I'm Your Death Messenger; jjk

Summary

La existencia de las personas es finita. Está eso llamado destino. Todos lo tienen. También dicta cuando van a morir. Ese es el trabajo de un mensajero de la muerte. Deben encargarse de poner el último punto en el destino de cada alma. Fue por eso que Dallae debe estar detrás de JeongGuk hasta que la cuenta regresiva de su vida llegue a cero y pueda destruir la esfera de su alma. Claro, sería una pena que Dallae empezara a sentir empatía y su único trabajo saliera mal, ¿cierto?

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1
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n/a
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16+

Preludio: Reloj Cucú

1 de septiembre de 2009


El extravagante reloj cucú en la cocina marcó las seis. Tenía media hora para regresar a casa si no quería que TaeHyung se enojara y se preocupara. Nuestros padres iban a llegar más tarde y se suponía que ni mi hermano ni yo saliéramos, pero le insistí tanto que me dejara visitar a JeongGuk que acabó cediendo con hastío.


―Es que es su cumpleaños, oppa. ―Puse mi mejor carita de suplica para doblegar su corazón. Funcionó.


Era medio día. Llamé a la casa de JeongGuk diciéndole que se preparara para salir en treinta minutos. Su casa estaba a dos de la mía. Me emocioné aún más porque incluso el clima era bueno. El sol brillaba con bastante intensidad pese a ser otoño.


Tomé el pastel que preparé la noche anterior con mamá y salí, despidiéndome de TaeHyung. Fui tarareando y dando saltitos hasta que vi a JeongGuk, esperando frente a su casa. Giraba la punta de su pie sobre el suelo y veía abajo. Él me gustaba tanto. Fue mi primer flechazo.


―¡Guk-ie!


Obtuve su atención y una sonrisa mínima. Siempre me preguntaba por qué tenía un aura tan triste. Parecía deprimido todo el tiempo y yo quería contagiarle mi alegría. Una vez me dijo que envidiaba que yo pudiera sentir felicidad, porque él no podía.


―¿Qué traes? ―preguntó mirando la caja del pastel. Extendió su mano para que se lo diera. Todo un caballero.


―Es una sorpresa. Primero quiero llevarte al cine.


―Pero no tengo dinero… ―murmuró.


―No te preocupes por eso. Te invito.


―No tienes que hacerlo.


Al principio no entendía por qué JeongGuk no me dejaba darle, más bien, comprarle cosas. Actuaba arisco cuando lo intentaba. Pese a mi buena voluntad, en su perspectiva, las cosas nunca llegan tan fácil. El dinero se gana, no se regala. Si alguien te da algo, estás en deuda y tienes que retribuir el acto. Supuse que pensaba de esa forma porque su padre no ganaba tanto dinero como los míos. Tardé en darme cuenta, pero una vez que lo hice no pude evitar fijarme todo el rato. JeongGuk siempre utilizaba el mismo par de zapatos. Ya estaban gastados y rotos, mientras yo tenía diez pares que relucían.


―Hoy no voy a aceptar que te niegues. Es tu cumpleaños. ―Fingí una mueca de molestia.


―AhRi… ―titubeó. Él quería decir que no.


Tomé su mano libre y sonreí aún más. Enseñé mis dientes. Bueno, me faltaba un colmillo, se me había caído hace una semana.


―Vamos, sé que te va a gustar. ―Empecé a arrastrarle.


―¡AhRi! Abre los ojos. ¿Estás bien? Lo siento ―me dijo JeongGuk preocupado. Era una nueva versión de él.


Abrí los ojos con pesadez y le sonreí. Fue mi culpa por refutar los noes de JeongGuk, pero quería que siguiera sonriendo como cuando llegamos al cine y supo que íbamos a ver Iron Man 2. Pensé que si le cantaba el feliz cumpleaños en su casa se pondría más feliz.


―Estoy bien ―murmuré.


A un lado de él, estaba parado un hombre. Su piel era pálida y sus labios negros. Llevaba una gabardina oscura y un gran sombrero.


―Aguanta un poco más. Jin hyung está de camino. Vamos a llevarte con YoonGi para que te revise y te cure.


Apreté los labios y las lágrimas me traicionaron. Estar con JeongGuk me hacía tontamente feliz, pero, por no querer despegarme de él, su papá me golpeó y después… Creo que estaba ebrio.


―Lo siento mucho. En serio.


―No fue tu culpa, Guk-ie.


Fue mía. Fue mi culpa que su papá me agrediera y que él lo haya visto.


―Sí lo fue.


―¿Tú… crees que aún puedas quererme así?


―AhRi, te prometo que voy a casarme contigo y te voy a hacer la mujer más feliz de la tierra. Solo tienes que quedarte conmigo.


El hombre a un costado sacó una esfera de cristal que brillaba de un color azul. La observó y después a mí. Su rostro emanaba pena. De la nada gesticuló un lo siento y empezó a apretar con fuerza la esfera.


―AhRi… quiero que te quedes conmigo. Voy a protegerte.


―Lo haré.


Crack.


El hombre consiguió romper la esfera y yo dejé de estar viva. Lo último que distinguí fue el llanto de JeongGuk y sus incesantes disculpas.


Fue extraño, pues no sentí que la muerte fuera a alcanzarme. Estaba segura de que iba a estar bien. Quería estar bien para quedarme con él, sin embargo, no pude.