Pesadilla Eterna Primera Parte
Citlali, ahora monarca de Nueva Uruk, sostenía con manos temblorosas la carta de su compañera de guerra, el papel arrugado susurrando historias de sangre y sombras. Se encontraba a pocos pasos de su destino, su mente enredada en los ecos de su travesía, pero algo en las palabras de la rubia le causaba un inquietante desasosiego. El encuentro con los Necromachines la atormentaba, una nostalgia espinosa que la conducía hacia los recovecos más oscuros de su memoria.
La imagen de aquella batalla oculta, un recuerdo enterrado en la bruma del tiempo, emergía, reclamando su atención.
—Je, parece que estamos rodeados de enemigos que desean nuestras cabezas —murmuró Nisha, su voz resonando en la penumbra.
Detrás de la joven monarca, una sombra acechaba, aguardando.
—Deja de esconderte. Podemos hablar con tranquilidad, vieja enemiga.
Dos meses antes de que N 13 llegara a la sombría ciudad de Necrón, Citlali se encontraba en un santuario, meditando desnuda frente a un caldero que exhalaba un humo blanco, un vapor perfumado que no lograba apaciguar las advertencias de sus ancestros. Las voces de aquellos que habían sido una vez reverberaban en su mente, presagiando el desastre que se avecinaba para el mundo.
De repente, la serenidad de su meditación se rompió con la irrupción de Kaknab, una de sus más hábiles espías. Citlali abrió los ojos, erguida como la auténtica monarca guerrera que era, su cuerpo un símbolo de poder y vulnerabilidad.
—Dime, Kaknab, ¿cuáles son los resultados de tu misión?
Kaknab se quitó el casco, ocultándolo en un collar metálico que pendía de su cuello, revelando un rostro hermoso de piel bronceada y marcado por cicatrices. Sus ojos rojos resplandecían con un fulgor místico, iluminados por el fuego del caldero.
—He confirmado que los rumores son ciertos: hay una nueva monarca en Uruk.
Citlali sintió que el peso de la verdad caía sobre ella. Las voces de sus predecesores habían anticipado los vientos de cambio en un reino sometido por la Iglesia durante demasiados años.
—En una de nuestras cacerías, nos encontramos con la chica que le ayudó. La Iglesia la busca con desesperación —reveló Kaknab, sus palabras cargadas de ominoso significado.
—¿Capturarla? ¿Por qué?
Citlali respiró hondo, sintiendo cómo su poder se expandía, como un abrazo mortal que llenaba el santuario.
—Ella es la última de las hijas de los caídos del cielo. Mis ancestros me han advertido que ella fue testigo del Gran Cataclismo, pero sus recuerdos han sido borrados, y aún tiene un largo camino por recorrer para descubrir la verdad.
Una verdad que podría significar tanto su salvación como su condena absoluta. La joven cargaba con el peso de una masacre en su conciencia, un hecho que la consumía con dudas sobre su propio futuro.
—Deseo enfrentarla. Quiero ver de lo que es capaz —declaró Kaknab, la emoción brillando en su mirada.
—No la subestimes. Su juventud no es sinónimo de debilidad. La luz y la oscuridad luchan en su interior, y si la oscuridad prevalece, dudo que puedas salir con vida, a pesar de tu formidable poder. Su otro yo lucha por el control, y si eso ocurre...
Solo nos espera la muerte.
Kaknab sintió un escalofrío recorrer su columna, una mezcla de nerviosismo y anticipación por el desafío que se avecinaba.
—¿Algo más que deba saber, su majestad?
—Por ahora, solo una cosa. Quiero que descubras, cara a cara con Nisha, qué es lo que planea.
Kaknab sonrió, una risa cargada de promesas no cumplidas.
—Eso es algo que he esperado durante años.
—Sé que deseas luchar contra ella por lo que te hizo, pero debes controlar esos deseos.
—Entendido. ¿Sabes algo de su amiga? ¿A dónde se dirige?
—Ella... se dirige a su nueva prueba, a la ciudad del metal oscuro, donde nadie ha salido con vida.
Al escuchar esto, una gota de sudor frío se deslizó por la mejilla de Kaknab, la inquietud apoderándose de ella.
—¡Eso es una locura! ¡Nadie ha podido infiltrarse en esa fortaleza! Hemos intentado muchas veces, y solo hemos cosechado bajas.
—Solo queda esperar. Debemos estar alerta ante cualquier eventualidad. La Iglesia está nerviosa tras la pérdida de dos de sus mejores hombres. Tanto es así que uno de sus Cardenales ha abandonado su escondite.
Citlali miró hacia el horizonte, la incertidumbre apretando su corazón. Solo esperaba que Nisha estuviera lista para asumir el peso de la monarquía; un camino lleno de pruebas la aguardaba, y el destino de muchos pendía de un hilo frágil.
La joven reina se encontraba rodeada de documentos, cada uno más oscuro y opresivo que el anterior, mientras sus fronteras recién liberadas aún temblaban bajo el eco de las traiciones pasadas. Con cada hoja que pasaba, una sensación de agobio se apoderaba de ella, como si los susurros de aquellos que habían caído pesaran sobre sus hombros.
—¡Waaaaa! Esto es un peso muerto y un tedio infinito —exclamó Nisha, frustrada, mientras dejaba caer un holograma desvanecido que mostraba los bloqueos impuestos por la Iglesia a lo largo de los años. Aunque la liberación era un triunfo, el peso de la gobernanza se sentía como un destino sombrío.
Sus pensamientos vagaban, anhelando la compañía de N 13, cuya travesía en el mundo exterior parecía cada vez más lejana y desconectada. Sin embargo, su atención fue arrastrada hacia una carta que destacaba entre el mar de documentos.
Al abrirla, la desesperación del remitente golpeó como un puño en el estómago. El mensaje de Paul, líder de la Ciudad Asterix, hablaba de horrores indescriptibles: seres deformes, una amalgama de metal y carne putrefacta que habían descarrilado vidas y sumido a su pueblo en la locura.
—Ciudad Asterix... —musitó, su mente girando con preguntas y un temor creciente. ¿Qué demonios estaba ocurriendo en el norte?
La puerta se abrió con un chirrido ominoso, y un joven de apariencia robusta, Ike, entró con un plato de comida. Su cuerpo estaba cubierto de tatuajes que narraban historias de valor y sufrimiento.
—Su majestad, he traído su platillo favorito —dijo, su voz serena contrastando con el caos en la mente de Nisha.
—Oh, perdona, Ike. Estaba atrapada en mis propios pensamientos oscuros —respondió, sintiendo la presión de su nueva responsabilidad.
—¿Te preocupa algo? —preguntó él, su tono cambiando al notar la tensión en su rostro.
—¿Por qué no te sientas un momento? Quizá necesite tu perspectiva en este dilema —invitó, anhelando un momento de conexión en medio de la tormenta.
Ike, un guerrero de elite y su fiel confidente, asintió, su mirada fija en la joven reina.
—¿Qué es lo que te inquieta?
Nisha le mostró la carta, el holograma brillando con una luz fantasmagórica. A medida que Ike leía, una sombra de comprensión cruzó su rostro.
—He escuchado historias sobre esa ciudad. Desapariciones, rumores de criaturas que arrastran a la gente a las sombras... —dijo, sus palabras resonando como un eco en la oscuridad de su mente.
La reina se reclinó en su silla, el té templado perdiendo su sabor en su boca.
—¿Qué tipo de seres son capaces de hacer desaparecer a la gente?
—Dudo que sean fantasmas. Algo más oscuro acecha allí, y se esconde bien —respondió Ike, con un leve temblor en su voz.
—La Iglesia no actúa así. Ellos son más directos.
Un eructo inesperado interrumpió la conversación, rompiendo la tensión.
—Wow, y yo pensé que mis eructos eran fuertes —bromeó Ike, asombrado.
Nisha rió brevemente, un destello de normalidad en un mundo que se desmoronaba a su alrededor.
—No soy monarca por mis modales. Nos educaron para ser guerreros, y ambos sabemos que la etiqueta es un lujo que no podemos permitirnos.
El silencio se instaló de nuevo, pesado con la gravedad de sus pensamientos.
—¿Y bien? —preguntó Ike, rompiendo el silencio—. ¿Qué piensas hacer con esta carta?
Nisha entrelazó sus dedos, el peso de su decisión aplastante.
—Aún no lo sé. No quiero actuar por impulso, pero enviar a otros a investigar podría ser una sentencia de muerte.
Ike la miró fijamente, la preocupación dibujándose en sus rasgos.
—Tienes un mal presentimiento.
—Así es —admitió ella, su voz susurrando como un viento gélido—. Hay algo más, algo que ha estado oculto entre las sombras durante siglos.
—¿Qué piensas hacer?
—He decidido ir sola. No puedo arriesgar a mi pueblo. Aún nos recuperamos de la última batalla contra la Iglesia, y el camino que se avecina está teñido de sangre y sufrimiento.
Y así, con un futuro incierto y lleno de sombras, Nisha se preparó para enfrentar su destino. La oscuridad la esperaba, y la revelación de lo que se oculta en la Ciudad Asterix podría ser su prueba final.
Ike contempló a Nisha con una profunda preocupación, su rostro grave iluminado solo por la tenue luz que entraba por las ventanas de la sala. La decisión que había tomado la reina lo inquietaba, y la ambigüedad de la carta que habían recibido no hacía más que aumentar su ansiedad.
—Me preocupa mucho su decisión —dijo, cruzando los brazos con un gesto que delataba su desasosiego—. No sabemos a qué se va a enfrentar realmente.
—Tienes razón —replicó Nisha, su voz firme a pesar de la incertidumbre en su interior—. Pero recuerda, Ike, ya no soy la misma desde que decidí convertirme en la Mutant Queen. He cambiado mucho desde aquel día.
Ike asintió, notando la madurez que había crecido en sus ojos, aunque eso no disipara su inquietud.
—Debes ir con cuidado —advirtió, el tono de su voz grave y sereno—. Lo que dice el líder de la ciudad es inquietante, y no debemos subestimar lo que podrías encontrar allí.
Nisha se acercó a un viejo retrato, la imagen de Gladius junto a sus otros aprendices, y una sombra de nostalgia cruzó su rostro.
—Partiré mañana antes del amanecer —anunció, su determinación inquebrantable—. Debería estar en la ciudad antes de la puesta del sol.
—Tendré todo listo para usted, no se preocupe —dijo Ike, su voz manteniendo una calidez reconfortante—. Pero tenga mucho cuidado. He aprendido que no todos los enemigos son iguales; algunos son más fuertes y astutos que otros.
—Eso es algo que diría Gladius —musitó Nisha, sus palabras cargadas de melancolía.
Mientras la noche caía, un aire denso y pesado la rodeó cuando Nisha emprendió su viaje. La capucha que cubría su rostro no podía ocultar el presentimiento que la acechaba. Caminaba por prados tenebrosos, donde la bruma se deslizaba como sombras errantes. El silencio era abrumador, y en su pecho, un escalofrío la atravesó cuando uno de sus cuervos se posó en su hombro, alertándola de una presencia desconocida.
—Entonces no son paranoias mías —murmuró, su voz apenas un susurro—. Aún es demasiado oscuro; sería arriesgado confrontarlos ahora.
Cuando las luces de una pequeña villa parpadearon a lo lejos, el silencio se tornó inquietante, el viento soplando con un murmullo extraño.
—Este silencio es... raro —dijo, sintiendo el aliento de algo siniestro en el aire—. Algo no está bien.
Al entrar en la villa, el horror la recibió en forma de un charco de sangre fresco, su piel de bronce brillando con el resplandor de su magia cuando iluminó el lugar. Analizó la escena, notando los signos de una lucha feroz, pero sin rastro de cuerpos. La comida quemada aún dejaba escapar el aroma del pánico, un eco del caos que había reinado allí.
—Esto no me agrada —murmuró Nisha—. Esto es exactamente lo que describen en la carta.
Un ruido sordo emergió del sótano, y su instinto la llevó a prepararse, su arco listo y una bola de fuego danzando en su otra mano. El miedo se entrelazó con la adrenalina mientras descendía las escaleras, cada escalón un eco de su creciente inquietud. Su respiración se tornó errática, el sudor empapando su frente.
—Mierda, Nisha, tranquilízate —se dijo—. No puedes dejar que tu enemigo te manipule.
Entonces, un sonido resonó en la oscuridad, una respiración mecánica que cortó el silencio. Un alarido desgarrador reverberó en el sótano, y un ser grotesco surgió de la penumbra, su cuerpo una abominación de metal y carne en descomposición.
—Pero... ¿qué demonios es eso? —Nisha se horrorizó, el rostro pálido de repugnancia.
Los ojos vacíos de la criatura comenzaron a brillar con un rojo intenso, y una voz sintética emergió de su forma monstruosa.
—Interesante, no eres como los demás que he sacrificado. Creo que serás de gran utilidad para nuestro ejército.
Nisha apuntó con su arco, el terror y la determinación chocando en su pecho.
—¿Qué rayos eres? ¡¿Acaso eres algún miembro de la Iglesia?! ¡Responde!
—Estás muy equivocada —replicó la criatura con una risa mecánica—. Nosotros somos algo más que fanáticos religiosos; somos la verdadera trascendencia, los que hemos abandonado la carne.
La criatura la escudriñó, y Nisha sintió un escalofrío recorrer su espalda al notar el interés de su enemigo.
—Eres una Mutant Queen. Serás de gran utilidad —la burla en su voz era palpable.
—¡¿Qué le hiciste a toda la gente de esta villa?! —gritó Nisha, el miedo transformándose en rabia.
—Lo mismo que te haré a ti. Ahora, sé buena chica y déjate cortar con mi cuchillo.
—No lo creo —respondió Nisha con desdén—. Soy demasiado hermosa para que alguien tan repugnante como tú intente tocarme.
En un instante, la criatura se teletransportó, apareciendo frente a ella. Nisha esquivó su ataque, pero sintió un corte en su hombro, un ardor que la hizo apretar los dientes. Con determinación, disparó una flecha hacia el torso de la aberración, solo para que se detuviera al entrar en su carne putrefacta.
“Interesante, pensé que una Mutant Queen sería más mortífera.”La criatura se burló, riéndose entre dientes, un sonido que era una mezcla de burla y desdén. Con un movimiento casual, se sacó la flecha del cuerpo, arrancándose un trozo de carne putrefacta que cayó al suelo como un despojo grotesco. Bajo su piel descompuesta, Nisha se dio cuenta, horrorizada, de que había metal expuesto, la evidencia de una existencia macabra.
“Dios... ¿qué demonios es esta cosa?”murmuró Nisha, retrocediendo un paso.“Es como un androide, pero nunca había visto uno con un diseño tan aberrante.”
La criatura sonrió, revelando un set de dientes ennegrecidos y afilados.“La carne siempre ha sido débil, pequeña. Todos deben dejar atrás su humanidad, unirse al corazón mecánico, a la nueva matriz.”La voz resonó como un eco siniestro, inyectando a la atmósfera una sensación de desesperanza.“No permitiré que tú o nadie interfiera en nuestra búsqueda del verdadero transhumanismo.”
Con un brillo antinatural en sus ojos, la criatura lanzó un potente rayo láser hacia Nisha. Instintivamente, ella levantó una barrera mágica, el impacto resonando en el aire. Pero el ser, rápido como la sombra misma, se teletransportó, intentando apuñalarla con una cuchilla que parecía estar hecha de pura maldad.
Nisha, sin perder un segundo, recuperó la flecha que había caído al suelo, imbuyéndola con polvo feérico. Al disparar, la criatura atrapó el proyectil con un reflejo sorprendentemente rápido.“¿Eso es todo? Me has decepcionado, Mutant Queen.”
“Ja, cierra la boca antes de que estés fanfarroneando.”Nisha contraatacó, y al instante, una explosión sacudió la habitación, llenando el aire con el hedor del metal fundido y la carne chamuscada. Cuando el humo se disipó, la figura de su enemigo, ahora mutilada y de rodillas, se reveló.
“Buena jugada,”jadeó la criatura, su voz un susurro casi apagado.“Tienes experiencia en el campo de batalla, pero no creas que has ganado. Solo soy la punta del iceberg.”
Sus palabras eran veneno, un presagio oscuro.“Todos los habitantes de este planeta pronto serán como nosotros. Tu gente, tarde o temprano, compartirá esta forma, Nisha, monarca de Nueva Uruk.”
“¡¿Cómo sabes quién soy?! ¡Responde!”La rabia llenó a Nisha mientras se acercaba al cuerpo caído, invocando su magia para hacer aparecer un escáner que comenzó a analizar al ser grotesco.“Esto se pone cada vez más raro. ¿De dónde vienen estas cosas?”
El escáner pitó, indicando algo en el hombro derecho de la criatura. A medida que Nisha se acercaba, el horror la golpeó con fuerza.“¿Qué significa esto? ¿Cómo puede tener el emblema de nuestra tribu tatuado en su piel?”Su corazón se aceleró ante la revelación.“¿Acaso estos seres han capturado a mi gente en el pasado? No, esto no puede ser...”
De repente, sintió una presencia detrás de ella, y una voz femenina rompió el silencio ominoso.“No te muevas si quieres vivir.”
Nisha giró, la tensión en su cuerpo al límite.“Genial, más enemigos.”
“¿De qué hablas? ¿No eres tú la responsable de todo este baño de sangre?”La voz era firme, pero el tono cargado de incertidumbre.
“No quiero ser grosera, pero es obvio que no soy la responsable de esto.”Con un movimiento furtivo, Nisha sacó un kunai, el acero frío en su mano.“Créeme, nunca he sido una mentirosa. Pero no creas que no puedo defenderme.”
Con una maniobra ágil, lanzó el kunai hacia la extraña, pero la intrusa bloqueó el ataque con una barrera invisible, sorprendiendo a Nisha con su habilidad.
Al finalmente ver a su oponente, Nisha se quedó maravillada por su belleza. La chica vestía un vestido blanco y transparente adornado con detalles dorados, su cabello rubio oscuro caía en dos coletas, destacando sus ojos rojos como rubíes y orejas puntiagudas que revelaban su herencia élfica.
“¡Imposible!”Nisha exclamó, su asombro y cautela en un delicado equilibrio.
“Veo que eres una chica ruda,”dijo la elfa, sonriendo.“Tus reflejos son admirables, pero no me subestimes.”
Sin previo aviso, lanzó un viento cortante hacia Nisha, que apenas logró esquivar, sintiendo la presión del ataque desgarrar la pared detrás de ella. La capucha de Nisha cayó, revelando su rostro, mientras apuntaba con su arco a la chica élfica.
“¡Dime quién eres si no quieres que te vuele la cabeza!”
La atmósfera estaba cargada de tensión, y la oscuridad a su alrededor parecía cobrar vida.
“Mutant Queen,”se presentó la joven, sus ojos brillando con un resplandor sobrenatural.
La misteriosa chica la miró, fascinada.“Así que eres otra Mutant Queen como yo. Pensé que eran alucinaciones mías al sentir tu presencia.”
Nisha se detuvo, su mirada fija en la misteriosa figura que tenía ante ella. “Tú también eres una Mutant Queen, pero... hay algo diferente en ti”, murmuró, sintiendo un extraño tirón en su interior.
La joven observó el cuerpo inerte de la grotesca criatura, una repulsión creciente brotando en su pecho. “¿Qué demonios es esa cosa?“, preguntó con desdén, frunciendo el ceño.
“Ni siquiera yo lo sé“, respondió Nisha, su voz grave resonando en el aire denso. “Pero si piensas que soy la causante de todo esto, estás equivocada. Esta abominación es la responsable”.
Arwen se acercó al cuerpo mecanizado, su expresión perturbada mientras analizaba la escena. “Me llamo Arwen. Lamento si mis modales fueron un tanto rudos”.
Nisha arqueó una ceja. “Claro, ¿y me querías matar por pensar que yo era la causante de este baño de sangre? Yo soy Nisha”.
Al pronunciar su nombre, Arwen se puso nerviosa, sus ojos entrecerrándose en un reconocimiento involuntario. “¿Eres Nisha? La nueva monarca de Uruk”.
“¿Sabes quién soy?“, preguntó Nisha, cruzando los brazos. La tensión crecía entre ellas.
“Los rumores corren rápido en este mundo marchito. Sé que tú y otra chica acabaron con Wayland y Shirke. Nunca creí que fuera verdad, pero ahora... al verte”.
Nisha sintió una punzada de incomodidad. “Vaya, y yo esperaba que todo fuera discreto. Solo espero que mis enemigos no ataquen a mi pueblo”.
Arwen, aún inquieta, se aventuró. “¿Pero qué haces en un lugar tan sombrío como este?“.
“Siendo sincera, no confío en ti, Arwen”.
“Lo entiendo”, replicó la chica con calma. “No soy tu enemiga. Simplemente pasaba por aquí. Digamos que soy una nómada que disfruta explorar”.
Nisha frunció el ceño. “Tú también eres una Mutant Queen, ¿no?“.
“Así es”, admitió Arwen, su voz sombría. “Pero a diferencia de ti, no poseo una transformación. La tengo activada desde mi creación, por eso estas orejas puntiagudas”.
Nisha asintió lentamente. “Estoy aquí por una misión crucial. Investigo unas misteriosas desapariciones en la ciudad de Asterix, y siento que esta criatura... tiene algo que ver”.
Arwen entrecerró los ojos. “Así que también buscas respuestas sobre esas desapariciones”.
“Exactamente. ¿Tú también estás investigando?“.
“Así es”, confirmó Arwen, su mirada grave. “Vivo en una aldea llamada Wonderland. Un vecino mío fue a Asterix hace más de un mes y no ha regresado. Al ver esta cosa, mi presentimiento se oscurece”.
Nisha asintió, una inquietud palpitante en su pecho. “Mejor vayamos juntas. El peligro que enfrentaremos no será como ningún otro”.
Arwen dudó, pero la urgencia en su mirada la convenció. “No suelo trabajar en equipo, pero esta vez no dudaré“.
Ambas sellaron su pacto con un firme apretón de manos, sus destinos entrelazados en una danza de sombras.
Al salir del sótano, el alba se alzaba, revelando un mundo que ya había olvidado la noche. “¿Ha amanecido ya?“, murmuró Nisha, frustrada. “Parece que luché allí abajo durante una eternidad”.
Arwen asintió. “¿Has estado aquí tanto tiempo?“.
“Sí“, Nisha se pasó una mano por el cabello desordenado. “Nunca pensé que esa pelea me costaría tanto”.
“Debemos proceder con cautela. No queremos cruzarnos con miembros de la Iglesia o criaturas del mundo astral”.
Tras horas de caminata, llegaron a Asterix, la ciudad opacada por la sombra de las desapariciones. La arquitectura elegante, con casas de piedra y adoquinadas, contaba historias de un pasado olvidado. Sin embargo, el ambiente era sombrío, casi desolado.
“Esta ciudad parece hecha para gente adinerada”, murmuró Nisha, sintiendo las miradas hostiles de los escasos transeúntes.
“Sí, todos nos miran con recelo”, respondió Arwen, tensa.
“¿A dónde iremos a investigar primero?“, preguntó Arwen, inquieta.
“Iré a ver al líder de la ciudad, Paul. Me envió una carta pidiéndome ayuda con las desapariciones”.
“Busquemos su casa”, sugirió Arwen, y juntas se dirigieron a la plaza principal.
Un anciano pescador, en las últimas de su vida, las observó con ojos aturdidos. “Debo estar soñando”, musitó. “No he visto forasteros en meses”.
“Estamos aquí, señor”, intervino Arwen. “No es una ilusión. Somos dos chicas que no son de aquí“.
“¿Se les ofrece algo?“, preguntó el anciano, su voz temblorosa. “Tengo unas mojarras recién traídas”.
Nisha negó con la cabeza. “No venimos a comprar, buscamos a Paul, el líder de esta ciudad”.
Al oír su nombre, el anciano se tensó, una sombra cruzando su rostro. “No confío en ese idiota. No ha hecho nada por las desapariciones, ¡no ayudó a salvar a mi nieto!“.
El lamento en su voz resonó en el aire, una sinfonía de desolación y desesperanza.
La voz agitada de Joel resonó en el aire, atrayendo las miradas temerosas de los pocos transeúntes que aún se atrevían a estar en la plaza. Sus ojos, llenos de desesperanza, reflejaban un miedo palpable que envolvía a la ciudad como un manto de sombras.
—Señor, cálmese —dijo Nisha, su tono firme contrastando con la fragilidad del ambiente—. Hemos venido a ayudarlos.
Joel, con la mirada perdida en el abismo de su propia angustia, exclamó:
—Ya nadie puede ayudar a esta ciudad, señorita. Todos aquí hemos perdido la fe. Solo nos queda esperar nuestro turno de ser desaparecidos y asesinados.
De repente, el aire se volvió aún más tenso, y las chicas sintieron una presencia detrás de ellas. Un escalofrío recorrió la columna de Nisha cuando el comandante Engels emergió de las sombras, su figura imponente luciendo un uniforme militar azul adornado con dorados, que le otorgaba una autoridad innegable y, al mismo tiempo, una inquietante similitud con los soldados de la Iglesia.
—Sigue de viejo carcamán, Joel —dijo Engels, su voz cargada de desdén—. Disculpen al viejo Joel; digamos que la pérdida de su nieto e hijo le ha afectado, y ha asustado a los turistas que vienen a nuestro pueblo.
—¡Pero ustedes no han hecho nada para encontrarlos! ¡En este lugar nadie hace justicia! —gritó Joel, su voz llena de ira y desesperación.
—Será mejor que modere su comportamiento, o tendré que arrestarlo —respondió Engels, una sonrisa siniestra asomando en su rostro. Las chicas intercambiaron miradas, sintiendo la incomodidad en el aire, como si cada palabra pudiera detonar la chispa de una explosión.
Nisha, con la mente en su misión, interrumpió:
—Lamento interrumpir, pero tenemos algo de prisa. ¿Sabe usted dónde vive Paul?
—Oh, sí, es aquella mansión que está al fondo. No hay pierde; sigan derecho por esta calle —contestó Engels, su mirada intensa y sus palabras cargadas de un significado oculto.
Arwen frunció el ceño, sintiendo una mezcla de desconfianza y curiosidad.
—¿Es la mansión del fondo?
—Así es, señorita —dijo Engels, su mirada aún fija en ellas—. Aunque debo advertirle que su forma de vestir es un tanto provocativa; debería pasar de manera un poco más discreta. Hay niños en este sitio.
—Oh, lo siento, pero es la única ropa que tengo —respondió Arwen, aunque sus palabras sonaron más como una defensa que como una disculpa.
—Lo dejaré pasar por esta vez. Les deseo buena suerte, señoritas —dijo Engels, su sonrisa desvaneciéndose en un eco ominoso mientras se alejaba.
Nisha sintió un escalofrío recorrer su espalda, su instinto advirtiéndole sobre la oscuridad que habitaba en aquel hombre.
—Me perturbó esa sonrisa de Engels —murmuró Nisha, buscando en Arwen un atisbo de comprensión.
—Ni que lo digas. Pero no debemos juzgar a alguien solo por su manera de sonreír. Aun así... —dijo Arwen, sus ojos explorando los alrededores—. ¿Dónde están los niños? Desde que llegamos no he visto a ninguno.
—Lo dices por lo que mencionó Engels, ¿cierto? —respondió Nisha, su mente atenta a cada palabra.
—Exactamente. Y hay tantas casas abandonadas, algunas con signos de haber sido dejadas hace poco tiempo.
La atmósfera se volvió opresiva mientras continuaban su camino. El aire se volvió más denso, y las sombras se alargaban, como si la misma ciudad les advirtiera que algo horrible acechaba.
Al pasar por un pequeño parque, se encontraron con un área de juegos olvidada, los columpios y toboganes cubiertos de polvo, como si el tiempo hubiera decidido pasar de largo.
—Mira, Nisha, tal y como sospechaba —dijo Arwen, su voz un susurro temeroso.
—Esto me está dando muy mala espina —respondió Nisha, su mirada recorriendo el lugar, cada rincón parecía susurrar secretos oscuros.
Con la sensación de que algo acechaba en las sombras, decidieron continuar. Pronto, llegaron a la mansión de Paul, una estructura elegante y opulenta que parecía un monumento a los días pasados. Nisha tocó la puerta, el sonido resonando como un eco de lo que estaban a punto de descubrir.
Una sirvienta, con una mirada de incredulidad, les abrió la puerta.
—¿Qué se les ofrece? —preguntó, su tono cargado de un servilismo que solo aumentó la tensión en el aire.
—Vengo a buscar a Paul —dijo Nisha—. Él me envió un mensaje para investigar las desapariciones que han ocurrido en la ciudad durante los últimos años.
La sirvienta pareció dudar, sus ojos mirando a Nisha con un atisbo de reconocimiento, antes de responder:
—Supongo que usted debe ser la guerrera que el reino de Uruk ha enviado, pero... pensé que vendrían más.
Las palabras de la sirvienta flotaron en el aire, dejando a Nisha y Arwen con una sensación de inquietud. ¿Qué más se escondía tras las puertas de esa mansión?
—Conmigo y mi compañera será más que suficiente —respondió Nisha, su voz baja y decidida, como si sus palabras pudieran ahogar la inquietante tensión que se cernía en el aire—. A veces, es mejor pasar desapercibido que llamar la atención.
La sirvienta, con una expresión neutra, asintió.
—Le avisaré que han llegado. Si gustan, pueden esperarlo en la sala.
Al cruzar el umbral de la mansión, las dos chicas fueron envueltas en una atmósfera de opulencia sombría. La arquitectura era un testimonio de tiempos pasados, adornada con plantas marchitas y artículos de lujo que, en su esplendor, parecían susurrar secretos olvidados.
La sala, con muebles de exquisito diseño, se alzaba bajo un domo de cristal que dejaba filtrar la tenue luz del cielo. Sin embargo, la belleza del lugar se sentía inquietante, como si el lujo fuera una máscara para ocultar lo que realmente habitaba en la mansión.
—Wow, es muy bella esta casa. Hacía tiempo que no veía un lugar tan agradable como este —dijo Arwen, su voz llena de asombro, pero en sus ojos brillaba una sombra de desconfianza.
—Y eso que no has visto cómo es mi pueblo —respondió Nisha, su tono melancólico—. Aunque es más natural, con casas de madera y paisajes que susurran historias de antaño.
En ese momento, Paul hizo su aparición. Era un hombre en sus sesenta años, pero su porte y compostura hablaban de una vitalidad inusual. Vestía de forma modesta, un contraste perturbador con la opulencia que los rodeaba.
—Bienvenidas —dijo, su voz resonando en la sala como un eco lejano—. Soy Paul, el jefe de esta ciudad. Me alegra que hayan aceptado venir a investigar estas desapariciones. Pero pensé que vendrían más personas.
—Anda, Delia, prepara unos pastelitos y un rico chocolate caliente para nuestras invitadas, por favor —ordenó, como si el ambiente cargado de tensión se pudiera suavizar con dulces y calidez.
—Sí, mi señor —respondió la sirvienta, su voz casi inaudible mientras se retiraba.
Nisha tomó la delantera, decidida a no ocultar su verdadera identidad. Con un movimiento, se quitó la capucha, revelando su rostro decidido.
Paul se sorprendió, sus ojos llenos de incredulidad al reconocer a la liberadora de Uruk.
—Vaya, me sorprende que usted decidiera venir a atender mi problema. Es un gran honor tener a la libertadora de Uruk en mi casa —dijo, su tono reverencial resonando en la habitación, pero Nisha detectó una pizca de nerviosismo.
—Decidí tomar este caso de forma personal —declaró Nisha, su mirada fija en Paul, dispuesta a atravesar las cortinas de engaño que podían ocultar la verdad.
—Parece que ha estado al pendiente de mis pasos —observó ella, arqueando una ceja.
—Si hay algo que no puede callar la Iglesia, es su miedo, así como el murmullo entre sus seguidores. La gente siempre está dispuesta a pasar información a la resistencia —respondió Paul, su voz grave, un eco de los temores que impregnaban la ciudad—. Debo admitir que nunca esperé que Wayland y Shirke cayeran; el poder de ambos era abrumador.
Alzó su taza de chocolate caliente, y Arwen lo imitó, pero su mano tembló al escuchar las palabras de su anfitrión.
—Perdone, pero no soy la chica que le ayudó a Nisha aquella vez. Digamos que tenemos poco de conocernos —se apresuró a aclarar, su nerviosismo palpable en el aire.
—Oh, pensé que era la chica que la acompañó. Como tiene casi el mismo color de cabello, lo supuse —dijo Paul, su mirada ahora perspicaz, como un cazador que analiza a su presa.
—Ella tiene el cabello rubio más claro. Además, se fue porque tiene una misión que cumplir. Pero nos estamos desviando del tema principal. Dígame, ¿cómo fue que comenzó la plaga de secuestros? —Nisha presionó, sintiendo que la conversación se adentraba en territorios peligrosos.
Paul se acomodó en su asiento, la seriedad de su expresión dejaba entrever que estaba a punto de desenterrar un secreto enterrado en las sombras del tiempo.
—Yo aún era joven cuando comenzaron —comenzó, su voz reverberando con recuerdos de un pasado sombrío—. Pero hubo un evento extraordinario que fue la señal de que algo iba a ir muy mal.
—¿Qué fue esa señal que les advirtió que algo muy malo iba a pasar? —preguntó Arwen, su curiosidad teñida de inquietud, como si las paredes mismas estuvieran escuchando su interrogante.
—Si han leído lo que ocurrió hace más de 100,000 años, saben que el Cataclismo comenzó con la caída de dos seres de otro mundo desde el cielo —dijo Paul, su voz resonando con una gravedad que envolvía la sala en una atmósfera inquietante.
—En las cercanías ocurrió algo similar —continuó, su mirada fija en un punto lejano, como si buscara respuestas en los recuerdos—. Hay una montaña imponente donde se dice que, a sus faldas, hay un gran lago. Hace veinte años, algo descendió de los cielos.
Su voz se tornó sombría, casi un susurro.
—Un cometa de color plateado. Todo el pueblo lo vio, un espectáculo que iluminó la ciudad con su resplandor sobrenatural. Enviamos un equipo de investigación, pero no hallamos nada, ni siquiera un cráter. Solo escuchamos un estruendo que hizo temblar las paredes, sembrando el miedo y el pánico entre los habitantes.
Se detuvo, su rostro marcado por la desesperanza.
—A pesar de nuestras exploraciones, no encontramos respuesta. Pensamos que todo terminaría allí, pero los pescadores y caminantes que se aventuraban por el lago comenzaron a desaparecer sin dejar rastro. Con el tiempo, la atmósfera de la ciudad se volvió densa y aterradora. A pesar de que prohibimos a la gente acercarse a la montaña, los desaparecidos continuaron.
Su mirada se oscureció mientras hablaba, recordando los ecos de risas que una vez resonaron en las plazas.
—La ciudad, que durante años había sido un refugio de vida, se fue desmoronando. Ya no veía a los niños jugar ni a la gente celebrar. La desesperación se apoderó de mí mientras contemplaba el ocaso de lo que mis ancestros habían construido.
Paul se levantó, acercándose a la ventana, su figura enmarcada por la luz tenue que se filtraba a través de las nubes grises.
—Esos tiempos acabaron, y ahora son solo recuerdos, fragmentos de una mente que danza en la delgada línea entre la desesperación y la locura.
—¿Pero estas desapariciones no tienen un horario específico? —preguntó Nisha, su tono cargado de una curiosidad tensa.
—La verdad es no, ocurren en cualquier momento, incluso en la noche, cuando la gente duerme. Alguien entra en sus casas y los rapta —dijo Paul, su voz temblando ligeramente—. Por eso hemos aumentado la seguridad. Tal vez no se note, pero cuando alguien no identificado intenta forzar la entrada, las armas automáticas se disparan... pero hasta ahora, eso no ha dado resultado.
—¿Qué fue lo que descubrieron? —preguntó Arwen, sintiendo que la conversación se adentraba en un terreno peligroso.
—Esto —respondió Paul, y del centro de la mesa emergió un holograma que mostró imágenes de un cadáver grotesco. Ambas chicas se quedaron perplejas al notar el aterrador parecido con la criatura mecanizada que había atacado a Nisha en la villa.
Paul observó su nerviosismo, notando cómo las pupilas de Arwen se dilataban y una gota de sudor descendía por su mejilla.
—Parece que ya se han topado con algo así en el pasado —dijo, una sonrisa irónica asomando en su rostro.
—Nisha me contó que una criatura parecida a este cadáver la atacó en una villa cercana —respondió Arwen, su voz temblando levemente.
—Así es —confirmó Nisha—, aunque este tiene un aspecto diferente. Sin embargo, la temática es la misma: un extraño equilibrio entre lo orgánico y lo inorgánico.
—¿Qué fue lo que ocurrió exactamente? —preguntó Arwen, sintiendo la inquietud apoderarse de ella.
—Ocurrió cuando secuestraron al hijo y al nieto de Joel, el pescadero. Él estaba harto de esta pesadilla y decidió actuar. Una noche, cuando intentaron raptarlo, logró acabar con esa cosa.
Paul se detuvo un momento, el silencio llenando la habitación, como un oscuro presagio.
—No hemos realizado ninguna autopsia, y por eso decidí llamarte, Nisha. Tú lograste acabar con dos de los guerreros más poderosos de la Iglesia. Sabía que no había a quién más recurrir.
—¿Y cómo es la cronología de los sucesos? —preguntó Nisha, el sentido del deber atravesando su voz.
—El secuestro del hijo y nieto de Joel fue hace más de cinco meses. El incidente que hemos discutido ocurrió hace un mes —dijo Paul, su expresión endureciéndose—.
—Ahora entiendo su actitud un tanto paranoica y hostil —dijo Arwen, su mirada perspicaz captando la tensión en el ambiente.
—Y yo estaría igual —admitió Paul—. Dicen que esta cosa apareció de la nada, con la apariencia de un vecino de Joel, pero hablaba con un tono muy...
—¿Sintético? —interrumpió Nisha, captando la esencia de sus palabras.
—¡Correcto! Al lastimarlo, se expuso su verdadero ser. Como ven, así quedó el cuerpo. Joel es un viejo loco, pero tiene más agallas que todos nosotros, debo admitirlo.
—Es normal; la desesperación por respuestas lleva a arriesgarse cuando no hay salida —dijo Nisha, comprendiendo la situación.
—Me gustaría investigar el cuerpo. Tal vez encuentre respuestas y una pista de su origen —dijo Arwen, su determinación firme.
—La morgue está en las oficinas de la policía, pero les recomiendo que descansen por ahora. Ha sido un largo viaje. Pueden quedarse en mi casa —ofreció Paul, su tono amable contrastando con la pesadilla que los rodeaba.
—Muchas gracias. Solo espero que podamos desentrañar este misterio lúgubre que atormenta su ciudad —respondió Nisha, su voz resonando con un eco de esperanza en medio de la desolación.
—Yo también lo espero —dijo Paul, su voz cargada de pesadumbre—. Delia, muéstrales sus habitaciones, por favor.
—Sí, mi señor. Síganme, por favor, están por aquí —respondió la sirvienta, guiándolas hacia el segundo piso de la mansión, un laberinto de sombras y ecos.
—¿Dormirán juntas o separadas? —preguntó Delia, su tono distante.
—Bueno, yo... —comenzó Arwen, pero Nisha la interrumpió.
—Dormiremos juntas, señorita. De eso no se preocupe —dijo, su mirada decidida.
—Entendido. Entonces pueden elegir la habitación que deseen —respondió Delia, su rostro imperturbable.
—¿Hay una que tenga ventana para ver el exterior? —preguntó Nisha, su voz cargada de un deseo de observar el mundo exterior, aunque el peligro acechara.
—La del lado izquierdo —respondió Delia.
—Muchas gracias. Con su permiso, descansaremos —dijo Nisha, su tono amable contrastando con la tensión en el aire.
Al entrar en la habitación, Nisha se quitó la capucha, revelando su hermoso cuerpo, sonrojando a Arwen, quien quedó paralizada por la sorpresa. Nisha se acercó a la ventana, tomando asiento en el borde de la cama mientras su mirada se perdía en el horizonte, preguntándose qué secretos oscuros se escondían en la noche que comenzaba a caer.
Nisha observó el cielo, notando cómo las nubes se arremolinaban, presagiando la tormenta que se avecinaba. “Va a llover en unos momentos. Es la calma antes de la tormenta”, murmuró, sus ojos oscuros reflejando una mezcla de preocupación y determinación.
Arwen frunció el ceño, una sombra de inquietud cruzando su rostro. “¿Por qué querías un cuarto con una ventana?”
“Así puedo vigilar el exterior”, respondió Nisha, su voz seria y grave. “Si nuestros enemigos intentan atacarnos, no podemos bajar la guardia. Lo que sea a lo que nos enfrentamos, no son como los miembros de la Iglesia. Estos son más astutos, acechando en las sombras como depredadores en la selva más oscura y profunda.” Su mirada se volvió distante. “Pero por ahora, debemos descansar. Mañana será un día largo, y espero que ese cuerpo nos dé pistas sobre lo que está ocurriendo en esta ciudad maldita.”
Arwen asintió, sintiendo el peso de la fatiga sobre sus hombros. “Tienes razón. Ha sido un viaje largo, pero me alegro de no estar sola en esto.”
Nisha, sin apartar la vista de la ventana, sintió la tensión del silencio. “Deberías contarme algo de ti. Ya sabes mucho de mí por lo que has oído en la calle.”
Arwen bajó la mirada, el dolor de su pasado reflejándose en su voz. “No sé mucho de mi historia. Hay fragmentos que se desvanecen como el humo. Lo que más me atormenta son los experimentos a los que me sometieron los científicos de Nabucodonosor.”
Nisha giró la cabeza, interesada. “Vaya, eres la primera que conozco que viene de ese lugar.”
“Esa ciudad está bajo el yugo de la Iglesia”, continuó Arwen, su voz temblando con la rabia reprimida. “Allí, todos son sometidos mediante la tecnología que sobrevivió al cataclismo, una tecnología que han distorsionado para instaurar una dictadura religiosa. Yo fui parte de sus experimentos, querían crear más Santas Signoras. Están obsesionados con forjar un ejército definitivo para dominar el mundo de una vez por todas.”
Su confesión se deslizó como un susurro entre las sombras. “Mi poder proviene de mi cerebro, que no es como el de los demás. Mi glándula pineal está en la cúspide de la evolución, pero los experimentos a los que me sometieron fueron inhumanos. Me inyectaban sustancias extrañas y me sometían a torturas brutales para despertar mi poder oculto. Al final, lo lograron, y lo usé para escapar de ese laboratorio en una isla artificial.”
El recuerdo de su huida la atrapó brevemente, pero se desvaneció en la oscuridad de su mente. “No recuerdo mucho de mi escape, solo que en mi confinamiento no estaba sola. Había alguien más, pero su imagen se desdibuja como una sombra en la niebla.”
“Desde entonces, una pequeña tribu de bárbaros me crió y entrenó. No fue fácil dominar a mi bestia interior. Los ancianos de la tribu me decían que aún tengo un poder dormido, que no ha despertado al cien por ciento.”
Nisha sintió la inquietud en el aire, la opresión de los secretos no dichos. “¿Tienes miedo de despertar ese poder?”
“Así es”, admitió Arwen, su voz un susurro lleno de terror. “Temo que si despierta, perderé el control.”
Nisha asintió, su propia historia pesando sobre su corazón. “Es lo mismo que teme N 13. Ella lo hizo una vez, y los resultados fueron desastrosos. ¿Has oído hablar del genocidio de Arcadia?”
“Un poco, pero no supe los detalles. Solo que una bestia horrible acabó con todo ese reino.”
“N 13 fue mi compañera durante los conflictos de mi pueblo. Imagínate cuando supe que ella fue la responsable de la caída de ese reino. Entiendo tu miedo a usar todo tu poder, pero a veces no tenemos otra opción.”
La sed de sangre palpitaba en sus venas, un eco de advertencia. “No creas que yo quiera usar mi poder de Mutant Queen. También temo que me consuma, que me arrastre al abismo de la locura, pero debemos aprender a domar nuestros demonios. Esa es una de las lecciones más importantes que me enseñó mi maestro Gladius.”
La tormenta comenzó a desatarse en el exterior, resonando con un eco ominoso que parecía prometer más oscuridad por venir.
Arwen miró a Nisha con un aire de respeto. “Debió ser un hombre muy sabio, tu maestro.”
Nisha asintió, una sombra de nostalgia cruzando su rostro. “Demasiado. Me enseñó todo lo que debía saber sobre la vida. Era como un padre para mí.”
El sonido de un trueno retumbó en el aire, y de repente, la conversación se vio interrumpida. Ambas chicas giraron la mirada hacia la ventana, donde el cielo comenzó a llorar. En ese instante, Arwen vislumbró una silueta en la penumbra exterior, un ser que se alzaba casi dos metros, vestido con un chaleco negro desgastado y un sombrero que parecía absorber la luz.
Perturbada por la inquietante figura, se acercó a la ventana con el corazón latiendo con fuerza. “Nisha, hay alguien parado afuera.”
Cuando llegó a la ventana, la figura había desaparecido, dejándola con una sensación de desasosiego. Buscó desesperadamente al extraño, pero la oscuridad lo había engullido. “Ya no está“, murmuró, la inquietud llenando el aire.
“¿Estás segura de lo que viste?” preguntó Nisha, su voz cargada de tensión.
“¡Claro que estoy segura!” Arwen exclamó, recordando cada detalle de la visión. “Era alguien mirando en nuestra dirección, alguien que vestía casi como un sacerdote. Era alto... no puede ser que me haya confundido con un árbol.”
“Quizás fue solo un juego de luces y sombras,” sugirió Nisha, tratando de calmar la creciente inquietud.
“No, Nisha,” insistió Arwen, la determinación en su voz. “Algo no está bien en esta ciudad. Esto ya fue un aviso.”
Nisha suspiró, la urgencia de la situación calando hondo en su ser. “Mañana investigaremos a fondo lo ocurrido. Por ahora, debemos descansar.”
“De acuerdo,” respondió Arwen, pero antes de alejarse de la ventana, lanzó una última mirada al lugar donde había estado el intruso, el miedo y la incertidumbre apretando su pecho. Finalmente, decidió retirarse a dormir, aunque el peso de la noche no la dejaría en paz.
A la mañana siguiente, el dúo se encontraba en el mismo lugar donde Arwen había visto al extraño. Para sorpresa de Nisha, el lodo cercano reveló huellas de algo grande, algo que no debía estar allí.
“Te dije que mis ojos no me estaban engañando. Alguien nos estaba vigilando en la noche,” dijo Arwen, la emoción desbordándose en su voz.
Nisha frunció el ceño, un escalofrío recorriéndole la columna. “Será mejor ir a la morgue y ver el cuerpo de una vez. Algo me dice que...”
“¿Qué es lo que sientes?” preguntó Arwen, notando la intensidad en la expresión de Nisha.
“Mis sentidos me dicen que el enemigo está cerca, dentro de la misma ciudad,” respondió Nisha, su voz grave.
Al llegar a la morgue, ambas chicas sintieron el peso de la atmósfera lúgubre. Un pasillo largo y oscuro se extendía ante ellas, bañado por la luz tenue de tragaluces que parecían murmurar secretos olvidados.
El comandante Engels las guió a través de la penumbra, su voz resonando en el silencio. “Es un gran honor tener a la monarca de Uruk caminando por mi ciudad. Si hubiera sabido que era usted, habría llevado a usted y a su compañera directamente a la mansión.”
Nisha, con un brillo de alerta en sus ojos, contestó, “Tengo mis motivos para pasar desapercibida. No sabemos a qué amenaza nos enfrentamos, y que nuestros enemigos sepan quién soy podría ponernos en peligro a todos.”
“Usted tiene razón, su majestad,” dijo Engels, su tono grave. “Pero a veces, los enemigos ya pueden saber que usted está aquí, a pesar de sus precauciones.”
Se detuvo bajo uno de los tragaluces, su figura bañada en una luz tenue que le otorgaba un aire inquietante. “Existen amenazas que son imposibles de describir. Después del gran Cataclismo, surgieron horrores indescriptibles, además de la siniestra Iglesia de la Santa y las criaturas del Mundo Astral. Mire bien a su alrededor. Ya no vivimos en el mundo de la Antigua Humanidad.”
Arwen intercambió miradas con Nisha, la incomodidad creciendo a cada palabra. “Han surgido sectas y religiones que jamás la Antigua Humanidad se habría atrevido a indagar. Le sugiero que ande con pies de plomo, cualquier descuido podría costarle caro, Nisha.”
“Tomaré su consejo, como usted diga,” respondió Nisha, su voz firme pero temblando bajo la presión del entorno.
“Lo mismo digo,” añadió Arwen. “Pero no deberíamos perder más tiempo.”
Engels frunció el ceño, consciente de la urgencia en el aire. “Lamento haberlas demorado, pero ya casi hemos llegado.”
Al llegar a la puerta de la morgue, el comandante abrió las puertas lentamente, su identificación iluminando un panel en la pared. “Adelante, señoritas. Les dejo todo en sus manos. Debo retirarme a mis aposentos para atender más casos de desaparecidos.”
“¿Siguen desapareciendo personas?” preguntó Arwen, su voz llena de preocupación.
“Para mi infortunio, así es, señorita Arwen. En una ronda de vigilancia, uno de mis trabajadores desapareció sin dejar rastro, y eso que ayer llovía con fuerza, lo que debería haber dejado huellas.”
Arwen se quedó pensativa, su mente dando vueltas a la nueva información. Sin dudar, formuló una pregunta. “Antes de que se vaya, ¿conoce a alguien que vista como sacerdote en esta ciudad?”
Engels se quedó en silencio, reflexionando. “El único que vestía de esa manera era el sacerdote Agnus. Él profesaba la antigua religión católica, pero lleva más de tres años desaparecido. ¿Por qué la pregunta?”
Arwen sintió que su corazón se aceleraba. “Es que en el camino, vi a alguien que vestía así, pero supongo que debe haber sido otro pueblerino o alguien que simplemente se vestía de forma similar.”
Engels se retiró con una reverencia, su mirada cargada de advertencias implícitas. “Entiendo, señorita. Les deseo suerte en su investigación. Pero como les dije, hay fenómenos en este mundo tan bizarro que escapan a toda lógica. Con su permiso, me retiro.”
Nisha arqueó una ceja, un hilo de desconfianza en su voz. “Ese tipo es un tanto raro.”
Arwen asintió, compartiendo la inquietud que la envolvía. “Pensé que era la única que sentía esa sensación al estar cerca de él.”
Al entrar a la morgue, el aire se tornó denso y cargado de un hedor que rozaba lo nauseabundo. En la penumbra, los cuerpos yacían en una pila, rostros ajados y pálidos como la nieve, esperando su turno para el embalsamamiento. Un escalofrío recorrió la espalda de las chicas al contemplar el siniestro espectáculo.
Nisha dejó escapar un susurro, su voz temblando. “Este lugar me da un poco de miedo. No te voy a mentir, me trae malos recuerdos de mi gente que murió en el campo de guerra.”
A medida que se acercaron a su objetivo, un cuerpo cubierto con una sábana blanca, manchada de sangre, reveló su grotesca forma al ser destapado.
Nisha se quedó paralizada al observarlo. “Es idéntico al ser que me atacó en esa villa.”
Arwen frunció el ceño, su mente divagando. “Pero... ¿quién podría haber creado semejantes criaturas? Sea quien sea, sabe lo que hace; fusiona los materiales de forma inquietantemente armoniosa.”
Nisha se inclinó, su mirada escudriñando los detalles del cuerpo inerte. “Para lograr esto, debe poseer un vasto conocimiento de anatomía humana... y de robótica.”
La amazona tomó uno de los brazos y, con un toque temeroso, empezó a analizarlo. La piel estaba unida a componentes metálicos, como si se tratara de una grotesca fusión. “Esto... es imposible.”
Arwen se acercó, su curiosidad despertada. “¿Qué ocurre?”
Nisha señaló con un temblor de asombro. “Mira bien esta parte de la axila. Es como si el metal hubiera crecido desde su interior y se hubiera fusionado con su carne.”
“Es verdad,” asintió Arwen, observando. “Muchas de sus partes biológicas parecen haber sido engullidas por lo mecánico, como si fueran parte de él desde hace mucho.”
Nisha soltó un suspiro, su mente llena de preguntas. “Desearía poder ver el interior de esta cosa, pero con lo duro que es este metal, no creo poder lograrlo con estas herramientas comunes.”
Arwen sonrió, un destello de determinación en sus ojos. “Yo puedo ayudarte. En mi tribu adoptiva, me enseñaron trucos para abrirme camino a través de lo imposible.”
Con un movimiento ágil, Arwen cortó el vientre de la criatura y luego su cráneo metálico, como si unas cuchillas invisibles hubieran hecho el trabajo. Nisha la observó, asombrada.
“Wow, eso fue... genial. Ni yo hubiera hecho un corte tan limpio como este. ¿Qué fue lo que usaste?”
Arwen se encogió de hombros, su tono casi despreocupado. “Un poder psicoquinético. Es como un viento cortante que puedo crear a partir de mi energía, moldeándolo a mi antojo. Puedo incluso formar brazos extra para ayudarme en mis tareas o en combate. Pero hay un precio que pagar; me temo que a veces me gana una sed de sangre que me hace perder el control.”
Nisha frunció el ceño, recordando su propia lucha interna. “No eres la única que teme ello. En fin, veamos qué hay dentro de este ser. Joder, de solo verle el rostro sin vida y toda maltrecha me da escalofríos.”
Arwen suspiró, su voz suave, casi melancólica. “Quizá esos sentimientos son los que aún nos hacen sentir humanas: el miedo, el amor, la felicidad. Esos son los privilegios que nos otorgan, además de la capacidad de decidir nuestro destino. Nosotras podemos vernos como humanas, pero tú y yo sabemos que estos ojos rojos son un recordatorio de nuestra maldición, una carga que llevamos en los hombros. Son solo un cascarón de lo que alguna vez fuimos.”
Nisha reflexionó, su mirada distante. “Al final, no somos tan diferentes de estas criaturas. La gente a nuestro alrededor nos ve como una amenaza... o como su salvación.”
Con manos firmes, Nisha abrió el torso de la criatura, un gemido de metal resonando en la sala. Lo que encontraron en su interior las dejó sin aliento: los órganos estaban en perfecto estado, aunque algunos presentaban variaciones en sus tamaños, y otros parecían corroídos por enfermedades o vicios, como los pulmones y el intestino. Una macabra sinfonía de la vida y la muerte se desplegó ante ellas, y el horror de lo que habían descubierto las unió en una silenciosa determinación.
Nisha se estremeció, el horror de la escena extendiéndose como una sombra en su mente. “Esto es una locura. Dime que no soy la única que ve este desastre”.
Arwen, con la mirada fija en el macabro espectáculo, asintió lentamente. “No, Nisha, yo también lo veo. Es como un rompecabezas perturbador; estos órganos no tienen nada que ver con el cuerpo, como si alguien, o algo, los hubiera colocado en un frenesí de desasosiego”.
“Es verdad”, murmuró Nisha, su voz temblando al señalar el pulmón izquierdo, desgastado y amarillo. “Este no pertenece a la misma persona. Parece de alguien que ha vivido en las sombras del vicio”.
Arwen se agachó, apartando la vista del hígado descompuesto que yacía entre los demás órganos. “Dios... ¿Cómo es posible que sigan funcionando? Y más inquietante aún, ¿es esto una especie de camuflaje?“.
Nisha, impulsada por un oscuro impulso, comenzó a sacar los órganos uno a uno, depositándolos en bandejas metálicas que brillaban en la penumbra de la morgue. A medida que vaciaban el cuerpo, se dieron cuenta de que faltaba el corazón; en su lugar, un núcleo biomecánico latía débilmente, como si fuera el último vestigio de vida.
El misterio de estos seres se profundizaba, y un escalofrío recorrió la espalda de ambas chicas al darse cuenta de que el núcleo compartía un inquietante parecido con los parásitos que llevaban las Mutant Queen.
“Esto me resulta familiar”, confesó Arwen, su voz un susurro. “Se asemeja a los parásitos que nos transformaron”.
Nisha se llevó las manos a la cabeza, confundida. “¿Qué significa todo esto? ¿A qué demonios nos estamos enfrentando?“.
Al retirar el núcleo de la bandeja, este comenzó a moverse erráticamente, hasta que finalmente se detuvo, inerte.
“¡Joder, qué susto!“, exclamó Arwen, el terror en sus ojos. “Esa cosa tiene vida propia”.
“Parece que está hecho de un material similar a los parásitos, pero no parece ser consciente”, reflexionó Nisha, su mente atrapada en un laberinto de preguntas.
Arwen, sin embargo, mantenía la mirada fija en el cráneo del ser. “Quizás haya una manera de descubrir qué son realmente estas criaturas. Quiero que expongas el cerebro. Solo esperemos que conserve su estado natural”.
Nisha asintió, su mano temblando ligeramente mientras se dirigía a abrir el cráneo. Con un giro de su muñeca, la tapa se abrió lentamente, revelando un cerebro que, para su sorpresa, era orgánico.
“¡Bien! Estamos de suerte”, exclamó Arwen, su voz llenándose de emoción. “Ahora usaré un artefacto que me dieron en la tribu, algo que jamás pensé que existiría”.
“¿Qué es?“, preguntó Nisha, su curiosidad superando el temor.
Arwen invocó un tubo alargado, con una aguja en la punta y un monóculo flotando junto a él. “Este artefacto fue creado por una tribu de alquimistas y magos que la Iglesia erradicó hace siglos, conocidos como los Marcados. Créeme, Nisha, si conoces de magia, esos seres harían quedar en ridículo a los mejores magos de tu pueblo. Sabían crear artefactos que podían desmantelar a sus enemigos, razón por la cual fueron cazados por la Iglesia”.
“¿Y cómo funciona esto?“, inquirió Nisha, sintiéndose atrapada entre el horror y la fascinación.
“Este tubo se inserta en el cerebro”, explicó Arwen, su voz tornándose sombría. “Los Marcados lo usaban como último recurso cuando no podían sacar información de sus enemigos. Les hacían un agujero en la cabeza y lo insertaban con cuidado para acceder a sus memorias”.
Nisha frunció el ceño, repentinamente consciente de la brutalidad de su propio oficio. “Y yo creí que mis métodos eran brutales”.
Arwen soltó una risa oscura, aunque su rostro era un reflejo de seriedad. “Hay cosas que es mejor no saber... lo digo por experiencia”.
Nisha, sintiendo un escalofrío, desvió la mirada. “Está bien, lo que tú digas. Pero deja de hacer esa cara, por favor”.
“Está bien, jejeje”, bromeó Arwen, aunque sus ojos nunca se apartaron del cadáver. “Vamos a lo que nos compete”.
“¿Ya habías hecho esto en el pasado?“, preguntó Nisha, observando cómo Arwen colocaba el monóculo.
“Con cuerpos humanos, sí. Pero nunca con una criatura. Sin embargo, debemos actuar sin miedo, asumir los riesgos. Supongo que tú también has tenido que hacerlo”.
Nisha recordó los sacrificios que había hecho para ayudar a N 13, y asintió. “Así es. El que no arriesga no gana”.
Arwen encajó el tubo en el cerebro del ser, los hilos de su magia fluyendo como un susurro, mientras las visiones comenzaban a materializarse ante ellas.
Imágenes desgarradoras danzaban ante sus ojos, mostrando a una víctima atrapada, raptada por una bestia mecánica, sometida a modificaciones crueles. La carne desgarrada y la sangre que brotaba a raudales llenaban la pantalla de sus mentes, mientras un mantra resuena en el aire, repetido por sombras que danzaban a su alrededor: “La carne es obsoleta. El metal es la llave a la inmortalidad suprema”.
Arwen quedó paralizada ante un símbolo, un idioma desconocido que nunca había visto, mientras la visión se desvanecía en una dimensión de figuras extrañas, culminando en un rostro pálido, sin ojos, con cuencas vacías que parecían absorber la luz.
“Su especie tiene los días contados”, resonó una voz cavernosa. “Nada puede detenernos. El metal cubrirá todo este planeta”.
Despertando de la visión, Arwen se tambaleó, su respiración agitada, el miedo envolviéndola como una niebla. Nisha, al verla así, se preocupó. “¿Qué sucede?“.
“Lo que hemos despertado... podría ser más oscuro de lo que imaginamos”, murmuró Arwen, y el horror de sus descubrimientos pesaba sobre ellas como un manto, dejando una marca indeleble en sus almas.
Nisha se detuvo, inquieta, el corazón palpitante como un tambor en su pecho. —¿Estás bien? —preguntó, la voz un hilo tenso.
Arwen se sacudió, los ojos desorbitados, su rostro pálido. —Sí... pero lo que acabo de ver... Dios, es indescriptible. Ese pobre hombre... Lo sometieron a algo horrible. Vi cómo destrozaban su carne, extraían sus órganos, lo castraban. Quien esté detrás de esto es un verdadero psicópata.
Mientras Arwen se enfocaba en Nisha, su mirada se desvió hacia los glifos extraños que cubrían el cuerpo del hombre y las paredes de la sala, y un murmullo en su mente se intensificó. Un coro de voces distorsionadas llenaba su cabeza; los ecos de taladros dentales se mezclaban con los llantos de niños, su corazón bombeando con fuerza.
—Sigo viendo esos glifos... escucho voces. Los gritos... —La presión en su cabeza se intensificó.
En un arranque de desesperación, encendió un holo pad sobre el escritorio, sus dedos temblorosos danzando sobre la pantalla mientras comenzaba a escribir los glifos, como si su mente recordara su forma.
—¿Qué carajos son esos glifos? —preguntó Nisha, impactada.
—No lo sé... solo los escribo para que veas lo que ven mis ojos.
A medida que las palabras se trazaban en la pantalla, los ecos de terror en su mente empezaron a disiparse, y Arwen se sentó, exhausta, secándose el sudor de la frente mientras sus manos temblaban.
—Debes calmarte, Arwen.
—¡Eso trato! —exclamó, con la voz entrecortada—. Pero esto... es algo más siniestro que la Iglesia. Es un terror que no pertenece a este mundo. Como si hubiéramos entrado en una pesadilla.
—Pensé que ya tenía suficiente con la Iglesia y las criaturas del Mundo Astral. ¿Ahora qué hacemos?
—Paul no dijo que esas cosas habían secuestrado al hijo y nieto de Joel? Debemos ir a buscarlo. Quizá encontremos una pista crucial sobre estos seres y su forma de actuar. Pero hay algo más que quiero investigar...
—¿Qué cosa?
—Engels mencionó que el hombre que vimos bajo la lluvia era el padre Agnus, que lleva desaparecido mucho tiempo. Quiero ir a su iglesia.
—Es muy peligroso separarnos; no sabemos a qué nos estamos enfrentando.
—Lo sé, pero si no hacemos algo rápido, esas cosas nos matarán. Y he comenzado a desconfiar de todos en esta ciudad.
—¿Sospechas que ya no son humanos?
—Sí. Algo en mí me dice que la mayoría no lo es. Pocos permanecen verdaderamente humanos, como Joel. Incluso sospecho de Engels; su forma de actuar me parece sospechosa. Su advertencia sonó más como una amenaza.
Nisha asintió, el miedo anidándose en su pecho. —Está bien, pero debes tener cuidado. Ya casi es la una de la tarde; deberíamos ponernos en marcha.
—Gracias. Cuídate tú también. Nos reuniremos en la mansión de Paul.
—De acuerdo, pero dime: ¿Paul es una de esas cosas?
—La desesperación en su comportamiento me dice que no, pero es mejor proceder con precaución.
Ambas chicas se dirigieron hacia la entrada de la morgue, un silencio abrumador envolviendo el ambiente. En la recepción, una radio crepitaba con interferencias. Arwen miró el aparato con desconfianza. Al salir, Nisha se apresuró hacia la pescadería de Joel, solo para darse cuenta de que no había nadie.
Al llegar a la plaza central, miró a su alrededor, inquieta. No había rastro de vida; todos los puestos de venta estaban vacíos, los objetos intactos, como si los dueños hubieran huido en medio de una emergencia.
—Esto no me agrada —murmuró Nisha, un escalofrío recorriendo su espalda—. Este silencio es perturbador.
Se acercó al puesto de pescado del anciano, notando que estaba cerrado. —Qué raro, supongo que arriba está su casa.
Al llegar a la puerta principal, notó que el cerrojo estaba forzado y la puerta entreabierta. —Dios, esto me está dando muy mala espina.
Con precaución, Nisha entró en la casa. Un silencio opresivo la envolvió mientras avanzaba por el piso de madera. Todo parecía en orden, pero la interferencia de la radio provenía del piso superior.
—De nuevo ese sonido... —murmuró, irritada.
Subió las escaleras lentamente, siguiendo el eco del ruido hasta el cuarto de Joel, donde lo encontró sentado, mirando hacia la ventana.
Nisha se adentró en el cuarto, sus pasos ligeros pero temerosos.—Señor Joel, he venido a hacerle unas preguntas. Espero no molestarle—. Apenas cruzó el umbral, su pie desnudo se hundió en un charco de sangre fría, un horror palpable que le heló la sangre. Un aroma nauseabundo a carne en descomposición invadió su nariz, y su corazón se aceleró al avanzar hacia el anciano.
Al llegar a su lado, una visión de pesadilla se presentó ante ella: el cuerpo sin vida de Joel, despojado de sus ojos, su torso abierto como si lo hubieran desgarrado en un frenesí de mutilación. Su piel estaba marcada con glifos inquietantes, trazados por alguna herramienta afilada, mientras las moscas revoloteaban sobre su carne expuesta, poniendo sus huevos en la podredumbre.
—¡Mierda! —exclamó, retrocediendo lentamente, su instinto de supervivencia gritándole que escapara. Pero entonces sintió un roce helado detrás de ella: una respiración errática la atrapó en un abrazo mortal.
La criatura apareció como un espectro de terror, con un garra desgarradora en su brazo derecho y un horrorífico artefacto de muerte adherido a su izquierdo. Sus ojos eran dos pozos vacíos de locura, y su mandíbula, sellada con metal, ofrecía una sonrisa retorcida que helaba el alma. La luz del sol que entraba por la ventana apenas lograba disimular su grotesco aspecto, creando un ambiente de horror místico que envolvía el lugar.
—¡Hasta que por fin deciden salir de su escondite, malditos bastardos! —gritó Nisha, su voz resonando con una furia renovada.
La criatura, en un tono mecánico, declaró: —Mutant Queen detectada, protocolo de exterminio activado.
Su alarido era un eco de un sufrimiento incomprensible, pero Nisha no tenía tiempo para perder. Con un salto ágil, se lanzó por la ventana, esquivando las ráfagas de fuego que se disparaban tras ella.
—No tengo tiempo para jugar con ustedes. ¡Hasta la próxima! —gritó mientras corría hacia la mansión de Paul, el eco de sus perseguidores resonando como un coro de desesperación a sus espaldas.
En ese instante, lejos de allí, Arwen exploraba la iglesia del Padre Agnus, cautivada por la majestuosa arquitectura de un lugar que había resistido la corrosión del tiempo. —Vaya, así que esta es una iglesia de la antigua religión —murmuró, admirando su belleza sombría.
Sin embargo, su admiración se tornó en inquietud al encontrar la entrada sellada con un candado. Usando sus poderes, lo destrozó y empujó la pesada puerta de madera, que se abrió con un crujido ominoso, revelando el interior polvoriento, adornado con vitrales que dejaban filtrar la luz del sol en destellos de color.
—Es hermoso —pensó, mientras su mirada se perdía en los candiles y las imágenes religiosas cubiertas de polvo. Pero la belleza era engañosa, y una sensación de desasosiego se apoderó de ella al llegar a la habitación del Padre Agnus. Al abrir la puerta, se encontró con un espacio pequeño, ordenado pero abandonado, repleto de libros antiguos que susurraban secretos del pasado.
Su atención se detuvo en un libro de cubierta verde. Al abrirlo, notas desgastadas cayeron al suelo. Curiosa, las recogió y leyó con creciente horror. Las palabras del padre hablaban de un miedo que lo consumía, de una presencia oscura que lo acechaba. La última fecha era de hace dos meses, justo antes de su desaparición.
—Ya estaba en la mira de esas cosas —murmuró Arwen, el escalofrío recorriendo su espalda. Las memorias de su encuentro con el sacerdote la atormentaban. Sin dudarlo, guardó las notas y se dirigió a la mansión de Paul.
El pueblo la recibió en un silencio sepulcral. La inquietud se intensificó al notar que la puerta de la mansión estaba entreabierta. —Esto no está bien —pensó, mientras se adentraba en el lugar, el presentimiento de que habían caído en una trampa cada vez más fuerte.
Los murmullos llegaron a sus oídos desde una de las habitaciones principales, y cuando abrió la puerta, lo que encontró fue un verdadero infierno. Paul colgaba, desnudo y desollado, su cuerpo un lienzo de glifos pintados con su propia sangre. A su lado, Delia, la sirvienta, se acercaba con su rostro desfigurado, un eco de locura en su andar.
—¡¿Pero qué carajos ha ocurrido aquí?! —gritó Arwen, su corazón latiendo desbocado mientras invocaba una esfera mágica, preparándose para lo peor.
—¡No te acerques! —gritó Arwen, su voz resonando en la penumbra.
Delia, con una sonrisa desquiciada, respondió con voz temblorosa, llena de una locura palpable. —Somos unos estúpidos al creer que estamos en lo correcto. Ellos desean nuestra carne y nuestros huesos para devorarlos y trascender a lo divino. He visto la luz, Arwen. Tú también la has visto. Estamos mal; la carne solo trae miseria. Él desea convertirnos en dioses. ¡Él nos volverá dioses! No hay que temer, Arwen. Ven, es hora de que ambas nos hagamos una con el metal.
—¡Estás loca! ¡Nunca seré como esas aberraciones! ¿Cómo pudiste hacerle eso a Paul? —su voz temblaba entre el horror y la rabia.
—Él se lo buscó. No quiso trascender conmigo. Así que lo torturé, le saqué uno a uno los órganos mientras sus gritos resonaban como una dulce melodía. Eran tan... Reconfortantes, ¡jajaja! No puedes huir de lo que viste; es la ley de nuestro nuevo dios. He rezado a él, he marcado su lengua en mi carne y en los pisos y paredes de esta casa.
—¿Para qué estamos aquí, en realidad? Los antiguos dioses han muerto; ahora solo queda él, es la única verdad. Vino de otro mundo para salvarnos. ¿No escuchas los cantos? Me llaman a unirme a Dios. Me dicen que debo hacerlo, que debo entregarme a él...
Arwen observó, horrorizada, cómo Delia se cortaba lentamente el cuello, el filo del cuchillo desgarrando su carne. La sangre brotó en chorros, manchando el suelo con un rojo brillante.
—¡Oh, mierda! —exclamó Arwen, retrocediendo lentamente, el terror congelando su cuerpo. Pero un frío aliento la hizo volverse bruscamente. Una figura oscura la sujetó del cuello, levantándola del suelo con una fuerza sobrenatural.
—¡Agnus! —gritó, luchando por soltarse.
Sin previo aviso, invocó dos cristales de magia, disparándolos al rostro del padre, quien la soltó, tambaleándose hacia atrás. Arwen tosió, pero el sacerdote se recuperó, su mirada fija en ella con un rencor ardiente. Sin embargo, una explosión resonó, y la figura fue arrojada contra la pared, desmoronando el lugar y cayendo a la calle.
—¿Estás bien? —preguntó Nisha, emergiendo de la penumbra.
—Eso estuvo cerca —respondió Arwen, aún temblando por la experiencia—. ¿Qué rayos ocurrió aquí?
—Después hablamos. No debemos dejar escapar a Agnus.
Bajaron rápidamente a la calle, donde el sacerdote las aguardaba, su mirada fría como el acero. Sus ojos comenzaron a brillar con un rojo maligno.
—No bajes la guardia —advirtió Arwen—. Este no es como el que enfrentaste en la villa; emana un poder salvaje.
Agnus, en un susurro mecánico, dijo: —Las ovejas descarriadas merecen un castigo ejemplar. En el nombre de nuestro dios, serán juzgadas y quemadas en el fuego eterno del purgatorio.
—Créeme, no tengo buen sabor ni olor para tus llamas. Prepárate, Arwen —dijo Nisha, sus ojos destilando determinación.
—De acuerdo.
El sacerdote comenzó a transformarse, su cuerpo convulsionando hasta convertirse en una monstruosa abominación de carne y metal, con cuatro brazos. Cada uno de ellos estaba armado con un arsenal mortal: una motosierra, un cañón de plasma y una espada brillante, mientras que el último terminaba en una mano larga y retorcida.
—Oh, mierda —susurró Arwen, el terror apoderándose de ella.
—Ese hijo de puta está armado hasta los dientes —replicó Nisha, sin apartar la vista del horror.
Desde la espalda de Agnus emergieron patas de araña, perforando su carne, transformando su figura en una pesadilla viviente.
Con un salto aterrador, la criatura atacó, utilizando su motosierra y espada de plasma, pero las chicas estaban listas. Arwen disparó su arco, mientras Nisha respondía con sus propios proyectiles, creando una barrera de humo en el aire al impactar.
Pero Agnus, con visión térmica, la localizó y extendió su mano en una garra mortífera, golpeando a Nisha y arrojándola contra una casa.
—¡Nisha! —gritó Arwen, su corazón latiendo con desesperación.
Agnus se abalanzó sobre Nisha, pero Arwen, utilizando sus cristales, hizo que estos explotaran en un destello de luz, desviando el ataque. En un instante, invocó un brazo invisible que arrastró a Nisha hacia ella, a la seguridad de su lado.
—Joder, eso estuvo cerca —murmuró Nisha, su voz apenas un susurro en medio del eco de la destrucción.
La criatura emergió de los escombros, sus pasos resonando con un peso ominoso que hacía temblar el suelo, dejando surcos profundos tras de sí.
—¿Eso es todo lo que tienen? —preguntó Agnus con desprecio, sus ojos resplandeciendo con un fulgor sobrenatural—. Pensé que la monarca de Uruk sería más fuerte. Pero has demostrado que no eres digna del trono.
Agnus pisó con firmeza, como si el suelo mismo le perteneciera.
—Su fuerza actual no puede hacerme daño; sus intentos serán en vano.
Nisha se giró hacia Arwen, su expresión determinada.
—No podremos vencerlo una a una. Debemos atacar juntas; este monstruo no me deja más opción.
Un líquido oscuro comenzó a cubrir el cuerpo de Nisha, formando una armadura que realzaba sus músculos. Con un movimiento ágil, se colocó una máscara que la hacía lucir aún más amenazante.
—Vaya, así que esa es tu forma de despertar —dijo Arwen, asombrada.
—¡Ataquemos!
Invocando un hacha, Nisha se lanzó al ataque, desafiando al monstruo en un salto feroz, pero Agnus esquivó con un movimiento ágil. En su lugar, Arwen disparó un potente rayo, que Agnus desvió con su mano-garra, usando el suelo como trampolín para un contraataque que apuntó a Arwen.
Ella levantó una barrera de energía, pero el poder de la ametralladora de Agnus la empujaba hacia atrás, rompiendo poco a poco su defensa.
—¡Nisha! —gritó Arwen, sintiendo cómo su fuerza flaqueaba.
Con un grito de batalla, Nisha empleó un martillo de guerra, golpeando la espalda de la bestia y lanzándola contra varios edificios.
—¿Estás bien? —preguntó Nisha, preocupada.
—Sí, lo siento, no soy buena en combates cuerpo a cuerpo.
—No te preocupes. Esa cosa está armada para el combate a larga y corta distancia. Sea quien sea que lo haya construido, sabe lo que hace.
Agnus dio un salto colosal, avanzando hacia ellas con velocidad, el impacto de su aterrizaje generó un cráter.
—¿Cómo es posible que algo tan grande se mueva así? —se preguntó Arwen, el horror y la curiosidad mezclándose en su mente. Entonces, la revelación la golpeó—. ¡Lo tengo!
Cuando la criatura disparó a Nisha, ella invocó un escudo, y con un impulso, salió disparada hacia Agnus, impactando contra él con tal fuerza que ambos se estrellaron contra un edificio que se desplomó a su paso.
—¡Oh no! —exclamó Arwen, su corazón latiendo con fuerza.
Nisha se levantó, mientras una nube de polvo se disipaba a su alrededor.
—Esto no va a ser fácil.
En un ataque sorpresa, Agnus apareció de la nada y con su espada le cortó el brazo izquierdo a Nisha, golpeándola después en el vientre con su garra, lanzándola por los aires hasta caer cerca de Arwen.
—¡Nisha! —gritó Arwen, su voz teñida de desesperación.
—Mierda, este tipo es duro. Ni mi padre ni Shirke me habían dado tantos problemas a pesar de sus grandes poderes —respondió Nisha, observando su brazo amputado, la sangre manando de su herida. Sin dudar, comenzó a reconstruirlo usando su factor regenerativo.
—Tengo una idea, pero puede ser muy arriesgada.
—¿Qué planeas hacer? —inquirió Nisha, con un destello de inquietud en sus ojos.
—Voy a cortar sus patas de araña; son lo que le da agilidad. Cuando veas la oportunidad, corta sus brazos.
—Lo que piensas hacer es muy arriesgado.
—¿Tienes algo mejor? —desafió Arwen, la resolución brillando en su mirada.
—Grrr, no. Si no hacemos algo, esa cosa nos va a matar. Solo ten cuidado.
Con determinación, Nisha avanzó hacia su oponente, mirándolo a los ojos. El silencio pesado del lugar se mezcló con el viento, y el sudor comenzó a resbalar por su frente mientras ambos se mantenían inmóviles en el centro de la plaza.
—Espero que sepas lo que haces, Arwen —murmuró Nisha, conteniendo la respiración.
La bestia atacó con un puñetazo brutal, pero Arwen se lanzó hacia atrás, esquivando en el último instante. Invocó sus cristales, disparándolos hacia el cuerpo de Agnus, que resistió, girándose para contraatacar con su ametralladora. El aire estalló en una lluvia de explosiones.
Sin dudar, Arwen utilizó todo su poder, creando una mano de energía que aplastó a Agnus contra el suelo, dejando un cráter a su paso. En el instante en que se recuperó, lanzó un potente rayo eléctrico, pero la criatura replicó con un rayo de sus ojos, generando una explosión ensordecedora.
Aprovechando la confusión, Arwen utilizó su poder telequinético, arrancando las patas de araña de Agnus, sorprendiéndolo.
—¡Ahora, Nisha! —gritó Arwen.
—¿Pero qué demonios? —exclamó Agnus, visiblemente aturdido.
Con un salto feroz, Nisha se lanzó hacia él, utilizando su espada creada con el poder de Gladius. Sus movimientos fueron precisos y letales; primero cortó las extremidades de Agnus, luego le decapitó, asegurándose de que la muerte no fuera solo un descanso. Pero no se detuvo ahí, desmembró su torso en pedazos.
—Si creen que con mi muerte todo habrá terminado, están muy equivocados. Esto es solo el principio de algo... algo que jamás podrán comprender con sus primitivas mentes —se burló Agnus en su último aliento.
—Eso ya lo veremos —replicó Arwen, desatando un rayo que destrozó la cabeza de la abominación. Pero la victoria fue efímera, pues una voz familiar resonó en el aire.
—Debo felicitarlas por haber derrotado a Agnus; era una de nuestras creaciones más poderosas —se escuchó la risa de Engels, ominosa y burlona—. Parece que las hemos subestimado mucho, jajajajaja.
Nisha apretó los dientes, su voz resonando en la penumbra: “¡Engels! ¡Sabía que estabas detrás de esto!”
“¡Sal de tu escondite, maldito cobarde!“, gritó Arwen, su tono desafiando la oscuridad que los rodeaba.
“Si yo fuera ustedes, no levantaría la voz”, respondió Engels, su risa resonando como un eco siniestro. “Están rodeadas por mis hombres. No tienen oportunidad de salir vivas de aquí. Sus cuerpos serán perfectos para crear una Necro Máquina de poderes incalculables.”
“Primero lucharía antes de convertirme en una aberración”, replicó Arwen, el fuego de la resistencia brillando en su mirada.
“Debo admitir su resistencia, para ser parte de nosotros”, dijo Engels con desdén. “Pero ese deseo se apagará poco a poco.” Se burló, la oscuridad pareciendo cobrar vida a su alrededor, donde criaturas de formas grotescas y animales mutados, como un cocodrilo con escamas brillantes y un león de ojos vacíos, se acercaban lentamente.
“Esto debe ser una maldita broma”, murmuró Nisha, mirando la escena con horror.
“¿Ahora qué?” Arwen se volvió hacia ella, su determinación temblando al borde del abismo.
“Nada más que luchar y escapar de estos cabrones”, respondió Nisha, la adrenalina surgiendo como un volcán en erupción.
Los monstruos se lanzaron hacia ellas, pero de repente, una serie de explosiones desgarraron el silencio, incendiando los edificios y cubriendo el paisaje de caos. El sonido de disparos resonó como el canto de la muerte, y criaturas caían, sus cráneos hechos astillas en el aire.
“¿Qué significa todo esto?!” gritó Engels, su voz llena de furia.
“¡Salgan de allí inmediatamente!“, resonó una voz femenina a través del polvo y el humo. Una figura sombría danzó entre las sombras, guiando a las chicas con urgencia.
“¿Confiamos en esa voz?” Nisha frunció el ceño, las dudas brotando en su mente.
“¿Alguna mejor idea?” Arwen contestó, su corazón latiendo con fuerza.
“En realidad, no”, murmuró Nisha, y ambas se lanzaron a la carrera, la sombra familiar llevándolas hacia la salvación.








