El valle de los acertijos

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Summary

En una aldea escondida entre el valle, una joven descubrirá los extraños vecinos que habitan en las profundidades del mismo y hacia dónde se dirigen por medio de artilugios.

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Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

El valle de los acertijos

Había una vez, una pequeña y lejana aldea en la cual habitaban pocas familias. Entre esas, estaba la de Emily, una chica de aspecto algo descuidado, llevaba su cabello recogido aunque bastante alborotado. Sus padres eran campesinos y de escasos recursos, como la mayoría de habitantes de ese lugar, pero conocidos por su fuerte carácter y disciplina. Por lo que a menudo, la tercera de los cinco hermanos, se sentía ignorada. Nadie parecía escucharla. Aun así, a su modo era feliz.


Una noche se animó a hacer algo diferente. Decidió dar un paseo con un caballo que le pertenecía a la familia. El animal era lento y viejo, pero conocía muy bien el camino, por lo que no se asustaba fácilmente. Iban al valle, al cual se llegaba al cruzar el puente de piedra, conocido en el pueblo con el nombre de "El puente de los espantos", en referencia a las leyendas que abundan por esa zona.


Era costumbre en ella, explorar ese tipo de lugares. Una vez allí, le gustaba leer sus historias favoritas en voz alta a la nada. Anhelaba esos momentos. Esa noche era fantástica, alcanzó a leer un viejo libro sobre plantas medicinales gracias a la luz de la luna, su antorcha y las luciérnagas que merodeaban por el valle a esa hora.


En ese momento una extraña luz azulada, apareció, acompañada de abundante niebla, acercándose a ella. Espantada, Emily intentó huir, pero su caballo ya no estaba, en su lugar la gran y espesa niebla se aproximaba, encerrándola en un círculo cada vez más estrecho.


Corrió y agitó sus brazos para poder ver el camino. Una nube oscura y gigantesca apareció frente a ella de la nada.


Su corazón se detuvo.


Un par de ojos amarillentos y brillantes se hacían notar dentro del cúmulo negro. Emily los observó detenidamente, paralizada por el temor al singular acontecimiento, cuando de repente se percató de que ya no eran un par, sino dos pares de ojos que estaban fijos en ella. Los pares de ojos salieron a la luz, mostrándose dos sorprendentes animales, o bestias, no sabía cómo clasificarlos ni que reacción esperar de ellos. Eran de más de tres metros y medio de altura, fornidos y con su cuerpo cubierto de un pelaje abundante de azabache por todo su cuerpo. Un escudo de bronce cubría su pecho...y flotaban. Sus enormes pies no tocaban el suelo.


- ¿A qué has venido a este lugar? - Le replicaron sombría y ferozmente las dos criaturas a la vez.


La chica estaba aterrada. No podía creer lo que escuchaba, pero sin más preámbulo dijo titubeando de pavor.


- Iba de regreso a casa.


Las criaturas se miraron entre sí, de lo que serían sus hocicos parecía salir una sonrisa burlona. 

En seguida bajaron la mirada hacia el libro que la joven tenía entre sus manos.


- ¡AH! _ Gritaron unánimes, con cierta fascinación - Niña, cuéntanos ¿Qué tanto lees?


- Nada. Contestó tajantemente.


Quería salir de allí, la situación se hacía molesta, y la verdad no estaba acostumbrada a hablar con espíritus o lo que fueran.


- Bueno, entonces ya que estás desocupada, podrías ayudarnos.


-¿Con qué?


Ella sabía que se notaba preocupada y asustada. Pero aun así, quería creer que parecía llevar el control. Cómo si hablar con esa clase de seres fuera cosa de todos los días.


-Ya que tanto te gustan las historias, podrías ayudarnos con un acertijo que tenemos que resolver. - Sus semblantes se tornaron serios y angustiados. No estaban jugando.


_ De lo contrario, no podremos irnos. Ella entendía lo que querían decir.


- No soy buena con los acertijos


-¡Oh, sí que lo eres!- interrumpieron- Porque esta niebla no se irá ni nosotros tampoco. Nos tienes que ayudar, es tu único modo de escapar. - Recalcaron esta vez, entre escalofriantes risas.


Empezaba a sentirse agotada. Le constaba hablar. Entonces, todo empezó.


- En algún lugar muy lejano, entre el atardecer y anochecer, donde los árboles están por florecer, y los caminos se cruzan, un ser abismal se encontrará. Es uno y ninguno. Su comienzo tuvo ocasión, pero su fin nunca conoció... entonces ¿Qué es?


Anunciaron el acertijo. Su voz se entrecortaba a medida que hablaban. Si no fuera porque le causaban tanto horror, pensaría que reflejaban cierta nostalgia sus palabras.


- ¡Eso no es suficiente! - Les reclamó - ¿Cómo voy a saber a qué se refieren?


-¡Es suficiente! Piensa, dale forma a lo descrito.


-Dicen que es un ser abismal... Pensó la joven, mientras caía al suelo. Sus piernas no aguantaban más. La niebla seguía y se estaba tornando violeta. Cada vez hacía más frío. Iba a morir allí, con esos dos seres burlones y apariencia nauseabunda de compañía.


- ¡No quiero estar aquí! 


- Es el temor a la muerte, a la mano hiriente, lo que es la condena de ustedes. - Entonaron en un fúnebre canto los monstruos.


- Es lo grande de la causa, lo que hace que valga la pena partir por ella, ¿No lo creés?


- ¿La causa de qué? - Soltó entre dientes Emily. Estaba harta.


Intentaba no perder la cordura. Quería encontrar la respuesta al estúpido acertijo. Pensaba en él, pero no encontraba lo que sea que ellos quisieran escuchar.


Una mirada de asombro se deja ver en el rostro de la chica, junto con una pequeña sensación de calor que la cobijó en medio del frío intenso que hacía. Los árboles agitados por el viento, formaban una melodía que pretendía ser algo espeluznante, pero a su vez resultaba hermosa. Por primera vez su mirada se había puesto sobre aquellos ojos amarillentos y resplandecientes. De sus labios, salieron las siguientes palabras:


- Su comienzo tiene ocasión, y su final nunca parece llegar. Entre el atardecer y anochecer, son uno y ninguno... Son ustedes - dijo sin más Ustedes no tienen un final. Ni siquiera son real. Son una ilusión _ susurró, mientras su cuerpo se desplomaba y su vista se oscurecía. Estaba en posición fetal, en el frío suelo. 


La niebla rodeaba el valle. El silencio era perenne en ese momento.


_ Hay algo cierto en lo que has dicho - Le contestaron finalmente los seres.


Emily volvía por segundos en sí, pero no alcanzaba a ver con claridad los gestos en los rostros de las bestias, solo sabía que la verían cómo lo que era en ese momento: Una moribunda sin fuerzas.


_ Se trata de algo fuera de la naturaleza humana. Que no es ni pertenece a este mundo. Le explicaron, mientras se movían de un lado a otro.


No los podía ver bien, pero Emily juraría que mientras hablaban, danzaban de un lado a otro. Todavía no entendía lo que allí sucedía. Ella quería preguntarles si tenía razón, si su simple respuesta había resuelto el enigma.


_ No - Respondieron al instante.


Entonces, aquel temor que parecía desvanecido, había vuelto, esta vez dispuesto a no irse nunca más. 


Todo a su alrededor daba vueltas. Escuchaba sus estruendosas risas, sus palabras incoherentes. Sentía como si estuviera en un carrusel, dando vueltas y vueltas a toda velocidad, con todo el ruido de fondo. 


Quería salir de ese lugar. Quería volver a su hogar. 


Las risas se detuvieron. Ahora sabía que la observaban detenidamente. Ellos podían leer su mente, ya nada estaba oculto.


_ Miserables. 


Lo dijo en voz alta y clara, para que pudieran escucharlo de todas las formas que fuera posible.


_ No tienes a donde ir. Ese no es tu hogar. Hace mucho tiempo que no formas parte de él.


_ ¿Alguna vez lo fue? - Preguntó.


Emily notaba como sus ojos se humedecían. 

Uno de los seres se acercó lo suficiente a ella. Sentía su presencia, mientras todo su cuerpo se revolvía. Entonces, le susurró al oído.


_ Emily. No tienes nada que temer.


La chica dirigió su rostro hacia él. Recordó las caminatas por el valle en las tardes. También el último golpe que allí recibió, sus súplicas que nadie escuchó.


Veía humo azulado salir de ellos. Entendió lo que decía el ser. La neblina no estaba solo entre ellos dos. Estaba en los tres, estaba en todo, y eran uno en sí. Pertenecientes a algo más, aferrados a un lugar que hace mucho tiempo los había dejado atrás.


Solo que ella no lo comprendía. Ya no había ninguna muerte ni nada qué temer.