Capítulo 1
Jimin
Seattle
Mi madre me deja en el aeropuerto. Estoy usando mi par de vaqueros favoritos y camiseta favorita. Para la suerte, supongo.
—¿Seguro que estarás bien?
—Seguro.
—Jimin. —Me detiene antes de que pueda salir del auto, agarrando mi mano—. Te amo…
—También te amo. —Le sonrío.
Se acerca para abrazarme, cierro los ojos y me aferro por un ratito extra. Huele a limones. Huele a casa, huele a todo lo que conozco.
—¿Tienes tu pasaporte, confirmación de boleto…?
Asiento, salgo y agarro mi maleta.
Me giro y la saludo con la mano, ya sintiendo una punzada de nostalgia al verla alejarse.
Inhalando, entro solo en el aeropuerto por primera vez en mi vida.
Entre el tiempo de abordar y el vuelo, toma más de cuatro horas para que llegue a Seattle. El avión dio vueltas una media hora adicional hasta que la lluvia se detuvo y fuimos autorizados a aterrizar. Todo es húmedo y verde. Mi prima Brittany me encuentra afuera de la terminal.
—¡Jimin! —Con una cola de caballo alta, pantalones deportivos de spandex ajustados, y un cuerpo asesino debajo, luce como si hubiera salido de Sports Illustrated—. Estoy tan contenta de tenerte aquí. —Me abraza con fuerza antes de presentarme a un hombre alto, de cabello rizado que se encuentra de pie junto a ella—. Este es Pete.
—Un gusto conocerte, Jimin —dice mientras alcanza mi maleta—.Bienvenido al equipo.
—Gracias por recibirme.
Si Brittany tiene algunas reservas sobre tenerme alrededor por el verano entero, no lo muestra. Se ve animada y locuaz durante nuestro viaje, contestando todas mis preguntas sobre cómo puedo ayudarle con su hijo de tres años, Racer.
En la punta del callejón sin salida llegamos a su casa ubicada junto al lago en Lakehaven, con su fachada de estuco, tejado amplio y césped bien cuidado.
Me quedo sin habla, admirando el interior de la casa con los ojos como platos mientras me da un breve recorrido. Tecnología inteligente en todos lados, cinco dormitorios, una cocina hecha para un restaurante. Tiene ventanas altas y un montón de luz natural, con vista a Mount Rainier al otro lado de una extensión reluciente de agua.
Brittany me lleva por el pasillo hasta la habitación de huéspedes. El cual tiene fotos enmarcadas de atletas famosos, y entre ellos, hay una foto con el nombre de “Riptide” y trato de no mirar boquiabierto, porque sé que Riptide es su muy conocido marido, antiguo boxeador y ahora luchador de la MMA. Incluso la gente que nunca ha escuchado sobre las luchas MMA parecen saber quién es él. Mamá dice que también lo llaman RIP, porque mata a sus oponentes. No literalmente. Bueno, espero que no, pero los entierra en el suelo. Los artículos online dicen que es una máquina de lucha, y el mejor que ha habido.
Finalmente llegamos a mi dormitorio y estoy tentado de preguntarle a Brittany si alguna vez se ha perdido en su propia casa. El dormitorio dobla en tamaño al mío en casa, exquisitamente decorado en tonos claros, con un matiz de azul pastel en las cortinas y en el cubrecama.
—Aquí hay una tarjeta de membresía para el gimnasio; las compramos por docena para el equipo. Eres parte de la familia ahora. —Me guiña el ojo—. La comida está en el refrigerador, toallas limpias en el baño, la cama tiene sábanas nuevas. ¿Teléfono celular?
—Sí.
—De acuerdo. Tu mamá te dio mi número, ¿verdad?
Confirmamos nuestros números. Ha sido un tiempo desde que le he hablado. Normalmente soy tímido y no muy hablador en absoluto. Supongo que Brittany lo sabe. Estoy seguro que mi mamá le ha contado los detalles de todo lo que ha sucedido en mi vida, desde el nacimiento hasta ahora, al igual que me hizo saber que Brittany se casó con Remington “Riptide” Tate.
Son una pareja poderosa en el mundo del bienestar y el atletismo, una pareja poderosa en su propia forma.
Mi mamá pensó que estaría vigorizado al pasar tiempo con ellos y su equipo mientras trabajan en el circuito de luchas Underground este verano.
Sugirió que viniese cuando le pedí que me dejara descubrir que quería hacer con mi vida.
Y ahora me encuentro aquí, tratando de descubrir quién soy.
Comienzo a desempacar, poniendo ordenadamente mis cosas en un cajón, y después cuelgo algunas de mis prendas en el armario, paso por la ventana y me quedo mirando el lago mientras Brittany se aproxima a un hombre alto y de cabello oscuro alzando a un pequeño niño en sus hombros. Sé que son su esposo e hijo.
No he visto al pequeño Racer desde Navidad, y nunca he conocido al marido de Brittany, pero tiene una presencia tan grande como su reputación, incluso desde aquí. Remy Tate es tan grande como una montaña, y sentado en sus hombros, su hijo parece estar en la cima del mundo. Muchas cosas han sido dichas sobre el famoso Riptide, caliente y masculino prevalecen entre ellas. Racer está aporreando la cabeza de su padre, y Remy lo sostiene por sus pequeños pies, mirando el largo muelle y hacia el lago mientras Brittany se acerca y pone los brazos alrededor de su cintura.
Sonrío cuando los veo. Viajan demasiado debido a su plan de peleas, no los veo tan seguido, pero somos familia. Lucen en paz, y felices. Racer comienza a retorcerse sobre su padre y señala el agua como si quisiera subir a un bote.
Racer. Mi boleto fuera de la ciudad. Alguien de quien preocuparme aparte de mí.
Pienso en Chad y una punzada de dolor me recorre. Tal vez estar lejos hará que me extrañe. Estar lejos le hará darse cuenta que siente algo aparte de amistad por mí.
Nos comunicamos, pero no tanto como me gustaría.
Yo: Hola, llegué a salvo.
Chad: Bien. Disfruta, Jimin.
Yo: Gracias (: Estaré bien.
Espero para ver si me pregunta algo. No lo hace. Me curvo en la cama, mirando fijamente el teléfono, entonces le envío un mensaje a mi mamá para avisarle que estoy en Seattle.
Jungkook
Seattle
Ni en un millón de años, chico. No.
NO ESTOY INTERESADO.
¡Lárgate de mi vista!
Cuatro ciudades en dos días, y más puertas en las narices de las que puedo contar. Me cuelgo la mochila sobre el hombro, recojo mi bolsa de lona, y tacho otro nombre de mi lista.
Entrando en un autobús y bajándome treinta minutos más tarde, escaneo la mezcla de edificios comerciales y de departamentos en la manzana, entonces llamo a mi última puerta.
—¿Entrenador Hennesy?
Es un hombre alto, con el pelo canoso, vestido con una sudadera y llevando un cronómetro amarillo colgando de su cuello. Me mira con interrogación.
—Soy tu próximo campeón.
Se ríe, pero entonces debe ver algo en mi cara. En mi posición. La sed, la decisión, las agallas. Tal vez llevo mis bolas en mis ojos. Se pone serio y abre la puerta de par en par. —Entra.
No pregunta mi nombre.
Supongo que, con una sola mirada, sabe que encontrará mi nombre en el diccionario, justo al lado de “decidido”.
Me lleva a su cochera. —¿Dónde entrenabas antes? —pregunta.
—Autodidacta. Veo vídeos.
Se burla, entonces se encoge de hombros. —Está bien, vamos a ver lo que tienes.
Miro el equipo a través del cuarto. La bolsa pesada cuelga del techo, el cuero desgastado por otros luchadores antes que yo. Hay un maniquí de boxeo en la esquina. Bolsas de velocidad. Pesas. Todo un gimnasio privado aquí. Dejo caer mis dos bolsos, luego abro mi mochila y comienzo a ponerme los guantes sin molestarme en quitarme la sudadera.
—Quítate eso; necesito saber lo que tienes. Necesito ver si estás en forma —dice Hennesy.
Aprieto mi mandíbula. Desabrocho lentamente la sudadera. Me la quito y miro más allá de mi hombro, girándome para evitar que mi espalda esté a la vista del entrenador. El tipo está despejando el área de combate. Bueno. Podemos ir al grano. Se me acerca cuando lo enfrento.
—Dámela. —Le entrego mi sudadera y la arroja a un lado, luego cruza sus brazos y me mira—. Primero la bolsa de velocidad.
Inhalo, me coloco frente a la bolsa de velocidad, y golpeo. Zas.
Sigo golpeando, a la velocidad del rayo, mis puños haciéndola volar.
Habría calentado primero, pero he estado haciendo esto durante varios días, y no voy a parar hasta que tenga un entrenador, ni siquiera entonces.
Tengo el impulso ahora, y agarro velocidad, con los brazos en movimiento de ida y vuelta, trabajando en la bolsa de velocidad hasta que se está moviendo tan rápido que ni siquiera se puede ver.
Estoy empezando a sudar; está cargado aquí, pero no puedo parar. Necesito que me entrene. Necesito un sí para meterme en el cuadrilátero. Sólo un sí y yo haré el resto.
—Tiempo. —Hennesy me detiene. Señala al maniquí de boxeo y el saco de arena—. Veamos cómo golpeas la bolsa.
Muevo mi mano hacia atrás y mis nudillos golpean la bolsa, poniendo todo en mis puños. Pam, pum, pum.
La compostura de Hennesy comienza a desmoronarse por la emoción.
—¡Santa mierda, muchacho!
Me estoy metiendo en ello. Me encuentro en la zona, donde sólo soy yo, la bolsa de cuero marrón, mis puños, y nada más que golpear el punto que miro fijamente.
—He visto suficiente. —Detiene el balanceo de la bolsa. Sus ojos están vidriosos—. Rellena esto.
Me quito el guante derecho y agarro un lápiz mientras pone un pedazo de papel sobre una mesa en la esquina. Me agacho para rellenar mi nombre e información de contacto, dándome cuenta demasiado tarde que expuse el tatuaje en mi espalda.
—Eres su chico.
Me congelo a media firma.
Un segundo pasa. Después dos.
Bajo lentamente el lápiz y miro una última vez el papel. Quizás podría no llegar a llenarlo después de todo. Me volteo.
Su rostro ha palidecido.
Espero durante un par de latidos. Tal vez es diferente. Tal vez pueda lidiar con ello.
Me lanza mi chaqueta. —Vete. Nadie quiere verte luchar.
Frunzo el ceño ferozmente mientras tomo la chaqueta en mi puño y avanzo, igual de enfadado ahora. —Es una maldita lástima. Porque lucharé de todos modos.
Mantengo mis ojos en él mientras me saco mi guante izquierdo, meto los brazos en mi sudadera y la abrocho.
Salgo y la puerta se cierra detrás de mí. Aprieto la mandíbula y meto los guantes en mi bolso, también veo los guantes viejos y negros en el interior. Los empujo en la parte inferior de la bolsa de lona y la cierro.
La temporada comienza en una semana y media. ¿Sin entrenador? No hay peleas. Ni siquiera puedo entrar en un gimnasio.
Pero no dejaré que nadie ni nada me saque del cuadrilátero. Recojo un centavo del suelo.
Y veo a un chico en ropa de entrenamiento a través de la calle, atándose los cordones de los zapatillas. Está a un paso de la puerta del gimnasio. Me enderezo, me pongo la capucha sobre mi cabeza, y cruzo la calle, siguiéndolo como si perteneciera.