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Había una vez en una ciudad de héroes un joven llamado Midoriya Izuku, conocido como Deku, quien siempre había admirado a su amigo de la infancia, Katsuki Bakugo, a pesar de su carácter explosivo y sus constantes humillaciones. Con el paso del tiempo, ambos crecieron y entrenaron en la Academia U.A., enfrentando desafíos que forjaron un vínculo ambiguo entre ellos, hecho de rivalidad y camaradería.
A pesar de todo, Deku siempre había perdonado a Bakugo por sus ofensas pasadas. Lo consideraba un amigo a su manera, un compañero que lo empujaba a ser mejor. Bakugo, sin embargo, llevaba un sentimiento de superioridad, mezclado con una confusa admiración hacia Deku. Y aunque nunca lo admitiría, a veces sentía envidia de su fuerza de voluntad y determinación.
Un día, durante una misión especialmente peligrosa, Bakugo ideó un plan para asegurarse de que fuera él quien recibiera el crédito por derrotar al villano, manipulando a Deku para que se distrajera en el momento crucial. El plan funcionó; Bakugo se llevó toda la gloria mientras que Deku quedó mal parado frente a sus compañeros. Aunque fue un golpe duro para Deku, él una vez más perdonó a Bakugo, porque sabía que su amigo tenía una lucha interna más compleja de lo que parecía a simple vista.
Lo que Deku nunca le contó a nadie, ni siquiera a Bakugo, era que llevaba meses sintiéndose mal. Su cuerpo, después de tantas batallas y entrenamientos intensos, había comenzado a mostrar señales de agotamiento. Al principio, pensó que solo era fatiga, pero con el tiempo, los síntomas empeoraron. Finalmente, un día en la enfermería, Deku recibió una devastadora noticia: tenía una rara enfermedad que estaba debilitando sus órganos. A pesar de sus habilidades sobrehumanas, su cuerpo no podía curarse a sí mismo. El diagnóstico era claro: no le quedaba mucho tiempo.
Deku decidió mantener su enfermedad en secreto. No quería preocupar a sus amigos ni interrumpir sus misiones. Aún así, seguía entrenando, sonriendo y luchando por lo que creía correcto, aunque cada día le costaba más mantenerse en pie. Aun así, siempre fue el mismo Deku: optimista, perdonador y lleno de bondad.
Poco a poco, su salud fue empeorando, pero nadie lo notó realmente. Bakugo, demasiado centrado en su propia lucha por convertirse en el héroe número uno, no percibió el cambio en su amigo. Deku había dejado de competir con él tan intensamente, y aunque eso al principio lo extrañó, lo atribuyó al cansancio de las batallas.
Un día, Deku simplemente no apareció en la clase de entrenamiento. Tampoco contestó el teléfono ni los mensajes de sus amigos. Al principio, todos pensaron que se trataba de una simple enfermedad pasajera, pero cuando el silencio se prolongó, el grupo de héroes decidió investigar.
Fue Uraraka quien primero llegó a su apartamento. Allí, encontró una carta de despedida. Deku había fallecido durante la noche.
La noticia cayó como un balde de agua fría. El chico que siempre había sido fuerte, que siempre sonreía y nunca se rendía, se había ido en silencio, sin decirle nada a nadie. Nadie, excepto su madre, sabía de su enfermedad.
Cuando Bakugo escuchó la noticia, al principio no pudo procesarla. ¿Deku? ¿Muerto? Era imposible. Se había ido sin decir nada, sin siquiera darle la oportunidad de enfrentarse una vez más, de pelear por quién era el mejor. La culpa lo golpeó como un tren, recordando cada palabra cruel que le había dicho, cada vez que lo había subestimado y, peor aún, la vez que lo había engañado por pura codicia de gloria.
Días después, encontró una carta que Deku había dejado específicamente para él. Era una carta sencilla, como era típico de Deku, llena de palabras de agradecimiento y perdón. Deku le decía que siempre lo había admirado, que nunca lo culpó por cómo lo trató, y que, aunque sus caminos hubieran sido diferentes, estaba orgulloso de haber sido su compañero. Lo perdonaba por todo, incluso por las veces que Bakugo había pensado solo en sí mismo.
Bakugo cayó de rodillas, con la carta temblando en sus manos. Deku se había ido, y él nunca tuvo la oportunidad de disculparse, de decirle que, a su manera, también lo admiraba. El vacío que dejó Deku en su corazón era profundo, lleno de remordimientos y palabras no dichas.
Y desde ese día, Bakugo decidió que, por mucho que se esforzara en ser el héroe número uno, nunca podría llenar el hueco que dejó Deku. Porque ser el mejor no significaba nada si la persona que siempre había creído en él ya no estaba allí para verlo.