Cap - Reconexión
Dos infantes jugaban y bailaban en un jardín, lleno de flores diversas, pero predominaban tres tipos: lirio de los valles, flores esqueleto y, por último, en lo más profundo del jardín, la flor del infierno. También conocida, como Lycoris Radiata
Una figura maternal tomó las manos de ambos, mientras un cuarto sujeto, quien ocultaba su rostro, seguía a la la familia, con calma. Se paseaban por el jardín y disfrutando de las fragancias que este obsequiaba a la familia. En eso, el extraño encapuchado, con manos esqueléticas tomó del hombro a la mujer y se la llevó a las profundidades del jardín, sin resistencia alguna. Los infantes, despreocupados, disfrutaban de las flores y sus juegos. Fue entonces, cuando lentamente las flores dejaron de otorgar aquella fragancia, y el mundo lentamente se volvía oscuro. Asustados, se abrazaron mutuamente a la espera de que su madre volviera.
El mundo perdió su luz, cayendo en una oscuridad abrumadora. La única luz, eran aquellos lirios rojos donde estaba su madre, quien, mirando a sus hijos, se despidió con dolor. El rostro del encapuchado fue descubierto, al tomar una de estas flores y ponerla enfrente de sí; era la muerte misma.
El sonido y luces de las sirenas de una ambulancia irrumpían de forma estridente en la penumbra. La madre lentamente fue recostada en el suelo, para juntar sus manos.
De los dos infantes, solo quedaba uno, mucho más crecido. Observando ahora a su madre, rodeada de flores y un hermoso vestido negro. Fue entonces, cuando vio el rostro de su madre. Lo veía borroso, en un ataúd el cual fue lentamente sellado por varias manos sombrías, mientras él quería tomar sus manos una vez más, esta se alejaba más y más, hasta perderse en el horizonte.
"¿Cuantas veces...?" Observa el único infante, mucho más crecido, en la dirección donde se fue el recuerdo de su madre "¿Cuantas veces he de repetir ese sueño"
Una canción sonaba de fondo, era relajante y, en cierto modo, ayudaba a descansar una mente preocupada. O quizás, aliviar un alma afligida.
"Hora de irse, campeón ¿Tienes todo listo?" La voz gruesa y masculina pero gentil, con un acento de campo, rompió el silencio de un solitario cuarto, al igual que aquel trance en el que alguien estaba. Sin mucha decoración más allá de algunas pinceladas de color para no sentir que estaba en una prisión.
Dos maletas y un maletín totalmente empaquetados estaban esperando en una cama rustica de madera, mientras un joven de pelo corto oscuro y ligeramente descuidado, miraba las casas de sus vecinos y amigos tras la ventana del cuarto por última vez con una mirada apagada y ojerosa, escuchando música en un viejo MP3. Se levantó, y colocándose una chaqueta militar roja, tomó las maletas y respondió de forma automática mientras miraba al hombre "Sí, tengo todo preparado."
"Tan animado como siempre." rie de forma esporádica "Venga, tu tía nos espera." Era su tío, Oswald. Un hombre robusto y fortachón, con una barba bien formada en forma de pico de pato, combinada con su cabellera castaña.
A simple vista, Miyuki, el joven ojeroso, y Oswald eran noche y día. No solo por la gran diferencia en sus nombres, también en su parentesco. La respuesta se podía ver a leguas, no eran familia directa, eran los hermanos de su padrastro.
"¡Miyu, cariño!" Una voz femenina suena por la ventana seguida del claxon de un coche "¡Venga vamos, tenemos que estar en el aeropuerto para el vuelo! ¡Ya sabes lo que dicen «Debes ir dos horas antes, o te quedarás en tierra mucho antes»!"
"La facilidad que tiene Angella para inventarse refranes, es algo... impresionante" comenta Miyuki soltando un suspiro acompañado de una sonrisa. Se mira al espejo, viendo cómo su ser cabe perfectamente en ese. Pantalones de carga negros, zapatillas cómodas pero de marca baratas, una camisa gris oscura y esa chaqueta que Oswald le regaló por su decimosexto cumpleaños.
"¿Aún luego de doce años te sorprende? Hahah" Le da una palmadita en la espalda "Pero tiene razón, debemos irnos ya. Trae, te ayudo con tus maletas"
Entre Oswald y Miyuki toman ambas maletas, bajan por las escaleras y ven el coche de Angella esperándolos. Aquella casa vio crecer al ojeroso por varios años. Rustica, sin mucha tecnología más que la necesaria. Suelo de baldosas grises, paredes blancas de gotelé, una escalera con pasamanos de madera de roble y habitaciones modestas. Puede que no fuese mucho, pero fue suficiente para que el joven secase sus ojos, algo lacrimosos.
"Sí, en cierto modo te entiendo. Todos estos años has estado pasando por bastantes cosas..." comenta Oswald, al terminar de bajar las escaleras junto con Miyuki "Primero tu padre os abandona, luego tú madre se enferma y ahora... como la casa que te vio crecer se la queda el banco." Le da un abrazo por el hombro, acercándolo a su cabeza con una sonrisa. Seguidamente lo despeina aún más "Chaval, te he intentado criar de la mejor manera posible y eso lo veo en tu forma de ser, fuerte y capaz de resistir lo que venga. Por eso, estoy orgulloso de haberte visto crecer desde que eras un renacuajo" Le da un golpecito en la sien con un dedo, de forma juguetona "Se que no tragas a mi hermano, pero se casó con tu madre antes de... ya sabes. Hazme un favor, intenta llevarte bien con él ¿Sí?" comenta con una mirada melancólica, observando junto a Miyuki su hogar por ultima vez.
Cargaron todas las maletas en el coche, y se montaron en un Citroën 2CV, manejado por Angella. La parte trasera estaba llena, las maletas de Oswald, de Angella y las tres de Miyuki hacían que el joven estuviese algo apretado pero no incómodo. El viaje se hizo ameno, aunque la velocidad no era un problema con Angella, a veces se dejaba llevar y hacia rugir el viejo motor con fuerza mientras reía. Esto asustaba a Oswald y Miyuki quienes se aferraban con sus vidas a los pasamanos del coche.
El viaje fue desde Pescara hasta Roma, Italia. Donde tomarían el primer vuelo hacia Japón. Luego del abordar en Japón debían tomar un ultimo viaje hacia Osaka, el hogar natal de Miyuki, étnicamente hablando, aunque sepa que su hogar era en esa ciudad que tanto le dio por doce años.
Estaba anocheciendo, o más bien ya era de noche. Se veían las estrellas y el resplandor de la luna daba cierta visibilidad a comparación de los viejos faros del coche.
A comparación de la noche Italiana, se veía mucho mas calmado y silencioso. No habían parejas a grito suelto enfadadas por nimiedades o incluso fuegos artificiales en mitad de la noche, y eso lo agradecía
"¿Como se siente el volver a Japón, Miyu? Seguro debes tener sentimientos encontrados." Refuta Angella bastante animada, conduciendo por las calles de Japón mientras Oswald usa un GPS para llegar al destino.
"No se que decirte..." responde alicaído "Raro, supongo. No me trae ningún recuerdo al que tenga cariño" Estaba escuchando música en su MP3, el cual junto con el coche de Angella desentonaban demasiado. Como ver el pasado y el futuro en el mismo lugar y al mismo tiempo. Cuando se acabó la canción, su MP3 murió. Así que lo guardó en su bandolera, con un suspiro pesado.
"Uuuy ese suspiro. ¿Ya se te ha muerto la música?" Pregunta Oswald, sin dejar de mirar las indicaciones, con un tono cómico "Te ha durado para casi todo el viaje. No te desanimes, estamos a unas calles de nuestro destino"
El barrio por el que conducían sin duda daba la sensación de ser de clase media-alta. Casas blancas con adornos hermosos, como puertas Torii o incluso pilares que hacían sentir estar entrando a una casa de alguien importante.
"¿Enserio mi padrastro vive por aquí? Vaya, si que se lo tiene bien montado" Expresa con una sonrisa picarona
"¡Ay, perdón!" Aclara Angella, alzando su mano "Nos hemos confundido de calle. Era la segunda intersección y me he metido en la primera"
El rostro de Miyuki fue un cuadro, no evitó soltar una pequeña risa, seguida de unas risotadas por parte de sus tíos. Fue en eso, que observando las luces de las callejuelas y el cielo estrellado un recuerdo invadió su mente, de forma fugaz.
Una joven con vestido blanco jugaba en un parque junto al ojeroso. Parecían muy cercanos, y cuando vio su sonrisa, una tan dulce y adorable, sintió como una gran calidez invadía su pecho.
El coche se detuvo, seguido del último rugido del motor para acabar en silencio. Tampoco estaban lejos de aquellas casas que habían visto antes, pero si era verdad que no todos tenían esos adornos.
"Miyu, estamos en casa chaval" expresa Oswald, mirando hacia una gran casa de color blanco con un tejado laminado.
Fue entonces, cuando la puerta se abrió. Dejando ver a un hombre de complexión más bien esbelta, carente de bello facial y un cabello igual que el de Oswald pero este era corto y con algunas canas. Un rostro afable que portaba una sonrisa tranquila fue lo primero que vio Miyuki
"Hola, Miyu. Un gusto por fin conocerte por mí mismo" ofrece sus brazos, en señal de querer un abrazo
Miyu no sabía que hacer, miró de reojo a Oswald y este le dió un pequeño empujón. Al final haciendo que el desconocido y el ojeroso se diesen un largo abrazo
"Mira que eres seco, Miyu" comenta Angella inflando sus mofletes "Él es tu padrastro, Giovanni"
Giovanni soltó el abrazo, tomando del hombro a su hijastro con un rostro lleno de felicidad. "No sabes cuántas ganas tenía de que vinieses. Pero debíamos cumplir a rajatabla con la última voluntad de tu madre... espero, de verdad, que podamos tener una buena relación padrastro-hijo"
"¿Última voluntad?" Repite extrañado, observando a sus tíos y nuevamente al padrastro "¿Su última voluntad fue...?"
"Mandarte al extranjero." respondió sin titubeos Oswald, sacando las maletas de Miyuki "Kaori prefirió que Giovanni cuidase de tu hermana, mientras nosotros cuidábamos de tí. Nos quisimos negar, pero no me daba la gana cargar en la conciencia con ese deseo." expresa llevándose la mano a la nuca, con una mirada cansada por el viaje y algo molesto, ¿Por qué?
"Tuvo que tener sus motivos, pero no recordemos esas cosas que hoy es un día muy bonito." Comenta con algo de nervios "El día del reencuentro entre nuestro queridísimo Miyu con su hermanita"
Cuando fue nombrada la palabra hermana, sintió una tormenta de emociones. Él no la recordaba del todo como lucía, como sonaba incluso su forma de ser. Solo tenía un vago pensamiento de cómo podría lucir, sabiendo como él mismo se veía. Quizás menos miserable, quizás más alta o baja. Alzó la mirada, y en el marco de la puerta, como si estuviese escondiéndose de las miradas, ahí estaba una figura femenina, observando de forma discreta la situación.
Sus ojos eran castaños, ligeramente almendrados; su cabello oscuro tenía un estilo Bob invertido, con mechas plateadas por un poco más allá de las puntas y su piel, morena, recordaba a esas chicas que suelen verse por Okinawa. Su mirada era principalmente tímida, pero también se le podía notar... ¿molesta?
"Ella... ¿Ella es mi hermana?" Sus mejillas se ruborizaron, su pecho parecía que se iba a romper de la fuerza con que su corazón palpitaba. Era tan hermosa, tan adorable, que solo deseaba abrazarla y sentir su piel morena con la suya, incluso saber cuál es su aroma.
"Bueno, Gio, te dejamos con el cabezón. Nosotros vamos a acomodar las cosas en el apartamento, de verdad... gracias por agilizar las cosas" Comenta Oswald, abrazando a su hermano mientras le da palmadas rítmicas en la espalda
"No iba a dejaros tirados, me ayudaron cuando quise venir aquí. Es lo mínimo que haría por vosotros" Corresponde el abrazo y las palmadas, pero no de forma rítmica "Ya saben, cualquier cosa aquí estamos"
Ambos se despidieron, seguido de Angella quien se despidió también de Miyuki con melancolía. Este parecía absorto en si hermana, quien se alejó de la puerta hasta dejar de verla. Se giró a ver a sus tíos, y se despidió con una sonrisa tranquilizadora. Luego de eso, solo estaban Giovanni y Miyuki en la entrada del hogar. Lo hizo entrar para mínimo cerrar la puerta exterior y fue entonces cuando esté dijo
"Miyuki, el hijo mayor de Kaori." Su tono parecía fluctuar entre cariño y remordimiento "Tenemos mucho de que hablar. Pero no será hoy, ve a descansar" comenzó su camino hasta la puerta donde antes estaba su hermana "Tú cuarto es el del primer piso a la derecha, el de tu hermana es el izquierdo."
"¿Uh? Oh, claro. No hay problema..." tomando sus maletas, fue que entró en el hogar, para ser invadido por un extraño olor, o más bien un aroma que lo transportó a su infancia. El olor a salteado de carne con champiñones, seguido de arroz cocido y salsa de tomate.
Pudo verse por un instante con su madre, siendo pequeño nuevamente. Recordaba como está le daba de comer, con una sonrisa cálida y maternal, aunque con un rostro demacrado por una enfermedad que un niño no entendía.
Devuelta en la realidad, sus ojos tenían algunas lágrimas. Lágrimas que dejó correr por un momento, como si su cuerpo no quisiera moverse con tal de seguir recordándola, para finalmente secarse las lágrimas de forma discreta.
Giovanni corrió a la cocina, preocupado "¡Se me quema la cena! ¡Se me quema la cena!" Decía para apagar el fuego, y suspirar aliviado. "Miyuki, la cena está lista. Ve a dejar tus cosas y bajaba cuando puedas. Hice tu plato favorito, Arroz con carne y champiñones con tomate" comenta haciendo aparición por un lado de la pared, junto a una sonrisa orgullosa. Por un momento, escuchó la voz de su madre al decir el nombre del plato haciéndolo sentir extraño pero feliz.
El ojeroso subió a su cuarto de forma rápida, entrando y soltando las maletas sin cuidado, menos el maletín que lo dejó con cuidado en su cama.
Su cuarto era espacioso, tenía incluso un ordenador propio. Estaba pintado con una tonalidad azul suave, haciendo sentir que era mucho más grande de lo que ya era. La cama se notaba de calidad, incluso el armario parecía poder guardar sus dos maletas de ropa.
En eso, miró hacia atrás, al cuarto de su hermana. Del cual apareció esta, dejando ver su figura. Un cuerpo adolescente esbelto y bien cuidado, con unos pechos mas pequeños que medianos.
Está no dijo nada, solo le lanzó una mirada molesta y bajó a la cocina. Mientras, el joven sintió un repentino sentimiento de calor por todo el cuerpo «¿Y ahora debo vivir con ella? Dios, dame fuerzas...» pensó intentando rebajar el calor de su cuerpo, abriendo la ventana de su cuarto.
Al final bajó, y ahí los estaba esperando. Su hermana, la cual aún no sabía si nombre, y Giovanni con la comida emplatada. Su hermana no lo miraba, pero empezó a remover la salsa entre arroz, carne y champiñones.
"¡Ayano, espera a tu hermano al menos! Se que mi cocina es buena, pero espera un poco" comentó sacando algo de pecho, haciendo reír un poco a la joven.
"¡Eso, espérame! ¡Quiero probar la cocina de Giovanni!" responde con buen humor, claramente mucho mas calmado que antes. «Ayano, ese es tu nombre... me encanta» piensa, notando como si su corazón y ser se derritiese. Por un lado sabía que estaba mal, era su hermana sanguínea, pero por otro... era una desconocida, que entró en su corazón sin siquiera intentarlo.
Cuando se sentó y probó la primera cucharada, esperaba sentir lo mismo de cuando era pequeño, ese sabor exquisito que todas las comidas de su madre tenía. Pero no fue así, notó como su lengua y garganta pedían algo fresco luego de la primera cucharada. Tosió un poco, calmando el picor con un largo trago de agua fría "¿Desde cuando pica esto?" Expresó, relamiendo de forma sutil sus comisuras
"¿No te gusta?" Pregunta entristecido "No se porque, siempre me sale algo picante. Si no te gusta, puedo hacer otra cosa" En eso que mira a Miyuki, se percata que sigue comiendo, haciéndole sonreír
"N-No hace falta, solo me ha sorprendido. Por suerte, me gusta el picante" Responde de forma modesta, aunque tenía algunos sudores fríos. Giovanni sonrió bastante animado, mientras Ayano comía con elegancia
Luego de la cena, Miyuki no pudo sentir la lengua por toda la noche. Pero hizo feliz a Giovanni, aunque Ayano no pareció inmutarse en lo absoluto, aunque al ver a su "padre" tan feliz le hizo sonreír otra vez.
La primera noche en Japón, fue amena, entrañable incluso. Cuando fue a dormir, solo podía soñar con Ayano y esa sonrisa tan dulce que puso al ver a su padrastro feliz. Imaginaba pasar tiempo con ella viendo la televisión, quizás en un karaoke... hasta que acabó por dormirse totalmente