Fuego bajo la piel

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Summary

Caterina Coppola, cirujana y heredera de la Ndrangheta, ha pasado su vida equilibrando su pasión por salvar vidas y su brutal legado familiar. Pero cuando una nueva amenaza, la mafia Solarmó, pone en peligro a los suyos, se ve obligada a casarse con Roman Vólkov, el frío y sádico heredero de la mafia rusa. Lo que comienza como una alianza estratégica entre dos imperios criminales rápidamente se convierte en una guerra emocional. Gianna desprecia el control y la frialdad de Nicolai, mientras él considera su vitalidad como una amenaza para su mundo perfectamente calculado. Sin embargo, mientras el peligro de Solarmó acecha más cerca, ambos descubren que sus diferencias esconden una atracción irresistible. En un entorno donde la traición y la muerte acechan en cada esquina, Gianna y Nicolai deberán decidir si pueden confiar el uno en el otro o si el odio que los consume terminará destruyéndolos. ¿Podrán unir fuerzas para salvar lo que más aman, o su guerra interna los llevará a la ruina?

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Capítulo 1: Un pacto entre enemigos


El bisturí se deslizaba con precisión sobre la piel, el sonido metálico resonando en el aire estéril del quirófano. El sudor comenzaba a formarse en mi frente, pero lo ignoraba. Este era mi espacio. Un lugar donde, por unas horas, no había familia, ni mafia, ni recuerdos oscuros. Solo existían las manos que operaban con destreza, un corazón que latía sin que la mente lo pensara, y un paciente al que salvar. Eso era lo único que necesitaba para olvidarme de todo lo demás.


Mi teléfono vibró sobre la mesa de operaciones, interrumpiendo mi concentración, como siempre. La constante insistencia era una señal de que algo no iba bien. Nadie me llamaba mientras trabajaba, salvo mi familia, y eso nunca era algo bueno. Traté de ignorarlo, centrándome en el corte, pero el teléfono vibró una vez más, esta vez con más fuerza. Mi corazón comenzó a acelerarse sin razón aparente. Sabía lo que significaba.


—Caterina —dijo mi colega, la enfermera que se acercaba para asistirme—, tu teléfono está sonando.


Con un suspiro, tomé el bisturí con más firmeza y dejé que mi mano cortara suavemente la piel del paciente. Luego, tomé el teléfono y, al mirar la pantalla, vi el nombre de mi padre.


El estómago se me encogió, aunque intenté disimularlo.


—¿Sí? —pregunté, tratando de mantener la calma, mientras mis ojos no dejaban de seguir cada movimiento en la cirugía. Sabía que debía mantener la concentración, pero algo en mi interior me decía que lo que estaba por escuchar cambiaría el curso de mi día, o de mi vida, tal vez.


La voz de mi padre fue lo primero que escuché, fría, dura, como siempre. No había saludo, ni siquiera una palabra de cortesía. Solo la orden.


—Caterina, necesito que vengas a casa de inmediato. Es urgente.


El tono de su voz era tan serio, tan cargado de una gravedad que no podía ignorar. Mi corazón se aceleró, pero me obligué a seguir adelante con la cirugía.


—Voy para allá —respondí, intentando que mi voz sonara tranquila, aunque no lo estuviera. Me despedí de mis colegas sin más preámbulos. La operación continuaría sin mí. Había algo mucho más importante que hacer.


El hospital, con su caos organizado y su rutina meticulosa, se desvaneció mientras atravesaba los pasillos, mis pasos rápidos y decididos. No podía sacudirme la sensación de que algo terrible estaba por suceder. La voz de mi padre, tan impersonal y directa, me había dejado una incógnita, un presagio de lo que podría estar por venir. Había un peso en su tono que no estaba dispuesto a compartir, como si estuviera ocultando una verdad muy difícil de procesar.


Salí del hospital, mis pensamientos comenzando a girar en torno a las posibles explicaciones. Podría ser cualquier cosa, pero las opciones más plausibles siempre estaban relacionadas con nuestra vida en la Ndrangheta. Mi familia no conocía los límites, y yo menos que nadie podía permitirme ser ajena a lo que sucediera. Aunque llevaba años intentando separarme de ese mundo, la verdad era que todo lo que hacía parecía regresar inevitablemente a la misma raíz. Mis padres siempre me arrastraban de vuelta, como si no pudiera escapar de lo que me había sido impuesto al nacer.


El trayecto en coche hacia mi casa fue largo, interminable. El tráfico se movía lentamente, como si el universo quisiera darme tiempo para procesar lo que estaba a punto de descubrir. Me apoyé contra el asiento, mirando por la ventana, mientras el mundo exterior pasaba de manera indiferente. Mi mente corría a mil por hora, pero no tenía respuestas, solo preguntas que cada vez se volvían más oscuras.


Cuando finalmente llegué, la mansión familiar se erguía frente a mí con su porte elegante y solemne. Todo estaba en su lugar, todo en silencio. Solo el sonido de mis tacones al caminar por el pasillo resonaba, marcando el ritmo de la incertidumbre que invadía mi cuerpo.


Mi padre me esperaba en su oficina, tras la puerta de madera oscura que siempre parecía ser un portal hacia la gravedad de las decisiones familiares. Entré sin hacer ruido, como era mi costumbre, pero al levantar la mirada me encontré con su mirada fría, que no dejaba lugar a dudas. Algo importante estaba por ocurrir.


—Siéntate, Caterina —dijo, señalando la silla frente a su escritorio. Su voz era más grave de lo usual, y su mirada estaba fija en mí, esperando que yo tomara asiento.


Me senté, dejando que la tensión de la situación me rodeara. No hacía falta que dijera nada. Sabía que mi padre solo hablaba cuando consideraba que la situación era tan crítica que no había tiempo para las explicaciones. Mi madre no estaba allí. El aire parecía más denso de lo habitual, y por un momento, me pregunté si estaba lista para lo que iba a escuchar.


Mi padre no perdió el tiempo.


—La situación es grave —comenzó, su tono tan directo que no dejaba margen para dudas. Su mirada seguía fija en mí, como si tratara de medir cada palabra que diría a continuación. Pero su voz estaba mucho más fría de lo normal. La gravedad en sus palabras caló en mi pecho.


—La mafia Solarmó está tomando fuerza. Cada vez se acerca más a nuestro territorio. La amenaza es real. No podemos permitir que sigan avanzando.


Mi mente se aceleró al escuchar el nombre de Solarmó. Era una nueva mafia, con orígenes aún oscuros, pero que se había expandido con una rapidez peligrosa. Sin embargo, lo que dijo a continuación hizo que todo lo demás se desvaneciera por completo. Mi corazón dejó de latir por un momento.


—La única manera de detenerlos es con una alianza con la Bratva, Caterina. Y para eso, necesitas casarte con Roman Vólkov.


Me quedé en silencio. Todo lo que había escuchado antes de esa última frase ya no importaba. Mi padre acababa de decir lo que siempre supe que podría pasar algún día, pero aún así, me costaba asimilarlo. Casarme con Roman Vólkov, el heredero de la Bratva. Un hombre frío, sádico, y peligroso. Alguien que había crecido entre sombras y violencia. Alguien que no dudaba en destruir a quien fuera necesario para conseguir lo que quería.


—¿Es una orden? —pregunté, más por instinto que por necesidad de saber. Mi tono era cortante, aunque mi mente se debatía entre el rechazo y la resignación.


Mi padre asintió sin inmutarse.


—Es necesario, Caterina. La Ndrangheta no puede permitirse perder poder en estos tiempos. Esta es la única opción.


Las palabras flotaban en el aire, densas, y yo sentía el peso de esa decisión sobre mis hombros. No había marcha atrás. Mi destino estaba sellado.


Mi madre apareció en la puerta en ese momento, con su mirada tan calculadora como siempre. Había algo en su actitud que me incomodaba, como si supiera exactamente lo que pensaba, y, aún así, no dijera nada.


—Este matrimonio no es solo un acuerdo, Caterina. Es la única forma en que podremos mantener nuestra posición. No es solo sobre ti. Es sobre el futuro de nuestra familia —dijo, su tono igual de firme que el de mi padre.


Me quedé en silencio, sin saber qué pensar. La tristeza, la impotencia, la frustración, todo se mezclaba dentro de mí, pero no podía mostrar nada de eso. No podía permitírmelo. Solo quedaba aceptar lo que ya había sido decidido.


Un futuro que no había elegido, pero que ahora me pertenecía. Un futuro en el que Roman Vólkov sería mi esposo, y yo sería la pieza clave en una guerra entre mafias, una guerra que podría consumirnos a todos.


-Una cosa más- Dice mi padre con una mirada que me hace temblar, pero lo que me dijo me dejó aún peor- Caterina, te casarás con Roman Vólkov este viernes. Es lo que necesita la familia. No hay lugar para objeciones


Lo único que sabía era que no podía hacer otra cosa que avanzar, aunque el camino estuviera lleno de oscuridad.















El hospital, normalmente mi refugio, parecía más una prisión esa tarde. A pesar de la familiaridad de los ruidos de monitores y el constante ajetreo de médicos y enfermeras, el peso de lo que acababa de descubrir me ahogaba. Me encontraba de pie frente a la ventana de mi oficina, observando el tráfico y el bullicio de la ciudad sin realmente verlo. Las palabras de mi padre seguían resonando en mi cabeza, cada una tan fría y calculadora como si estuviera dictando una orden médica.


“Caterina, te casarás con Roman Vólkov este viernes. Es lo que necesita la familia. No hay lugar para objeciones.”


Era imposible olvidar el tono definitivo de su voz. Mi vida ya no era mía. Las decisiones que una vez creí que podía tomar, las ilusiones de libertad que había construido alrededor de mi carrera como cirujana, todo se desmoronaba bajo el peso de esa declaración. El destino que había intentado evadir durante años finalmente me alcanzaba, envolviéndome en las cadenas de la Ndrangheta.


Cerré los ojos y apoyé la frente en el vidrio frío. El hospital, con sus luces brillantes y su aire estéril, había sido mi santuario, el lugar donde podía ser simplemente Caterina Coppola, la cirujana, y no la heredera de una mafia despiadada. Pero ya no podía huir más. Ya no podía pretender que mi vida era algo más que una pieza en el tablero de juego de mis padres.


Necesitaba aire, necesitaba salir de allí. Mi mente estaba demasiado saturada como para concentrarme en otra cirugía o en otro paciente. Miré el reloj: aún faltaban horas para la cena con Roman. La idea de enfrentarme a él esa misma noche me hizo sentir un nudo en el estómago, y sabía que no podía hacerlo sola. Necesitaba hablar con alguien, con una de las pocas personas que entendía mi mundo.


Alessia.


Tomé mi teléfono y marqué su número sin pensarlo dos veces. A pesar de que Alessia siempre proyectaba una fachada fría y controlada, sabía que, en el fondo, podía confiar en ella. Era la única que entendería la magnitud de lo que me habían impuesto.


—¿Caterina? —La voz de Alessia sonaba firme, como siempre, pero percibí una ligera nota de preocupación en su tono. Debía ser raro que la llamara en medio de mi jornada.


—¿Estás en tu oficina? —pregunté, mi voz más temblorosa de lo que me hubiera gustado.


—Sí, ¿qué ocurre? Suenas… mal.


—Voy para allá —fue todo lo que pude decir antes de colgar.


El bufete donde trabajaba Alessia estaba a solo unos minutos del hospital, pero el trayecto en coche se me hizo eterno. Los edificios grises de Milán pasaban como sombras difusas, mientras mi mente intentaba procesar lo que iba a decir. ¿Cómo le explicaba a mi amiga que mi vida estaba a punto de cambiar radicalmente, que estaba a punto de ser entregada como una mercancía en una alianza entre mafias? El destino que siempre habíamos intentado esquivar nos estaba alcanzando a ambas. Alessia y yo habíamos compartido esa desesperación silenciosa durante años: ella con su deseo de separarse de la Ndrangheta y yo, intentando mantenerme a flote entre la medicina y el oscuro legado familiar.


Cuando llegué al elegante edificio de oficinas, subí rápidamente las escaleras hasta el tercer piso. El despacho de Alessia era un refugio de lujo minimalista, como ella: ordenado, elegante y frío. Cuando entré, Alessia ya estaba de pie, mirándome con el ceño fruncido.


—¿Qué sucede? —preguntó de inmediato, sin preámbulos.


Me dejé caer en una de las sillas frente a su escritorio, soltando un largo suspiro. No sabía por dónde empezar.


—Me van a casar, Alessia. Este viernes.


Sus ojos se abrieron con sorpresa y, por primera vez en mucho tiempo, vi un destello de emoción en su rostro frío. Se sentó lentamente, procesando lo que acababa de decirle.


—¿Cómo que te van a casar? —preguntó, su tono ahora más controlado, pero aún con incredulidad.


—Es un acuerdo. Con la Bratva. Con Roman Vólkov. Es por el bien de la familia, o al menos eso es lo que dicen mis padres —mi voz se rompió ligeramente, pero tragué el nudo en mi garganta y me obligué a continuar—. No tengo opción, Alessia. Ya está decidido. La boda será este viernes.


El silencio que siguió fue abrumador. Alessia se levantó y caminó hasta la ventana, quedándose de espaldas a mí durante lo que parecieron minutos interminables. Sabía que Alessia no era de las que ofrecían consuelo fácil. Era práctica, lógica, y eso era exactamente lo que necesitaba en ese momento.


Finalmente, se volvió hacia mí, cruzándose de brazos.


—Caterina… esto es… No puedo decir que sea una sorpresa, pero es una mierda. —Su tono era frío, pero conocía a Alessia lo suficiente como para saber que estaba furiosa—. Roman Vólkov… no puedo creer que te hagan esto. ¿Y cómo te sientes tú?


—Como si mi vida ya no me perteneciera —admití, sintiendo que las lágrimas amenazaban con salir—. No quiero hacer esto, pero no tengo opción. No si quiero proteger a mis amigos, a las pocas personas que me importan.


Alessia se acercó, apoyándose en el borde de su escritorio mientras me miraba fijamente.


—Sabes que siempre puedes contar conmigo. No voy a dejar que te enfrentes a esto sola. Pero tienes que ser fuerte, Caterina. Si vas a enfrentarte a Roman Vólkov, más te vale estar preparada.


Asentí lentamente, sabiendo que tenía razón. No podía permitirme quebrarme, no ahora.


La cena esa noche fue en un restaurante de lujo en el centro de Milán. Roman Vólkov ya estaba sentado en una mesa privada cuando llegué. Alto, imponente, su presencia llenaba el espacio. Tenía el porte de alguien que estaba acostumbrado a controlar todo a su alrededor, y su mirada fría y calculadora me hizo sentir un escalofrío.


Cuando nuestros ojos se encontraron, él se levantó brevemente en señal de saludo, pero no hubo ningún atisbo de calidez en su gesto. Me senté frente a él, sintiendo una tensión palpable en el aire.


—Caterina Coppola —dijo con un tono neutral—. Parece que este matrimonio es inevitable.


—Roman Vólkov —respondí, tratando de mantener la compostura—. Parece que sí.


La conversación fue directa y llena de formalidades. Ambos sabíamos que esta cena no era para conocernos realmente, sino para discutir los términos de nuestra unión. El pacto entre nuestras familias se centraba en unir la fuerza de la Ndrangheta y la Bratva para enfrentar a Solarmó, la mafia emergente que amenazaba con desestabilizar el equilibrio de poder en Europa. Pero, para mí, todo se sentía como una trampa. Un destino sellado.


—La boda será este viernes —dijo Roman, sin rodeos—. No hay tiempo para más retrasos.


Cuatro días.