Cómplices del Caos

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Summary

En la surreal, dadaista y caótica ciudad de Villa Wea, donde las leyes de la realidad son tan frágiles como el sentido común, Bastián, un esqueleto, indestructible y sarcástico, descubre que es un usuario del misterioso ELO del Caos, una energía primordial que otorga poderes ridículamente absurdos a quienes la poseen. Junto a su compañero Víctor, conocido como "El Victetas" por ser gordo y tetón más su habilidad de tener una suerte exageradamente conveniente, se embarcan en una serie de desventuras hilarantes y llenas de caos que desafían cualquier lógica. A lo largo del camino, se cruzan con El Piter, un joven paranoico perseguido por un furgón misterioso que asegura que lo quiere secuestrar. El Piter también parece ser un usuario del ELO del Caos, aunque su "poder" es tener una mala suerte tan cósmica que parece estar maldito. Juntos, este trío disfuncional navega por una serie de situaciones absurdas, desde tráfico de pizzas en las montañas hasta enfrentamientos con vampiros que usan bloqueador solar. Mientras el Diablo, un manipulador maestro del caos, los incita a hacer cosas cada vez más ridículas y peligrosas, los tres protagonistas comienzan a cuestionarse qué quieren realmente de la vida y si el caos, en todas sus formas, es una bendición o una maldición.

Status
Ongoing
Chapters
18
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
18+

El Despertar del Caos

Para todos aquellos no nativos de Villa Wea que se sienten perdidos en este caótico dialecto, aquí tienen un manual básico de supervivencia para entender a los personajes sin perderse en la jerga:


1. Weón:

Usado como “tipo”. Ejemplo: "Ese weón de allá" (Ese tipo de allá).

Usado como “amigo”. Ejemplo: "Buena weón, ¿cómo estás?" (Hola amigo, ¿cómo estás?).

Usado como “tonto”. Ejemplo: "No seas weón" (No seas tonto).


2. Culiao: Originalmente despectivo en un contexto sexual, pero comúnmente usado como un insulto general. Ejemplo: "Ese culiao no cacha nada" (Ese tipo no entiende nada).


3. Wea: Objeto o cosa. Ejemplo: "Pásame esa wea" (Pásame esa cosa).


4. Aweonao: Estúpido o tonto. Ejemplo: "No seas aweonao" (No seas estúpido).


5. Conchetumare: Insulto fuerte, utilizado para referirse a alguien de manera despectiva o para maldecir. Ejemplo: "Mira ese conchetumare" (Mira ese tipo) o "Por la conchesumare" (¡Maldita sea!).


6. Guatón: Persona con sobrepeso. Ejemplo: "Ese weón es guatón" (Ese tipo está gordo).


7. Mino/Mina: Chico o chica atractiva. Ejemplo: "Cacha esa mina" (Mira esa chica).


8. Rica/Rico: Atractivo físicamente. Ejemplo: "Esa mina es entera rica" (Esa chica es muy sexy).


9. Piola: Tranquilo, relajado o reservado. Ejemplo: "Vamos a una junta piola" (Vamos a una reunión tranquila).


10. Pulento/Bacán: Algo genial. Ejemplo: "Ese auto es pulento" o "Ese auto está bacán" (Ese auto es genial).


11. Flaite: Delincuente o persona de clase baja con una actitud o vestimenta urbana exagerada. Ejemplo: "Ese flaite me robó la billetera" (Ese tipo delincuente me robó la billetera).


12. Carrete: Fiesta o celebración. Ejemplo: "Vamos al carrete" (Vamos a la fiesta).


13. Cacha: Fíjate o mira. Ejemplo: "Cacha esa wea" (Mira esa cosa).


14. Entero: Muy o demasiado. Ejemplo: "Está entero pulento" (Está muy bueno/genial).


15. Paco: Policía. Ejemplo: "Los pacos andan rondando" (Los policías están patrullando).


16. Pico/Tula/Corneta: Pene. Ejemplo: "Se me paro la Tula" (Tengo el pene erecto)


17. Zorra/Choro: Vagina/Vulva. Ejemplo: "Esa mina tiene la zorra pelua" (Esa chica tiene vello en la vulva)


18. Raja/Poto: Trasero/Culo. Ejemplo: "Deja de wearme, o te voy a dar senda patá' en la raja" (deja de molestarme, o te voy a dar una buena patada en el culo)


19. Cachar: Ver/Mirar. Ejemplo: "¿Cachaste a ese weón?" (¿Viste a ese tipo?)


20. Pololo/Polola: Novio o Novia. Ejemplo: "Cacha, ella es mi polola" (Mira, ella es mi novia)


21. Pololear: Andar de novios. Ejemplo: "¿Oye querí' pololear conmigo?" (Oye te gustaría ser mi novio/a)


22. Al lote: Desordenado o sin planificación. Ejemplo: "Tenís la pieza al lote" (Tienes la habitación desordenada).



23. Al tiro: Inmediatamente. Ejemplo: "Voy al tiro" (Voy de inmediato).



24. Anda a freír monos: Expresión para decir que alguien se vaya o deje de molestar. Ejemplo: "Anda a freír monos, weón" (Déjame en paz).



25. Brígido: Intenso, impactante o grave. Ejemplo: "La wea fue brígida" (La cosa fue impactante).



26. Cagado de la risa: Muy divertido, riéndose mucho. Ejemplo: "Me tení' cagao de la risa" (Me tienes riendo mucho).



27. Chanta: Persona falsa o poco confiable. Ejemplo: "Ese loco es más chanta que la cresta" (Ese tipo es muy falso).



28. Chato: Estar cansado o harto. Ejemplo: "Estoy chato de esta wea" (Estoy harto de esto).



29. Colgado: Despistado, perdido o sin entender. Ejemplo: "Me dejaste colgado" (No entendí lo que dijiste).



30. Copete: Bebida alcohólica. Ejemplo: "Vamos a tomar copete" (Vamos a beber alcohol).



31. Embolada (o Embola’o): Alguien que está en una situación surreal o excesivamente concentrado en algo. Ejemplo: "Estaba embolao' con esa película" (Estaba muy metido en esa película).



32. Hacer la desconocida: Fingir que no conoces a alguien o no recordar algo. Ejemplo: "No te hagai' la desconocida" (No finjas que no me conoces).



33. Pa’ la cagá: Estar mal, ya sea emocional o físicamente. Ejemplo: "Estoy pa' la cagá" (Estoy muy mal).



34. Pal’ loli: Algo que está en muy mal estado o que salió mal. Ejemplo: "El plan salió pal' loli" (El plan salió muy mal).



35. Pasarse rollos: Imaginar cosas que no son reales o exagerar situaciones. Ejemplo: "Te estái' pasando rollos" (Te estás imaginando cosas que no son).



36. Penca: Algo o alguien de mala calidad o poco agradable. Ejemplo: "Ese carrete estuvo penca" (Esa fiesta estuvo mala).


37. Creerse figura: Se refiere a alguien que se considera muy importante, atractivo o superior, muchas veces sin fundamento. Se utiliza para describir a personas egocéntricas, pretenciosas o narcisistas, que suelen pensar que son el centro de atención o que todos deberían admirarlas. Ejemplo: "Ese weón se cree figura" (Ese tipo se cree importante/especial).



38. Ser Vio: "Vio" se usa para describir a alguien astuto, inteligente o que sabe cómo manejarse en distintas situaciones, especialmente en aquellas que requieren ser perspicaz o "tener calle". Un "vio" sabe evitar problemas o aprovechar oportunidades, y muchas veces esto implica no caer en engaños o situaciones adversas. Ejemplo: "Ese loco es terrible vio, nunca lo pillan" (Ese tipo es muy astuto, nunca lo atrapan).


39. Ser Pollo: Esta expresión se utiliza para describir a alguien que es tímido, ingenuo o que se muestra nervioso y con poca experiencia en ciertas situaciones. La palabra "pollo" en este contexto implica ser un principiante o alguien que no se atreve a hacer algo con confianza. Ejemplo: "erí terrible pollo weón, ¡Anda hablarle a esa mina, no te va a morder! (Eres muy tímido tú, ¡Anda a hablarle a esa chica, no te va a pasar nada!)



"Si no es chileno/a recomiendo anotar para no perderse, dicho esto disfrute su lectura"



Bastián Lefiñanco regresaba a casa tras una excursión fuera de la ciudad. Qué lugar más insípido, pensaba. Claro, cualquier lugar parecería aburrido después de acostumbrarse al caos y la absurda coreografía de lo surreal que define a Villa Wea, su hogar. A día de hoy, aún no se explicaba por qué vivía en esa ciudad ridículamente estrafalaria.

En Villa Wea, nada tiene sentido, pero nadie parece percatarse. Podrían llover pizzas con trozos de manzana azul o clavos de cartón y la gente seguiría paseando como si fuera lo más normal del mundo. Todo es aceptado como una verdad inquebrantable, sin preguntas ni levantamiento de cejas.

“Villa Wea culia… te amo y te odio a partes iguales”, murmuró Bastián, mientras miraba por la ventana del taxi. El vehículo zigzagueaba entre los autos, ignorando semáforos y señales de tránsito como si fueran meros adornos.

—¡oye, oye! ¿estás intentando batir un récord mundial o simplemente me quieres ver muerto? —gritó Bastián, aferrándose al asiento mientras el taxi tomaba una curva a toda velocidad.

El chófer soltó una carcajada mientras aceleraba aún más.

—¡tranqui weón! En Villa Wea la velocidad es cuestión de estilo. Nadie se muere por un poco de adrenalina.

Bastián lo miró, con los ojos bien abiertos.

—¿¡adrenalina!? ¡esto no es adrenalina, esto es una puta ruleta rusa con ruedas! A la próxima esquina seguro que volaremos como en una película barata de acción.

El taxista, sin dejar de sonreír, esquivó a un camión de basura conducido por una paloma. Bastián cerró los ojos y se aferró al asiento, rogando no tener que comprobarlo.

Bastián se acomodó en el asiento del taxi, estirando las mangas de su abrigo holgado, que apenas ocultaba la camisa oscura que llevaba debajo. Con un suspiro impaciente, cruzó una pierna sobre la otra, ajustando los pantalones entallados que parecían más apropiados para una caminata casual que para la frenética carrera de un taxi en Villa Wea. Sus zapatillas deportivas, desgastadas por el uso, golpeaban rítmicamente contra el suelo del auto con cada sacudida del viaje. Se pasó una mano por el cabello despeinado, y sus gafas, ligeramente torcidas sobre la nariz, le daban un aire contradictorio: lucía inteligente, pero sus palabras, llenas de sarcasmo y mal humor, lo hacían parecer un patán hostil en todo momento.

El chófer seguía haciendo maniobras que desafiaban no solo las leyes del tránsito, sino también las de la física. Giraba el volante como si estuviera jugando a un videojuego, sin razón aparente, zigzagueando entre vehículos y esquivando peatones que parecían estar acostumbrados a ese nivel de caos.

—¡Conduce bien, po’ tonto culiao! —gritó Bastián, sujetándose al asiento mientras sentía cómo el taxi parecía flotar en una curva imposible.

El chófer, sin siquiera pestañear, soltó una carcajada y respondió con una furia inexplicable.

—¡Mira pendejo conchesumare! Si no te gusta la weaita, mejor bájate al toque y mueve la raja, ¡lógico!

Ambos comenzaron a intercambiar insultos como si fuera un deporte nacional, con gestos exagerados y palabras lanzadas como dardos. Sin embargo, en medio de la pelea, Bastián echó un vistazo al frente y sus ojos se abrieron de par en par, de una manera casi caricaturesca.

—¡Mira pa’ adelante viejo irresponsable! —gritó, señalando con una mano temblorosa.

El chófer giró la cabeza justo a tiempo para ver el desastre inminente: un camión conducido por un pez dorado con sombrero de copa se acercaba a toda velocidad. Ambos se quedaron paralizados por un segundo que duró una eternidad, intercambiando miradas de horror compartido.

—¡Aaaaaaaaaaaaaah! —gritaron al unísono, como si de repente hubieran olvidado cómo respirar.

El impacto fue inevitable. El taxi salió volando como si estuviera en una película de acción de bajo presupuesto, girando en el aire mientras los objetos dentro del auto flotaban como en cámara lenta: la botella de agua del chófer, los lentes de Bastián, y un choripán que alguien había dejado en el asiento trasero. Todo parecía suspendido en el tiempo hasta que el taxi aterrizó de manera dramática sobre el pavimento, causando una sacudida violenta. Y entonces, sin aviso alguno, el taxi explotó en una bola de fuego. Las llamas devoraron el vehículo por completo, iluminando el cielo de Villa Wea como si fuera un espectáculo de fuegos artificiales mal planeado. El sonido de la explosión reverberó por toda la calle, mientras pedazos del taxi volaban por los aires, cayendo en los tejados y rebotando en las aceras como si todo fuera parte de una absurda coreografía del caos.

Bastián, cubierto de hollín y con el cabello chamuscado, intentó salir del taxi, pero una nueva explosión lo lanzó varios metros por los aires, haciéndole perder toda noción del tiempo y el espacio. Mientras el mundo se desvanecía, la última imagen que tuvo fue la del chófer caminando tranquilamente, como si nada hubiera pasado, tarareando una melodía bajo el cielo iluminado por las llamas.

Todo era un vacío profundo. Bastián flotaba en una oscuridad inmensa, sin forma ni tiempo. De repente, una figura apareció a lo lejos, una silueta femenina que caminaba hacia él. A medida que se acercaba, notó que vestía un elegante vestido victoriano, pero su rostro permanecía oculto en las sombras, como si la misma oscuridad se aferrara a ella.

—¿Dónde… dónde chucha estoy? —preguntó Bastián, aunque su voz sonaba extraña, como si estuviera hablando bajo el agua.

La figura se detuvo frente a él, y aunque su rostro seguía siendo un misterio, su voz era clara, suave y perturbadoramente calmada.

—Estás en el caos mismo —dijo la mujer, casi susurrando, pero con una fuerza que resonaba en todo ese vacío—. Acabas de recibir una energía cósmica ancestral y primordial en tu interior… el “ELO del Caos”. De ahora en adelante eres indestructible y serás capaz de hacer cosas que nunca antes hubieras imaginado posibles.

Bastián, en otra situación, habría cuestionado la absurda revelación. Sin embargo, después de vivir en Villa Wea, donde llueven pizzas con manzanas azules y los semáforos cantan óperas, aceptar una verdad tan extravagante no parecía fuera de lo común. Simplemente asintió, con una extraña calma invadiendo su ser.

—Yapo’… suena bien —dijo, encogiéndose de hombros como si acabara de recibir instrucciones sobre algo tan mundano como comprar pan.

La mujer inclinó la cabeza, como si sonriera detrás de su velo de sombras.

—Ahora estás destinado al caos y a encontrarte con todos sus cómplices —dijo antes de dar media vuelta, desvaneciéndose lentamente en la oscuridad.

De repente, todo a su alrededor comenzó a agrietarse como un espejo roto. La oscuridad se desmoronaba, y Bastián sintió que caía, más y más rápido, hasta que todo se volvió blanco.

Bastián abrió los ojos de golpe, el techo blanco y las luces fluorescentes del hospital lo cegaron momentáneamente. Parpadeó varias veces, tratando de ubicarse. Su cuerpo se sentía pesado, como si hubiera estado inmóvil durante días. El sonido suave y regular de una máquina monitoreando sus signos vitales se mezclaba con un leve pitido en sus oídos.

—¿Dónde… mierda estoy? —murmuró, mirando a su alrededor. Aún podía sentir las palabras de la mujer resonando en su mente, pero todo parecía tan lejano e irreal.

Había estado en el caos mismo. Y ahora… ¿indestructible? ¿ELO del Caos? No sabía exactamente qué significaba, pero de alguna manera, lo aceptaba. Tal vez ya estaba demasiado acostumbrado a lo absurdo como para sorprenderse.

Suspiró y se hundió de nuevo en la almohada, aun tratando de procesar todo. Pero algo estaba claro: su vida nunca volvería a ser normal, aunque en Villa Wea, eso era lo más cercano a la normalidad.

Uno de los médicos se acercó a él y le dijo con una voz compasiva y a la vez graciosa:

—Señor Lefiñanco... Ha despertado, debo informarle lo que ocurrió —dijo como si se preparara para decir una noticia tragicómica—. Resumiendo, señor, usted tuvo un accidente, en el cual, toda su piel, órganos y músculos fueron derretidos y desintegrados en su totalidad por el fuego... Dejándolo como un esqueleto viviente, pero aún por una extraña razón... Con vida. Básicamente.

Bastián, quien en otra circunstancia podría haber gritado o entrado en pánico, simplemente levantó una mano y la observó. Huesos, articulaciones secas, nada de piel, nada de carne. Solo un esqueleto… viviente.

—¿Solo huesos? —dijo, sin mucho sobresalto, como si estuviera confirmando algo trivial—. Eso quiere decir que ya no tengo... ya sabe… lo que debería tener un hombre allí abajo, ¿no?

El doctor, claramente incómodo, pero haciendo lo posible por mantener la compostura profesional, tosió ligeramente antes de responder.

—Lo siento mucho, señor Lefiñanco, pero sí, lamentablemente ya no cuenta con… bueno, con eso. Pero, mire el lado positivo: usted sigue vivo. Eso es… algo, ¿Verdad?

Bastián se quedó en silencio por un momento, mirando sus huesudas manos y luego girando la cabeza para observa su reflejo en la ventana de cuarto: una calavera pulida, reluciente bajo las luces del hospital, sin rastro alguno de piel. Sus cuencas vacías lo observaban de vuelta.

—Sí, lo sé… —respondió con un suspiro que, a pesar de no tener pulmones, se las arregló para sonar derrotado— Gracias, doc.

El doctor asintió con una leve sonrisa de consuelo antes de marcharse. Bastián se quedó ahí, solo, observando su reflejo con una mezcla de frustración y resignación.

—Wea mierda… ni siquiera me dejaron un hueso extra ahí abajo. —murmuró

Sintiendo una frustración completamente absurda considerando las circunstancias. Pero claro, en Villa Wea, ser un esqueleto viviente no era lo más raro que le había pasado, ni lo más grave.

Tras pasar un día en el hospital, los doctores decidieron darle el alta. Después de todo, más allá de ser solo huesos, Bastián no presentaba ningún daño físico. Ni infecciones, ni fracturas, ni nada que preocupara a los médicos. Simplemente… era un esqueleto. Algo fuera de lo común, claro, pero en Villa Wea, los martes eran más extraños.

Uno de los doctores, que se rascaba la cabeza con evidente confusión, fue el primero en acercarse a Bastián.

—Señor Lefiñanco, sinceramente, no tenemos idea de cómo es que sigue vivo —dijo el doctor, mirando la ficha clínica y luego directamente a la calavera de Bastián—. Técnicamente, usted no debería existir… pero como lo está haciendo bastante bien siendo un esqueleto, creemos que puede irse a casa.

Bastián, quien ya había asimilado su nueva condición con la resignación propia de alguien habituado al caos, lo miró (o más bien, giró su calavera en su dirección).

—Ajá… Entonces, ¿ni siquiera un parche curita, nada? —preguntó, cruzando los brazos, lo cual resultaba menos dramático cuando solo eran huesos los que se movían.

El doctor negó con la cabeza, y su colega, que observaba la situación, añadió:

—Bueno, al menos tiene una estructura ósea impecable. ¡Un ejemplo de resistencia! Ah, y si necesita algo más, siempre puede pasar por aquí. Ofrecemos descuentos para exámenes postmortem… eh, pos-esqueléticos.

—Perfecto, lo tendré en cuenta —dijo Bastián, con un sarcasmo que solo sus cuencas vacías podían expresar—. Siempre es bueno tener opciones.

Con eso, los doctores le entregaron su alta y lo despidieron. Salió del hospital mientras su mente se llenaba de mil pensamientos… pero ninguno relacionado con las consecuencias de ser un esqueleto. En realidad, lo que más le preocupaba era qué iba a hacer con su nueva apariencia.

Caminó por las calles de Villa Wea, donde lo absurdo era el paisaje cotidiano. No pasó mucho tiempo antes de encontrarse en una plaza, una de esas donde los árboles no daban hojas, ni frutos, sino sombreros. Un árbol en particular, lleno de sombreros de copa, le llamó la atención. Se detuvo frente a él, observando cómo las ramas se mecían ligeramente al viento, haciendo que los sombreros crujieran como hojas secas.

—Un sombrero de copa… claro —murmuró para sí mismo mientras extendía una mano huesuda hacia una de las ramas—. Eso le dará un poco más de… no sé, estilo a esta nueva identidad huesuda ¿O no weón?

Cogió uno de los sombreros, lo sacudió ligeramente, y se lo colocó sobre la calavera. Se detuvo un momento frente a un charco cercano, usándolo como espejo improvisado. La imagen de un esqueleto viviente con un sombrero de copa lo hizo asentir, satisfecho.

—Ahora sí, Bastián, ¡carácter es lo que necesitas! —se dijo a sí mismo, ajustándose el sombrero—. O al menos… algo más que solo huesos.

Con su nuevo sombrero de copa bien ajustado, Bastián comenzó a caminar por las caóticas calles urbanas de Villa Wea. Lo curioso era que, para ser Villa Wea, las cosas parecían un poco más… ¿normales? No había llovido pizza en las últimas horas, y los semáforos cantores estaban sorprendentemente en silencio. Por supuesto, la normalidad en Villa Wea era relativa, y pronto lo recordó cuando, al doblar una esquina, se topó con una situación muy en su estilo.

Una gallina, con plumas perfectamente peinadas y una mirada que insinuaba una cierta arrogancia, estaba parada en mitad de la acera. Sus ojos se clavaron en los de Bastián, que no pudo evitar detenerse, esperando algo… aunque no sabía muy bien qué.

La gallina lo miró fijamente y, sin más, soltó un:

—Có-có.

Bastián frunció el ceño, como si realmente esperara algo más elaborado de parte del ave. Le devolvió la mirada y preguntó con una mezcla de exasperación y sarcasmo:

—¿Qué có-có?

La gallina, sin perder un segundo, inclinó la cabeza con una especie de gesto de superioridad y respondió con voz chillona:

—¡Có-cónchetumare!

Acto seguido, la gallina rompió en carcajadas descontroladas mientras se alejaba, corriendo torpemente con sus patitas, pero dejando una estela de risas casi humanas. Sus carcajadas resonaban entre los edificios como si fuera la broma más épica jamás contada.

Bastián se quedó en el sitio, atónito, con las cuencas vacías de su calavera fijas en la dirección en la que la gallina se había esfumado. Finalmente, suspiró profundamente, como quien ha sido derrotado por lo absurdo de la vida.

—Gallina culia levantá de raja, weón… —murmuró mientras sacudía la cabeza y continuaba su camino, cuestionando por qué seguía sorprendiéndose por cosas así.

Villa Wea podía tener días más tranquilos, pero siempre encontraba la manera de recordarle a Bastián que el caos nunca estaba demasiado lejos, ni siquiera cuando las gallinas decidían volverse filósofas insultantes por un rato.

Bastián siguió caminando por las calles de Villa Wea, un lugar que siempre le daba la sensación de estar atrapado en una mala película de humor barato todo lo que lo rodeaba parecía sacado de un sueño bizarro que no tenía intención de terminar. Justo cuando sus pensamientos comenzaban a divagar, chocó de lleno con otro peatón que, al igual que él, iba distraído mirando a cualquier lado menos al frente.

El tipo con el que se había estrellado era… peculiar, por decirlo suavemente increíblemente obeso, con la piel de un moreno claro y mejillas infladas que parecían a punto de explotar. Su pelo rizado y corto coronaba un cuerpo que desafiaba la lógica. Su torso era una masa grotesca y desproporcionada mientras sus extremidades parecían Ridículamente delgadas en comparación. Para añadir más incomodidad a la situación, iba prácticamente semidesnudo, luciendo solo un calzoncillo blanco y unos zapatos negros. La imagen completa era inquietante, como una caricatura salida mal.

Bastián lo observó de arriba abajo con incredulidad y soltó, sin pensarlo mucho:

—¡¿Y quién eri vo’?!

El joven obeso lo miró con una mezcla de orgullo y una sonrisa que era más bien una mueca extraña.

—Yo soy Víctor Marchant -dijo con una voz que sonaba demasiado segura de sí misma—. El más sexy y afortunado de todos en Villa Wea.

Bastián parpadeó. Estaba seguro de que aquello debía ser una broma. Pero Víctor lo decía con una convicción extraña, como si en verdad creyera que sus palabras fueran una verdad universal.

—¿Tú sexy, weón? —respondió Bastián incapaz de contener la carcajada—. ¿De Dónde la viste? Con esa tremenda guata y esos pliegues colgando como cortinas. Seguro te dicen el Victetas, ¿o no?

Víctor lo miró, ofendido, y su rostro se enrojeció hasta el punto de parecer una sandía a punto de explotar.

—No me vuelvas a hablar así, huesudo culiao. ¿Te creí’ figura o qué? —espetó Víctor, ahora visiblemente molesto—. Te voy a sacar la chucha si me volví’ a insultar.

Bastián lo miró de arriba abajo, sin ningún temor, y se encogió de hombros

—¿Ah sí? ¿Tú y cuántos más, gordito? —respondió, desafiante, mientras sus huesudas manos descansaban en su cintura—. Te espero.

Antes de que Víctor pudiera lanzar algún otro insulto o intentar hacer algo. Ambos se vieron interrumpidos por una sombra que pasó volando por encima de Ellos. Ambos levantaron la mirada para ver una figura que descendía lentamente desde los cielos de Villa Wea. Cuando la figura aterrizó frente a ellos reveló ser un vampiro. Pálido como una hoja de papel, con el cabello blanco y reluciente, vestía completamente de negro, con una capa roja que flotaba al viento de manera dramática. Era el cliché completo del vampiro salido de una película de bajo presupuesto.

—¡Les voy a chupar toda la sangre! —anunció el vampiro, con una voz aguda que no terminaba de encajar con su apariencia amenazante—.

Bastián lo miró, desconcertado.

—¿Cómo chucha hay un vampiro en pleno día? —preguntó, incrédulo— ¿Acaso no te desintegrái con el sol?

El vampiro soltó una carcajada siniestra que intentó sonar malévola, pero que terminó siendo más ridícula que aterradora.

—No, weón. yo soy más vio. —respondió el vampiro, sacando de su capa un frasco de bloqueador solar—. Me echo bloqueador factor 500, así que no me pasa ni una weá. ¡Ahora prepárense, porque me los voy a servir de almuerzo!

Víctor y Bastián intercambiaron miradas ambos en silencio por un momento, finalmente, Bastián rompió el silencio.

—Ah, claro... un vampiro con bloqueador. ¿Qué sigue weón? ¿Un hombre lobo con una Presto barba eléctrica?

Mientras el vampiro avanzaba con intención claramente hostil hacia Bastián y Víctor, algo inesperado (aunque bastante típico de Villa Wea) ocurrió: dos pequeños aviones de juguete sobrevolaron la zona, dejando tras de sí una estela de humo... de harina. Los aviones eran controlados por un par de niños que parecían estar en plena carrera aérea, ignorando por completo la escena dramática que se desarrollaba bajo ellos.

El aire se llenó de una nube blanca de harina que envolvió a los tres. El vampiro, Bastián y Víctor comenzaron a toser descontroladamente mientras intentaban despejarse la vista.

—¡Cof, cof! ¿Qué mierda...? —tartamudeó Bastián, intentando sacudirse la harina de sus cuencas vacías—. ¡No puedo ver ni una weá!

El vampiro, por su parte, también tosiendo, intentaba mantener su compostura de villano mientras se limpiaba la capa roja, pero la nube de harina lo había cubierto por completo, haciendo que ahora pareciera más un fantasma que un vampiro.

En medio de la confusión, Víctor miró hacia el suelo y vio algo inusual. Una estaca de madera, como si alguien la hubiera dejado allí a propósito. La recogió con una sonrisa de satisfacción y levantó el brazo.

—¡Mira! —dijo Víctor, agitando la estaca con orgullo.

Bastián, todavía tratando de sacudirse la harina, lo miró confundido.

—¿De dónde sacaste esa wea?

—Siempre tengo una suerte convenientemente absurda —respondió Víctor con total naturalidad, como si fuera la cosa más lógica del mundo—. Encuentro lo que necesito, justo en el momento preciso. Esta wea estaba en el piso, ¿no la viste?