Capítulo Único
DoflamingoxLaw
EusstassxLaw
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Inspirado en Tim Burton: Corpes Bride
Personajes pertenecen a: Eichiiro Oda
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Con el cielo nublado y el ambiente incitando a la lluvia, el joven Law yacía en la ventana de su recámara en los altos de la mansión Trafalgar, admirando cómo poco a poco la lluvia comenzaba a caer. Sintió algo de paz y tranquilidad, algo que había deseado desde hacía mucho tiempo. Ser el hijo mayor de la familia Trafalgar le había traído varios acontecimientos que desearía nunca haber vivido. Recientemente, su padre le había comentado sobre contraer matrimonio y formar una familia, pero eso no era lo que deseaba. Habría preferido seguir con su vida de médico antes que casarse con alguien que ni siquiera conocía.
Permaneció inmóvil, admirando cómo el cielo gris plomizo se desplegaba sobre la mansión Trafalgar como una capa de luto. Law observaba la lluvia deslizarse por la ventana, cada gota un recordatorio del desasosiego que sentía en su interior. La calma que el sonido de la lluvia ofrecía era un cruel contraste con el tumulto emocional que lo invadía. La noticia del matrimonio arreglado le pesaba más que la tormenta, como si cada gota arrastrara consigo los sueños y esperanzas de su vida.
Mientras el reloj marcaba las 7:12 a.m., Law se preparaba para salir. Su abrigo negro caía con precisión militar sobre su impecable camisa blanca ceñida y sus pantalones de vestir gris oscuro. A pesar de su apariencia impecable, la ansiedad se reflejaba en sus ojos, que miraban el reloj con una mezcla de desesperación y resignación.
Mientras la lluvia caía, su mente divagó en esos pequeños momentos, en trance. Ni cuenta se dio cuando su padre entró en la estancia.
—Law, hijo, tu madre y yo hemos arreglado un matrimonio para ti.
Esas palabras molestaron al joven. No dijo nada, permaneció quieto ante la ventana, mirando el cielo gris y la lluvia caer sin cesar.
—Necesito que me escuches, tu matrimonio ya está hecho.
No se esperaba en ningún momento que sus padres planearan algo así. Siempre le hablaron de casarse por amor, de ser amado y que fuese recíproco, pero ¡esto! Un matrimonio arreglado era todo lo contrario. Se sintió frustrado, con un peso encima. Su familia estaba estable económicamente y no necesitaban de nada ni de nadie. Estaba seguro de que alguien de bajo estatus o incluso igual buscaría entrar, ya fuera por los negocios de medicina o por estatus, y eso era algo que a Law le repugnaba. El hecho de valorar lo material y no lo que uno siente no era correcto para él.
—¿Quién es esa persona? —preguntó con voz grave y seria.
—Es un joven, el hijo del alcalde, Eustass Kid.
—¿¡Qué!? —Law tragó saliva sin quitar la vista de la ventana. Uno de sus amigos más cercanos iba a casarse con él. Su corazón se aceleró por un instante; Eustass era bastante grande y fuerte, aunque torpe. Se tomaba las cosas a pecho con frecuencia, pero a pesar de todo, con él siempre mostró su lado amable.
Volteó la cabeza, mirando el reloj de pared que marcaba las 07:20. Aún era temprano.
Tomó sus llaves y caminó hacia la salida, dirigiéndose a su consultorio. Al llegar, el ambiente estaba inusualmente vacío. No había pacientes esperando, una anomalía en su rutina diaria. Fue entonces cuando un hombre alto y rubio, con un aire de aristocracia, apareció en la puerta. Sus gafas rosa fucsia ocultaban sus intenciones, y su presencia se sentía como una sombra en el rincón de la habitación.
—Buenos días, doctor —lo saludó cortésmente—. Me han hablado de usted y me gustaría una consulta.
Law, impulsado por su profesionalismo y una ligera inquietud, aceptó la solicitud. La conversación, que comenzó como una consulta rutinaria, pronto se tornó en algo mucho más personal. Con su mirada penetrante y su lenguaje enigmático, parecía querer algo más que solo un tratamiento médico. La forma en que lo miraba, el roce de sus dedos al entregar la receta, todo parecía cargado de una tensión sutil pero palpable.
Esa tarde, el cielo seguía cubierto, como si presagiara el caos por venir. Doflamingo esperó al doctor fuera de la clínica. Al salir el último paciente del consultorio, supo que pronto cerraría. Después de unos minutos, Law cerró su oficina y se topó con aquel rubio alto, quien lo invitó a tomar una copa. Law no lo dudó mucho; muchas personas del pueblo lo conocían por su familia. Había quienes, como agradecimiento, lo invitaban a comer o a beber. El trato de la gente hacia él era cálido y amistoso, aunque el médico tuviera una expresión de pocos amigos.
Law decidió aceptar la invitación de Doflamingo para una copa en el bar. Al llegar, el lugar estaba envuelto en una penumbra que acentuaba la inquietud. La conversación entre ellos se volvió cada vez más íntima, un juego de miradas y palabras cargadas de subtextos. Doflamingo no se limitaba a hablar de su madre enferma; sus palabras estaban llenas de un tipo de anhelo que Law no podía ignorar.
Al día siguiente fue igual, y el siguiente, y el fin de semana. Doflamingo estaba fascinado por el joven médico, comenzaba a mirar a Law como un trofeo, algo más para tener bajo su control y sentirse poderoso. Sentía una urgencia de llevarse a ese chico que le había gustado desde que lo vio el primer día que llegó allí, y no solo por su apariencia, sino también por su fortuna. Se había asegurado de investigar bien a aquel joven médico del que muchos hablaban.
Las conversaciones entre ellos se volvieron más frecuentes, cada encuentro cargado de una tensión palpable, una mezcla de deseo, miedo y una atracción que Law no podía negar, aunque no la comprendía del todo. Doflamingo tenía una habilidad perturbadora para leerlo, para saber exactamente qué decir para desestabilizarlo, y Law sentía que su vida, que había sido tan cuidadosamente controlada, comenzaba a desmoronarse bajo la influencia de este hombre.
Como de costumbre, se sentaron en un rincón apartado, donde la conversación entre ellos se volvió cada vez más íntima, una danza de palabras cuidadosamente elegidas y miradas cargadas de subtextos. Doflamingo no se limitaba a hablar de su madre enferma; sus palabras estaban llenas de un tipo de anhelo que Law no podía ignorar.
—A veces, la vida nos pone en situaciones que parecen ineludibles —dijo Doflamingo, con su mirada fija en Law mientras jugueteaba con el vaso de whisky en sus manos—. Y, en esas situaciones, uno debe aferrarse a lo que más desea. Como el anhelo de poseer algo valioso.
Law intentó mantener la compostura, pero el peso de la mirada de Doflamingo era difícil de soportar. Cada palabra parecía estar cargada de un significado oculto, como si estuviera tratando de persuadirlo de algo más profundo y oscuro.
—¿Y qué es lo que deseas, Doflamingo? —preguntó Law, con la voz temblando ligeramente.
Doflamingo le sonrió, una expresión que era a la vez seductora e inquietante.
—Deseo lo que no puedo tener. Y a veces, eso es lo que me impulsa. No puedo evitar sentir que hay algo en ti, Dr. Trafalgar, que me resulta... irresistible.
Law sintió un escalofrío recorrer su espalda. La forma en que Doflamingo hablaba y la intensidad de su mirada le hicieron sentir que estaba al borde de algo peligroso. Intentó cambiar de tema, pero Doflamingo seguía insistiendo en temas personales, acercándose más a él con cada palabra.
Al final de la noche, Doflamingo se levantó, dejando su vaso vacío sobre la mesa con un gesto que parecía tanto de despedida como de desafío.
—Ha sido un placer, Dr. Trafalgar —dijo Doflamingo, con una voz llena de una especie de gratitud envenenada—. Espero que podamos repetir este encuentro pronto.
Law se levantó lentamente, sintiendo una sensación de inquietud que no podía sacudirse. La conversación, que había empezado de manera casual, se había convertido en una danza peligrosa de insinuaciones y deseos no expresados. La cercanía de Doflamingo y la intensidad de su fascinación dejaron a Law con una sensación de angustia.
—Claro —respondió Law, tratando de mantener la calma—. Espero que tu madre se recupere pronto.
Doflamingo se acercó un momento más, como si quisiera dejar una última impresión en Law. Su mano rozó ligeramente la del médico, un gesto breve pero cargado de intención.
—Cuídate, espero volver a verte, Dr. Trafalgar. No querría que te pasara nada inesperado.
Law se quedó allí, viendo cómo Doflamingo se alejaba con una elegancia inquietante. Mientras observaba su figura desvanecerse en la penumbra del bar, Law sintió que el aire se había vuelto aún más pesado.
La presencia de Doflamingo había dejado una marca indeleble en su mente, y la sensación de inquietud seguía acechándolo, como una sombra que se negaba a desaparecer.
Salió del bar con una sensación de desasosiego, consciente de que la amenaza de Doflamingo apenas había comenzado. La noche había traído consigo más preguntas que respuestas, y Law se sentía atrapado en un juego que no comprendía del todo, pero que sabía tendría consecuencias dolorosas.
Después de ese último trago, Doflamingo partió a su país natal, donde se enteró del fallecimiento de su madre. Este hecho lo llevó a tomar medidas drásticas. Mientras tanto, intentaba hacerse cargo de los negocios y empresas de su familia, pero el dinero se evaporaba. Necesitaba conseguir más y reunir a personas de confianza a su lado para mantener su estatus. Con una idea en mente, dejó a su pequeño hermano al cuidado de una nana mientras él viajaba de vuelta a Flevance. Al regresar, volvió a ver a aquel moreno entrando a su clínica, como de costumbre.
Mientras...
Los días para Law, después de la partida del rubio, fueron pesados, impregnados de una melancolía inexplicable. Aunque había pasado poco tiempo desde que Doflamingo se marchó, la sombra de su presencia parecía seguirlo como un fantasma que se negaba a desaparecer. El ambiente en Flevance se había vuelto más sombrío, y el gris del cielo se reflejaba en el corazón de Law, intensificando su inquietud.
Cada día que pasaba, la figura de Doflamingo se volvía más presente en su mente; sus palabras resonaban como un eco persistente, llenas de promesas y advertencias veladas. Law no podía sacudirse la sensación de que algo oscuro se cernía sobre él, algo que iba más allá de la inminente boda arreglada.
Una de esas tardes nubladas, donde el cielo gris parecía hundirse sobre la ciudad, Law se dirigió hacia la alcaldía. Había cerrado la clínica temprano, aprovechando el silencio y la desolación de la tarde para buscar a Eustass. Su corazón palpitaba aceleradamente, y cada paso resonaba con el peso de sus preocupaciones.
Al llegar, Eustass estaba en su despacho, rodeado por la penumbra que el día había traído consigo. El humo del cigarrillo que fumaba se mezclaba con la luz tenue que se filtraba a través de las cortinas, creando un halo casi etéreo en la habitación.
—Eustass —dijo Law, entrando sin hacer mucho ruido. Su voz temblaba ligeramente, como una hoja arrastrada por el viento—. Necesito hablar contigo.
Eustass se giró lentamente en su silla, dejando el cigarro en el cenicero y levantándose para recibir a Law. Su rostro, al principio serio, se suavizó al ver la expresión angustiada de su amigo.
—¿Qué ocurre, Law? —preguntó Eustass, su tono cargado de preocupación genuina.
Law se acercó a la ventana, mirando la lluvia que comenzaba a caer. La vista de las gotas resbalando por el cristal reflejaba su estado interno, un torbellino de emociones. Sin volverse, se apoyó en el alféizar, inhalando profundamente y sacando un cigarro de su estuche. Encendió la punta, dejando que el humo se deslizara hacia el aire gris.
—Es sobre Doflamingo —comenzó Law, sus palabras envueltas en desasosiego—. Cada vez que estoy cerca de él, siento que todo en mí se enrarece. No puedo evitarlo... La idea de estar con alguien así, alguien que simplemente me inquieta, me desespera.
Eustass, viendo la manera en que Law se aferraba al cigarro, lo interrumpió suavemente. Se acercó y tomó el cigarro de la mano de Law, apagándolo en el cenicero con un gesto decidido.
—Tienes que dejar de fumar cuando estés estresado —dijo Eustass con una sonrisa comprensiva—. Esto no te hará bien.
Law lo miró, sorprendido por la interrupción. Había una dulzura en el gesto de Eustass que no había esperado. No obstante, permitió que Eustass le tomara las manos, mirándolo con un atisbo de agradecimiento y pesar.
—Eustass... estoy asustado. La boda es un acuerdo entre nuestras familias, pero la boda es un acuerdo entre nuestras familias, pero no me siento listo para enfrentar esto. No quiero que Doflamingo tenga poder sobre mi vida, pero tampoco quiero decepcionarte.
Eustass apretó las manos de Law, la calidez de su toque contrastando con el frío de la habitación. Su mirada estaba cargada de un entendimiento profundo y un apoyo inquebrantable.
—Law, sé que esto no es fácil. Pero quiero que sepas que, aunque nuestra boda sea un arreglo, lo que más deseo es que encuentres paz. Si casarnos puede ayudarte a protegerte de él, lo haremos. Pero, más allá de eso, estaré aquí para ti. No estás solo en esto.
Law sintió una oleada de alivio al escuchar esas palabras. La cercanía y el apoyo de Eustass eran un bálsamo para sus temores. Se inclinó hacia adelante, apoyando la cabeza en el hombro de Eustass en un gesto de vulnerabilidad. Eustass lo envolvió en un abrazo, el calor de su cuerpo proporcionando una sensación de seguridad que Law necesitaba desesperadamente.
—Gracias —murmuró Law contra el hombro de Eustass—. No sé qué haría sin ti.
Eustass le acarició la espalda con suavidad, su voz bajando a un susurro reconfortante.
—No tienes que averiguarlo. Estoy aquí, y lo estaré siempre. Vamos a enfrentar esto juntos.
La lluvia seguía cayendo afuera, el sonido de las gotas contra la ventana era como una sinfonía de calma y tristeza. Dentro de la oficina, el ambiente era una burbuja de intimidad y consuelo. Mientras Law se aferraba a Eustass, se dio cuenta de que, aunque el futuro pudiera ser incierto y tormentoso, no estaba destinado a enfrentarlo solo.
Law se quedó en la oficina de Eustass durante un tiempo, permitiendo que el consuelo de su amigo le ayudara a aclarar sus pensamientos. La tarde se desvaneció en la noche, y la lluvia comenzó a cesar, dando paso a un cielo de un gris más tenue.
Eustass le ofreció a Law un abrigo. “Cuídate”, susurró al oído, mientras los labios de Law agradecían el gesto antes de dirigirse a su casa, sintiéndose un poco más en paz, pero aún atormentado por la amenaza que representaba Doflamingo. La noche transcurrió con la sensación de un respiro fugaz, una breve pausa antes de lo inevitable.
La mañana siguiente, la lluvia constante no cesaba, como si la naturaleza misma estuviera alineada con los oscuros presagios que sentía Law. Al verlo de nuevo, esa figura imponente con una sonrisa que nunca alcanzaba sus ojos, Law sintió que una parte de su destino estaba siendo sellada. A pesar de sus instintos de alejarse, algo en el magnetismo peligroso de Doflamingo lo mantenía cautivo. Había vuelto.
Había momentos en que Law se encontraba deseando no haber aceptado esa copa, no haber permitido que Doflamingo se acercara tanto. Pero ya era demasiado tarde. Cada vez que el rubio entraba en su oficina, cada vez que sus miradas se cruzaban, Law sentía que una red invisible se cerraba a su alrededor, atrapándolo en un juego peligroso del que no sabía si quería, o podía, escapar.
El cielo gris y las lluvias persistentes parecían reflejar el estado de su alma. La mansión Trafalgar, que antes le había ofrecido refugio, ahora se sentía como una prisión, un lugar donde las sombras se alargaban y los murmullos de una tragedia inminente llenaban los pasillos. Law sabía que algo estaba por venir, algo que cambiaría su vida para siempre. Y mientras observaba la lluvia deslizarse por las ventanas de su casa, comprendió que Doflamingo era una fuerza que no podía controlar, un presagio de destrucción que había dejado de ser solo un visitante en su vida para convertirse en su inevitable destino. Tenía que acabar con eso, pero ¿cómo?
Al día siguiente, al terminar con su último paciente, cerró su consultorio y vio a lo lejos a aquel rubio bien vestido con unas gafas que le cubrían completamente los ojos. Doflamingo se acercó, mostrando una sonrisa un poco extraña a los ojos de Law, quien sospechaba de las intenciones del rubio.
—Te veré en la tarde, vístete elegante —dijo Doflamingo antes de partir. La insinuación en sus palabras dejaba una sensación inquietante en el aire, como si un deseo oculto estuviera a punto de desatarse.
Algo no encajaba bien; esa sensación le dejaba un mal sabor y un presentimiento que no dejaba de darle vueltas en la cabeza.
La noche estaba envuelta en un silencio opresivo, roto solo por el ocasional susurro del viento entre los árboles. Law se encontró en una lucha interna mientras la tormenta afuera se reflejaba en su caos interior. La nota de Eustass, con sus advertencias sobre Doflamingo, permanecía en el fondo de su mente, pero su decisión de encontrarse con el rubio lo llevó a ignorar aquella advertencia que le había dejado Eustass con la servidumbre.
Law,
He estado pensando en lo que me dijiste sobre Doflamingo. Parece que está demasiado cerca, y no me gusta cómo se comporta.
Cuida de ti mismo y no dejes que te arrastre a su juego. Piensa en ti y en el futuro que podemos construir juntos. No estás solo en esto; estoy aquí para ti.
Aunque una voz en su interior le advertía que algo no estaba bien, decidió ir a verlo y terminar con lo que había empezado. La atmósfera del bar era ahora aún más opresiva. El aire estaba cargado de una penumbra que acentuaba la inquietud.
Doflamingo, con su presencia imponente, parecía ser el centro de todo. Law se sentó frente a él, sintiendo el peso de cada mirada y palabra cargada de un deseo inconfesable.
Sentía cómo la mirada de Doflamingo parecía atravesar su alma. Cada palabra, cada sonrisa, estaban impregnadas de una intensidad que lo hacía sentirse tanto atraído como perturbado.
—Vine aquí para tenerte, Law —dijo
Doflamingo, su voz baja y seductora.
—Desde la primera vez que te vi, supe que eras mío —añadió, su mirada intensificada por un deseo oscuro.
Law, aunque perturbado, se mantuvo firme.
—Dime, ¿qué quieres de mi? —preguntó con una mezcla de determinación e incertidumbre.
-Sencillo, quiero que vengas conmigo —dijo
Doflamingo. Su tono era más una orden que una invitación.
Law se sorprendió ante la demanda. Algo en su interior gritaba que debía huir.
—No —respondió con un tono firme.
Su rechazo provocó un cambio en Doflamingo, quien, herido en su orgullo, insistió en un último encuentro.
—Ven a verme esta noche en mi apartamento. Un último trago —dijo Doflamingo, su sonrisa llena de una intención siniestra.
Law, aterrado, se negó una vez más y se levantó para marcharse. Doflamingo, furioso, lo siguió y, antes de que pudiera llegar a la mansión, le jaló del brazo, golpeando su cabeza y dejándolo inconsciente. Lo llevó contra su voluntad al bosque cercano, donde ya tenía preparada una sorpresa para su querido Law. Para suerte del joven médico, Hawkins, un amigo de su prometido y sus colegas, había observado la escena. De inmediato, buscaron a Eustass y siguieron a
Doflamingo.
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El cielo estaba nublado, un telón gris plomizo que parecía cerrar el día con un velo de tristeza. En un rincón solitario del bosque, donde el silencio se entrelazaba con el susurro de las hojas, Doflamingo dejó a Law postrado contra un gigantesco árbol. La luna, tímida y distante, apenas iluminaba la escena que se desplegaba en la penumbra.
Doflamingo, cansado pero con una intensidad inquietante en sus ojos, se sentó junto a Law. Observaba su rostro con una mezcla de admiración y desesperación. Cada facción del joven médico era una obra de arte que deseaba poseer, incluso en su último momento. El rubio sentía una necesidad abrumadora de tocar esa piel, de hacer suya la belleza que ahora yacía ante él. En su mente, la fantasía y la realidad se entrelazaban en un caos descontrolado. La urgencia de retener a Law, de hacerlo suyo de manera definitiva, lo consumía.
Law despertó con un sobresalto. El frío lo envolvía y la confusión lo nublaba al encontrarse en el bosque, en compañía de aquel hombre que había perturbado su vida.
Doflamingo, con una frialdad inquietante, se acercó y levantó a Law del suelo con una suavidad perturbadora, quedando frente a frente.
—¿Qué pretendes, Doffy? —cuestionó Law con voz temblorosa, su mirada fija en el rubio.
-Sencillo —respondió Doflamingo con una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos—. Ven conmigo, sé mi pareja y huye a mi pueblo.
—No -la respuesta de Law fue firme, a pesar del temblor en su voz.
Doflamingo sintió un ardor en su pecho. La decisión de Law era una amenaza a su obsesión, y no podía permitir que el joven escapara de su dominio. La idea de perder a
Law lo consumía con una intensidad perturbadora.
—¿De verdad quieres casarte con ese chico?—preguntó Doflamingo, sus palabras cargadas de una amenaza velada.
—Sí —respondió Law sin dudar, dejando claro que Eustass era más que un simple amigo para él.
El eco distante de alguien llamando a Law se acercaba rápidamente. Doflamingo, con el rostro enmascarado por una mezcla de dolor y determinación, rodeó la cintura de Law, pegando sus cuerpos. Sintió el calor del otro y, acto seguido, sacó una daga con un movimiento preciso.
—Si no puedo llevarte conmigo, no dejaré que seas de nadie —murmuró, su voz suave pero mortalmente seria.
Con un movimiento fluido y casi cariñoso, Doflamingo apuñaló a Law en el costado izquierdo. El joven médico se agarró de los hombros del rubio, cayendo sobre su pecho, quien le sostuvo con una ternura macabra. La daga había hecho su trabajo; Law, con su vida desvaneciéndose lentamente, dejó caer su rostro en el pecho de Doflamingo, oliendo el whisky que compartieron con una mezcla de incredulidad y resignación.
Doflamingo le sostuvo con ambas manos en la cintura, seguido por inclinar su cabeza hacia Law, y en un acto que combinaba desesperación y fría determinación, robó un último beso. Fue un beso que reflejaba la tristeza de un amor no correspondido y la frialdad de la muerte que se avecinaba. Law sintió el frío penetrante de la sangre que manaba de su herida y el gélido beso; su vida se deslizaba lejos de él. La oscuridad comenzó a envolverlo, y su visión se tornó borrosa.
En el último aliento de su vida, Law vio a Doflamingo tomando su cuerpo en sus brazos, acomodándolo en una pequeña tumba que había cavado con un cuidado perturbador. La sensación de su vida abandonándolo era abrumadora, y en sus pensamientos finales, Law deseó fervientemente ser encontrado por alguien, cualquier persona que pudiera llevarlo de vuelta con su familia o a su prometido.
Mientras Doflamingo terminaba de enterrar a Law, colocando una manta blanca sobre su rostro, el joven médico se entregó a la oscuridad de la noche, los cuervos observando desde las ramas como si asistieran a su funeral. La última imagen que Law tuvo fue la de su propio cuerpo medio enterrado, y un voto silencioso hacia el árbol que se alzaba sobre él: Eustass, perdón. Te fallé. Aun así, si no puedo estar contigo, al menos sabes que te amé en vida y quiero lo mejor para ti.
Doflamingo, satisfecho en un sentido retorcido, se alejó del lugar sin mirar atrás. Law ya no le pertenecía, y el rubio se aseguró de que no lo fuera para nadie más. En ese momento de desesperación, con la última fuerza que le quedaba, Law levantó su mano y la dejó sobresalir de la nieve y la tierra.
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Eustass se precipitó a través del bosque, el corazón golpeando en su pecho con una desesperación cada vez más apremiante. La tormenta había arrojado nieve sobre el terreno, y el frío se había instalado en su cuerpo como una presencia ominosa. La búsqueda era desesperada, pero cada rastro de Doflamingo parecía desvanecerse con el viento helado. Al principio, pensó que había perdido toda esperanza, pero la visión de Doflamingo alejándose en la distancia encendió una chispa de determinación en él.
En su carrera frenética, Eustass llegó finalmente al lugar donde había visto al rubio desaparecer. La visión de una mano medio enterrada en la nieve lo detuvo en seco. Con el corazón en la garganta, se arrodilló y comenzó a remover la nieve y la tierra con una intensidad desesperada. Cada puñado de nieve que apartaba parecía hacer que su esperanza se desvaneciera más rápido, pero él no se detuvo, impulsado por el terror y el amor.
Cuando por fin descubrió el cuerpo de Law, la visión era devastadora. Law yacía en la fría tierra, su piel pálida contrastaba con la nieve que la cubría. Sus ropas estaban arrugadas y manchadas, y sus ojos estaban cerrados en una paz inquietante. Eustass se tambaleó, el corazón destrozado por la escena. Su mundo se desmoronó mientras contemplaba el cuerpo de su amigo, el hombre con quien había soñado un futuro juntos.
-Law... Law, por favor, despierta -suplicó Eustass, su voz rota mientras sacaba la nieve y la tierra con manos temblorosas. No había respuesta, solo la fría indiferencia del cuerpo de Law. Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras le tomaba de la nuca y el torso, sentando el cuerpo de Law en su regazo con cuidado.
Eustass abrazó a Law con desesperación, la realidad de la pérdida hundiéndose en su pecho como un peso implacable. El cuerpo de Law estaba helado al tacto, y Eustass pudo sentir el frío que emanaba de él, contrastando con el calor de sus propias lágrimas. En un acto de amor desgarrador, Eustass se inclinó y besó los labios gélidos de Law, un beso lleno de tristeza y un anhelo que nunca se cumpliria. Con la desesperación marcando cada uno de sus movimientos, Eustass levantó a Law, envolviéndolo con cuidado con su manto . La nieve seguía cayendo lentamente, cubriendo el lugar como una tumba fría.
Llorando sin parar, Eustass llevó a Law de vuelta al pueblo, donde las miradas atónitas de Kid y los padres de Law se encontraron con su dolor. El frío y la tristeza en el aire se hicieron palpables, y Eustass, con la muerte de Law en sus brazos, se dio cuenta de que el futuro que habían imaginado juntos se había desvanecido en un cruel recuerdo. El mundo se sintió vacio y en ruinas, mientras la escena final de su amor y sacrificio se marcaba en la fría noche.