Prólogo
Poco a poco el mundo se vuelve gris, el sonido se reduce a un ligero pitido. Los combates a su alrededor se sienten tan distantes, como si todo fuera irreal, como si las carcajadas desbocadas del demonio que se alza en las alturas fueran solo una mala broma. Como si la espesa sangre aún caliente que mancha su ropa en medidas desproporcionadas fuera una simple ilusión.
– Maldice tu suerte héroe – gritó el hombre que lo mira con unos asquerosos rubíes envueltos en una negrura llena de maldad – porque fue ella la que lo condenó a sacrificarse por ti – mientras se mofa, señala el bulto en sus piernas que, hasta el momento, se negaba a ver. Su corazón amenazaba con salirse desde el momento en que decidió bajar su cabeza, encontrándose con el peor de los escenarios posibles. Katsuki, su Katsuki Bakugo, su Kacchan, está entre sus brazos con un ala rota casi desprendida de su espalda, la mitad de su rostro y su brazo derecho quemados, pero eso no fue lo peor.
La herida más grave está en su pecho, un gran agujero que la sangre que se desborda sin consideración, negando ver si afectó su corazón. Todo grito, todo llanto, cualquier gesto de dolor se atoró en su garganta. Su mente de pronto se quedó en blanco, su corazón se detuvo, nada parece real, es más como una...
– ¡Pesadilla! ¡Despierta! Es solo una pesadilla – un grito desgarrador salió por fin de sus entrañas junto a un mar de lágrimas que comienzan a cerrar sus vías respiratorias obligándolo a toser, y aunque se esté ahogando, siente que por fin ha podido expulsar todo el dolor que ha sentido desde ese día.
– Ey, Deku necesito que vuelvas con nosotros – Uraraka les dio indicaciones al resto del grupo para que lo acomodaran en una mejor posición mientras busca en sus pertenencias algún remedio con el que pueda tranquilizarlo.
– Esto no está funcionando – han intentado varias veces hacer que huela unas hojas que funcionan como tranquilizante sin éxito. Ni Shoto, ni Iida u Ochako saben que hacer hasta que escuchan un grupo de aleteos acercarse.
– ¿Qué sucedió? – Kirishima guardó sus alas de dragón antes de acercarse a ellos, quedándose en shock con la situación – ¿reaccionó justo ahora?
– ¡Por eso les dije que no lo movieran aún! – detrás del pelirrojo llegaron otros tres draconianos más, siendo el líder de estos quien les gritó con enojo y toques de desesperación. A paso lento se acercó hasta ellos y los apartó, tomando las hojas entre sus manos.
Con la poca fuerza que aún tiene e ignorando los regaños de sus compañeros, cargó al peliverde y se alejó de ahí hasta llegar a un río. A como pudo se acomodó con él en las raíces de un árbol y comenzó a hablarle al oído.
– Oye, Izuku, solo tuviste una tonta pesadilla ¿acaso te dejarás vencer por ella? ¿No eras tú quien decía que no son reales? – al escucharlo, el cuerpo tembloroso del peliverde comenzó a ceder, bajando el nivel de lágrimas suficiente para que fuera capaz de oler las hojas que poco a poco lo ayudaron a recuperarse – Eso es, ya pasó – lleva una de sus manos a sus rizos para alternar caricias con besos fugaces que planta en su coronilla.
– No fue una pesadilla – luego de estar una hora acurrucados bajo el árbol, dejando que el sonido del agua chocando con las piedras los relajara, Izuku por fin pudo hablar – las pesadillas son creadas por nuestra imaginación, y eso no era mentira – sus ojos se han secado de tanto llorar y el ataque de pánico lo hizo perder las suficientes energías como para poder lamentarse.
Con pesar levanta su mirada para ver el desastre en el que se va convertido Katsuki. Su rostro ya está cicatrizando, su ojo quedó totalmente blanco, señal de que lo ha perdido. Su brazo está vendado aún, y al moverlo no deja de temblar a falta de varios nervios y tendones destruidos en batalla. La herida mortal en su pecho es ahora una cicatriz que cubre casi por completo la zona, eso lo sabe porque recuerda que estuvo ahí cuando fue tratado por los curanderos y brujos.
– Esto no es tu culpa y no estoy muerto, así que deja de castigarte de esta manera – atrapó su mano antes de que llegara a su mejilla para dejarle un beso en el dorso de sus dedos.
Hace tiempo que terminó la guerra contra los demonios de la cual salieron victoriosos, pero eso no significa que hayan salido impunes. Ese día todos perdieron algo incluso Izuku que se desconectó del mundo cuando creyó que Katsuki había fallecido, de hecho todos lo creyeron después de que cayera de lleno contra el suelo tras haber atacado al rey demonio con una nueva habilidad que, más que buscar ganarle, era sólo para darle tiempo a Izuku de recuperarse y pelear.
Nadie pensó que el villano con sus poderes demoníacos provocara que el ataque implosionara dentro de su cuerpo, destruyendo su brazo y corazón en el proceso.
Todo eso sucedió frente al peliverde que estaba impotente en el suelo. Esa noche lo nombraron el héroe del silencio, ya que no emitió ningún sonido cuando acabó con el demonio ni después, de hecho no volvió a emitir ni aunque sea un pequeño gruñido desde entonces, hasta ahora.
– Kacchan, estás cálido – cada que ha tenido la oportunidad de acercarse, el cenizo le acaricia las mejillas para sentir su calor y el peliverde pone su oído en su pecho para escuchar su débil latir. Esa era la única evidencia que tenía de que seguía vivo y de que el mismo Izuku seguía aún ahí, pues el shock lo volvió un robot, un ser que ni siquiera se movía si no era para ver a Katsuki o para seguir la indicación de otro.
– Claro que sí, entiéndelo de una vez por todas. No he muerto y fue gracias a ti – le dolía no poder ayudarlo, los curanderos les dijeron que sus heridas van más allá de cualquier magia y que lo único que podían hacer por ahora era cuidarlo e incitarlo a regresar del abismo por el que dejó caer su cordura.
– Yo fui quien te dejó así, si ese día yo hubiera... – rápidamente puso dos dedos en sus labios, lo último que quería era que siguiera lamentándose por una decisión propia.
– ¡Entiéndelo idiota! No fue tú maldita culpa, yo decidí atacarlo sabiendo que el enemigo conocía mis ataques, yo quise pelear porque me pareció lo mejor, recuerda que la guerra no la liderabas solo, yo era uno de los comandantes y como tal debía cumplir mi labor – Katsuki aún no es capaz de gritar muy fuerte después de que sus cuerdas vocales se vieran comprometidas, pero sí puede alzar el tono de su voz lo suficiente como para hacer estremecer hasta a los animales que estaban cerca.
– Ya... ya lo entendí, es solo que tengo miedo – conforme pasan los minutos el Izuku de siempre va regresando, eso lo nota gracias a su rostro que está recuperando sus expresiones, volviendo a ser humano y no el muñeco inerte que sigue órdenes.
– Lo sé, odio admitirlo, pero yo también tengo miedo. Esa maldita guerra nos dejó peor de lo que estábamos, pero no pienso rendirme a vivir con este temor como un cobarde – la mirada esmeralda se posiciona en su rostro después de haber estado ceñido en las vendas de su pecho, espectante a sus palabras – ha llegado nuestra hora de ser felices juntos y para eso necesito que estés conmigo. No será un camino fácil, pero prometo sanar tus heridas como tú has estado sanando las mías. Juro que cumpliremos todo lo que hemos jurado desde hace tiempo, empezando desde mañana. ¿Qué dices?
La declaración fue un dulce caliente que deshizo el hielo que retenía su corazón. Habían estado negándose al amor por estar empeñados en traer la paz al mundo, sin embargo, siempre se permitieron soñar despiertos, compartieron sus anhelos y lo que deseaban hacer una vez terminara la guerra.
– ¡Sí quiero! Kacchan por favor, lo necesito – el cenizo lo acomodó entre sus brazos para que pudieran abrazarse. Esa noche se permitieron llorar una última vez por el pasado, por sus heridas y por todo el sufrimiento que acumularon.
Dejaron que sus corazones se desahogaran a gusto hasta que el cansancio les ganó. Esa noche fue la última que portaron sus armaduras como guerreros y se olvidaron de usar sus armas ya que la mañana recibiría a dos jóvenes que solo desean ser felices, empezando por irse juntos a algún lugar aislado del mundo.
Un año después
El grito de Izuku llama la atención de Katsuki que estaba cortando leña afuera de la cabaña. Entró rápidamente y lo encontró hecho un manojo de nervios, sudando frío y temblando.
– Estoy aquí Izuku, solo fue una pesadilla – apenas escuchó la voz de su amante se levantó de la cama y corrió hasta él, siendo recibido por sus cálidos brazos.
– Solo fue una mala pesadilla – se repite varias veces como una mantra. Estos meses han sido difíciles para ambos. Los ataques de pánico de Katsuki, sumados a las pesadillas aterradoras de Izuku no son una buena combinación y menos viviendo solos, pero no ha sido impedimento para que tengan una vida tranquila. En ocasiones sus padres les han pedido que regresen a casa en lo que se mejoran, pero ellos son necios y no quieren volver a tener demasiado contacto con el exterior, al menos no por ahora.
Por suerte, la paz del bosque y el amor mutuo que se profezan han ayudado en gran medida a que el dolor mental vaya disminuyendo, haciendo cada vez menos frecuentes los ataques y las pesadillas.
– ¿Mejor?
– Mejor, gracias – una vez el pecoso se calmó se separó del cenizo para mostrarle que ya se le ha pasado. Katsuki aprovecha para tomarle las mejillas y plantarle un beso que Izuku corresponde gustoso.
– Hoy haré el desayuno, apresúrate – le da un beso rápido y sale de la habitación escuchando un "sí señor", seguido de un pequeño alboroto al estar buscando el resto de su pijama que no necesitó anoche.
Esta es la vida que habían deseado. Sin lujos, sin alabanzas, sin la presión de un enemigo que desea matarlos. Una vida sencilla y relajada en un lugar donde no les pasen recordando lo que vivieron hace un año. Ahora solo tienen espacio para sanar sus heridas y vivir como se merecen.








