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Nieve Carmesí

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Summary

En medio de un paisaje devastado por la naturaleza, un padre herido lucha contra el frío implacable, aferrándose a una última esperanza: encontrar a su hija entre los restos de un pueblo sepultado por la nieve. Mientras la tormenta no cede y la culpa lo atormenta, su cuerpo resiste un sufrimiento indescriptible. Pero el hombre sigue adelante, impulsado por el amor y el temor de enfrentar un futuro sin ella. La nieve cae sin descanso, teñida de un rojo que refleja el dolor de una tragedia inevitable. Un viaje de desesperación, redención y el poder inquebrantable del amor paternal. ¿Podrá él encontrar lo que busca antes de que la tormenta lo consuma?

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Nieve Carmesí

Un viento frívolo que penumbra el desastre venidero. El sol se esconde al rugir de las montañas, la nieve incesable cae de unas nubes grises que cubren el cielo. En los pueblos suena una ventisca que, como un flautista tocando para un funeral, suena con una trágica y constante nota aguda. Desde las montañas se observa como la nieve cae en forma de cascada, llegando a los pueblos que como un diluvio arrasa todo a su paso. Es un día impensado, acompañado de un clima inesperado. Y aun con todo, la nieve se teñía con un dulce y hermoso tono rojizo.

En medio de todo el desastre se encontraba un cuerpo magullado, roto por la nieve de rojo tono dulzor a su lado. Este hombre avejentado y lastimado se encontraba tratando de ser un héroe, intentando, aguantando el dolor en post de buscar salvar a lo que más aprecia en tal caótica noche. Sus piernas de un color morado oscuro como la noche, moradas por el frío y la falta de sangre lo mantienen de pie, gritando poder ceder ante su propio peso.

¿Cómo tal ser puede soportar tal carga? ¿Es posible si quiera encontrar lo que busca? ¿O su cuerpo se rendirá por el frío y el cansancio de su pronta hipotermia?

Es solo un padre que busca su consuelo, busca apreciar por última vez una sonrisa. Su uso de razón le advierte de lo peor, que, a la vez choca con el fuego de su esperanza vacía. Vacía como el brillo de sus ojos que mira aterrado el paisaje desalentador al frente suyo. Tan solo busca, aferrándose de esa mínima esperanza de poder encontrarla una vez más, de poder ver una vez más, a su hija llamando su nombre.

El hombre sigue su camino con frente en alto. Camina mientras su tobillo a medio partir tiñe la nieve a sus espaldas. Nada lo frenara y por eso con una pequeña tabla se mantiene de pie. Sus ojos apretados, su rostro rígido y sus labios azules son la viva representación de una persona que está viviendo el infierno en vida. Está sufriendo, pero no del dolor físico. El hombre no teme perder su cuerpo, teme vivir, teme sobrevivir sin un motivo de vida y con eso en mente no valdrá dolor suficiente que logre frenarlo de buscar su consuelo.

Sus ojos están puestos en las casas enterradas por la nieve. No importa por donde intente mirar. La tragedia es la única nota en la serenata que él está protagonizando.

Sus ojos encuentran animales sin poder escapar del derrumbe, el hombre intenta mirar a otra parte solo para encontrar los cuerpos de amigos y conocidos sin lograr salvarse. Muchos de los mismos azules por la asfixia, muchos otros con su rostro tan deformados que ni dios ni hombre podría reconocerlos. Y un par, con los cuerpos tan deformados que hasta el más imperturbable desviaría la vista. El es uno de ellos y cierra los ojos con consuelo mientras agita la cabeza intentando sacar las imágenes que en su mayor pesimismo intenta invadirlo mientras sigue caminando, atravesando la aldea.

Suerte. Eso dirían quien lo encontrará pudiendo arrastrarse sin haber estado enterrado bajo todo ese caos. Sin sufrir el frívolo beso de la muerte, teniendo una segunda oportunidad. Él en cambio, se desprecia por esa noche haber salido a cazar y no haberse encontrado en el derrumbe. Esta es su penitencia. La penitencia que ahora ha de sufrir. Sufrir mientras mira el caos del que se salvó, viviendo este infierno.

La mente del hombre le falla. Dejando de estar incólume y lo que hace un instante eran voces apagadas y lejanas. Ahora son demonios susurrando al oído. Culpa, la culpa de haber dejado a su hija sola esa noche. Los demonios gritan sus pecados con más fuerza y estado cada vez más presentes en su cabeza. Gritos de pena, sollozos de agonía y plegarias demoniacas que ponen al hombre un peso en su espalda, un peso que no se encontraba. Un peso que el intentaba negar.

Suda, con el pelo escarchado por la nieve, pero aun así suda. Mientras sigue en su busca de su redención, en busca de esa vaga esperanza de volver a escuchar esa risa que alguna vez lo enderezo y lo guio. Ese faro en medio del mar que lo ilumino y le ofreció el perdón que jamás debió merecer.

El hombre cada vez más cerca de su antiguo hogar. Cada vez más cerca del aterrador destino que el teme que es merecedor de encontrar. Mientras camina sus ojos cristalinos le dejaban marcas de desahogo en sus dulces y rojos pómulos.

Los músculos tensos como la nieve que cubría al pequeño poblado, las manos llenas de astillas debido a la fuerza con la que se apoyaba de su tabla. Su mente cada vez más nublada y sus demonios cada vez más presentes, susurrando, siempre susurrando todos sus pecados cometidos, sus más crueles pensamientos, sus errores del pasado.

El trágico silencio que invadía su alrededor fue cruelmente interrumpido por el dulce canto de los pájaros que, a la penumbrosa luz de la luna intentaban armonizar el desalentador paisaje. El hombre maldecía esos sonidos, sonidos que se clavaban tortuosamente como estacas tan profundo en su cuerpo. Logrando que el recordara. Logrando recordar lo que no ningún padre quiere recordar.

El hombre gimió mientras su cuerpo cansado empezaba a tropezar. Tropezaba torpemente cada dos pasos sin hacerlo caer. El hombre se aferraba a lo que podía ver a la distancia, su hogar o al menos lo poco que quedaba de ella tras el derrumbe.

Quien lo viera en ese estado. Pobre hombre sostenido por una falsa esperanza.

La cornea roja y la piel morada. Sus músculos tensos y su respiración cortada. Ya no caminaba, solo se arrastraba. Cruel destino que lo alejaba de su pequeña. El hombre se mordía su labio hasta partirlo con rabia. No se rendiría, no estando tan cerca. Tenía un objetivo y con eso en mente empezó a forzarse a andar un poco más rápido, dejando de lado la tabla que ya pertenencia a una parte de él.

Con pequeños saltos, como un animal del bosque lastimado por una trampa de un cazador, buscaba acercarse desesperadamente al lugar donde vería sana a su querida hija. Por un momento pensó que todo estaría bien, pero el cuerpo sede, como aquella montaña que cedió a la tormenta, finalmente cae sin poder hacer algo para evitarlo.

Quien le reprocharía quedarse tranquilo esa noche acostado en esa cálida nieve. El cuerpo suyo estaba muy cansado, sus piernas no daban más, su mente la agobiaban gritos de culpa. Entonces ¿porque seguir? ¿porque esforzarse en una falsa esperanza? ¿Pero era mejor eso? ¿Esperar a su muerte? No, él no quería volver a rendirse, no una vez más. Su puño apretaba la nieve debajo de él mientras su labio partido dejaba de sangrar por la sangre congelada. Así el cuerpo del hombre empezó a llenarse de una cálida sensación. Y con todas sus fuerzas se arrastraba unos pocos centímetros mientras trataba de ponerse de pie, lográndolo.

Con un pie destrozado caminaba para acercarse a su objetivo, con un pie y el otro arrastrándolo, incrustando nieve y piedra en su pie maltratado. Cada vez un poco más cerca, sin saber cómo empezó a correr de una forma torpe y con sus brazos balanceándose sin control.

Era necesario encontrarla, encontrar su luz al final del túnel, su esperanza. Llegó, con el cuerpo destrozado, con un rastro de sangre, su cuerpo tan azul que carecía de vida y unos ojos inyectados en un dulce rojo que no le dejaba ver con claridad. Pero ahí estaba el y ahí se encontraba ella, sentada.

La niña estaba sentada en unos escombros de su cabaña hecha pedazos, ella estaba como siempre que el hombre salía, esperándolo inmóvil sin expresión, balanceando sus pies. Mientras el frío viento del invierno la golpeaba por su espalda moviendo su peculiar cabello liso de color anaranjado. El hombre no podía dejar de mirarla y llorar, llorar al ver la cara blanca como la misma nieve que arrasó todo, era tan hermosa como siempre. Su hija, ahí estaba su preciosa y querida hija.

El rojo de los ojos del hombre se lo llevo las cristalinas lágrimas que se resbalaban por su rostro. El hombre avanzaba con dificultad, lento pero con una determinación inhumana. Sollozaba y trataba de no gritar de desesperación por el dolor infernal de todo su cuerpo. Cansado y con cada paso más lento que el anterior. Después de una eternidad, llego a estar al frente de ella, cayendo arrodillado sin poder hacer nada para mantenerse de pie.

Con dificultad puso sus moradas manos en el rostro de su hija e incrédulo de poder verla una vez más se rompió. Su desgarrada voz pidió perdón, el perdón que jamás pudo decirle, el perdón por no estar ahí. Su voz gutural seguía pidiendo perdón, perdón por ser una decepción de padre. Su hija lo siguió mirando, él pensaba que lo juzgaba, merecido pensamiento por todo lo que ella sufrió y el hizo, pero, a la vez equivocado su pensamiento era equivocado.

Su hija no estaba juzgándolo.

Un cálido abrazo le devolvió su espíritu. Su hija estaba agarrada  por su cuello, la calidez del gesto lo dejó inmóvil incapaz de mover sus brazos, que con el movimiento de su hija le habían vuelto a dejar de responder. El abrazo le devolvió la vida, se llevo todo dolor, toda desesperación, todo temor. Y aunque no pudo devolverle el abrazo, siguió llorando, pidiendo perdón una y otra vez mientras veía como por el horizonte, donde se encontraban las montañas donde él descendió, se veía una vez más el resplandor del sol, el hermoso sol anaranjado como el pelo de su hija.

Solo ella, solo su hija conocía su dolor y aun así se alegraba de tenerla a ahí con él. Ella era lo único lo cual jamás pudo deshacerse, el único atisbo de humanidad que aún conservaba.

El hombre lloraba mientras el pelo de su hija ondeaba detrás suyo. Que horrible y feroz día había vivido. ¿cuanto había recorrido? Al hombre no le importo y se hundió aún más en el abrazo de su hija. Su hija que miraba en silencio por donde el camino, por donde el había dejado tras sus pies una dulce y teñida nieve carmesí.

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