pasó de la hoja de acero a su entrepierna.
—Mucha espada para tan poco hombre.
Detuvo su ataque y se enzarzaron en una nueva revuelta. A su alrededor la batalla seguía. Los cuerpos caían. La gente moría. No tenía idea de quién estaba ganando. Lo que sucediera después, no se sentiría como una victoria con tantos muertos ensuciando el claro. La sangre derramada no sería jamás una victoria.
Salvo si era la sangre de ese Alfa. Cada herida evocaba un profundo regocijo en su cuerpo magullado.
Aeron recibió un golpe en la espalda y otro más en el hombro, lo suficientemente brutal como para arrancar la espada de sus manos. Al voltear, tuvo que enfrentarse a un segundo Blackwood antes de que este rebanase su cabeza. Era grande. Más grande que Davos. Peleaba con un gran martillo sucio por sangre y vísceras, que alzó en su dirección mientras lanzaba un escabroso grito de guerra. Aeron vio su muerte, incapaz de retroceder por Davos e incapaz de avanzar para esquivar el martillo.
Sirvió bien. Mató a muchos. No era una muerte indigna.
Salvo que no murió.
Un tirón repentino en el cuello de su ropa, y parte de su cabello, lo impulsó hacia atrás con rapidez. El gran martillo rozó su nariz y destrozó la tierra donde antes estaba él. Aeron cayó al suelo de espaldas viendo la cara sorprendida del hombre. Pero no lo miraba a él, sino a Davos, que aún sostenía su ropa y tironeaba de ella.
—Él no—gruñó—. Es mío.
El hombretón se encogió de hombros y siguió peleando. Davos aún tiraba de su ropa. Lo vio cambiar el ángulo de su espada mientras le regalaba una última sonrisa cruel y alzaba la punta en su dirección. Aeron rasguñó el suelo buscando algo, lo que sea. Levantó la mirada y se enfrentó a la profunda oscuridad que eran sus ojos. Lo vio parpadear, Aeron juraría que, por un solo segundo, él dudó. El arma en sus dedos tembló. Entonces Davos volvió a alzarla.
Aeeon no dio dio con nada que pudiese salvarlo, así que cuando la espada estuvo lo suficientemente cerca imitó a Davos y la agarró con sus dos manos cubiertas por guantes, desviandola sin poder evitar un corte en su propia mejilla.
El arma se encajó en el suelo y aprovechó esa distracción para rodearse con su brazo y tumbarlo también.
Descubrió muy tarde que no había más suelo, sino una pendiente pronunciada producto de la geografía del espacio, la punta roma de una colina, por la que Davos rodó, no sin llevarse a Aeron consigo. Sintió sus manos agarrándose a su ropa mientras ambos caían entre golpes por la colina. Rodaban y gruñían, los puñetazos volaban, las patadas. Eran una masa rabiosa y enardecida incapaz de soltarse mientras se deslizaban hasta el final de la colina. Era más alta de lo que esperaban. Y la mayoría de los gritos se quedaron arriba.
Aeron veían doble y quería vomitar cuando lograron detener los giros y apartarse entre jadeos. Su tobillo se había torcido en la caída y palpitaba de una manera agónica. Al menos Davos estaba igual y eso le regaló unos segundos para recomponerse y tragar la bilis antes de escucharlo gritar mientras arremetía contra su cuerpo.
Los dos cayeron al suelo. Aeron se lo quitó de una patada y se apartó buscando armas en el suelo, la más cercana estaba atada a un cadáver Bracken que probablemente rodó al igual que ellos. Habían cadáveres, muchos, gente viva no. Los vivos peleaban arriba, sobre la colina. La suya quedó arriba. La de Davos igual, pero el maldito tenía una daga que desenvainó frente a él.
—Si suplicas piedad ahora podría darte una muerte rápida —él dijo, avanzando un paso tentativo.
—¿Y si no?
Davos respiró de manera ruidosa, lo señaló y luego el final de la colina, donde aún podía escucharse la batalla.
—Tus gritos van a llegar hasta allá arriba.
Mostró los dientes, Davos gruñó por igual, se movió otro paso y Aeron retrocedió.
—No dejaste que me mataran —dijo, regalándose otro paso hacia el cadáver armado.
—Ese será mi placer —Davos observó—. Quedarme tu último aliento. Lo deseo desde hace muchos años.
—Estaba distraído, podrías haberlo hecho.
—Quiero que me veas cuando lo haga.
Un paso más.
Aeron estaba aprovechando esa charla para descansar un poco, respirar. Davos hacía lo mismo, porque podía ver sus hombros subiendo y bajando por cada exhalación superficial. Estaba cubierto de sangre y cojeaba por el corte que él mismo le hizo en la pierna. El corte en su rostro también sangraba, pero Aeron no podía estar mejor en cuanto a heridas. Su propia cara estaba arañada por la espada en más de un sector. Brazos y piernas por igual. Le dolía respirar por el golpe del hombre del martillo y al hacerlo, todo lo que procesaba era la madera quemada de Davos demasiado cerca y demasiado peligroso.
Por el rabillo del ojo apreció la espada brillante del cadáver.
—Inténtalo —Davos indicó, señalando el arma—. Veamos quién es más rápido.
Se volteó escuchando los pasos a sus espaldas, y se lanzó por la espada, levantándola justo cuando la daga iba a golpear su costado. Desvió el golpe y asestó un tajo en su muñeca que logró hacerle botar la daga. Después le regaló una patada que terminó por tumbarlo. Levantó la espada para acabar finalmente con la pelea, cuando pudo ver a Davos soltando una risa desquiciada.
—¡Quieto!
Aeron se detuvo, desviando el golpe fatal por milímetros.
Su voz fue un azote a sus nervios, un golpe a su cabeza y una quemadura a su orgullo. Dolió. Ardió. Vibró en su sistema. Le sacó un jadeo y solo pudo moverse dos segundos después, cuando Davos ya se había logrado arrastrar lejos. Todo en él tembló. El sudor caía por su frente y nuca, pegando su cabello a su piel húmeda. Un calor involuntario escaló por su columna y paralizó momentáneamente su sistema.
De pronto Davos olía demasiado a Davos y muy poco a sangre y fango.
—No tienes honor —increpó, deteniendo un golpe con la espada—. Basura traidora.
—¿Te puse caliente?
Lanzó un nuevo corte, Davos lo esquivó. Lo escuchó reír.
—Te voy a matar —juró.
Davos consiguió desarmarlo después de torcer su muñeca en un movimiento sucio, pero alcanzó a atrapar su mano, deteniendo la daga a centímetros de su rostro. Davos agarró la suya por igual, deteniéndolos solo para apreciar la lucha de fuerza. Sus ojos brillaban, lo miraban a él, no a la daga. Estaba cerca, podía respirar de su aliento y saborear la mezcolanza de feromonas envolviéndolo. Madera quemada con algo curiosamente dulzón, savia quizás. Miel. Le daba igual.
No se movió cuando Davos inclinó la cabeza y chocó sus frentes, generando una nueva pelea de poder que Aeron podía sentirse perder porque no era más fuerte que él físicamente. Enseñó los colmillos a su oponente, y Davos respondió.
—¿Disfrutarás mi muerte? —Davos curoseó.
—La extenderé —prometió, señalando con los ojos la batalla en la colina—. Hasta allá se escucharán tus gritos.
Davos relamió su propia sonrisa.
—Encantador.
Entonces estampó sus bocas juntas con violencia, con maldad. Fue brutal y sorpresivo, Aeron no estaba preparado, no encontró su propia reacción en el repentino asalto. Sus dientes chocaron y Aeron no pudo no formular un sonidito de espanto ante el movimiento súbito, especialmente cuando fue consciente de la lengua bordeando sus labios, lamiéndolos. Era una extremidad tibia acariciando su piel lastimada, pero no hubo nada de amable en él, no era una caricia, era una quemadura. Y solo existía su cruel deseo por hacerlo enojar.
Se apartó justo a tiempo para verlo pasar el pulgar por su propio belfo y después lamerlo.
—Dulce —pronunció.
El calor envolvió su sistema. Rabia pura disuelta en sus venas que lo impulsó a embestirlo con todo su cuerpo mientras arrebataba la daga de su mano. Los dos cayeron, Davos golpeándose la cabeza y Aeron apretando la punta contra su cuello. Su peso inmovilizando el del Alfa.
—¡Te cortaré la lengua! —rugió.
Davos soltó una risa mezclada con una tos adolorida.
—¿Fue tu primer beso? —había burla en su voz, cruda y maliciosa—. ¿Tendré que casarme contigo por desvirgarte, Omega? Puedes devolvérmelo.
Apretó el filo con más intención, notándolo removiéndose bajo su peso.
—Morirás —prometió.
Davos finalmente expuso su cuello. Sintió sus manos sosteniendo sus pantorrillas, recorriendolas. Un único escalofrío escaló por su columna y erizó todo su cuerpo. Aeron estableció una mano en su cara para mantenerlo quieto, y la otra se mantuvo amenazando su vida con su propia daga.
—Hazlo —él dijo—. Quizás te sientas mejor cuando te folles a mi cadáver.
La repulsión fue evidente en sus facciones, Davos lo notó porque soltó una risa desdeñosa.
—¿No lo deseas? Mi polla seguirá dura incluso después, te lo aseguro.
—Eres un cerdo.
—Tengo razón.
Aeron no pudo hacer nada cuando Davos, para probar su punto, alzó sus caderas y un bulto impactante dio directo con su trasero. La mitad de su propio peso se vio alzada de paso, dejando en evidencia lo poco que su constitución significaba para Davos. La dureza dio directamente con su propia zona sensible, provocándole un escalofrío premonitorio de lo que podría haber sido ese golpe si no llevase ropa. Apretó la punta contra su cuello, sacando una única gota de sangre que al Alfa no pareció importarle.
¿Cómo podía calentarle esa situación? Estar al borde de la muerte, lastimado y golpeado, reducido sobre la tierra lodosa por un Omega enemigo.
Aeron podía oler el dulzor en sus feromonas, el calor de su cuerpo era evidente, tangible incluso sobre la ropa. La piel contra sus dedos ardían. Davos exudaba excitación. Emanaba deseo, puro y pastoso que hormigueaba en su nariz y cosquilleaba en su garganta. Pensó en su boca apretándose contra la suya, fue irremediablemente demasiado consciente del ligero saborcillo adherido a su paladar. Miel y madera quemada. Solo miel, dulce. Muy dulce.
—Hazlo —él urgió—. Mátame.
Se obligó parpadear en su dirección, notándose relamer sus propios labios para atrapar los remanentes azucarados.
—Venga, Omega, corta mi cuello.
Gruñó ante su sonrisa, Davos gruñó de vuelta. Sus colmillos eran más largos y visibles, blancos, brillantes. Estableció la daga como advertencia y se inclinó un poco más.
—Quieres morir porque no soportas la idea de estar duro por un Bracken —observó, delineando uno de los caninos con su pulgar bajo su mirada brillante.
—Mh, no te atribuyas una reacción natural —él espetó lamiendo su pulgar, el calor estalló en toda su mano, en su brazo y corrió por su columna erizando los vellos de su nuca—. Tú o cualquiera, estás sentado sobre mi polla.
—Estoy por cortar tu cuello.
—Sentado sobre mi polla —Davos repitió—. Caliente.
Aeron se permitió una risa desdeñosa, el cuchillo cortó una advertencia cuando lo sintió removiéndose; Davos no alegó ante el asalto.
—Tú no me calientas más de lo que cualquier cerdo lo haría —gruñó—. Eres basura Blackwood.
—Allá arriba, pero estamos acá, rodeados de cadáveres —Davos atrapó su pulgar entre sus dientes y mordió sin fuerza, provocando una explosión ardiente en su sistema—, lejos, ¿quién nos vería?
—¿Te excita morir?
—Los burdeles se llenan después de una batalla por una razón —Aeron no entendía, no frecuentaba burdeles. Aunque sí prefería acostarse con Omegas, así evitaba embarazos—. Pelear y follar nos hace hombres.
—Quizás deba cortar tu polla y dejarte vivo para que sufras por ello —observó, rozando la zona aún endurecida con su pelvis.
—Mátame ahora —Davos urgió—. O voy a joderte tan fuerte que olvidarás tu propio apellido.
—¿Tus últimas palabras?
Davos sonrió.
—Peleaste bien —él dijo—. Habría dado mi peso en oro por una noche contigo.
Ladró un insulto y lo observó tragar cuando el filo de su daga volvió a ser una presión mortal contra su cuello. Decidió que había sido un intercambio interesante, gracioso. Pero todo acaba, y dejar ir a Davos Blackwood sería igual que colocar la soga en su propio cuello y empujar el banquillo él mismo. Lo acusarían de traición. Moriría por permitirle vivir, y ni siquiera lo merecía.
Un cabron Blackwood, con la lengua sucia y las manos manchadas. Hizo todo para intentar matarlo y ahora moriría por ello. No se sentía mal. Y no dudaría en acabar con su vida. Era una vida más, la extendió un poco porque lo consideró adecuado.
Pero fue suficiente.
La noche caía con rapidez y la batalla aún no estaba definida. O Aeron pensaba eso.
Apretó el mango y trancó la mandíbula, obligándose a enfriar su sangre. No era lo mismo matar en una batalla que degollar a un hombre desarmado. Y Davos estaba ahí, exponiendo su cuello. Mirándolo. ¿Y si le tapaba los ojos? Quizás sería más sencillo. Cada vez que sus ojos se encontraban, Aeron sentía la mordida palpitar con vida propia, como si le advirtiese.
"No lo hagas."
Debía hacerlo.
Los Blackwood son pestes. Los Blackwood son escoria.
Hay que matar a los Blackwood.
Así son las cosas.
Volvió su atención a Davos, pero no pudo cortar su cuello. No porque no quisiera, sí quería, estaba seguro, sino que por el repentino choque que lo lanzó varios metros rodando por la hierba.
El golpe lo aturdió, pero fue capaz de escuchar el gruñido de Davos incluso desde la distancia. A su costado, un abanderado se ponía de pie con rapidez y corría sin siquiera mirar a quien chocó. Más personas pasaron a su lado, todos Bracken. Corriendo.
Huían. Se dispersaban.
Entre la multitud escapando, alcanzó a ver a Davos poniéndose de pie. Daga en mano. Lo vio buscando a través de la turba y cuando sus ojos se encontraron, Aeron entendió que lo buscaba a él. Había algo curiosamente tranquilizante ante la idea de no haberlo matado.
No se dio el privilegio de reír, en su lugar levantó pasto y tierra mientras se ponía de pie con rapidez y se abalanzaba hacia los árboles. Lejos. Si su gente huía, significaba que perdieron. Estaba solo ahora. Tendría que esconderse hasta llegar al Seto de Piedra.
—¡Bracken! —escuchó. Aeron no se detuvo a cerciorarse si era Davos gritando. Lo dudaba, la batalla había terminado.
Su tobillo lo relentizaba, lanzando corrientes de dolor latente y cada instante más tortuoso. Los golpes eran cadenas hundiéndolo en el suelo, la sangre caía de varias heridas y estaba cansado. Cansado y derrotado. Habían perdido. Eso atormentaba a cualquiera. Quizás podría haber marcado la diferencia si no hubiese estado tonteando con Davos Blackwood. Debió matarlo cuando tuvo la oportunidad.
Debió matarlo.
—¡Bracken!
Aeron no alcanzó a voltear cuando un cuerpo chocó contra el suyo y los impulsó a ambos al suelo. Rodaron, otra vez, Aeron no evitó un siseo por el dolor que azotó su cuerpo, pero no demoró en retorcerse como poseso para escapar de su atacante. Fue un enfrentamiento corto del que escapó con facilidad inmovilizando a su captor tras rodear su cuello con sus manos desnudas; entonces pudo apreciar el caótico cabello azabache de Davos. Su rostro lastimado. Su cuello herido. La ropa sucia por la mugre y el lodo.
Apretó su cuello más fuerte, apreciando el acelerado palpitar contra sus dedos, respirando las suaves motas de madera adecuadamente mezcladas con el ambiente. Miel, dulce y delicada, una caricia a sus sentidos adoloridos.
—Lo deseas —Davos musitó, sin hacer el ademán por escapar de sus dedos—. Tu gente escapó, no le debes lealtad a nadie.
Hay que matar a los Blackwood.
—¡Cállate, cállate! —vociferó—. ¿Eso esperabas al seguirme? Debería haberte rebanado el cuello cuando tuve la oportunidad.
Así son las cosas.
—Eres mío —él gruñó—. Te mordí. ¿Sabes cuánto deseaba hacerlo? ¿Por cuánto tiempo? Llevas mi marca.
—¡Así no funcionan las marcas! —gritó de vuelta, zarandeando su cuello.
—¡Te vi en las reuniones cuando teníamos ocho años! —él gritó, haciéndole arrugar el entrecejo—. ¡Eres mío!
Decidió que Davos estaba tan loco como una cabra, y que era un tormento a sus nervios.
—Solo yo puedo matarte, solo yo puedo lastimarte —Davos hizo el ademán por incorporarse, Aeron siseó una advertencia y lo golpeó otra vez contra el suelo—. Dime, dime que no sientes lo mismo, dime que no mueres cada vez que respirar cerca de mí. No puedes matarme.
—Sí puedo.
Sí lo hacía. Incluso ahora. Respiraba y todo era miel, miel y madera. Un abrazo cálido. Una brisa de primavera. Calor. Cariño.
—Mientes.
Mentía. Pero se arrancaría la lengua antes de admitirlo.
—Entonces mátame.
Hay que matar a los Blackwood.
Así son las cosas.
Debía matarlo. Debía. Matarlo. O lo mataría. Davos no dudaría. No era tan débil. Era un bastardo cruel y despiadado que lo había seguido hasta la espesura del bosque con tal de acabar con él. Estaba loco.
Inhaló. Saboreó la miel. Exhaló. Apretó más fuerte la piel, notando su respiración dificultosa. Apretó y apretó hasta notarlo entrecerrar los ojos y retorcerse bajo su cuerpo. No dejaba de mirarlo. Ojos negros, tan negros como el plumaje de un cuervo, fijos en él hasta que se perdieron en el cielo y luego se cerraron.
Solo cuando fue capaz de saber que podía ponerse de pie y establecer un metro de distancia, lo soltó. Lo escuchó toser y arañar el suelo absorbiendo aire con desesperación. Vivo. Aeron se permitió más pasos mientras retrocedía, siempre atento a sus movimientos torpes producto de la falta de aire.
—Una advertencia —dijo, viéndolo ponerse de pie con esfuerzo—. Puedo matarte cuando quiera.
—No puedes.
—No quise —corrigió.
Paladeó su rabia, no era tanta entre la amalgama de emociones diversas y mezcladas en el ambiente. Lo vio avanzar y se obligó a permanecer quieto, a no amedrentarse frente a la cercanía o la diferencia de altura. Se obligó a sostenerle la mirada y respirar del mismo aire cuando Davos estaba demasiado, demasiado cerca. Sus narices casi se podían rozar. Su propia tensión era palpable, todo en él gritaba porque corriese.
—Te quedaste sin armas —Davos observó, ladeando la cabeza. Pensó en su boca, en el beso que le había robado. En que sabía a miel y era dulce, demasiado dulce para alguien tan desagradable—, y sin ejército.
—Y tú sin cordura —gruñó—. No necesito un ejército para acabar contigo.
—¿Y después? Mi gente ya viene, rematando a los moribundos y tomando su botines, no serás capaz de llegar lejos —Aeron quería estrangular esa sonrisa petulante, ahogar el brillo malicioso en sus ojos brillantes—. Tienes más heridas que piel sana.
—Solo necesito llegar al Seto de Piedra, nos reagruparemos ahí.
Davos soltó una risa.
—¿El Seto de Piedra? —cuestionó—. Ya fue tomado, o lo será pronto. Ustedes perdieron.
Aeron necesitó unos segundos para asimilar la palidez enfermiza que se extendió por su propio rostro. Negó y Davos asintió.
—Mientes.
—Daemon Targaryen está allá ahora con el Guiverno Sanguíneo, aprovecharon que la mayor parte del ejército de tu tío está muriendo acá y se hicieron con el castillo de Humfrey —Aeron no estaba escuchando del todo, no por encima del ruido en su propia cabeza—. Si todo salió bien, se habrán rendido para la noche.
Ya era de noche.
Su casa había perdido.
Se sobresaltó cuando la mano de Davos atrapó su mandíbula y pronto él mismo sostuvo su muñeca. Fue un tironeo breve que terminó cediendo. Curiosamente no fue brusco, pero Aeron no podía hacer nada contra su propia furia aplastante. No cuando lo miró y no encontró su burla habitual, sino que una particular seriedad. Tragó. La miel y madera lo envolvían, lo apresaban, sus dedos quemaban contra su piel, su aliento cosquilleaba contra su rostro.
Hay que matar a los Blackwood.
Así son las cosas.
Pero ya no eran así. Perdieron, no una batalla, sino que la guerra. Quizás los dos reyes siguiesen disputándose Poniente, pero en lo que a los Bracken y Blackwood respectaba, habían perdido. Perdieron. Finalmente el tira y afloja se cortó y favoreció a una casa. No a la suya.
Si se rendirían, ¿qué le quedaba a él? Seguramente tendría que aliarse a los Blackwood, quizás sería enviado a la Guardia Nocturna, quizás lo dejarían como el juguete de los Alfas. Quizás no pasaría nada, se rindieron, ¿no? Sus tierras serían absorbidas por los Blackwood, pero no podían matar a tanta gente indiscriminadamente.
—¿Nos matarán? —cuestionó, sintiendo su pulgar acariciando su boca.
—Eso no sería inteligente —Davos musitó—. Los pondrán a construir, faltan manos para fabricar armas, y el Príncipe Heredero prohibió dañar a las mujeres y Omegas, se les asignará un trabajo, como a todos.
—Seremos esclavos de los Blackwood —soltó con amargura.
—La esclavitud no está permitida en Poniente —él dijo—. Serán vasallos.
—Peor.
Siseó a sus palabras, apretando su piel. Davos lo obligó a mantener el rostro quieto. Aeron situó la otra mano en su pecho, intentando establecer una distancia que Davos solo acortó más. Sus cuerpos estaban demasiado juntos, compartían calor. El aroma a sangre era espeso, igual que el lodo y las feromonas. Davos estaba tan sucio como él mismo repleto de heridas y moretones, posiblemente con fracturas, igual que él. Su tobillo apretaba cada segundo más dentro de su bota, anunciando su hinchazón producto de un esguince o fractura.
—No deseo la piedad de tu falsa reina —gruñó—. No deseo tú piedad.
—¿Qué deseas?
—Asesinarte.
Davos emitió una risita, contra el espacio silencioso sonó curiosamente melodiosa.
—Intenta de nuevo —él dijo.
Deseaba consumirlo, hacerle daño. Quería escucharlo enojado mientras jadeaba. Quería marcarlo de mil formas, morderlo como él lo hizo. Quería causarle dolor. Quería verlo romperse. Quería escucharlo gemir. Quería verlo acelerado. Contar sus respiraciones superficiales mientras sus latidos se sincronizaban y sus alientos se mezclaban, ardientes por la pelea.
Quería ver cuántas cicatrices le dejó. Se las atribuiría todas y le dejaría más. Muchas más. Todo en él evidenciaría su posesión. Porque era suyo. Deseaba poseerlo.
Se permitió unos segundos para nutrirse de su mirada. Su ceja partida, sus ojos negros, su pómulo cortado. Sería una cicatriz fea, como la que él tenía en el cuello. Aeron no podía marcarlo de vuelta, así que se encargó de dejarle algo igual de vistoso.
No pudo matar a todos los Blackwood, ni siquiera pudo ganarle a uno. Pero se consolaba sabiendo que no perdió ante él. Jamás perdería ante él. No le daría el placer de ser el último.
Levantó la cabeza y chocó sus bocas, temblando ante la corriente de placer que onduló por su columna cuando pudo tener otra vez los labios de Davos sobre los suyos, cuando la miel inundó su paladar y las manos de Davos se establecieron, afianzadas, sobre su cara, manteniéndolo cerca. Sus dientes atraparon la piel suave y dañada de su labio inferior, Aeron saboreó la sangre de Davos, se tragó su gruñido y atrapó su cabello caótico con las dos manos, obligándolo a inclinarse en su dirección.
Davos lo obligó a retroceder y cuando estableció presión sobre una de sus piernas, su tobillo terminó por fallar bajo su peso, pero Aeron no alcanzó a caer. Pronto sus muslos se vieron atrapadas por sus manos desnudas y la tensión lo abordó cuando Davos lo cargó, Aeron sintió demasiada exposición; estaba demasiado vulnerable.
—¿Prefieres terminar de romperte el pie? —Davos murmuró.
—Prefiero no depender de ti.
—Dioses. . .—él profirió, asaltando su boca otra vez. Fue molesto y grosero, brusco y salvaje. Sus labios hormigueaban, su cabeza daba vuelta, atontado por las feromonas—. Eres una amenaza.
—Te encanto —Aeron susurró.
—Te odio.
Rodeó su cintura con las piernas, su espalda chocó contra la corteza de un árbol. Cuando la pelvis de Davos chocó con la suya Aeron olvidó por qué estaba alegando y profirió un sonidito bajo ante el relámpago de placer que aflojó sus piernas.
Su ropa ya era jirones cuando Davos comenzó a tironear de sus pantalones, al sentir su tobillo pasado a llevar y un siseo de dolor se le escapó involuntariamente, Davos se detuvo y Aeron se apartó unos centímetros mezquinos de su rostro.
—Bájame —dijo, viéndolo fruncir el ceño y afianzar el agarre—. Hazlo, me quitaré los pantalones.
Davos lo hizo, manteniendo una mano sobre su costado para que no ejerciera presión sobre su tobillo lastimado, jamás dejó de besarlo, sus bocas se mantenían codiciosamente pegadas, compartiendo jadeos, suspiros y gemidos. Se deshizo de la prenda, ignorando el aire helado dando directo con su intimidad desnuda, ni siquiera notó cuando Davos hizo lo mismo, simplemente volvió a ser cargado y esta vez nada lo cubrió de la erección caliente que chocó con su trasero. Aeron inmediatamente se percató de que era grande. Generosamente grande. Más grande de lo que había esperado.
—¿Sorprendido?
—En mi Casa dicen que todos los Blackwood son amargados porque sus mujeres y Omegas siempre están insatisfechos —observó, sonriendo con sorna a su expresión hastiada—, así que le heredan el mal carácter a sus bebés.
Davos pronunció un juramento y enredó una mano en su cabello, Aeron notó el tirón, se descubrió quieto mientras él hundía el rostro en la curvatura de su cuello. Suspiró, sin negarse al asalto ni siquiera cuando fue consciente de su boca dejando marcas ociosas. Y que su miembro estaba directamente alineada a su entrada húmeda. Acarició su propia erección. Se arqueó cuando notó dos dedos bordeando la zona caliente. No deseaba dedos.
—Hazlo —dijo.
—Debo preparar–. . .
—Hazlo, joder, estoy listo.
—Te dolerá —Davos observó, hundiendo sus dos dedos de golpe. Aeron se contrajo alrededor, gimió contra la piel de su cuello—. Mírate, todo mojado y necesitado, cualquier polla sirve para ti, ¿no?
—Las de Omegas son mejores —susurró, mordiendo una fracción de piel libre—. Nosotros sí sabemos dónde se siente bien, ¿creíste que serías el primero?
Recibió un ronroneo contra su mejilla, Davos pronto alineó la punta de su longitud en su entrada pulsante.
—Tu primer nudo —Aeron tragó saliva—. Tu primer Alfa.
Sus uñas se hundieron en la piel tibia cuando logró introducir sus manos dentro de las telas deshechas de su cuello. Arañó y gimoteó, abrazando el extraño dolor placentero que implicó la intromisión de Davos.
—Dioses. . . —jadeó—. Dioses, dioses. . .
—¿Se siente bien?
No, lo odiaba. Odiaba cada porción de su ser caliente. Odiaba sus feromonas, que lo envolvían como una cuidadosa manta. Odiaba su cuerpo amplio que lo sostenían perfectamente mientras se hundía una y otra vez. Odiaba el calor. Odiaba el deseo. Lo odiaba. Odiaba que se sintiera tan bien. Odiaba sentirse bien con él. Se sentía completo, satisfecho, bien, a salvo, protegido. Quería llorar porque era todo lo que no sabía que quería, porque no era justo. ¿Por qué debía ser con Davos? ¿Por qué con un Blackwood? Debía odiarlo, no desearlo. Pero lo deseaba tanto. Tan mal.
—No pares. . .
Recibió una mordida en su mejilla, no fue dolorosa. Lo escuchaba respirar mientras atormentaba su interior una y otra vez, golpes potentes que no llegaban a ser tortuosos. Tocaba todos los puntos correctos dentro de él, y fuera también. Sentía sus manos amasando su trasero, la restante atrapando su propio miembro endurecido y descuidado. Se derritió entre sus brazos, permitiéndole asaltar su boca sin fuerzas para pelear contra su lengua vulgar. Sus labios eran blandos y lo besaban sin pudor, provocando chasquidos obscenos.
—Debiste matarme —Davos dijo, succionando contra su mandíbula.
—Lo haré. . . —juró, deshaciéndose entre gemidos. Expuso su cuello, ganándose un sonidito satisfecho que provocó oleadas de placer diluido en sus venas. La boca de Davos provocó estragos sobre su piel—. Te mataré. . .
—Pequeña bestia. . .
—Rápido. . . Más ráp–. . .
Un grito los alertó a ambos. A Davos, quien pronto se tensó por completo, y a Aeron, cuyo pánico debió ser evidente en sus facciones. Era el nombre de Davos pronunciado por, al menos, tres voces distintas. Volteó hacia el Alfa tragándose su propio miedo, él pareció más sorprendido por verlo asustado, que por los tres sujetos que avanzaban en su dirección.
—Nos verán —susurró, tragándose el terror—. Nos verán, sabrán quién soy, querrán participar, me van a–. . .
Davos lo calló formulando un "shh" bajo, pronto Aeron se vio prácticamente escondido por su anatomía. Sus manos lo abrazaron de forma compulsiva, Davos observó a sus espaldas. Los gritos estaban cada vez más cerca, se escuchaban sus pisadas. Podía oler su propio miedo por encima de Davos. Por encima de todo.
—No los dejes —suplicó—. No los dejes, no quiero, no con alguien más, no qui–. . .
—Nadie va a tocarte —Davos juró—. Te cubriré la boca y vas a gritar, pelea, finge que lo odias.
—¿Qué?
—Tus manos —Aeron soltó sus hombros y dejó que Davos las inmovilizara sobre su cabeza, un escalofrío lo recorrió al descubrirse absolutamente inmovilizado y vulnerable. Débil—. Llora, grita, lo que sea.
—No entiend–. . .
—Hazlo, maldita sea, pelea, haz como que te estoy forzando, ódiame.
La mano de Davos cubrió su rostro antes de que pudiese responder, y se hundió con más fuerza. Aeron gritó, y cuando percibió sombras por encima del hombro de Davos, comenzó a patalear y retorcerse. Gritó insultos, apretó los ojos y pasó a llevar su pie lastimado con fuerza, sacándose lágrimas de dolor que Davos lamió con más cariño del que esperaba. Lloró contra su mano, una mezcla falsa y real de miedo y desesperación.
—¡Davos! —escuchó a Davos gruñir, inhaló su molestia, ardió contra su nariz—. Perro, te estábamos buscando.
—Ocupado —Davos jadeó, golpeando su interior otra vez.
El placer fue una descarga que debió disimular con otro grito. Más pataleos. Las lágrimas rodaban por sus mejillas sucias cada vez que su tobillo lanzaba corrientes de dolor por su sistema. La mano de Davos cubría bien su cara, Aeron hacía el resto negando hasta que su cabello fue una cosa despeinada y caótica capaz de cubrir lo que quedaba de su rostro. Los ojos de Davos eran dos pozos negros, sus pupilas dilatadas mientras se clavaba una y otra vez. Y, Dioses, se sentía bien. Podía ignorar a los tres espectadores si con ello Davos seguía moviéndose.
—Suertudo —uno dijo, Aeron detuvo sus gritos para jadear y recuperar el aliento—. Tienes un buen premio ahí.
—Una pequeña bestia, me llevó horas poder domarlo —una nueva lamida recogió sus lágrimas, Aeron sollozó con más ganas. Se felicitó por su actuación. Se felicitó por no gemir contra sus dedos, por no arquearse buscando más—. Ni siquiera ahora está del todo tranquilo.
Liberó su boca y Aeron se permitió una respiración profunda entre toses, después gruñó y volvió a retorcerse. Descubrió de una manera paralizante que no podía soltarse. Davos lo tenía realmente atrapado contra el tronco, con una sola mano anuló su fuerza, estaba realmente dispuesto a su placer. Siendo usado. Un latigazo de placer lo recorrió ante la idea, ante la vulnerabilidad a la que se expuso, a la protección que sentía al mismo tiempo. Davos lo retenía pero lo escondía, lo manipulaba a su antojo y marcaba con su aroma de una manera embriagadora.
—Te mataré —juró, rompiéndose a la mitad de su cátedra de insultos por una nueva embestida—. Los mataré a todos, putos traidores, cabrones desleales, suéltame, ¡suéltame! Solo son basura Black–. . .
Davos cubrió su boca y soltó una risita sádica. Aeron siguió gritando contra su mano cuando Davos se introdujo hasta el fondo y tocó algo en su interior que estalló por todo su cuerpo. Fue frío y caliente, se perdió en ese asalto y sollozó contra su mano sin ser capaz de procesar el tormentoso gozo que lo invadió. Todo en él se convulsionó por el placer crudo y paralizante. Ni las lágrimas ni sus gritos fueron falsos esa vez.
Volvió a tocar ese punto y sus ojos rodaron. Aeron agradeció estar escondido por su cuerpo, ser visto así por el enemigo habría sido mortificante.
Se perdió en esa nebulosa. Lloró porque debía hacerlo y porque el placer era abrumador, porque no se podía mover y eso era terrorificamente excitante. ¿Davos pudo haberlo forzado todo ese tiempo? ¿No lo hizo a propósito?
—Encantador —Davos dijo, con más suavidad de la que debería haber empleado para un simple premio, sostuvo su mirada oscura y exhaló contra su mano—. ¿Necesitan algo? Estoy ocupado acá.
—Quizás tú necesites compañía para apaciguar a tu pequeña fiera, ¿es un Omega? Apesta a Omega.
—Cadáveres es todo lo que encontramos —otro agregó—. Los pocos vivos optaron por el camino fácil y se mataron, tienes un buen botín ahí, comparte.
—¿Compartir? —Davos lo miró y sonrió, fue malo, muy malo, Aeron casi temió que aceptase. Estaba completamente rendido a él, inmovilizado y atrapado, enjaulado por su cuerpo mientras era atormentado por su miembro—. No lo creo, este es mío, ya pasé lo peor para tenerlo así de dócil.
—Cuando termines de usarlo. . .
—Es mío —Davos repitió, más bajo, más brusco, embistió otra vez, Aeron retomó sus movimientos desesperados—. Se irá conmigo, calentará mi cama cuando llegue el invierno.
Aeron no pudo evitar un rubor irremediable en su cara ante aquellas palabras, especialmente por el tono ronco y bajo que empleó para pronunciarlas.
Él hablaba en serio. Realmente lo quería calentando su cama.
La sola imagen de esperarlo desnudo en un camastro tibio evocó más calor aún sobre su cuerpo ardiente. Davos llegaría cansado, de malhumor y Aeron estaría listo para aliviar su molestia y preparado para ser tomado ahí mismo. Dispuesto a él, solo para él. Y Davos lo usaría, desquitaría con él toda su tensión, maltrataría su agujero ya abierto y húmedo, completamente necesitado. Después los dos permanecerían cómodamente situados. Relajados y solos.
Necesitó blanquear su mente y odiar esa perturbadora fantasía. Se obligó a sentir repulsión, se obligó a no volver a imaginarse algo así.
—Que cabrón. . .
—Déjennos —ladró—. Me están jodiendo la calentura.
Soltaron más insultos que Davos ignoró. Aeron podía sentir su tensión, palpable hasta que los tres intrusos se perdieron otra vez y entonces su rostro se vio liberado. Respiró, deshaciéndose de la sensación de miedo, no se negó a las lamidas de Davos sobre sus mejillas húmedas. Se sentía curiosamente bien si fingía que no era un gesto habitual únicamente en las parejas. Era un mimo que daban los Alfas, un cariño instintivo.
Él soltó sus manos y atrapó sus piernas para acomodarlo. Rodeó su cuello y enredó sus dedos en el cabello negro, ladeándose para darle más espacio sobre su cuello. Davos respiró sobre la mordida, sintió su lengua acariciando la zona mientras retomaba las embestidas.
—Te romperé el cuello antes de calentar una cama para ti —susurró, ganándose una sonrisa de colmillos brillantes.
—Veremos —dijo—. Mejor vuelve a llorar, te veías todo bonito entre lágrimas.
La indignación por sus palabras quedó en segundo plano porque pronto ese punto exquisito dentro suyo volvió a ser golpeado, y con ello la mitad de su cuerpo perdió voluntad. Perdió fuerza. Se vio asediado por un placer sin nombre ni comparación, placer puro, cegador y espectacular. Ni siquiera se percató del segundo en que estaba sollozando en busca de más, agitando sus caderas y masturbandose al mismo tiempo, drogado por el placer, obnubilado y atontado. Cerca. Muy cerca.
Tan cerca. . .
Se sentía perdido entre las nubes. No era su primera vez teniendo sexo, pero sí era la primera vez con un Alfa. ¿Eran sus feromonas drogándolo? ¿Por eso se volvía tan dócil? Debía pelear, debía odiarlo. Pero le encantaba. ¿Por qué una sensación tan buena sería mala?
—Estoy. . .—balbuceó—. Voy a–. . . Davos. . .
Davos se corrió mordiendo otra porción de su cuello. Lo sintió vertiendose dentro del él sin aviso ni intención por salir. Aeron lo hizo ensuciando sus manos con su propia semilla y aprisionando el miembro de Davos. Fue una bofetada estimulante, todo en su cuerpo volcándose y estallando y, Dioses, se sintió bien. Muy bien. No pudo no sollozar contra el hombro de Davos, apretando su ropa y estremeciéndose ante las corrientes que se mantuvieron atacando su cuerpo deshuesado incluso después de haber llegado a su clímax.
Una corriente atravesó su espalda baja al sentirlo expandiéndose, no fue solo placer cuando Aeron recayó en que crecía y creía, y cada segundo más calor inundaba su interior. Dolía, como miles de diminutas agujas incrustándose en su zona baja. Sus piernas se entumecieron.
Era su nudo. Lo estaba anudando. Davos lo había anudado.
—No, no, es demasiado —soltó, parpadeando frente a sus ojos negros—. Muy grande. . .
—Respira, Omega —Davos susurró, besando sus párpados, notó su sonrisa, respiró su placer—. Tómalo todo.
—Hijo de p–. . .
Davos mordió su labio inferior y luego lo lamió. Lo besó sin prisa y Aeron olvidó su molestia para corresponderlo.
Estaba lleno y satisfecho, su cabeza era seda suave y pasto mullido, incapaz de formular pensamientos más allá de su propia hambre de cercanía. Necesitaba tocarlo, saber que Davos no se iría. Que estaba ahí y ahí se quedaría.
Aeron jadeaba y no podía evitar su propio temblor cada instante que Davos hacía un mínimo movimiento y todo a su alrededor daba vueltas. Lo notó rodeando su espalda baja con las manos y el pánico por llegar a ser alejado fue paralizante. Se abrazó a su cuello y negó.
—No, no —murmuró, ganándose besos en la mandíbula y mejilla—. No te vayas. . .
—Me voy a sentar.
Eso hizo, y entonces ambos pudieron yacer con mayor comodidad mientras el nudo se deshacía. Lo sentía latir dentro de él, Davos lamía su cuello y frotaba su espalda, se sentía curiosamente bien. Quería más. Frotó sus mejillas y fue consciente de su ronroneo. Aeron pensó que, de haber estado desnudo, definitivamente se habría perdido completamente solo por la necesidad de mantenerse unido a esa piel. Aún podía oler la sangre, suya y de él, se mezclaba con las feromonas y el lodo. Cada instante de silencio ininterrumpido sentía más sueño. Había peleado todo el día, sus heridas seguían frescas y sangrantes. Cada golpe comenzaba a doler sin el placer del sexo adormeciéndolo.
Apestaba a Davos. Cada centímetro de su ser emanaba feromonas del Alfa, anunciaba su presencia, su posesión. Se sintió mejor sintiéndose impregnado en él de la misma manera. Podía oler la manzanilla y el romero como si fuese parte del propio aroma de Davos, adecuadamente mezclados, y en su cuello pálido reducían marcas liláceas y rojizas. Sus dedos y algunos cortes.
—¿Cómo estás? —él cuestionó, su voz era miel contra sus oídos.
—Podría estar peor —Aeron siguió el corte en su mejilla con su pulgar, sería una cicatriz fea, similar a la del príncipe Aemond—. Aún puedo pelear contra ti.
—Dioses. . .
Lo sintió reír, la ligera vibración causó escalofríos por su cuerpo. Seguían unidos. Tendría mucho tiempo para preocuparse por un posible embarazo, que ya era poco probable si ninguno estaba en celo. Además de que Aeron era un caballero, todos sabían que siéndolo era el doble de difícil porque vivían bajo estrés y recibiendo golpes. No le sorprendería saber que era estéril.
La presión en su interior disminuyó lentamente, Aeron pudo respirar al sentirse libre. El Alfa aún no salía, pero al menos ya no estaban anudados.
—¿Te puedes mover? —Davos cuestionó.
—Puedo.
—Bien, porque me voy a desmayar.
—¿Tú qué?
Aeron tardó dos segundos en procesar sus palabras, y esos fueron los que necesitó Davos para blanquear los ojos y caer sobre él. Inconsciente. Desmayado. Aeron jadeó por la sorpresa.
—No puedes–. . . Oye, Davos —lo obligó a enderezarse y regaló palmaditas sobre su mejilla buena—. ¡Davos! Maldición.
Lo zarandeó con más fuerza, intentando despertarlo.
—¡Davos! No juegues conmigo, no voy a cargarte —Aeron juró—. ¿Me escuchas? Vas a quedarte acá, ¡despierta! No puedes desmayarte acá. Dioses, dioses, eres un incordio, una molestia.
Golpeó su mejilla con más fuerza. No recibió respuesta. Davos estaba inconsciente, porque respiraba. Simplemente no despertaba.
—¡Voy a matarte! —chilló—. ¿Oíste? ¡Davos, despierta! ¡Davos! Joder. . . ¡Davos!