De lo que no me arrepiento

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Summary

Odette siempre ha visto la vida como un lienzo en blanco, lleno de posibilidades. Alegre, creativa y con una sonrisa contagiosa, equilibra su tiempo entre la universidad y su trabajo como mesera en el café del campus. Todo parece bajo control, hasta que un día un encuentro accidental con un joven cambia su rutina. Esequiel, un estudiante brillante y reservado, se cruza con Odette de manera inesperada, sin imaginar que ese pequeño accidente en el café será el comienzo de una historia que entrelazará sus vidas de formas que ninguno de los dos hubiera previsto. Sin saberlo, ambos estudian en la misma universidad. ¿Qué ocurrirá cuando sus mundos finalmente colisionen? Una historia de casualidades, encuentros inesperados y el poder transformador del amor.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
13+

Chapter 1 - Odette

Era una hermosa mañana de septiembre, la brisa fresca se sentía en mi piel y los rayos del sol acariciaban como una taza de café caliente en la madrugada. El problema es que estaba a punto de llegar tarde, otra vez, a la universidad.

Sí, exactamente, apenas era mi segunda semana de clases y ya había acumulado más de cinco tardanzas. No es que no me guste la U, de hecho, me encanta, y las materias son súper interesantes. Lo único es que, para ser sincera, nunca he sido madrugadora.

Cuando finalmente llegué a la entrada, allí estaba ella, mi profesora favorita, la misma a la que más he decepcionado esta semana.

—Buenos días, señorita Bans. Disculpe la tardanza… otra vez. Le prometo que no es intencional —dije, nerviosa, intentando que no se notara demasiado.

—No creo que lo haga adrede, señorita Smith. Es mi mejor alumna, solo necesita ser más puntual —respondió ella, con una sonrisa comprensiva.

Esa sonrisa siempre me alivia. Me hacía feliz que fuera tan comprensiva, aunque sabía que no podía seguir así. No soy del tipo de persona que llega tarde tan seguido, pero últimamente he estado muy distraída pensando en los exámenes.

—Anda, pasa y siéntate —me indicó la profesora, con esa calma que tanto la caracteriza.

Entré al aula y me dirigí hacia mi lugar habitual. Me gusta que tengamos puestos fijos; siempre me siento al lado de Bridget, una de mis mejores amigas. Detrás de nosotras están Jace y Marry, nuestros compañeros inseparables.

—Parece que alguien volvió a pasarse soñando —murmuró Bridget, con una sonrisa burlona.

—¡Claro que no! Sabes bien que no puedo seguir decepcionando a los profes... — le respondí en voz baja, intentando no sonar tan cansada.

—Pero ya has hecho suficiente, sabemos que eres más que capaz de salir bien. —Bridget me animó, mientras Jace y Marry asentían.

—No por nada eres una de las mejores del aula, Odri. Ya verás que te irá muy bien —concretó Jace con seguridad.

—Por favor, cuarteto rojo, un poco de silencio —nos reclamó la profe, mientras Jace y Marry se reían entre dientes. Bridget y yo nos sonrojamos, y bajamos la cabeza esperando que terminara la clase.

Al finalizar, regresé a casa. El trayecto en bus fue tranquilo, y cuando llegué, justo a tiempo para el almuerzo, el aroma familiar me dio la bienvenida.

—Buenas tardes… por favor, con calma a comer —exclamó mamá, mientras nos íbamos acomodando, uno a uno, alrededor de la mesa.

Somos cinco hermanos: Omer, mi mellizo, es completamente diferente a mí. Callado, puntual, y más organizado, lo aprendió de mamá, que siempre ha mantenido la calma a pesar del abandono de nuestro padre. Omer es más alto que yo, muy inteligente, y popular en el instituto. No por romance, claro, porque él no se interesa en chicas.

“No tengo tiempo ni espacio para una atención femenina, consume dinero y tiempo innecesarios”, dice siempre, aunque por dentro es un chico muy amoroso.

Luego está Ester, de 32 años, quien lleva el nombre de nuestro padre. Ester es ingeniero, extrovertido pero serio, y está casado con Yunielys, que es adorable y está embarazada de su primer hijo. Ester es mi mano derecha en los momentos difíciles, siempre dispuesto a darme apoyo emocional.

—Buenas tardes, niños —exclamó Eneliaris, nuestra hermana mayor, de 27 años. Es la mejor con los números, y siempre ha sido muy popular, como todos mis hermanos. Soy la “rarita” del grupo, pero no me molesta.

Por último, está Orlanda, de 16 años, la más joven y tímida de todos. A diferencia de nosotros, tiene los ojos de papá: verdes con destellos miel. Es algo callada, pero nos entendemos bien, ya que compartimos esa naturaleza introvertida.

Después del almuerzo, me escapé rápidamente a mi cuarto. Necesitaba un momento a solas para organizar mis ideas antes de sumergirme en la montaña de lecturas que me esperaba. Me tumbé en la cama, mirando el techo, mientras los sonidos familiares de la casa llenaban el aire. Mis hermanos seguían con sus conversaciones animadas en la sala, mamá tarareaba una canción desde la cocina, y todo parecía estar en su lugar… excepto yo.

A pesar de las palabras de aliento de Bridget, Jace y Marry, algo en mi interior seguía inquieto. No podía sacudirme la sensación de que estaba fallando, tanto a mí misma como a los demás. "Cinco tardanzas en dos semanas… ¿qué me está pasando?", pensé, frustrada.

Tomé un respiro profundo y me forcé a levantarme. No podía quedarme atrapada en esa espiral de pensamientos negativos. Me acerqué a mi escritorio, donde una pila de libros me esperaba, pero antes de poder abrir el primero, el sonido de un ligero golpeteo en la puerta me interrumpió.

—¿Odri? —Era Omer. Sin siquiera esperar mi respuesta, abrió la puerta y se asomó con su típica expresión neutral—. ¿Todo bien?

—Sí, claro… solo estaba a punto de ponerme a estudiar —mentí, tratando de sonar despreocupada.

Omer me miró con sus ojos críticos, como si pudiera ver a través de mi fachada. Sin decir más, se acercó y se sentó en el borde de la cama, cruzando los brazos.

—Mira, sé que no te gusta madrugar, pero… ¿qué está pasando? No es normal que llegues tarde tantas veces. Siempre has sido la responsable —dijo, su tono no era recriminatorio, sino curioso, casi preocupado.

Suspiré. Sabía que no podía seguir fingiendo con él. Después de todo, éramos mellizos, y aunque éramos diferentes en muchos aspectos, siempre había una conexión inexplicable entre nosotros.

—No lo sé, Omer. Me siento… agobiada. Como si el tiempo se me escurriera entre los dedos. Quiero hacerlo bien, quiero estar a la altura de lo que se espera de mí, pero… —Me detuve, sin saber cómo continuar.

Omer me observó en silencio un momento, luego asintió.

—Te estás presionando demasiado. Sé que no te gusta fallar, pero también tienes que permitirte respirar. No todo va a salir perfecto siempre. —Su consejo, aunque típico de él, hizo que algo en mi interior se suavizara.

—Lo sé… pero es difícil —respondí, mirando hacia la ventana. La luz del atardecer comenzaba a teñir el cielo de tonos anaranjados.

Omer se levantó, dándome una palmadita ligera en el hombro.

—Tómate tu tiempo, pero no te quedes estancada. Solo sigue adelante, paso a paso. —Luego, se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir, añadió—: Y, por cierto, mamá dijo que deberías pedirle a Ester que te explique cómo él gestiona su tiempo. Tal vez te sirva.

Sonreí levemente mientras lo veía salir de mi cuarto. Omer podía ser muy serio, pero sabía cómo ofrecer su apoyo de la manera más sutil posible.

Me senté en mi escritorio, decidida a ponerme a trabajar. Recordé las palabras de mi profesora esa mañana: "Es mi mejor alumna". Tal vez no lo sentía en ese momento, pero si ella lo creía, quizás también podría empezar a creerlo yo.

Y así hice, ha estudiar, aprovechando que ya era viernes y podía descansar este fin de semana como me gusta, pintando.