Capítulo Uno
Jungkook
Ser el benjamin, tiene su no sé qué. Soy el más pequeño de la familia, el cuarto después de tres hermanos. Se han pasado la vida mimándome, protegiéndome, metiéndose conmigo y sobornándome. Todo eso está bien, porque quiero a mis hermanos, a mi familia, pero a veces me gustaría ser el primogénito para que nadie me subestimara. Me llamo Jungkook, pero tanto para mis hermanas como para mi padre soy Kookie, aunque tenga veintidós años.
Mis hermanos y mi padre se encuentran junto a la carpa, a un lado del circuito, por donde pasan zumbando un gran número de coches de color azul, negro y amarillo, así como cascos con viseras de efecto arcoíris, logos de patrocinadores y mucha testosterona. Aparte de que son coches de Fórmula 1, tienen algo en común: ninguno es nuestro. Ninguno lo conduce uno de nuestros pilotos.
Suspiro y, a continuación, me dirijo a la carpa con los vasos de limonada. La helada brisa otoñal me atraviesa las mejillas y me pasa por debajo de mi cabello un poco largo hasta que me hiela la nuca. Este otoño, mientras probamos a posibles pilotos, se me han enrojecido las mejillas a causa del viento helado combinado con la luz del sol. Y a juzgar por cómo me pica la cara ahora, seguro que la rojez se me está extendiendo por las orejas y la nariz.
Escucho un silbido cuando paso por la carpa de al lado.
—Kookie, ¿eso es para mí? —dice uno de los mecánicos.
—Lo siento, solo tengo dos manos y ellos me lo han pedido. —Ni siquiera le dedico una mirada.
Es cierto que todos son amables conmigo, pero trato de no ser demasiado amistoso con los demás equipos. Después de todo, somos contrincantes. Seamos realistas.
Cuando llego a la carpa, lo primero que veo es nuestro logo, escudería Jeon racing, con el fondo negro y las letras rojas y blancas.
Oigo el estruendo de los coches al pasar mientras realizan los libres; ya sabemos que esta será nuestra última y peor temporada. Antes éramos la escudería con la carpa más pequeña y el presupuesto más bajo, pero con el mayor talento. Ahora tenemos una carpa pequeña, bajo presupuesto y nada de talento. Y el próximo año, cuando mi padre ya no esté… Echo un vistazo a papá, que está en una silla plegable, cubriéndose el rostro con las manos y suspirando profundamente.
A un lado de la carpa, el único piloto de tres que aún pretendía participar está vomitando. El coche está destrozado. El chico está temblando, pálido y enojado consigo mismo. Ha salido ileso, pero todos sabemos que cuando destrozas el coche en una prueba, no consigues el trabajo.
Le ofrezco una de las limonadas.
—Azúcar —lo persuado—. Te ayudará.
El piloto no deja de mirarse las botas de carrera, con los hombros caídos, derrotado.
—La única oportunidad que tengo para correr en una prueba y la echo a perder.
Coloco el vaso a su lado y le ofrezco la sonrisa más reconfortante que tengo, aunque mis hermanos y mi padre lo quieren matar.
—Arreglar esta mierda costará cientos de miles de dólares —gruñe mi hermano, el mayor, mientras me dirijo hacia mi padre.
—Cientos de miles de dólares que apenas tenemos —gruñe también Liam. Acaricio el costado del coche destrozado. Papá tiene tres vehículos. Mi favorito es Kelsey, y me alivia que no estuviera aquí. Aun así, estoy triste por Moira.
El día en el que veas a un coche como a un amigo…
—Puede que sea hora de admitir que estoy esperando algo que no va a suceder. —Escucho a mi padre decir.
Me dirijo a él con otro vaso de limonada.
—Sucederá, papá, ya lo verás.
Soy el encargado de las relaciones públicas de la escudería. Les sirvo la comida, organizo las estancias en los hoteles y las entrevistas a los pilotos — aunque, últimamente, esto no supone una parte importante del trabajo—, llevo la ropa a lavar y la recojo de la tintorería. Básicamente, les construyo un hogar al otro lado del océano y a más de mil seiscientos kilómetros de donde crecimos, en Ohio.
Cuando mamá nos abandonó, nos marchamos. Papá invirtió todos sus ahorros en la creación de una escudería de Fórmula 1. Es su sueño. El sueño que dejó por mi madre y que nunca superó. Y ahora que sé que es su última oportunidad de conseguirlo, también es el mío.
—Entonces, ¿cuál es el plan?
—Ahora no, Jungkook.
Están jodidos. Necesitan que les levanten la moral, pero creo que mi padre ya está cansado de eso. Parece derrotado.
—No es el único chico con talento —les digo a mis hermanos.
—Ya no tenemos dinero para contratar a nadie con talento. Todos llevan preparándose desde los seis años en carreras de karts. Para cuando llegan a la adolescencia, ya tienen patrocinadores o escuderías —comenta Ben.
—Conseguiré a uno.
Estoy aterrorizado. Nunca los he visto tan desanimados y frustrados.
¿Cuándo dejó esto de ser divertido? Cuando perdimos la esperanza de ganar.
—Liam, Ben, Adam, Tom. Lo haré. Ustedes preparen los coches, papá que dirija al equipo y yo me encargaré de traer al talento.
Es el sueño de mi padre y ahora también el mío.
—Lo haré —repito.
Mis hermanos siguen hablando, al igual que mi padre.
Me quito un zapato y se lo lanzo. Le da en el hombro a Ben, que se gira con el ceño fruncido.
—He dicho que lo haré.
—¿Me acabas de tirar un zapato? Me quito el otro y se lo tiro también.
—No, te he tirado dos.
—Kookie…
—Ni Kookie, ni nada. Papá, dirige este equipo y, ustedes, arreglan los coches. Dejen que yo me encargue del talento.
—Mira, Jungkook, solo porque papá te haya dado el puesto de relaciones públicas no significa que tengas la capacidad de determinar si alguien tiene talento —dice Ben.
—No es tan difícil de detectar. Dame una oportunidad. Esta es nuestra vida. Lo dejamos… todo por esto. No quiero que nos demos por vencidos. — Doy un paso adelante—. No quiero que papá renuncie a su sueño.
Me mira.
No menciono que me da miedo que mi padre se rinda si nos damos por vencidos, que abandonar esto le ofrezca algún tipo de permiso para marcharse ahora que no tiene ningún sueño por el que vivir.
—Ben, es su sueño.
—Es el sueño de todos nosotros, pero tenemos que ser realistas. No tenemos el dinero con el que papá empezó: no ganar significa que todo son gastos, Kookie. Es una apuesta arriesgada, y papá está cansado, muy cansado. Bien podríamos pasar el tiempo en algún lugar tranquilo donde pueda tomarse las cosas con calma…
—No —contesto con firmeza.
—Kookie… —empieza a decir.
—No. Esto le dará vida. Lo hará feliz.
Me mira con pena, el tipo de pena reservado a los hermanos mayores que son más maduros, que han lidiado con las noticias de tu padre. ¿Y yo qué? Yo me he centrado en cada uno de sus sueños durante los últimos cuatro años porque mañana podríamos estar muertos. Lo que me importa es el presente porque hoy mi padre está aquí, en esta carpa, respirando, viviendo y decepcionado, y yo soy el que lo arregla todo.
—Están siendo demasiado realistas, dejanme que sueñe por los cinco.
Denme una oportunidad. Solo una prueba. Traeré a un piloto.
Silencio.
—Papá, he dicho que puedo hacerlo. Mi padre mira a mis hermanos y gimo.
—¿A quién tienes en mente? —pregunta Ben al final.
—Ya lo verás —miento.
—¿Crees que puedes convencer así como así a quienquiera que sea para que venga a una escudería que está en las últimas?
—No será tan difícil. Después de todo, es un hombre, ¿no?
Les lanzo una mirada elocuente; luego le doy un beso en la mejilla a mi padre y le digo:
—Voy a tener que viajar. Aguanta, papá. No voy a volver hasta que lo encuentre. No voy a conformarme con nada menos que el mejor, alguien a quien le apasione correr y que no tenga coche.
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Esa misma noche, tomo un vuelo nocturno de Australia a Atlanta y, luego, otro de Atlanta a San Petersburgo, Florida. Mi plan es llegar a los libres de los pilotos de Indy antes de que comience la temporada y sé que ahora mismo están entrenando en San Petersburgo. Así que echo un vistazo a la lista de pilotos durante el vuelo y busco sus pros y sus contras.
Estoy incómodo en el asiento; me muevo mientras intento no molestar a las dos personas que hay a mis lados. Reservé el vuelo en el último minuto y, por eso, me tocó el magnífico (modo ironía activado) asiento central.
Para cuando aterrizo en Florida es por la tarde, prácticamente no he dormido, estoy deshidratado por el vuelo y completamente exhausto. Tengo tres días no solo para encontrar un piloto, sino para tomar el largo vuelo de regreso a Australia para llegar a tiempo para la primera carrera de Fórmula 1 de la temporada. Ya se debe de estar especulando sobre que nuestra escudería no va a participar en la carrera, y aunque no pueda controlar lo que los demás piensen, me moriría antes de permitir que mi padre se retirase con nada menos que una estrella de oro. Así que incluso sin dormir, deshidratado, famélico y preocupado, me aferro a toda mi determinación para demostrar a mi familia mi valentía mientras conduzco el coche de alquiler por la carretera. Me ruge el estómago cada vez que paso por un restaurante, pero sé que la comida tiene que esperar.
Doy un rodeo al circuito donde los pilotos están entrenando antes del día de la carrera. Estoy buscando estacionamiento, con dificultad, pues las calles están cortadas por el circuito que se ha realizado de forma temporal para la carrera de IndyCar de San Petersburgo.
Atisbo un lugar libre, pero tengo que pisar el freno cuando un coche rojo gira delante de mí con un chirrido.
Frunzo el ceño, molesto, y vuelvo a pisar el acelerador en dirección a uno de los dos espacios vacíos. El Mustang que hay frente a mí se abalanza y me quita el primer estacionamiento y, aterrorizado por que alguien aparezca de la nada y me arrebate la única plaza que queda cerca de mí, me lanzo por ella. El coche se detiene con una sacudida.
Oh, ¡mierda!
Acabo de chocar contra el chico.
—Ups, mea culpa —digo mientras doy marcha atrás y vuelvo a moverme, maniobrando para estacionar.
La puerta del Mustang se abre y un hombre vestido de negro sale del vehículo. Me apeo del coche nervioso, me dirijo hacia el chico y me detengo a su lado.
Inspecciona los daños. Yo hago lo mismo.
—Necesitas ir a la autoescuela —gruñe con una voz muy profunda. Horrorizado por el insulto, le grito:
—Y tú necesitas buenos modales. —Levanto la cabeza para mirarlo y se me corta la respiración al hacerlo.
Porque… Nadie.
De este mundo. Debería tener esa cara.
Tan masculina, sexy y terriblemente hermosa.
El brillo de sus ojos me hace sentir que quiere devorarme. Son irresistibles, salvajes, intensos y desafiantes, completamente fieros y ardientes. Solo puedo describir el resto de su físico con una palabra: hermoso. El suelo que piso se hunde un poco cuando sonríe y le veo un hoyuelo solitario. Dios, los hoyuelos me vuelven loco. ¿Mencione acaso que soy Gay? Y este Hombre efectivamente es muy mi tipo.
—¿En serio? —contesta el chico con una sonrisa divertida dibujada en el rostro mientras nos miramos.
—Sí, en serio. No estoy de humor para esto. Me has quitado mi lugar de estacionamiento. —Frunzo el ceño cuando la ira que siento por su forma de conducir se mezcla con la ira que me provoca su belleza. Empiezan a brillarle los ojos.
Trato de contener mi reacción al brillo de esos ojos; pero la verdad es que creo que jamás he visto un azul de ese tono en la vida real, ni en ningún sitio, a excepción de en fotos de hermosos océanos en algún lugar lejano como Fiji.
—No he comido en horas, ni tampoco he dormido nada. De verdad que no estoy de humor —digo, y cuando solo se limita a mirarme, algo dentro de mí empieza a calentarse bajo su intensa mirada.
No aparta los ojos de mí.
Creo que nadie me ha mirado nunca de forma tan atenta.
No solo con molestia e interés, sino casi con… diversión y… ¿confusión? Eso es exactamente lo que siento yo al mirarlo.
Se le oscurecen ligeramente los ojos mientras me observa. No sé lo que es, pero me provoca un cosquilleo en ciertas partes del cuerpo.
—La próxima vez ten más cuidado —comenta entonces, después de un largo instante, con voz más suave, mientras desliza su mirada famélica por todo mi cuerpo y da un paso atrás, agarra una gorra del interior del coche y cierra la puerta, que emite un leve sonido al bloquearse.
Observo el arañazo y la pequeña abolladura del coche y me doy cuenta de que acaba de ahorrarme llamar a la compañía de seguro al no insistir en ello.
—Lo siento —me disculpo de forma tardía.
Gira la cabeza para mirarme, aprieta la mandíbula y vuelve para colocarse frente a mí, con la mirada penetrante. Es mucho más alto que yo.
—¿Cómo te llamas?
—Eh… Jungsuk —miento. Se parece a Jungkook, pero no es igual. Estoy demasiado nervioso.
—Jungsuk. Has chocado contra mi coche —gruñe, y dirige la mirada al precioso Mustang de color rojo cereza.
—Lo… ¿Lo siento? Acabo de aterrizar después de dieciséis horas de vuelo y ha sido un día interminable.
Se ríe para sí mismo, como si no se creyera mi excusa.
Me lanza una mirada penetrante y observo su cabello rubio como la sol brillante mientras se aleja, resistiendo la tentación de abanicarme un poco.
Guau.
Observo su trasero enfundado en los vaqueros y la camiseta negra que se le pega al pecho. Mi irritación se evapora al mismo tiempo que me golpea una oleada abrumadora de lujuria.
De forma discreta, me froto la erección con las manos para tratar que se me baje y vuelvan a su estado normal.
Desde que mi familia supo que me gustaban los chicos y no las chicas, salir con ellos no es nada fácil. Nadie es lo bastante bueno para mí y todos los hombres que conozco son pilotos. Lo último que quiero es meterme con un piloto. Tuve novio a los diecisiete años, pero murió. David lo era todo para mí. No quiero salir con alguien que pone su vida en riesgo, como los pilotos de carreras. Pero, mierda, de verdad que necesito un polvo.
Accedo de forma apresurada a las gradas y me alegra encontrar que, como es día de pruebas, no de carrera, están despejadas.
En el extremo de una tanda de gradas, hay un hombre en vaqueros y camisa blanca con el cabello oscuro salpicado de canas en las sienes. Me dirijo hacia allí, me siento dos filas por delante de él y el corazón deja de latirme cuando el hombre que hay detrás de mí grita: «¡Hijo!» y veo subir los escalones al chico con el que me he estrellado.
El corazón me empieza a latir tan fuerte cuando lo vuelvo a ver que agacho la cabeza e, incluso a través del ruido de los motores de los coches, lo observo de reojo mientras se coloca junto a su padre.
Me aclaro la garganta y saco la lista de pilotos y el rotulador. Tengo ocho pilotos en la lista que quiero observar, pero también tengo los nombres del resto de pilotos de la Indy Car Series al final de la lista. Por si acaso.
—No has ido al gimnasio hoy —dice el hombre detrás de mí.
—No me atrae la idea de que me destrocen la cara. Dios, papá.
Uno de ellos se ríe en voz baja y, de nuevo, escucho la voz del chico con el que me he estampado. Tiene una voz muy profunda.
—¿Dónde está Iris?
—Ha ido a por agua.
Una chica de unos dieciocho años sube los escalones de las gradas en dirección a ellos. Echo un vistazo hacia atrás y se me hace un nudo en el estómago cuando abraza al tipo bueno gruñón y este le devuelve el abrazo. Luego, se sienta junto a él.
Parece diminuta en comparación con él.
Es muy grande y musculoso, y me faltan las palabras para describir lo hermoso que es.
Bien, así que tiene novia. Vaya cosa. Es terriblemente guapo, y ella también, sabía que no era gay, pero tenia algún tipo de esperanza. Los dos parecen modelos. Pero ¿y qué más da? Bien por ellos. No estoy aquí para tener una aventura. He venido a trabajar.
Pero, de repente, la idea de tener un rollo antes de volver empieza a atraerme. Nada serio. No quiero nada de eso. Pero tal vez algo… para relajarme, centrarme en el campeonato y olvidarme del hambre carnal.
Sin embargo, no puedo evitar sentir curiosidad por él. De alguna manera, siento sus ojos en la nuca, perforándome el cráneo como si fueran láseres mientras estudio la lista.
Tomo aire de forma nerviosa y miro de soslayo por encima del hombro.
El joven se mete las manos en los bolsillos mientras me mira a los ojos con las cejas arqueadas y los labios curvados cuando me pilla mirándolo.
Ahora también lo observa su padre. Y lo hace con el ceño fruncido. Le comenta algo, pero el hijo no responde. Me sonríe.
No le devuelvo la sonrisa; no puedo pensar con claridad. El hijo se levanta y baja los escalones hacia mí.
Oh, mierda.
Vuelvo a la lista. Se acerca y se inclina a mi espalda. De repente, siento su cálido cuerpo demasiado cerca y empieza a leer la lista.
Huele a jabón, no a colonia.
Solo huele a limpio, a jabón y a hombre.
Ese aroma natural tiene algo que hace que se me haga la boca agua y trago saliva con nerviosismo.
—Es demasiado lento en las rectas. —Señala el primer nombre de la lista.
Trato de esconder la hoja debajo del bolso, pero una parte de ella sobresale.
—Sabes mucho de coches, ¿no?
Frunzo el ceño y trato de reprimir la forma en que mi cuerpo se calienta bajo el efecto de su sonrisa mientras se acerca para sentarse a mi lado.
—Lástima que no tengas modales —añado.
Su sonrisa se ensancha mientras se sienta a mi lado, todo esbelto y natural, y vuelve a echarle un vistazo al papel.
—¿Lista de deseos?
¿Eh?
—¡No! —Me río—. Es… no. —niego, al darme cuenta de lo que trata de decir.
—¿Puedo hacer una sugerencia?
—Sí, pero eso no significa que vaya a hacerte caso.
Alcanza la lista y la saca de debajo de mi bolso. Luego, me arranca el boli de la mano y dibuja una línea debajo de la lista de nombres. Entonces, se coloca la hoja en el muslo enfundado en los vaqueros, un muslo que parece muy duro, y escribe una palabra. Jimin.
—¿Esto es…? ¿Qué significa esto? —pregunto confundido. Guiña un ojo mientras me devuelve la hoja.
—Sé listo y ponlo a el primero en esa lista de ligues.
Me río y me ruborizo. Dios mío, ¿me está pidiendo que lo haga con él?
¿Es ese su nombre? Ni de broma, no puede ser.
—No es una lista de ligues. Estoy buscando un piloto —comento.
—De hecho, conozco al mejor piloto del mundo.
—¿En serio?
—Sí.
—Me gustaría conocerlo y luego, verlo conducir para ver si opino lo mismo.
—Así será, de verdad. —Me mira. Ahora parece muy engreído. Curva los labios—. Te diré algo. Si estás de acuerdo en que es el mejor piloto del mundo, me arreglas el coche —dice entonces.
—¿Y si no lo estoy? —contesto con actitud desafiante.
—Te compraré uno nuevo.
—Oh, vaya, qué seguro estás.
Se limita a sonreír, con ese brillo de nuevo en sus malditos ojos preciosos. Me río. El cansancio se está evaporando.
—Dime, ¿quién es Jimin? ¿Tú? ¿O acaso es este piloto?
Se le desvanece la sonrisa y sus ojos vuelven a embeber mi rostro.
Cuando habla, lo hace en voz baja. Ronca.
—Ven a cenar conmigo y hablaremos cuanto quieras de ello. Oh, Dios. ¿Me está mirando la boca?
¿Le estoy mirando la suya?
—No puedo. Bueno, quizá sí podría, pero… Estoy aquí por trabajo. No tengo tiempo para ir de cena. Aunque me muero de hambre.
Lo observo mientras baja por las gradas y una parte de mí odia verlo marcharse, ya que probablemente no volveré a verlo jamás. No sé por qué tiene este efecto en mí. Tal vez he estado rodeado de mis hermanos y mi padre demasiado tiempo. Puede que realmente necesite echar un polvo antes de regresar.
Unos diez minutos más tarde, el tipo bueno de ojos azules aparece con el perrito caliente más apetitoso que he visto en mi vida, una ración de patatas fritas y una botella de agua.
Por un momento, contemplo boquiabierto la comida que me ofrece y me sonríe con las cejas bajas sobre esos brillantes ojos sin mediar palabra.
—Yo…
Normalmente soy yo el que lleva comida y bebida a todo el mundo. No estoy acostumbrado a esto, por lo que no sé qué decir.
Como mantiene el brazo extendido, me veo obligado a aceptar la comida.
Le rozo los dedos con los míos y una corriente eléctrica me recorre de la cabeza a los pies.
Trato de esconder mi reacción colocando la comida en mi regazo y me llevo de inmediato el perrito caliente a la boca. Doy un gran bocado y luego me doy cuenta de que está sentado junto a mí, observándome.
—Gracias —digo mientras engullo la comida.
—De nada. —Sus ojos vuelven a brillar al tiempo que mueve la pierna. Tiene un cuerpo esbelto y grande y, sin embargo, sus movimientos son muy ágiles y sigilosos—. Antes dijiste que no habías comido ni dormido. Era esto o una almohada —añade con un destello de diversión en la mirada.
Me muerdo la parte interna de la mejilla para no sonreír.
—Deja que te pague.—Tomo la cartera. Tengo el perrito en una mano y con la otra trato de abrir el monedero—. ¿Cuánto te ha costado?
—No te preocupes, aquí la comida me sale gratis —contesta.
Creo que está de bromeando porque sus ojos hacen esa cosa traviesa tan característica, pero no estoy seguro de por qué no sonríe.
Cedo porque necesito vigilar los gastos de este viaje y parece bastante cabezota, por lo que seguro que no servirá de nada que insista. Me como el perrito lentamente, consciente de que está mirando hacia el circuito mientras lo hago. Escucho a su padre y a su novia bajar los escalones.
—Nos vamos a casa —dice su padre.
El chico no deja de mirarme y asiente con la cabeza de forma ausente mientras me observa pensativamente.
Veo que su padre le frunce el ceño y su novia también parece confundida cuando se van arrastrando los pies.
—Tu novia parecía preocupada por que estés sentado aquí —comento cuando se van.
Suelta un sonido bajo y grave, y niega con la cabeza.
—¿No lo sabes? Conduzco de malos modos, pero no le deseo a nadie que esté conmigo. —Sonríe cuando me quedo mirándolo—. No tengo novia, soy gay. — Se inclina y me quita una miguita de pan de los labios—. Pero eres guapo.
—Gracias.
Dirijo la vista al circuito, con la comida casi atascada en la garganta mientras él levanta el pulgar y se lame la miguita de pan de la piel.
Dios mío.
Por poco tengo un orgasmo.
Se hace el silencio. Sus ojos son tan azules que parece que son los de un ángel o un demonio disfrazado.
—Yo tampoco.
—¿Tú tampoco tienes novia? —Me guiña un ojo y sonríe. Es irresistible. Me río.
—¡No! No tengo tiempo para novias, y soy gay. Tuve… bueno, tuve un novio pero… —Niego con la cabeza y bajo la mirada al perrito caliente, que se encuentra en mi regazo—. No quiero pasar por eso de nuevo.
Después de David, no me ha tocado nadie. Supongo que esa es la razón por la que siento que me fallan las rodillas, que me arde el pecho cuando me roza el cabello con el dedo y que mirarlo a los ojos me deja sin respiración.
Imagino que no esperaba… esa cara.
Hablo en serio.
¿Quién esperaría encontrarse ese rostro devolviéndole la mirada?
Está cincelado a la perfección: nariz perfecta, pómulos altos, mandíbula fuerte, cejas rectas y esos ojos entrecerrados de color azul eléctrico enmarcados por las pestañas más hermosas que he visto en mi vida.
Casi me atraganto después de tragarme el último bocado de perrito caliente.
—¿Tengo más restos de comida en la boca? Tu mirada me está poniendo nervioso.
Por su suave risa, parece más divertido que arrepentido mientras niega con la cabeza.
—¿Sabes eso de que los ojos son el espejo del alma?
—Sí.
—Tu alma se refleja en tu mirada.
Abro mucho los ojos. Me observa atentamente, con una sonrisa en los labios.
—¿En serio? ¿Sabes lo que siento ahora mismo? —Me río al pronunciar esas palabras, nervioso, mientras agarro el perrito caliente.
—¿Ahora? ¿O antes de que preguntaras?
—Ahora.
—Estás contento.
—¿De verdad? —pregunto, y es cierto que me siento despreocupado, feliz y también un poco coqueto.
—Es por el perrito caliente —comenta, aunque noto por su mirada traviesa que sabe que no es cierto.
—Oh, seguro. No tienes ni idea del tiempo que hace que no me comía uno —digo, y doy otro bocado, uno grande para demostrarlo.
Su sonrisa se ensancha por un segundo y luego se desvanece. Entonces, nos quedamos sentados en silencio, observando la pista mientras los coches pasan zumbando.
Ahora me siento cohibido.
Por culpa de mis estúpidos ojos expresivos.
—¿Viajas solo? —pregunta. Asiento con la cabeza.
—¿Cuánto tiempo te quedas? —vuelve a preguntar, con un tono que denota mucha curiosidad.
—No mucho. —Tomo aliento, inquieto por su mirada implacable—. ¿Y tú? ¿Vives aquí?
—Sí. Pero mi familia no. Ellos están de visita. —Sonríe ligeramente y aparece un hoyuelo.
—Oh.
Justo entonces, se inclina hacia delante, me coge el perrito caliente de la mano y me lo levanta hacia la boca.
Abro la boca para protestar y se acerca más. Al final termino dando un mordisco. Se me hace un nudo en el estómago mientras lo baja y observa cómo me lo como, con esos ojos tan azules, tan observadores, tan inquietantes, y tan, pero tan cerca.
—¿Qué tal ese? —pregunto, señalando al chico que ahora se encuentra en la pista.
—Torpe en la curva cuatro —contesta, evitando una segunda ojeada.
Presto atención y me doy cuenta de que tiene razón; pierde velocidad en la curva cuatro.
—¿Es cierto que conoces al mejor piloto del mundo?
Soy consciente de que sueno dubitativo, pero también sé que no existe tal cosa. Todos tienen cualidades y defectos, todos dependen del coche, la climatología y, Dios, también de su suerte.
Se le oscurece la mirada. Asiente con la cabeza.
Tiene un cuerpo delicioso. Me veo obligado a luchar contra mis ojos para evitar bajar la vista hasta sus gruesos muslos con esos vaqueros negros y la camiseta pegada a esos músculos.
—¿Me lo vas a presentar?
Extiende la mano y vuelve a quitarme el rotulador para garabatear una dirección en la parte trasera de la lista. Mientras se inclina para escribir, observo su perfil y su boca; me pregunto qué aspecto tendría esa boca después de besarla. Después de besarme.
Levanta la cabeza, me sorprende mirándolo y también me mira los labios.
Aparto la mirada y sonrío mientras agarro el papel que me extiende.
—21:00. Esta noche. Preséntate allí —dice, con un tono casi de advertencia.
Me doy cuenta de que ha escrito otra palabra después de Jimin. «Mimi» Park. Recojo mis cosas y comento:
—Será mejor que no seas un asesino en serie —digo también en tono de advertencia.
—Todavía no. Pero… deberías alejarte de mí. —Me lanza una mirada expresiva que me hace estremecer.
Me alejo rápidamente en dirección al coche sin saber qué demonios estoy haciendo. Me he perdido la sesión de libres de los pilotos de la Indy Car Series comiéndome con los ojos a este tipo y ahora literalmente sigo sin piloto y solo tengo una dirección y la palabra Jimin en mi lista «de ligues».
Y aunque debería estar preocupado por esta situación, sonrío mientras arranco el coche y siento que todo mi cuerpo está deshecho. Tal vez por la perspectiva de que esté en lo cierto. Tal vez por la perspectiva de que esté allí.
Ni siquiera debería querer que tuviera razón porque le debería la reparación de un coche muy caro. Pero una parte de mí desea que así sea.
Llego a la habitación de hotel y me acomodo antes de darme un baño para cambiarme para esta noche. Llamo al conserje para pedirle la contraseña de la conexión Wi-Fi gratuita. Entonces, decido escribir Jimin Park en la barra de búsqueda de Google.
Alucino con los resultados que obtengo.
EL FAMOSO PILOTO DE CARRERAS ILEGALES DE SEATTLE, JIMIN <MIMI> PARK, HA DICHO QUE ESTÁ CALENTANDO LAS CALLES DE SAN PETERSBURGO…