Susurros en la oscuridad
Adriana y Joaquín se amaban en secreto desde el primer día que sus miradas se cruzaron. Ambos provenían de familias poderosas, pero enemistadas por generaciones. No había razón lógica para el odio entre ellos, solo historias antiguas que hablaban de maldiciones, traiciones y sombras que acechaban a quienes se atrevían a desafiar el destino. Sin embargo, el corazón de Adriana no conocía esos límites, y cada encuentro con Joaquín la hacía sentir viva, como si el mundo fuera solo de ellos dos, alejados de los rumores y las advertencias.
"Su linaje está maldito", le repetía su madre Margaret de Borbón, insistiendo en que la familia Rivera llevaba la muerte en sus venas. Pero Adriana siempre desechaba esas palabras. ¿Cómo podía estar maldito alguien que la miraba con tanto amor? ¿Como podría estar maldito con esa cara de angel y cuerpo de adonis que despierta al deseo? Joaquín era dulce, tierno, protector. No había oscuridad en él… o al menos eso quería creer.
Con el paso de los meses, sus encuentros se volvieron más arriesgados. Se citaban en un claro escondido en el bosque, donde la luna que apenas iluminaba la hierba húmeda y los árboles robustos eran los unicos testigos de esos momentos, cuanto alejados de todo el mundo se volvian uno solo al unir sus cuerpos con pasión.Fue en una de esas noches cuando después de acabar con su armonioso intercambio de fluidos, entre besos y abrazos tomaron la decisión: debían huir. Dejar todo atrás y comenzar de nuevo en un lugar donde nadie los conociera, donde su amor no estuviera maldito por el odio de sus familias.
El plan era simple. Adriana debía encontrarse con Joaquín el dia siguiente a medianoche, llevar lo poco que pudiera cargar y desaparecer juntos en la oscuridad. El viento soplaba fuerte esa noche, arrastrando una niebla pesada que parecía envolver el mundo en silencio. Cuando Adriana llegó al claro, encontró a Joaquín esperándola, con los brazos extendidos, pero algo en su mirada no era el mismo brillo que había conocido.
"Estamos juntos, amor", le dijo con una sonrisa que intentaba tranquilizarla. Ella, ansiosa, lo abrazó con fuerza, sintiendo el frío que emanaba de su cuerpo. "Todo estará bien", añadió, pero había un temblor en su voz.
Mientras caminaban más profundo en el bosque, la niebla parecía volverse más densa. La luna se ocultó tras las nubes, y Adriana empezó a sentir un escalofrío recorrerle la espalda. Joaquín, que siempre caminaba con pasos decididos, ahora parecía tambalearse, como si el peso de algo invisible lo debilitara. De pronto, se detuvo en seco.
"Adriana, no puedo más", susurró, y antes de que ella pudiera reaccionar, cayó de rodillas. Sus manos, antes cálidas y fuertes, comenzaron a temblar violentamente. Adriana intentó sujetarlo, pero cuando lo tocó, su piel estaba fría, como si el calor de la vida lo abandonara. Con horror, vio cómo sus ojos se hundían en sombras profundas, su piel se volvía ceniza, y su cuerpo empezaba a desmoronarse, como si cada fibra de su ser se disolviera en polvo ante ella.
"No… ¡Joaquín!", gritó, desesperada. Pero su voz se perdió en el eco de la niebla. Él, con lo que quedaba de su boca, logró murmurar entre dientes: "Nunca debimos desafiarlos… ahora estaré contigo… para siempre."
Antes de que pudiera procesar lo que sucedía, algo invisible la atrapó por el cuello. No podía moverse, no podía respirar. El frío que había sentido en Joaquín la envolvía ahora a ella, arrastrándola hacia una oscuridad aún más profunda que la del bosque. En el aire, podía escuchar los susurros. Voces de los muertos, voces de aquellos que habían sido maldecidos mucho antes que ellos.
Nadie volvió a ver a Adriana. Las familias buscaron, pero el bosque parecía devorar cualquier rastro de los amantes. Algunos decían que había sido una maldición cumplida, que nadie podía desafiar los lazos de sangre y salir ileso. Otros afirmaban que ambos se habían unido en la muerte, que el amor entre ellos había sido tan poderoso que los llevó a un destino donde ni la vida ni la muerte podían separarlos.
Y aún, en las noches de luna llena, cuando la niebla cubre el bosque como un velo, algunos afirman escuchar susurros. Voces que murmuran promesas de amor eterno, arrastradas por el viento entre los árboles. Las mismas promesas que sellaron su destino.