Capítulo 1: Bajo el Mismo Cielo
El cielo se extendía sobre los campos, vasto e inmutable, testigo mudo de un odio que parecía eterno. Entre los verdes prados, el río serpenteaba lentamente, dividiendo las tierras de los Del Valle y los Montes. A simple vista, aquel paisaje podría parecer un paraíso, pero en esas aguas tranquilas se escondían siglos de rencores y viejas heridas que nunca cicatrizaron.
Mariana Del Valle observaba desde la ventana de su habitación cómo el sol comenzaba a esconderse tras las colinas. La luz dorada teñía los campos de un tono cálido, casi mágico, pero su mirada estaba fija en las tierras al otro lado del río, donde las sombras alargadas de los árboles cubrían la finca de los Montes. Sus dedos acariciaban el marco de madera de la ventana con impaciencia, como si en cualquier momento pudiera descubrir un secreto oculto en aquella vista familiar, pero distante.
—¿Qué miras, Mariana? —La voz de su padre, Don Gonzalo Del Valle, resonó desde la puerta, sacándola de su ensueño.
Mariana se giró de inmediato, fingiendo indiferencia. Su padre era un hombre duro, de rostro curtido por el sol y las batallas de la vida en el campo. Había vivido toda su vida alimentando el odio hacia los Montes, y aunque nunca hablaba del origen exacto de la enemistad, se aseguraba de que cada miembro de su familia la sintiera con la misma intensidad.
—Nada, papá —respondió ella, esbozando una sonrisa forzada—. Sólo miraba el atardecer.
Don Gonzalo avanzó hacia la ventana, echando una mirada rápida hacia las tierras de los Montes, como si con solo verlo pudiera sentir el desprecio hacia la familia vecina. Se quedó en silencio por unos segundos, con el ceño fruncido, antes de volver su mirada hacia su hija.
—No tienes nada que buscar allí, Mariana —dijo con voz firme—. Los Montes nunca han sido ni serán nuestros amigos. Recuerda eso.
Mariana asintió en silencio, pero en su corazón algo latía de forma diferente. A pesar de todo lo que había escuchado, no podía evitar sentir curiosidad. ¿Cómo era posible odiar tanto a alguien que nunca había conocido personalmente? Los Montes eran, para ella, figuras distantes, casi irreales, salvo por una excepción: Esteban Montes.
Lo había visto solo un par de veces a lo lejos, trabajando en los campos junto a su familia. Su rostro, apenas vislumbrado entre el polvo y el sol, era joven, pero endurecido por las responsabilidades de la vida en el campo. Había algo en su manera de moverse, en su presencia silenciosa, que la intrigaba. Aunque sabía que no debía, Mariana había pasado noches preguntándose cómo sería hablar con él, entender su perspectiva, quizá, solo quizá, descubrir que detrás de todo aquel odio había algo más.
—Voy a cenar pronto —dijo Don Gonzalo, interrumpiendo sus pensamientos—. No tardes.
Cuando su padre salió de la habitación, Mariana dejó escapar un suspiro y se permitió volver a mirar hacia las tierras de los Montes. Su mente vagaba, y sin darse cuenta, se encontró imaginando cómo sería la vida si ese odio ancestral desapareciera. Si, en lugar de rencor, pudiera haber algo más… algo parecido a la paz, o incluso al amor.
Al otro lado del río, Esteban Montes se secaba el sudor de la frente mientras finalizaba el trabajo del día. El calor había sido insoportable, y sus manos, ásperas y sucias, mostraban las cicatrices del esfuerzo diario. Se detuvo por un momento, apoyando el pie sobre el arado, y levantó la vista hacia las tierras de los Del Valle. A lo lejos, en la tenue luz del atardecer, creyó ver una figura femenina junto a una ventana.
Era Mariana. Lo sabía, aunque nunca se habían cruzado palabras. La había observado antes, al igual que ella a él, como si ambos compartieran una curiosidad silenciosa que ninguno se atrevía a confesar. Esteban sabía lo que su padre, Don Joaquín Montes, pensaba sobre los Del Valle. Para él, no eran más que una piedra en el camino, gente que había robado lo que les correspondía a los Montes desde hace generaciones. El odio era casi un legado familiar, y Esteban lo había heredado sin pedirlo, como una maldición inevitable.
Pero mientras contemplaba la figura de Mariana a lo lejos, algo en su interior se revolvía. Nunca había sentido odio hacia ella, y eso lo inquietaba. Su padre le había enseñado a desconfiar de todo lo que viniera de los Del Valle, pero Mariana no encajaba en esa narrativa. ¿Qué clase de enemiga era aquella que provocaba preguntas en lugar de desprecio?
El sonido de pasos pesados lo devolvió a la realidad. Era su padre, Don Joaquín, caminando hacia él con su habitual aire de autoridad.
—Termina ya y entra a la casa —ordenó el hombre, sin molestarse en mirar hacia los campos de los Del Valle—. Mañana será otro día duro. Las tierras de los Del Valle no se trabajarán solas, y si no conseguimos el agua que necesitamos, esto terminará mal.
Esteban asintió en silencio, recogiendo sus herramientas. Sabía que su padre hablaba de las tierras con la misma amargura de siempre, pero también sabía que sus palabras escondían algo más: el conflicto por el agua del río estaba llegando a un punto crítico. Las cosechas de ambos lados dependían de ese recurso, y si no llegaban a un acuerdo pronto, las tensiones entre las familias podrían explotar en cualquier momento.
Mientras caminaba hacia la casa, con el sol desapareciendo por completo en el horizonte, Esteban lanzó una última mirada hacia la ventana de Mariana. Aunque no lo admitiría ni siquiera ante sí mismo, algo en su pecho comenzaba a cambiar. Y aunque era una chispa apenas perceptible, sabía que podría crecer si la alimentaba. ¿Sería posible que, en medio de tanto odio, pudiera surgir algo más? ¿Algo tan imposible como el amor?
El cielo oscureció, y las dos familias se recogieron en sus casas, cada una con sus pensamientos y preocupaciones. La noche caía sobre el campo, envolviendo todo en un manto de silencio. Pero incluso en esa calma, bajo las estrellas, el destino de los Del Valle y los Montes estaba por cambiar. Y Mariana y Esteban, sin saberlo, se encontraban justo en el centro de ese inminente torbellino.








