Prólogo
La luna llena se alzaba sobre las antiguas montañas de Joseon, su luz plateada bañando el bosque en un resplandor etéreo. Dos figuras se movían entre las sombras, sus corazones latiendo al unísono en una danza tan antigua como el tiempo mismo.
Chaeyoung, con su piel pálida brillando bajo la luz lunar, se detuvo en un claro. Sus ojos, de un rojo profundo, escudriñaron la oscuridad. “Jisoo,” susurró al viento, su voz una mezcla de anhelo y temor.
De entre los árboles emergió una figura esbelta, una daga de plata brillando en su mano. Jisoo, la cazadora, avanzó con cautela, sus ojos nunca abandonando los de su amada.
“No deberíamos estar aquí,” murmuró Jisoo, aunque cada fibra de su ser anhelaba acercarse más.
“Y sin embargo, aquí estamos,” respondió Chaeyoung, extendiendo una mano pálida hacia la cazadora.
Por un momento, el tiempo pareció detenerse. Vampira y cazadora, predador y presa, amante y amada. Dos almas destinadas a enfrentarse, pero condenadas a amarse.
Un grito lejano rompió el hechizo. Las antorchas de los cazadores iluminaron el bosque, acercándose rápidamente.
“Vete,” urgió Jisoo, el dolor desgarrando su voz. “Si te encuentran...”
Chaeyoung asintió, lágrimas de sangre formándose en sus ojos. “Nos encontraremos de nuevo,” prometió. “En esta vida o en la siguiente.”
Mientras Chaeyoung desaparecía en la noche y Jisoo se giraba para enfrentar a su clan, ninguna de las dos podía imaginar cuán profética sería esa promesa. A través de los siglos, sus almas buscarían reunirse, desafiando el destino mismo.
Y así, en la Seúl moderna, el ciclo comenzaría de nuevo. Pero esta vez, no estarían solas en su lucha contra el destino y las antiguas enemistades. Porque el amor, como la luna, siempre encuentra una manera de brillar incluso en la noche más oscura.