Capitulo único
*EROSIONANDO MUNDOS ROJOS* *por : Esperanza Renjifo* Caminaba ensimismado a la hora del crepuscular cielo de las seis de la tarde, cuando el enrojecimiento es notorio y los rojos parecen cubrir el ocaso desprendido de la sonrisa de sus labios con la identidad del flujo vital, erosionando su interior en eternos oleajes regándolo todo. Iba descalzo, sintiendo ese fino relieve de sedimentos que se comían el silencio. En traje roto y cáscaras por llantos. De pronto, se detuvo frente a una silueta entre la claridad y la penumbra que trasparentaba el galpón en el que se encontraba, y pudo distinguir rojos en una repetición extensa de la paleta cromática, provocando universales emociones envalentonadas que estimularon su sistema nervioso, incitando más producción de adrenalina. Le aumentó la temperatura corporal, la presión sanguínea aceleró su pulso y estimuló el apetito de venganza, manteniéndose en alerta constante. Y brotaron el dolor y la pasión desgarradora de un martirio que arrasaba sus sentimientos; supurando vino rojo de sus heridas. Hilvanó pájaros entre recuerdos que quebraban su corazón. Y terminó despertándose en sí, con un profundo sentir por la copa derramada... Como la sangre del herido. Como la magia que desprende un rosal desplegándose desde los más rústicos terrenos. Quizá a causa de un incipiente delirio que ayuda a poetizar y abre un universo de posibilidades palpitantes. —Oigo voces ininteligibles… Ahora sé que no estoy solo; pero, ¿escucharán que me estoy desatando? ¡Pueden ser mis captores!, ¿y... si me oyen? ¿Me matarán? Jhon trataba de no hacer ruido mientras aflojaba sus amarras. Recién podía sentir sus muñecas y manos. Sus pies fueron fáciles de soltar. El adormecimiento fue tan intenso que optó por caminar en el galpón, descalzo como estaba, hasta que pudo ver un hilo de luz por entre la pared. De un momento a otro encontró la puerta y fijándose bien, percibió, un orificio por el que ingresaba un destello de luz: Había hallado la cerradura. Entonces, el cielo rojo que lo cubría todo se tornó color fuego de drama, de fuerza, de emoción. De poder y de sangre. Asociando sombras de peligro, violencia, ira y malicia. Minutos después... —Por fin logro distinguir algo, pero no reconozco esta habitación descolorida de muros enrojecidos y sucios. Intento zafarme de las cuerdas que aún cuelgan de mis muñecas. Tiro, jalo... El forcejeo afloja una de ellas, intento sacar por allí mi mano derecha. He liberado una mano. ¿Quién querría tenerme secuestrado?, ¿Mi esposa?, ¿Con qué motivo? Yo la amo, ella me ama. ¡No! Ella no es. Su voz es distinta. No veo la cara de ninguno de ellos. ¿Quién sabe hasta cuándo me tengan así? —Se oyen ruidos violentos del otro lado— ¡Me han descubierto! ¡Saben que me he zafado! Una mano de mujer abre la ventanita de la puerta. La luz entra y me enceguece. Parece decir algo a los otros. La mujer se asoma por la pequeña ventana. —¿Tu?, ¿tú me hiciste esto?—. Corro hacia la ventana. La golpeo. Grito. Parece que no me escucha... ¡No!, ¿Fanny? Nooo, no entiendo. Pe... peroo si yo te amo. No puedo creer que todo este tiempo hayas estado detrás de todo. ¿Siempre, eras tú quien estaba detrás de todo? ¿Amada esposa?. ¿En qué te fallé? —Caigo al piso de rodillas, con las manos en la cara, resignado a morir aquí en manos de mi propia mujer sin saber por qué... Dibujo trazos color sangre en perlas de plata. Ya no siento ni quiero. No me importa si el reflejo busca espejos o si su boca me nombra en mi muerte; ya vuelo echando un silencio sin ecos. El brillo de luz me deslumbra la vista hasta el alma, manchándome de ideas rojo sangre entre pensamientos que intento reflejar como puedo. Trazos de la mujer más bella y ruin se dibujan ante mí. Y hoy… estoy aquí. Rojas cascadas de recuerdos caen sustentando mi estado anímico de angustia y desazón. Su gesto la desviste como un mar vuelto isla en aliento de sal. Debió ser el hábito de recorrer las sombras o la costumbre de esperar en silencio. Debieron ser los árboles hinchados tras sus ojos. Jhon era el eco de un murmullo; sin importar si su voz se apagaba, pues siempre rebotaría en ruidos rojos. Envuelto en ese color agridulce del fondo de su genética y los tres gramos de hierro que sostenían sus arterias… Y saltó años atrás, agitando su celular con la linterna encendida, llamando su atención… Y ahí estaba. Tenía color rojo y vino tinto en su blusa, el escote era pronunciado y sus pechos invitaban a deslizarse por ellos hacia su cuerpo. Las ventanas del parabrisas aparentaban recién haber sido lavadas. Y mal lavadas. Las manchas de lágrimas descascaradas resaltaban con todos los reflejos de la luz de calles solitarias. —¿A qué te dedicas? —Me preguntó sin temor y con la audacia de su tono raspado. Seguro bebía mucho. Me envolví en su perfume impregnándolo todo. El auto emanaba alcohol, pero mi deseo era ser la piel roja que la vestía. No respondí. Hoy ya es tarde. —¿Por qué me recogiste? —¿Te atreves a preguntarme después de subir a mi automóvil? —Bajo la marcha al girar en una calle cerrada. No sabía qué quería. Me hipnotizó con sus ojos, me toco con su aliento y me palpó con sus manos, leyéndome hasta el alma de un solo vistazo. Se alimento de mi ser, a través de un canceroso beso. La abrace. Cogí su cintura, le lamí el cuello y solo desee más de ella. Su olor disipado, uñas rojas, blusa sucia, falda torcida y unos altísimos tacones rojos como saetas me aguardaron. La tumbe. Me seguía intimidando, expié mis culpas hacia mis adentro y solo disfruté. Mi dolor fue causa de su goce, y lo permití. Y hoy estoy aquí exhibido en primera plana, con un agujero de bala en la frente de un bello cuerpo hinchado. Soy un amasijo rojizo alejado de todo y todos, a un paso del último instante de mi condena. Ya no volveré a sentir dolor, ni el sufrimiento del engaño, aunque fui yo quien se lo permití por no imponerme y entregarme a sus brazos inocentemente creyendo que me amaría. Quién acusa a un inocente de defenderse cuando ya no lo es. Hoy purgo una justa condena por haber matado a quien creí mi mujer. Me enamoré de ella una noche siniestra desde la primera vez que cruzamos mirada. Cierro los ojos y abro el corazón buscando respuesta en el aire mientras la nada me arropó, deshidratando este dolor que hay en mí, sudando la angustia que me llena de tristeza para ser infeliz, royéndome sin compasión. -¿Te llevo?- -Si. – le respondí y subí a su auto mirando sus labios rojos y perdí todo tipo de juicio y sentido común perdiendo mis alas.
*Escrito por Esperanza Renjifo*
*Lima - Perú*
*Todos los derechos reservados*
*26/09/2024








