Capítulo 1
En una de las muchas noches de Halloween que han habido en la historia, realizaron una fiesta. No es como si antes no existieran, pero para Jimin, era a la primera que lo invitaban.
No fue una invitación de esas a las que estuviera acostumbrado. La típica dirección escrita en un cartón con dibujos temáticos de fiestas. Al parecer las últimas sugerencias a celebrar fueron cuando era pequeño. Y todas a cumpleaños de familiares.
Nunca tuvo amigos, por lo menos no a personas que pudiera nombrar como tal. Iban y venían rostros en los recesos, ni uno se dignaba a quedarse en su vida. Es entonces que le pareció extraño que al salir de la tienda central de la ciudad, uno de sus compañeros de clases lo invitara a la fiesta de Halloween que harían.
— Será increíble — había mencionado Hoseok antes de subirse a la camioneta — Espero que puedas ir — sus amigos lo abuchearon y uno de ellos — recordaba su nombre de forma desgastada, Yoongi— le lanzó la boleta de la compra hecha bolita por la cabeza — ¿Qué?, ¿No te han avisado?
— Obvio no, mira lo que está usando — otro de sus amigos habló, quitándole la respuesta de los dientes. Como remarcó anteriormente, es obvio que nadie le contó — ¿Y ese corte ridículo de pelo?, ¿No había algo peor?
Los tres chicos rieron, incluso Hoseok, quien era el que lo estaba invitando. Su cuerpo se hizo pequeño, tratando de protegerse de los ataques verbales, creando un escudo invisible. Tomó unos mechones de su cabello en un puño. ¿Tenía realmente algo de malo tener el cabello corto?, ellos también lo tenían así. Tampoco era demasiado como para parecer calvo, le llegaba casi a los hombros.
Min Yoongi le golpeó el brazo a Namjoon — quien fue el del chiste — un par de veces, dándole a entender por su boca abierta tratando de atrapar aire, que la ocurrencia había sido demasiado buena como para decirla tan bajo.
— Entró a la tienda y dijo: Deme el corte más feo que tenga — al parecer de Jimin los chistes debían provocar risa, pero no soltó siquiera el aire que contenía para no colocarse a llorar. El chico siguió balbuceando un par de cosas más con una voz chillona que intentaba imitar la suya.
— Claro, “arruíname la puta vida” le dijo al peluquero — el mundo estalló en carcajadas, y el chico seguía sin decir una palabra mientras el pan en la bolsa se enfriaba. Se quedó quieto en ese lugar del estacionamiento, prestando su presencia para que lo siguieran amedrentando.
— Ya va, cállense — dijo Hoseok luego de que las risas se fueron cesando un poco, y el chiste fuera perdiendo gracia. La mano del chico hizo el amago de que “bajaran el volumen”, porque las personas pasaban por su alrededor con rostros interrogativos — Es suficiente, ten, espero verte ahí — sin más, él y sus monos se montaron en la camioneta verde militar y se largaron.
Sus ojos viajaron a la tarjeta que le habían entregado, parecía hecha de ese cartón que usaban para las cajas de té. Color blanco y escrito con lapicera negra, las letras y trazos que alguien anotó creaban un relieve por lo duro que habían escrito.
“ De: Adriana
Para: Hobie
Trae las cervezas y la puerta de mi casa estará abierta para ti.
Dirección: Los alerces 13××
Hora: Desde las 10, hasta el maldito amanecer.”
Adriana, al perecer personalizó cada una de las invitaciones entregadas a todos. A todos menos a Jimin. ¿Podía culparla?, no sería amiga ni de él mismo.
Al llegar a casa no encuentra a nadie, deja el pan recién horneado sobre la redonda mesa del comedor y sube a su habitación. Cree que su padre puede estar desparramado en el centro de su cama por la hora. Eran alrededor de las siete de la tarde, en ese momento debía de estar cayéndose de borracho por estar todo el día en el hipódromo. Y debía de descansar por una larga noche en el casino. Era lo mismo todos los fines de semana, y más hoy que es fin de mes. Hay dinero para dar y gastar. Dio media vuelta en el pasillo y pudo observarlo desde lejos por la puerta abierta, efectivamente estaba boca arriba en la cama. Así que solo lo dejo.
En su habitación, se dejó caer sobre el edredón blanco, le encantaba porque era acolchado y en el invierno lo sentía como un abrazo. Dejó que sus ojos cayeran, mientras respiraba el aroma a detergente que la envolvía junto con el frío que se deslizaba por la ventana abierta.
Se molesto.
Él no acostumbraba a dejar la ventana abierta, solo en las mañanas para ventilar. Así que le pareció extraño que el frío de la noche que se avecinaba intentara colarse a su lugar privado. Se levantó a cerrarla, lográndolo en el acto, a continuación bajó también las persianas. Uno nunca sabía si en medio de la oscuridad puede estar un ojo pendiente de los movimientos.
Se relajó soltando un suspiro. Llevaba toda su vida a cuestas con situaciones parecidas o peores a las que había expuesto hoy. Los chicos a la “onda” se burlaban de él, y los que no estaban a la onda se burlaban de él junto con sus madres. Pero siempre siendo el objetivo al final del dedo acusador.
¿Realmente se veía mal con ese corte?, era el que más le gustaba a su madre, antes de que comenzará a evitar sus problemas con el vino y se fuera en un muy desesperante coma etílico. Tenía el cabello oscuro por naturaleza, un negro intenso, sus puntas saludables hasta los hombros. Juzgaba perfecto con sus ojos avellana grandes, muy redondos. Al límite de parecer asustado todo el tiempo.
Sus ojos, que estaban observando el techo sin pestañear, bajaron hacia la mesita de noche a un lado de la puerta, en ella reposaba una caja floreada. Eso no estaba antes de salir a buscar el pan, aparte que no tendría algo salpicado de flores en su habitación aunque lo mataran. Solo cosas de color liso. Fastidiado por la idea de que alguien hubiera entrado a su habitación, dejando la ventana abierta, y entregando algo envuelto en un papel tan desagradable a su vista, lo hizo enojar.
Y la única persona capaz de hacer algo tan desagradable para luego desaparecer, era su abuela.
Enojado, le gruñó al techo al pensar en ese rostro arrugado tan parecido al de su padre. Buscó entre los bolsillos de su pantalón, encontrando enseguida el celular en su bolsillo trasero. Consultó la hora para saber si sería propicio llamar gritando un par de cosas por el auricular, pero desistió de la idea, porque aunque fuera el mismo papa en persona no contestaría.
Porque ella sabía lo que había hecho.
Suspiró.
Bien, si abre la caja no sería precisamente aceptar el regalo, aparte de que su abuela muy pocas veces en la vida se los ofrecía. Trata de pensar en algún evento importante que recordara su abuela para dejar un presente en su habitación sin antes preguntar si podía entrar.
Nada.
No recordó cumpleaños, graduación, algún bautizó de alguien, aniversarios, o cenas familiares — Su padre a mala gana se lo informaría, para traer más pan. O un pavo para que alcanzara para todos. Como era la casa más grande de todos los familiares, siempre se prestaba para reuniones. Eso sí, siempre con anticipación, para que le diera tiempo de esconder sus libros de cómo convertirse en millonario apostando —. Y menos hoy, un treinta y uno de Octubre. ¿Entonces por qué mierda su abuela le había regalado un vestido blanco?, ¿Se convertiría en la siguiente virgen María?
Sacó la tela del empaque con una cara de espanto, nunca usaba algo que no fuera de color negro o café, tal vez una que otra cosa beige, pero ¿Blanco?. Impensado la verdad.
Al sacar el vestido en su totalidad, una nota cayó con gracia hasta el suelo de madera, dejando ver unos trazos mal hechos. Las letras tenían un zigzag en cada trazo y vuelta por los temblores — que pensó Jimin — que tendría la señora. “Suelo tiritar demasiado cuando trato de concentrarme en algo” recuerda decir a su abuela. Siempre en esas situaciones saltaba luego Jimin, “Deja eso abuela, yo lo hago”. Era por mantener los supuestos modales que debió aprender durante su niñez. “No aprendí ni una mierda”, piensa el chico. “Lo único que puedo recoger de esos asquerosos años es tu presencia, abuela, y me sigue molestando como siempre”.
“Por si esta noche te aburres de ser tú”, se leía en la nota.
Esta vez, fue el chico quien tembló. ¿Aburrirme de ser yo?, ¿Crees que lo estoy?, ¿Por qué crees eso?, la mejor pregunta a su parecer sería: ¿Lo has notado?, bajó la mirada unos segundos.
Odiaba bajar la cabeza en situaciones como estas, mostraba la debilidad que aún guardaba en su corazón, la que intentaba esconder tan fervientemente, estaba saliendo a flote. Aunque no hubiera nadie presente, sabía que estaba mostrando sumisión ante la imagen de ese alguien, y estaba tan cansado de hacerlo. Cansado de caminar por las mismas calles acercándose a su infierno diario, en el que nadie se tocaba el corazón para detener a los chicos con sus comentarios hirientes, o las chicas con sus ataques físicos. Como esa vez que le trancaron la puerta del baño para que no saliera, y él todo patético gritando un: “¿Hola?, ¿Alguien podría abrir la puerta?”, sabía que ni el conserje se atrevería a abrir esa puerta.
Algo se quebró en sus adentros ante los recuerdos.
Su mente viajó en cada uno de ellos, posicionándose en ese momento y lugar, volviendo a sentir el mismo cosquilleo en sus manos y el sudor en su frente. Fue como una maratón, una recopilación rápida de los diecisiete años de su vida, en los que no recuerda ningún día sin ser señalado y burlado por algo. El hostigamiento social hace estragos en su persona, siente que ya no se reconoce.
Frente al espejo, se mide el vestido, ya no pareciendo tan desquiciada la idea de colocárselo. Revisó la talla de la etiqueta, como si el número en la espalda fuera algún tipo de traba para usarlo, pero se lo colocaría de todos modos. Era tan delgado que la talla cuatro era pan comido.
El aire se volvió pesado para sus pulmones, como si la misma atmósfera sostuviera un secreto oscuro. A Jimin le palpitaba bruscamente el corazón, le estaba doliendo el pecho por controlarlo, se acercó cautelosamente un poco más al espejo, aun con la tela blanca en manos. Sus dedos temblaron al tocar el borde pulido del espejo, y cuando levantó la mirada, su reflejo la observaba con una intensidad inquietante. Una sensación muy parecida a estar en medio del mar, totalmente perdido.
Los ojos del joven se encontraron con los de su reflejo, y en ese instante, una sensación de vértigo lo envolvió. “Hazlo”, susurraron por un costado, “Hazlo” , por el otro.” hazlo, hazlo, hazlo”, insistió. Era como si los límites entre la realidad y la ilusión se desdibujaran ante sus ojos. Una voz susurrante parecía emanar del espejo, susurros que insinuaban acciones, recuerdos pasados, risas. Y opciones.
Jimin sintió cómo su mente se deslizaba por un hoyo negro infinito. Las imágenes se desvanecían y se superponían, creando un torbellino de confusión en su interior. Los recuerdos y las emociones se entrelazaban en un caos tumultuoso, mientras la línea entre la cordura y la locura desaparecen peligrosamente.
Sus manos se aferraron al borde del espejo, como si buscaran un ancla en un mar tormentoso. Pero la imagen que la miraba desde el otro lado del cristal parecía desafiar cualquier intento de control. Los ojos vacíos de su reflejo reflejaban una oscuridad insondable, y Jimin se vio atrapado en su propio reflejo, como si fuera una marioneta en manos de una fuerza invisible y maligna.
Soltó una risa incontenible, desde lo más profundo de su pecho, llegando a rebotar como una pelota de goma en las paredes de su habitación. Se dio cuenta de que ya no había vuelta atrás, no quería ser él mismo de hace tiempo atrás.
Desdobla el papel que anteriormente le había entregado Jung Hoseok, leyendo la dirección una vez más antes de arrugarlo en su puño. Posiblemente está aceptando la invitación de un chico que ni siquiera sabe su nombre, más que porque fue mencionada en unas cuantas bromas. Supone que en esta ocasión, ya no aceptará burlas, ni bajará la cabeza, mucho menos se quedará callado. Esta vez, tomará un escape diferente, uno que no involucre su propio sufrimiento.
Antes de irse a la fiesta, había volcado los cajones de los muebles de su padre. Pensó que lo encontraría inconsciente en la cama, no fue así, al parecer ya comenzaba su horario nocturno. No habían ingresos fijos en su hogar desde hace bastante tiempo, estos dependen obviamente de su padre, quien había sufrido un accidente hace un par de años. En ese entonces trabajaba como organizador de bodega en un supermercado. Ese día uno de los anaqueles que contenían bastantes cajas con frascos de vidrio se volcó encima de él. La empresa dijo que fue demasiado “conveniente” para su situación que solo él fuera el herido, pero las cámaras de seguridad captaron el momento exacto. Corroborando su versión.
Bueno, le otorgaron el reposo por la fractura de su hombro izquierdo, pagando las facturas del hospital con el cobro del seguro por accidentes de trabajo. Pero un mes antes de que volviera a realizar sus labores lo despidieron “por necesidades de la empresa”. Ni una mierda, había dicho su padre cuando leyó la carta de notificación de despido. “Estos bastardos solo quieren deshacerse de mí”. Aunque luego no hizo nada para recuperar su trabajo. “¿Sabes lo caro que son los abogados?, son unos malditos chupasangre con maletín”.
Uniéndose a la partida de eventos desafortunados, en ese lapso, entraron a robar a la casa. Mi padre acojonado porque volviera a suceder — y nos robaran lo poco y nada que teníamos— juntó todo el dinero que consiguió en el mes y se compró un arma. Una 9 mm, era la más barata del mercado, fácil de esconder y disparar. Eso le había dicho su progenitor junto con un “Es preciosa”. Y era exactamente la misma que mantenía escondida en la parte trasera de su vestido blanco. Debe decir que al principio estaba un poco reacio a la idea de usarlo, pero le marcaba tan bien su pequeña cintura que comenzaba a amarlo.
La casa que encontró al llegar era una bastante grande, típico techo de tejas color café y las murallas exteriores pintadas de rojo. Unas cuantas plantas se asomaban en los límites de la pequeña escalera y otras en macetas, entre sogas colgaban del techo. La música se escuchaba muy alto, retumbaba de tal manera que el suelo de la entrada se movía como si se acercara el juicio final.
Aún seguía poseída por la rabia.
— El blanco te hace lucir muy bien — dijo una voz a su costado. Era Hoseok— No pensé que podrías llegar a lucir así de lindo — ¿Era eso acaso un cumplido?, ofreció una suave sonrisa.
— Ya sabes, no hay nadie que sea completamente feo, solo mal arreglado — Odiaba estar dándole la razón a un idiota — ¿Qué haces aquí afuera?, pensé que estarías dentro — “drogándote posiblemente”, pensó.
— Se acabaron las cervezas — confirmando lo que dijo, agito un sixpack de cervezas envueltas en un plástico rojo, que lleva aprisionado en su brazo izquierdo — ¿Acabas de llegar?
— Sí, aún no he pasado, puede que Adriana no me quiera aquí.
El chiquillo de pelo rojo dejó escapar una risa escandalosa, logrando que esta se escuchara por sobre la música del momento. Jimin miró a ambos lados de la calle, pensando que algún vecino vendría a quejarse del escándalo, o que posiblemente le gastaran una broma de mal gusto. Hoseok se relajó un tiempo después, agarrando al chico por la espalda, casi empujándolo para que comenzará a caminar hacía la puerta. Jimin se removió incómodo ante el toque. Podría decirse que era extraño que un chico con el que nunca había tenido una conversación ahora lo estuviera tocando se sentía extraño. Pero la verdad era que le enfermaba el corazón que descubrieran antes de tiempo la sorpresa que tenía escondida detrás del vestido.
El chico rodó los ojos al cielo.
— Adriana no se enojará — trató de tranquilizarlo, pensó que ese era el problema de su negativa — Yo he traído las cervezas — La volvió a agitar, esta vez en el aire, entre sus dedos — Aparte que podemos invitar a quien queramos, la casa está repleta de extraños.
— No es nada de eso, solo me tomaste desprevenido — estaba manteniendo la ira escondida. Quiso desde el primer momento en que vio su asquerosa cara deshacerse de todo el maldito plan y disparar un par de veces a esos falsos músculos. No era sorpresa para nadie que estuviera usando algún suplemento para aumentar la masa muscular. Pero esa idea provocada por el impulso de sus pensamientos solo entorpecían todo. Quería que resultara perfecto, con ninguna arruga sin planchar, ni ninguna mancha sin limpiar — La próxima vez que quieras tocarme, avísame.
Fue casi como un susurro, una suave invitación, apenas perceptible, que se cuela en los oídos del contrario y despierta todos sus sentidos. Las miradas comienzan a tornarse más intensas, como si intercambiaran electricidad entre las pupilas.
Hoseok, siendo completamente atrapado y arrastrado por la lujuria, se ve envuelto en una neblina de deseo, aunque no era posible que existiera una neblina como tal. Sus pensamientos se encuentran borrosos, su corazón late con fuerza mientras se deja llevar por la pasión desenfrenada. Nunca creyó que estaría en una situación como está.
Cada movimiento es calculado por el chico, siente como si estuviera flotando en un mar de sensaciones, solo la ira y el resentimiento siendo más palpable en el latido de sus labios. La sangre pasaba por su corazón rápidamente para llegar a esos dos pliegos de carne, acumulándose, pintándose de rojo para invitar al otro a explorar un laberinto de placer y tentación.
Las manos ansiosas del pelirojo tiemblan un segundo, pero se lanzó de cabeza hacia los labios. Se encuentran en un beso apasionado, los cuerpos se entrelazan de manera asquerosa para Jimin, pero resiste el ardor que le causa la supuesta barba de Hoseok.
No hay pensamientos, su mente ya viaja al color blanco. Pero el contrario solo muestra unos ojos lujuriosos, profundos y oscuros.
— No deberíamos hacer esto aquí — Jimin fue el creador del sonido “Chuck” cuando sus labios se separaron.
— No hay problema — dijo para luego arrastrarlo hacia la casa. El pelinegro sonrió para sí mismo al darse cuenta que esto estaba resultando demasiado fácil.
La puerta de madera estaba entreabierta, y chilló un poco al ser empujada en el apuro del chico. Cómo había mencionado anteriormente el estúpido deportista, la casa estaba a revalsar de gente desconocida. Las luces en sí de la casa estaban apagadas pero había un proyector con luces azules y moradas, las cuales se movían de forma lenta y luego parpadean. La dueña de la casa no estaba en la entrada para recibir a los invitados como estaba acostumbrado a ver.
La arrastró hasta la cocina en dónde vio un par de personas besarse, otras volver a llenar sus vasos y a un chico metiéndose los sobres pequeños de mostaza en los bolsillos. Supone que lo del pequeño robo no era más que eso, pequeño, porque había escuchado por los pasillos de la escuela robos peores, como que se robaran la tapa del estanque del váter.
Lanzó el pack de cervezas a la mesa, y al segundo varias manos aparecieron para rasgar el plástico y quedarse con una lata. La escena fue muy parecida a cuando tiras una cubeta de comida a los cerdos: el mismo olor y el mismo desespero.
Subieron la corta escalera hacia el segundo piso, que de manera extraña no contenía a tanta gente, solo una fila mal hecha afuera del baño. Escuchó a alguien decir “sería más corto si orinara en los arbustos del patio”, Jimin le daba toda la razón en su mente. Tenían para rato.
Abrió una de las puertas más alejadas del bullicio, parecía ser el cuarto principal. Lo dedujo por la gran cama al centro de la habitación, y el pequeño tocador al costado de la ventana. Las sábanas de la cama venían a juego con el color celeste de las cortinas, todo lo demás era blanco, a excepción de los variados productos que reposaban en la mesita de noche.
— ¿Me trajiste a la habitación de Adriana? — soltó una risa tranquila — Se pondrá triste si me ve aquí, es obvio que le gustas.
— Eso no me interesa ahora — restó importancia con el movimiento de su mano.
— Entonces, ¿Cuándo te interesará? — ladea la cabeza — ¿Pensé que iríamos a la fiesta, que hacemos aquí?
Lo calló con sus labios. Fue un choque brusco, pareciendo tan desesperado y sediento por algo nuevo. Para él fue como probar el limón más amargo y podrido del árbol, no le agradaba para nada el como sus dientes chocaban con los del contrario mientras parecía que quería mover la cabeza al ritmo de una música inexistente. Aguanto unos segundo más, se obligó a hacerlo, aun con ese asqueroso aliento a cerveza plasmado en cada respiración. Lograba darle náuseas.
— Detente — el juego de coquetear iba cayendo — no puedo hacer esto — los besos continuaban en su cuello mientras hablaba. Le irritaba — Ya basta, maldito enfermo.
Con lo último dicho, lo empujo con fuerza, la máxima que le permitieron sus delgados brazos. Pero al contrario de alejarse volvió a besar su cuello con mayor esmero. A Jimin le ardió la sangre que no acatará una simple orden, y no era beneficioso hacer enojar a alguien con una pistola. Con apuro se arremangó el vestido y tomó con decisión el mango del arma, posteriormente apuntando la cabeza. “Esa puta cabeza de huevo” le asaltó el pensamiento.
— De verdad piensas que voy a tener algún tipo de contacto contigo — la pistola estaba posicionada en la sien del chico que se detuvo de devorar su cuello al escuchar el seguro del arma — No tienes ni idea de lo desagradable que me resultas.
El chico levantó las manos mientras retrocedía, como si estuviera siendo detenido por la policía.
— No sabía que me toparía con esto.
La gracia de su sonrisa logró hervir su sangre.
— Esa era la idea.
De forma rígida, movió el arma, sin dejar de apuntarle la cabeza. “Te volaré los putos sesos” si, por todo lo que le hizo todo este tiempo, por todos los momentos amargos que tuvo que pasar durante su adolescencia. Como si ser parte de la evolución de su cuerpo y hormonas no fueran suficiente castigo ya.
Ese imbécil, no tenía idea de lo que era ser roto en lágrimas.
— ¿Qué se supone que haga?, ¿Quieres que te pida perdón? — una carcajada salió de su boca, no logrando escucharla bien. Ahí, se dio cuenta del aumento del volumen de la música — Me adelanto, mi respuesta es NO — Tan desagradable como siempre. Hasta el final.
Un resoplido salió de sus gruesos labios, liberándose de cualquier pesadez que sintiera inconscientemente.
— No hace falta, solo resale a tu dios — dio unos pasos hacía enfrente que lograron borrarle la sonrisa al instante. Amó la expresión en su rostro — ¿Qué sucede?, te burlabas de mi cabello corto, ¿Dónde está tu sonrisa ahora?
No lo dejó contestar.
Le disparó.








