ᴇʟ ᴀᴍᴏʀ ᴇs ᴜɴᴀ ɪʟᴜsɪᴏ́ɴ
Recuerdo la primera vez que vi a Elena. Estaba sentada en un banco del parque
Leydo un libro. Su sonrisa iluminaba todo a su alrededor. Me sentí atraído hacia ella como por un imán. Nuestra relación fue intensa y apasionada. Nos decíamos que éramos almas gemelas, que nuestro amor era eterno. Pero con el tiempo, empecé a dudar. Elena era perfecta en mi imaginación, pero en la realidad, tenía defectos y debilidades. Y yo también. Nuestros conflictos y discusiones se multiplicaron. Un día, mientras caminábamos por la playa, ella me dijo que ya no me amaba. Que había sido una ilusión, una fantasía que había creado en su mente. Me sentí destrozado. ¿Cómo podía ser que el amor que habíamos compartido no fuera real? Pero entonces recordé las palabras de mi abuela: "El amor es como una flor, necesita ser regada y cuidada para crecer. Pero también puede marchitarse y morir." Me di cuenta de que nuestro amor había sido una ilusión, una creación de nuestras mentes y corazones. Pero también había sido real, porque había existido en nuestro interior. Aprendí que el amor no es algo que se puede encontrar en otra persona, sino algo que se crea dentro de uno mismo. Y que la ilusión del amor puede ser hermosa, pero también puede ser dolorosa. Ahora, cuando pienso en Elena, sonrío. Porque sé que nuestro amor fue una ilusión, pero también fue una experiencia que me enseñó a amar y a vivir.