Enamórame by Naye at Inkitt
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Enamórame

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Summary

De la brutal combinación de Andrea Anderson y Enzo Fernsby no podía salir otra cosa que no fuese titulado como explosión. Allison Fernsby, la extraordinaria chica de cabello azabache como su madre y esa piel de su padre, empezaba a causar revuelo en la ciudad. No era una chica ruidosa, a pesar de que su descendencia le ponía en un escenario donde no resaltar era casi imposible. Problemas para usar tacones kilométricos, no tenía; pero, generalmente era de tenis, como su tía Keira. No era difícil encontrarla en una fiesta, incluso hacerla suya le salía natural; sin embargo, era la típica chica que pasaba horas perdida en libros. Si se basaban en lugares, esa librería era su lugar seguro. Todo comienza a dar un giro cuando su cuerpo y sus pensamientos empezaron a cambiar. Las adicciones por los libros empezaban a tener competencia y el lugar seguro empezaba a expandirse. Sí, Logan, tenía la culpa de ello. Logan Hamill, el extraordinario hijo del CEO de modas Liam Hamill. Quién en el atractivo era la fiel copia de su padre y en interior no podía parecerse más a su madre. Al mirarlo, solo podían deducir una cosa: chico mujeriego y arrogante hasta rabiar. Y cuanto se equivocaban todos. Eran el chico que gozaba de popularidad en el sexo opuesto y sí, había asaltado muchas camas; pero, guardaba una predilección, unos deseos, unas ideas, que nunca le contaba a nadie.

Genre
Romance/Erotica
Author
Naye
Status
Ongoing
Chapters
16
Rating
5.0 4 reviews
Age Rating
18+

1. Allison

Sus manos divagaban despacio por mis piernas. Me movía inquieta sobre la mesa, con las piernas abiertas para él, para su llegada. Su boca se acerca sin prisa y es solo esa particularidad, la que me hace crecer las ganas que tengo de que me toque.


Sus labios rozan mis labios vaginales y le agrego un escalón más a la escalera que conduce a mi perdición. Se atreve a agregar dos dedos y separarlos para, de esta manera, tener más acceso a mi clítoris. Chupa, sin ningún impedimento o vergüenza y son esos ojos verdes mirándome fijos, hambrientos; los que aflojan hasta las piernas…


¡Mierda!


No son ojos verdes, chica, ahí dicen oscuros.


¡Yo los quiero verdes!


Me reclamo a mí misma señalando el libro que tengo en mis propias manos. Leer mientras caminas por una acera puede ser un acto normal, pelear con los libros, solo es normal para un lector. Entre locos nos conocemos. Sin embargo, tal parece que las personas que se han cruzado conmigo son de la especie rara. Sí, esa especie que no lee y jamás en su vida han leído, llorado, gritado y enamorado de una novela. Cuanta pena me dan esas almas, que solo vivirán una vida. Un libro puede causarte mucho o incitarte a mucho.


Cierro la preciada joya de quinientas páginas y cruzo la calle hasta ubicarme frente al enorme edificio.


―Señorita Fernsby ―saluda Beto. El portero.


―Señor Beto ―le devuelvo el saludo con reverencia incluida.


Beto me ha visto muchas veces visitar este edificio. También sabe todo lo que ocurre en el último piso. Puedes preguntarle ahora mismo sobre ello, que su silencio te dejará de piedra. Tal vez, le ha cogido cariño al rubio encantador… ¿quién no? El caso es que nadie sabe el sinnúmero de visitas a ese departamento, ni que dentro de ellas estoy incluida yo.


―La número seis ―informa―. Está arriba.


Otro punto. Yo también soy una encantadora de almas. En cada visita Beto me informaba si se me habían adelantado. Empezamos a identificar a las chicas con un número. Esta, la número seis era una pelinegra con un cuerpo terriblemente trabajado en el gimnasio u operado, realmente no sé; pero, de que había mucho volumen en sus glúteos, lo aseguro. Era la favorita de Logan. A toda esta información, debo agregar algo y es que no me siento para nada en el suelo ante una escultura como ella. Que paso una hora de mis días en el gimnasio, es un NO en toda regla, pero mi madre me ha aportado un físico que hace que no necesite recurrir a máquinas.


Cruzo el vestíbulo y me introduzco en el elevador. Después de marcar la última planta, vuelvo a abrir mi libro.


Baja su lengua, como si conociese perfectamente el camino, a pesar de ser la primera vez que lo transita. Llega a la entrada de mi sexo y, con una habilidad que demuestra el dominio en el terreno, la recorre con la punta.


A la chica dócil se le escapa un arrebatador gemido. Y es solo eso lo que hace que el chico arrogante, se prenda de su sexo con devoción.


Cierro el libro, de forma no tan sutil. Se darán cuanta el porqué de que los libros inviten a tanto.


Saco la copia de la llave en mi cartera y paso despacio el umbral, cerrando la puerta tras pasar. Los gemidos hacen eco en la sala, acompañado de un sonido de algo encharcado.


Me subo en la mesa, a varios pasos de la escena erótica. Sus ojos verdes ya me contemplan mientras su cuerpo se mueve fuerte sobre la pelinegra. Siempre buscaba una forma de que la victima quedase de espaldas. En este caso, la chica sobre el sofá no podía ver absolutamente nada de lo que ocurra en esta cocina.


Dejo el libro abierto, en la misma página que leía, a mi lado y me desprendo de la cartera. Llevo mis dedos despacio, acariciando mis muslos al paso, al borde del vestido y lo subo. Él puede llevar ahora mismo un ritmo, que yo se lo acabo de cambiar.


Me quedo solo con las diminutas bragas y esos tenis blancos que me hacen parecer la chica más tranquila del mundo. Lo observo una vez más y tal acto que protagoniza me vuelve loca al instante. Su simple porte me provoca mucho.


Me inclino ligeramente hacia atrás, tomando el libro con una mano y llevando la otra a mi sexo. Dejo de mirarlo a él, de centrarme en él, para hacerlo en mí.


Esa chica tiene altos tacones que podrían implicar erotismo y seducción en toda regla. Yo porto unos tenis y un libro. ¿Gana más atención que yo? Preguntarle a rubio de ojos verdes.


Mi única arma es ser completamente yo y dejarme guiar por lo que más me gusta. No hay nada fingido en mí ahora, nada sobreactuado. Jamás pienso en que le puede gustar más a él o que estoy haciendo el ridículo. El placer propio es el que me mueve. Y es, ese mismo placer, lo que hace que lo deje impregnado aquí.


Una corriente arrebatadora le recorre el cuerpo y aferra sus dedos entre el cabello rubio de él.


Lleno de saliva dos de mis dedos y los muevo hasta mi entrada. La braga era tan pequeña, que solo con abrir las piernas dejaba acceso a mi sexo. Sin demoras, porque no necesitaba juegos previos, introduzco ambos dedos en mi interior.


Con el orgasmo atormentándome, él se frena. El sonido de frustración se escapa de mis labios, haciéndolo mostrar una discreta sonrisa de satisfacción. La chica tranquila, estaba comportándose como una golosa  y ese era un punto que le estaba disparando a su control.

Soltó el botón de su jeans y bajó la cremallera, mostrándome lo que hace días quiero conocer. El tamaño me hace salivar y otra vez sonríe de mi no disimulada reacción.


Se acercó y la punta de su erección chocó con la piel sensible de mi coño. Lo miré asustada y a la vez supliqué por su intromisión. Dos deseos distintos y un mismo resultado.


Mis dedos se movían en círculos en mi interior, tratando de tocar ese punto que me hace explotar de placer. He pasado mucho trabajo en descubrirme pero lo he conseguido.


Muerdo mi labio, de manera tal que mis gemidos se queden divagando en mi boca.


Empujó despacio y aunque esa sensación de romperme, me hizo incluso quejarme, las embestidas no daban tiempo a lamentos.


Su boca contribuyó a mi relajación, magreando con ganas mis pezones. Llevó el pulgar a mi clítoris y lo acarició, llevándome nuevamente al punto de excitación que había perdido tras la acometida.


Se movía lento, pero preciso. Mi sensible sexo quería más y él parecía conocerlo. Daba más, sin pausas, sin excusas; embriagándome con esos sonidos de placer rugidos. Una sensación de estremecimiento empezaba a recorrer mi columna vertebral…


Saco mis dedos con prisa y azoto, sin hacer ruido mi clítoris. Vuelven los dedos a su hogar, vuelvo a moverlos juntos en ese mismo punto. Nuevamente fuera, agitando mi hendidura y otra vez, dentro.


Seguía con el libro delante, pero ya era mi propia mano la que me movía al orgasmo. Mi pelvis fue testigo de una gran tormenta de excitación y el placer que aún no le pongo nombre, ni tamaño exacto me domina, volviéndome un puñado de temblores sobre la mesa.


En medio de respiraciones bruscas y cuerpo hecho un jodido caos me bajo de la mesa y recupero veloz mis pertenencias.


El rubio empezaba a comportarse distinto, más brutal, más salvaje, más loco. La chica no paraba de gemir y yo, colocándome el vestido miraba fijamente a Logan.


Ese era mi adiós, así que tras esa mirada me encaminé a la puerta. Volví al elevador y en el intento mi móvil vibra con la llegada de un nuevo mensaje.


Abro la cartera, a la vez que toco el botón del elevador. Mientras el cuadrado que sirve para asfixiar personas baja, leo el mensaje entrante.


Mi padre me recordaba que era domingo en familia y que no se dejaba pasar ni por el mejor libro.


Sus palabras literales, me las reservo. Mi padre no tiene límites al referirse a mí.


―Adiós Beto ―me despido al salir del edificio y me dirijo a la acera.


Le hago seña al taxi que se acerca, pero este pasa drásticamente delante de mí. Los minutos corren y yo sigo aquí, en el mismo sitio. Un ruido a mi espalda me hace girarme, encontrándome con Logan agarrando de la cintura a la pelinegra.


Un dato que no llegué a compartir de Logan y que me parece una puta arma de doble filo. Es generoso a rabiar. Nunca alza la voz o trata mal a una chica. No importa si su intención es solo llegar hasta el sofá; él te acompañará a la salida, incluso te sonreirá.


Ahora mismo esa chica lamenta los tacones kilométricos que lleva puesto.


Asegura haberse lastimado el tobillo, pero por la forma en que, en un instante apoyó el pie, es solo una excusa para quedarse más tiempo.


Me di la vuelta, otra vez concentrada en la carretera. Para mi suelte llegaba otro taxi y este sí se detuvo.


― ¿Podrías dejarla ir primero? ―pregunta la perdición de rubio.


Me sonríe, con el nítido pensamiento de que con esa arma domina el mundo. No macho, a ti te he visto en muchas facetas y no es esa tu forma de dominarme.


―Lo siento ―contesto. La chica muestra una casi invisible sonrisa ante mi reticencia―. Estoy un poco cansada y es evidente que ella desea quedarse un poco más.


Me subo al taxi y doy la dirección de mi casa.


Con la posición económica de mis padres y siendo Enzo Fernsby, comercializador de autos, podría tener un Ferrari fucsia en la puerta de mi casa. Digamos que prefiero pagar un taxi y así leer cómodamente mi lectura actual. ¿Por qué el fucsia específicamente? Porque los miembros de mi familia son jodidamente llamativos en esta ciudad. No se espera menos de la menor.


Recapitulemos información para no enviarlas a mi club de locas. Soy la única hija de Andrea Anderson y Enzo Fernsby. Mamá con sus cincuenta y tantos añitos es capaz de pasarse horas con unos zapatos de tacón kilométricos. Eso me hace portadora de tal don, pero sin aprovecharlo al máximo. Parezco más, en ese aspecto, a mi tía Keira; domadora de tenis. Por otra parte, la locura se impone mezclada con una personalidad completamente perdida por los libros. Si me ponen un tubo delante, me muevo hasta cansarme; pero solo si en esa habitación no hay un estante. Soy una chica antisocial y sociable a la vez. Hay días en los que convivo con el mundo, hay días en los que solo me ven las cuatro paredes de mi habitación. Según mi madre, tengo una en contra y una a favor con ella y dos a favor con mi padre; y es que, soy reservada, no explosiva, no despampanante, a simple vista solo alguien seria, sin embargo, un puto tsunami cuando me conocen en realidad.


El taxista frena frente a mi casa y tras pagar, bajo, asegurándome que no se me haya quedado nada. Rodeo la mansión para aparecer en el jardín trasero.


Me encuentro a todos mis tíos reunidos y los primos, menos Logan, obviamente.


―Papi ―le grito a mi padre con la única intención de que mi madre salte.


―Papá, nena, papá ―corrige―. ¿Cuántas veces más te digo amor que es mi papi y tú papá?


Sonrío antes de besarlos a ambos.

El amor grande, el más puro, el más infinito es el que he visto en esos ojos durante mi crecimiento. Sé la historia de mi madre y todo lo que se negaba a comprometerse y aún más, a ser mamá. Sin embargo, agradezco, porque es la mejor. Mi padre es mi mejor amiga, versión hombre. No hay nada que le oculte o no hable con él… bueno sí. Lo mismo que le oculto a todo el mundo. Es ejemplar y da unos consejos, que si no fuese por mi locura, estoy segura que ganaría mucho más en mi día a día.


Paso a saludar a mi tía Keira. Tengo que agregar algo y es que, de todas mis tías, esta mujer es mi favorita. A la semana paso a verla cuatro veces y si no es suficiente, me llama al otro día.


Antes de mirar siquiera a mi prima Kim, corro hasta abrazar a mi peque Reed. Ya tiene cuatro añitos y destaca los atractivos genes que le ofrecieron sus padres. Sonríe mientras lo lleno de besos y solo así, es que lo suelto. Es entonces, que abrazo a mi prima Kim. Tan hermosa, a sus veintisiete años. Antes de saludar a Reese tomo la preciosa niña que tiene en sus brazos. Mia. La menor de los hijos de Kimberly y Reese tiene dos añitos. La lleno de besos de igual manera hasta que sonríe.


―Me falta mi Lia-bear ―aseguro.


―Cómo sigas dándole para leer esos libros, no la encontraremos nunca más en una reunión familiar ―expresa Reese.


―Alguien por aquí me ha obligado a soltar la lectura ―comento mirando disimuladamente a mi padre―. Oblígala.


―Tú qué crees ―dice Reese con una sonrisa.


Saludo a mis tías Eileen y Alessandra. Los libros son un motivo por los que, los días que no tengo pendientes, paso por la editorial de mi tía Ale. Mi tia Ei, es un amor de persona y no deja de llamarme cuando pasa dos días sin verme.


Sigo con mis tíos Liam y Dylan. Tengo el presentimiento que mi tío Liam sospecha mi juego con Logan, pero parece dejarlo a nuestra decisión.


Saludo a mis tíos Gabi, Ryan y a mi primo Rylan. Últimamente viajan mucho por cuestiones de trabajo.


Mi prima Ashley me sonríe desde su sitio esperándome con los brazos abiertos. Nos envolvemos en un abrazo en el que no nos soltamos hasta preguntarnos como nos va la vida.


John era el último. Mi primo mayor tenía un carácter singular. Tal vez era el vivo reflejo de su padre; sin embargo, cada vez que me veía me recibía igual, cargándome en sus brazos.


― ¿Te encuentras bien mi enana? ―pregunta.


Para John, Lia y yo erámos su maldita perdición. No hay nada que no hiciese por nosotras. Se comporta como un típico hermano mayor.


Con Ashley se comporta diferente y no sé por qué. Como si hubiese un sentimiento feo entre ellos. ¿Odio? Tal vez. No entiendo, cuando somos una gran familia.


¡Exacto, Allison, esa palabra: familia! ¡Estás loca por un rubio que desde niño se criaron como primos! ¡No lo es, pero deberías tenerlo en cuenta!


―Sí, mecarito ―aseguro antes de sentir un azote en mi nalga, el cual me hizo voltear veloz.


Maldita sea esta enana.


Mi rostro de confusión hace que Lia se ría a carcajadas. He aquí la única que sabe mi jodido secreto, el que les oculto a todos. Generalmente, las amigas comparten cosas emblemáticas, como prendas, conjuntos o tatuajes. Esta niña y yo, los mismos trastornos mentales y el gusto culposo por esos libros y personajes ficticios.


John carga a Lia y esta le pregunta bajo por Lucas. Lucas es amigo de John y Lia está enamorada hasta los huesos de ese chico de veintitrés años.


―Seguro viene a buscarme más tarde. Les he dicho mil veces que no sean tan obvias con los chicos ―nos regaña John―. Se aprovecharán de ello y jugarán con ustedes.


―Cuándo una chica está enamorada es así… 


―Si la chica está enamorada, controla sus emociones delante de él y empieza a jugar su propio juego. Él cae. Recuerden, ustedes tienen la capacidad de hacerlos perder el control.


― ¿Ya te hicieron perderlo, mecarito? ―indago.


―Soy inmune, enana ―asegura sonriendo antes de pasar de nosotras.


― ¿Qué hiciste en la mañana, Ali-bear? ―pregunta Lia.


―Jugar ―cuento mirando la mesa de los aperitivos, que se ubicaba a tres pasos.


― ¿Jugar con qué? ―interroga.


―Con mi co…


―Cállate ―me interrumpe.


Otra particularidad que debo destacar de mi persona y descendencia es que, como mi madre, no se me debe hacer preguntas que las respuestas que lleven al doble sentido. Siempre me iré por ahí.


―Demasiado tarde ―comento―. Jugué con mi coño.


―No tienes un puto filtro, Allison Fernsby ―comenta antes de marcharse con una sonrisa.


Aprovecho que todos están ensimismados en una conversación para sentarme en el césped a continuar mi lectura.


Había llegado el momento, ese momento tan jodidamente cruel en el cual, el hombre que solo tiene como planes follar se sube de prisa el jeans, toma su camisa y ni siquiera se la cierra antes de cruzar el umbral de la puerta. No había un «después te llamo» «un beso»


Lo peor de todo era que yo estaba enamorada de él. Que solo necesitaba más que atención cinco putos minutos o quizás menos, depende cuanto necesitaba para correrse. Que tenía planes, planes que para otros eran estúpidos, pero para mí, estaban llenos de una esperanza infinita. Que le había entregado todo, con todos mis miedos incluidos, pensando que de esa manera no me haría trozos la vida.


―Lo peor de todo era que él tenía más que un deseo por ella ―dice detrás de mí y yo, no requiero fijarme para saber quién es. Reconocería esa voz al instante―. Que le volvía loco como a través de la palabra inocencia lograba sacarlo de su control. Que le quería romper la vida en mil pedazos, a ver si de esa forma, dejaba de ser tan persistente. Porque joder, le estaba costando mantenerse cuerdo. Sin embargo, era el no querer hacerle daño también el único motivo por el que se limitaba a eso.


Logan Hamill.


Anotamos más particularidades al increíblemente sexy rubio. El encontrarnos después de que yo me masturbara delante de él, no implicaba una situación distinta a la de ser primos.


No era la primera vez, ni siquiera aunque el encuentro no fuese familiar; como la frase «lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas». Pues, «lo que pasaba en su departamento se quedaba en su departamento» No se debatía después, no quedaba nada después.


Dos jodidos años, jugando con mis propias manos para el placer de ambos. Dos jodidos años en los que él con sus propias manos no me ha tocado el cuerpo para darme placer. Dos increíbles años en los que él se mantiene así, retorciéndose por mis actos sin explorarme.


Y no, no es porque sea un hombre correcto. Es porque el verme desde que era una niña y crecer juntos le limitan a hacer cualquier movimiento con respecto a mí.


¿Lo admiro por ello? No.


Necesito un hombre, como esos que leo en libros y me hace frustrarme día a día en la realidad. Un hombre de esos que te destrozan la vida con sexo, susurros provocativos, voz demandante, obsesión desmedida con tu cuerpo, ganas incontenibles, órdenes tentativas, protección inigualable, deseo ciegos. Esas jodidas bestias que te miran con devoción y hambre como si en el mundo no hubiese nada más atractivo, más encantador, más especial.


Este tío de veintiuno y rubio, es ese típico hombre que me pondría a delirar entre la realidad y la ficción. Creo que merezco ese delicioso placer. Y como soy una chica atrevida y segura, voy a por ello.


Cada día, cada movimiento, cada mirada, cada juego será un paso para provocarle la rendición. Lo volveré tan jodidamente loco, que los pensamientos a los que se aferra, se irán con mucha prisa.


En estos dos años, aprendí a conocer mi cuerpo, a conocerme a mí. El observó el proceso pero es justo ahora donde estoy en mi mejor punto. Es justo ahora donde batallar se le vuelve difícil y como buena estratega, lo haré más.


―Tal vez ella sí necesitaba que ese chico le destrozase la vida ―comento con la mirada aún en el libro―. Con toques brutales, con folladas lentas, con cogidas salvajes, con orgasmos bestiales. En ningún momento exigía primero amor.


― ¿Por qué creía ella que era capaz de vivir con sexo, sin caricias encantadoras? ―pregunta él a mi espalda, enviando corrientes a mi cuerpo a través de mi oído.


―Porque era una chica segura y tomaría todo lo que tiene para dar ese chico.


―No debería esperar, tal vez el chico nunca le entregue todo lo que ella quiere ―susurra antes de marcharse.


A las chicas como yo cuando les dices un no, automáticamente entienden «lánzate de cabezas, nena, que tú lo puedes todo»


El almuerzo familiar transcurre bajo muchas conversaciones informales, risas y momentos cariñosos entre muchos.  Esta gran familia, con la ausencia de los miembros mayores, seguía siendo solo una.


Nos tomó muy tarde el encuentro y solo fuimos abandonando los más jóvenes y solteros. John fue llevado por su amigo Lucas, Ashley se fue con su novio, Lia y yo pretendíamos volver a nuestro rincón literario, pero la voz insoportable de Ginebra detuvo todos mis planes.


La chica perfecta para Logan, era esta. Asistían a la misma universidad, compartían los mismos intereses, incluso el color del cabello. Chica recatada e intentando siempre sudar perfección. Mientras yo devoraba novelas eróticas, ella libros de gestión empresarial y marketing.


No, el apartamento de Logan, no era para ella. Es la chica que se guarda para un millonario que la tomase por esposa, mientras ella contribuía desde casa en su éxito. El vestido que uso yo, ella ahora mismo lo mira como si fuese vulgar.


Después de saludar a mis tíos Liam y Eileen, se detiene frente al rubio.


―Los turcos han lanzado nueva tendencia, necesitas trabajar en nuevos productos ―dice ella―. ¿Quieres ir a casa y te ayudo?


Logan sabía lo que hacía y si algo no le agradaba era que le dijesen el momento exacto de hacer algo. Era un maldito meticuloso con su negocio, nadie, ni siquiera su padre le tenían que decir por donde dirigirse, porque él llevaba su propia estrategia.


Desde que empezaron a estudiar juntos, Ginebra ha participado en sus actividades pues el padre de esta cuenta con una importante cadena de tiendas donde se comercializan los zapatos que produce Heelin, la productora de calzado para mujer, de Logan.


―Voy al club ahora ―informa el rubio.


―Te acompaño ―responde de inmediato.


Mientras yo buscaba explorarme yo para hacerlo caer, ella intentaba ser como él para lograr lo mismo. Dos chicas con actuares distintos y un mismo objetivo. 


Se marchan y yo, miro a Lia analítica.


―No es buena decisión ―comenta―. Voy a leer.―Informa antes de girar sobre sus talones dispuesta a marcharse.


Le tomo la muñeca y la freno en el intento.


―Reese ¿puedes permitir que Lia-bear vaya en mi compañía al club? Incluso llamar al portero para avisar.


Reese nos observa serio, estudiándonos.


―No sé si el que vayan en compañía una de la otra me genere confianza. Sin embargo, el que mi hija se esté convirtiendo en una polilla de libros me incita a permitirle interactuar con el mundo exterior. Hablaré con el portero. Peque, lo que hemos hablado sigue siendo válido.


Reese y Lia eran como mi padre y yo o como Aiden y Kim. No sé si se pusieron de acuerdo los que tuvieron hembras para adoptar esa postura, solo sé que somos unas afortunadas.


Lia tiene quince, pero al andar juntas desde cría la ayudó a actuar como si tuviese dieciocho. No se confundan, sigue siendo virgen, esperando por el encantador Lucas.


Con un vestido ajustado gris y un par de tenis blancos, mi cabello negro suelto, mis pestañas resaltando con rímel y mis labios pronunciados en un tono carne; camino por el medio del club. La música retumbaba y las personas parecían ser incansables mientras no cesaban sus movimientos.


Voy directo a la barra a pedirme un Martini Royale. Lia me acompaña, sabe beber, lo que solo lo hace cuando ella quiere. Tampoco necesita de una bebida para situarse en el medio de la pista y moverse sin penas hasta que amaneciera. Esa parte de sociable y antisociable a la vez, creo que lo ha tomado de mí.


Ese tono de llamada cercano, lo reconozco por encima de la música. Giro mi cara para encontrarlo mirándome mientras se lleva el móvil a su oído.


Solo dijo una palabra y colgó, aunque sus ojos siguieron posados en mí. Bebí un trago de mi Martini y pasé la lengua apropiándome del poco líquido que quedaba mojando mi labio.


― ¿Tienes a tu cargo a tu primita? ¿Por qué viste vulgar tan pequeña? ¿Por qué le permites tomar? ―le pregunta la rubia alto a Logan.


Sonrío antes de pegar la copa a mis labios y beber otro trago más.  Intencionalmente dejo que un poco de la bebida se deslice fuera de mi boca.


Dejo la copa sobre la barra y paso mi dedo medio por la comisura de mis labios, retirando el sobrante de líquido y devolviéndolo con mi dedo a mi boca. Saboreo mi propio dedo en el acto y camino hasta la pista de baile.


Me muevo al ritmo de la canción

Me observo con ganas yo misma mientras bailo. Soy capaz de tocarme por encima de las tetas, las caderas, el abdomen y los muslos. Seduciéndome, provocándome, atendiéndome yo misma ahora. Atrapando en mi baile a ese par de ojos verdes y otros carmelitas.


Vuelvo a la barra, observo a Ginebra antes de gozar de otro trago de Martini.


― ¿Por qué demonios piensas que mi primo tiene algún poder sobre mí? ―le pregunto a ella antes de mirar a Logan y sonreír de una manera provocativa que me fue imposible evitar.


―Eres una ni…


Sus palabras quedaron suspendidas al aire cuando alguien se ubica a mi espalda. Observo en tal dirección y me encuentro con el chico propietario de esos ojos carmelitas que me observaban en la pista.


Se acerca a mi oído y susurra:


―Podría pasarme horas viéndote bailar. ¿Me darías la dicha de un privado?


Lo observo directamente a los ojos mientras camino hasta el baño de los hombres. Espero que salgan dos de ellos y entro. La música se escuchaba perfectamente aquí. Vuelvo a moverme despacio mientras atiendo mi cuerpo, mientras me toco con hambre.


Llevo mis manos al borde del vestido y lo subo lentamente. Tomo el elástico de la braga y la bajo hasta retirarla completamente. Él, que aparenta más años que yo, se queda a dos pasos observándome.


Me subo al lavabo mientras abro mis piernas.


―Tu pago por el baile privado ―demando―. Lámela.


El chico se acerca con prisa hasta dejar sus labios sobre mi coño. Lo observo demandante, exigente desde mi sitio.


―Baja un poco más la lengua ―ordeno―. Chupa justo ahí.


Este era el maldito lío de conocerme yo, más de lo que me conocían los demás. Siempre tenía que indicar como hacerlo y esto me hacía perder todo el encanto.


Observo a Logan irrumpir en el baño. Mis ojos se mantienen fijos en él, incitándolo a mirar.


Se acerca tres pasos y toca en el hombro al chico de ojos carmelitas. Cuando el chico se gira, Logan le da un puñetazo impidiéndole reaccionar.


― ¿Quién cojones dices que puedes probar eso? ―inquiere Logan antes de darle otro puñetazo―. ¿Quién te dice que la propiedad está en tus manos o en la suya?


El chico lo mira preso de la furia y camina hasta la puerta advirtiendo de algo. Logan hace como si tales palabras no le preocupase en lo absoluto.


―No tienes libre andar, Allison ―exige en mi oído con voz demandante mientras agarra mis caderas y me desliza por su muslo, dejándome ahí. Se produce un roce de mi coño desnudo con su ropa, pero es una fricción que unida con su voz libera mucha humedad―. Solo te tocas cuando te esté viendo yo, solo te corres conmigo a varios pasos y solo yo dispongo de tu cuerpo.


―No me van las reglas ―suelto y provoca más fricción de mi carne sobre su muslo, haciéndome soltar un gemido.


―Tengo toda la paciencia del mundo para hacerlas cumplir ―declara rozando con más rapidez.


Me voy a correr sobre su muslo, sin ni siquiera tener contacto directo con su piel. Me quedo en silencio, disfrutando del orgasmo que se avecina cuando Logan se detiene.


―Antes de tú aprender a conocerte, yo ya lo hacía ―comenta con la voz ronca―. No vuelvas a entregar algo que no es tuyo. Hace años, todo esto me pertenece.


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