La misión que cambiará mi vida
Soy kim min-hon agente Especial del servicio Nacional de corea del sur. Durantes los últimos 5 años, he estado enredado en misiones de alto riesgo, infiltrándome en organizaciones criminales, desmantelando redes de trágico de droga, armas ysupe en cuandoa que amenazara la seguridad de mi pais. Pero esta misión... Está misión es diferente. Lo supe en cuando mi superior me llamó a su oficina y vi el expediente sobre el escritorio.
Desde que empecé en este trabajo, aprendi a controlar mis emociones. a mantenerme distante, frio. No puede dejar que el miedo o las dudas se metan en tu cabeza cuando estas en una situación peligrosa, y mucho menos cuando estás infiltrado. He hecho cosas que preferiría olvidar, he visto el peor lado de la humanidad. Pero aún asi, cuando me dijeron lo que tenia que hacer, sentí ese nudo familiar en el estómago.
La misión era simple, al menos en papel: infiltrarme en la organización criminal de Dmitri Volkov, uno de los mafiosos mas poderoso de Rusia. Volkov maneja un imperio construido sobre la sangre de otros. Tráfico de armas, drogas,personas... Nada está fuera de su alcance. Se mueve con una impunidad que parece sacada de una película de terror, y las autoridades rusas han sido incapaces, o tal vez no han querido, detenerlo. Por eso me llamaron. Porque el gobierno surcoreano ha estado siguiendo sus movimientos, y su influencia comienza a extenderse más allá de Europa. Nuestro trabajo es detenerlo ante que llegue a Asia.
—¿Estás listo para esto? —mi superior, el director Han, me miraba fijamente desde el otro lado de su escritorio. Su expresión era tan dura como siempre, pero habia algo en su mirada que me hizo saber que esto era más personal de lo que dejaba ver. Volkov no era cualquier criminal, era el tipo de hombre que incluso agentes experimentados como yo temian enfrentar.
Asentí lentamente. —siempre estoy listo, señor.
Tomé el expediente frente a mi, observando Las fotos en blanco y negro de Volkov. Alto, imponente, con una mirada que parecia perforar el alma. Dmitri Volkov era peligroso, lo sabia antes de abrir ese archivo. No solo por sus crímenes, sino por la reputación que le predecia. Un hombre tan impredecible con letal.
—tendrás que asumir una nueva identidad, por supuesto, . —Han siguió hablando mientras yo hojeaba los documentos—. Serás Lee jun-ho un coreano exiliado que se ha dedicado al tráfico de información en Europa. Tus antecedentes ya siento falsificados; tu nombre ha aparecido en varios registros de actividad criminal para hacerlo más creíble.
—¿Cómo me acercó a él? —pregunté, interrumpiendo Sus detalles. Ya conocia los protocolos para las identidades falsas. Lo que realmente me importaba era como Volkov. Alguien tan paranoico, alguien que seguramente habria ejecutado a cualquiera.
—Esa es la parte difícil. —El director Han se inclinó hacia delante, apoyando los codos en el escritorio—. Sabemos que Volkov esta buscando expandir su red de tráfico de armas. Tienes que hacerle creer que eres un recurso valioso. Aún estamos trabajando en los detalles, pero lo mas probable es que te acerques a uno de sus contactos. Alguien que pueda ponerte en su radar.
Cerré el expediente y lo dejé sobre la mesa. Sabia que esta misión no seria como las otras. Esto no se trataba solo de información o contrabando de poca monta. Volkov era un monstruo, y yo tendria que entrar en su mundo. Vivir con el, respirar su misma corrupción.
Cuando sali de la oficina del director Han, ya sabia que mi vida estaba a punto de cambiar. La misión era clara, pero lo que no era claro era si alguna vez podria volver a ser el mismo. No sabía cuánto tiempo tendria que pasar bajo esa identidad, ni hasta que punto tendría que cruzar las lineas para siempre había jurado no cruzar. Pero este trabajo no era sobre lo que queria o lo que era justo. Era sobre que debia hacerse.
Esa noche, me quedé solo en mi apartamento, sentado en la oscuridad, con el expediente de Volkov sobre la mesa. Tenia una botella de soju en la mano, pero no habia bebido más de un sorbo. Me quede mirando las fotos, Volkov no era un simple gánster. Era un estratega, alguien que habia construído un imperio basado en el miedo y el poder. Si queria sobrevivir en esta misión, tenia que convertirme en alguien más, En alguien capaz de moverse en su mundo sin vida vuelvo a mirar la foto.
Mi vida hasta este punto habia sido una preparación para esto, lo sabia. Desde que era un adolescente, siempre supe que mi destino era enfrentarme a los peores criminales de este mundo. Mi padre habia sido un agente también, aunque nunca tuve la oportunidad de conocerlo realmente. Murió cuando yo tenia seis años, en una misión similar a la que estaba a punto de emprender.
Crecí con la idea de algún dia seguiría sus pasos, de que seria el hombre que el no pudo ser.
Pero ahora que estaba aqui, en el borde de esa realidad, no podia evitar preguntarme si realmente estaba preparado. ¿Estaba dispuesto a sacrificarme por esta misión, como lo hizo el? ¿O me perdería en el proceso?
El pitido de mi teléfono me saco de mis pensamientos. Un mensaje de mi jefe de equipo. Mi vyelo estaba programado para el sia siguiente. Tenia menos de 24 horas para dejar mi vida atrás y convertirme en lee jun-ho.
Al dia siguiente, me reuni con mi equipo en una instalación secreta, sonde me entregaron los documentos falsificados y el equipo que necesitaría. Mi nuevo pasaporte, tarjetas de crédito, una lista de contactos en Rusia que trabajaria como mis enlaces, y lo más importante, una pistola Glock como un silenciador.
—Recuerda, esta misión es de largo plazo —dijo el jefe de equipo mientras revisaba los detalles una última vez—. No te expongas demasiado rápido. Necesitamos que te acerques a Volkov lentamente, que te ganes su confianza ñ. Esto puede llevar meses incluso años.
Asentí. Sabia en lo que me estaba metiendo. No habria vuelta atrás una vez que cruzara la frontera.
Antes de irme, tome un último momento para llamar a mi madre. Siempre lo hacia antes de cada misión, aunque esta vez fue mas difícil de lo normal. No podia decile donde iba ni lo que estaba a ounto de hacer. Ella estaba acostumbrada a las ausencia a las mentiras piadosas. Pero aún así, sentí el peso de lo que estaba a punto de enfrentar mientras escuchaba su voz.
—Cuidate hijo, —me dijo, su tono lleno de preocupación contenida—. Sabes que siempre estoy aqui para ti, pase lo que pase.
—Lo sé, mamá —respondí, tratando de mantener firme—. No te preocupes. Volveré pronto.
Colgué antes de que pudiera decir algo más. No podía permitirme la debilidad en este momento. Sabía que lo último que necesitaba era una despedida emocional, algo que me hiciera dudar del camino que tenía por delante. Mi madre había pasado por suficientes despedidas en su vida, la mayoría sin saber si me volvería a ver. Aunque había aceptado mi profesión, el miedo siempre estaba ahí, entre cada palabra no dicha.
Me quedé un rato en silencio, mirando el teléfono apagado. Las despedidas eran algo a lo que nunca te acostumbrabas del todo. No importa cuántas veces lo hayas hecho, el peso de la incertidumbre seguía presente. Y esta vez, era más fuerte. Algo sobre esta misión me hacía sentir que no habría un “pronto” para volver. La oscuridad que envolvía a Volkov parecía infinita, y yo estaba a punto de sumergirme en ella.
Me levanté del sofá, recogí los documentos falsos y las armas asignadas, y comencé a empacar. No podía llevar muchas cosas, solo lo esencial. Ropa, algo de efectivo, un par de teléfonos desechables. Todo lo demás quedaría atrás, junto con la vida que había llevado hasta ahora. Al mirar mi departamento por última vez, una extraña sensación de vacío me invadió. Sabía que no volvería a este lugar. Al menos, no como Kim Min-ho. Esa identidad quedaría enterrada desde el momento en que pusiera un pie en Rusia.
Mi nuevo nombre, mi nueva vida, era Lee Jun-ho. Un hombre con un pasado manchado, alguien que había escapado de Corea del Sur por motivos oscuros y que había encontrado refugio en los bajos fondos de Europa. Mi historia estaba bien construida, con cada detalle meticulosamente planeado para convencer a cualquier persona que se cruzara en mi camino. No había espacio para errores. Cada palabra, cada movimiento, debía ser calculado.
Al día siguiente, tomé un vuelo comercial hacia Moscú. No había lujos ni comodidades, solo asientos incómodos y pasajeros con miradas vacías. Durante el vuelo, repasé una y otra vez los detalles de la misión en mi mente. Sabía lo que tenía que hacer, pero eso no eliminaba la sensación de que estaba caminando directamente hacia la boca del lobo.
Una vez que aterrizara en Rusia, tendría que hacer contacto con uno de los hombres de Volkov. Un intermediario, alguien que pudiera introducirme lentamente en su organización. Sabía que no sería fácil. Volkov no era un hombre al que cualquiera pudiera acercarse, y menos aún un extranjero. Pero esa era precisamente mi ventaja. Los rusos no confiarían en un coreano, pero un criminal exiliado, con un pasado oscuro y sin ningún tipo de lealtad, podría ser útil para alguien como él.
El avión comenzó su descenso y mi mente se aclaró. Las dudas y los miedos quedaban atrás en cuanto entraba en modo operativo. Sabía lo que estaba en juego, y sabía que no podía permitirme fallar. La seguridad de mi país, de millones de personas, dependía de lo que hiciera en las próximas semanas, meses, tal vez años. Pero no solo era eso. También estaba en juego mi vida. Volkov no era conocido por su misericordia, y si en algún momento sospechaba de mis intenciones, mi muerte sería lenta y dolorosa.
Mientras el avión aterrizaba en Moscú, sentí el frío concreto bajo mis pies cuando salí del avión. Rusia me daba la bienvenida de la forma en que lo hacía con todos los extranjeros: con un frío helado y una sensación de soledad que se filtraba en los huesos. Esta era la primera vez que pisaba tierra rusa, y ya podía sentir que sería diferente a todo lo que había experimentado antes.
No había tiempo para mirar atrás, para dudar o sentir arrepentimiento. Ahora era Lee Jun-ho, y mi única misión era sobrevivir lo suficiente como para destruir a Dmitri Volkov desde dentro.
Me recosté en la cama del pequeño apartamento que me habían asignado en Moscú, una simple caja de concreto con una cama incómoda y una lámpara que parpadeaba de vez en cuando. Mientras intentaba conciliar el sueño, los recuerdos comenzaron a invadir mi mente. Siempre ocurría antes de una misión importante, como si mi subconsciente intentara aferrarse a algo más, algo que me recordara que aún era humano.
De repente, me encontré a mí mismo de vuelta en mi infancia, en una pequeña casa en las afueras de Seúl. Tendría unos ocho años, y estaba jugando con mi padre en el jardín. Él me había regalado una cometa roja, una de esas simples, hechas de papel, pero para mí era el mejor regalo del mundo. Mi padre, que casi nunca tenía tiempo para mí debido a su trabajo, me había prometido ese día que saldríamos juntos.
Recuerdo su risa mientras me ayudaba a hacer volar la cometa. El cielo estaba despejado, y por unos momentos, todo parecía perfecto. “No importa cuán alto subas, hijo, lo importante es que siempre sepas cómo volver a casa”, me dijo. Esa frase quedó grabada en mi memoria, aunque en ese momento no entendía realmente lo que quería decir.
Miré a mi padre con admiración y orgullo. En ese instante, no había nada más que quisiera en la vida que ser como él. Ahora, años después, entendía que su trabajo, su sacrificio, y todas las veces que no estuvo presente, formaban parte de algo más grande. Algo que yo también había decidido asumir.