Los Ecos de Santa Eulalia

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Summary

En la oscura década de 1980, un grupo de amigos regresa a su pueblo natal, Santa Eulalia, solo para descubrir que su pasado está plagado de secretos inquietantes. Al explorar una antigua iglesia abandonada, desentierran los horrores de un culto siniestro y un libro que revela la conexión de sus familias con la Orden de la Noche Eterna. A medida que fenómenos inexplicables comienzan a atormentarlos y uno de ellos desaparece misteriosamente, deben enfrentarse a sus miedos y desmantelar un altar oscuro que alimenta un pacto con fuerzas malignas. Pero incluso tras escapar, las marcas en sus cuerpos sugieren que la batalla contra la oscuridad aún no ha terminado. "Los Ecos de Santa Eulalia" es una historia de terror sobrenatural que entrelaza amistad, misterio y la lucha contra el mal en un pueblo marcado por su pasado.

Genre
Horror/Mystery
Author
Ysa13
Status
Complete
Chapters
24
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1 - El Retorno

Las primeras luces del amanecer coloreaban de gris las montañas que rodeaban Santa Eulalia. En un viejo auto cubierto de polvo, cuatro amigos se acercaban lentamente al pueblo que habían dejado atrás hacía más de una década. Lucía iba al volante, con los ojos bien abiertos y las manos aferradas al volante, mientras Tomás, Camila, y Sebastián observaban en silencio a través de las ventanillas. Cada uno llevaba consigo recuerdos desvanecidos por el tiempo, pero el simple hecho de ver el cartel oxidado de bienvenida hizo que todo volviera a la superficie.

Conforme avanzaban, se percataron de que el pueblo que conocían había cambiado. Las casas que antes parecían vibrantes estaban ahora cubiertas de musgo y desgastadas por el tiempo. El centro del pueblo estaba desierto, y una brisa helada, casi sobrenatural, recorría las calles. La nostalgia se mezclaba con una inquietante sensación de vacío; Santa Eulalia se sentía más oscura de lo que recordaban.

Al estacionar junto a la pequeña plaza principal, los cuatro bajaron del auto en silencio. Camila miró alrededor y suspiró, recordando cómo solían jugar cerca de la fuente ahora seca y cubierta de grietas. “¿Cómo pudo cambiar tanto en tan poco tiempo?”, murmuró, su voz apenas un eco en el aire frío.

Sebastián caminó hacia la fuente y se arrodilló para tocar el suelo, como si buscara alguna señal de vida. “Es como si el tiempo se hubiera detenido aquí”, comentó, mirando a los demás con una mezcla de tristeza y desasosiego. La iglesia, al fondo de la plaza, se erguía como un gigante dormido, sus muros desgastados y ventanas rotas reflejaban los estragos de un pasado que se negaba a morir.

Mientras tanto, Tomás observaba la antigua tienda de comestibles. Recordaba cómo su madre solía llevarlo allí a comprar dulces, y cómo la tienda siempre estaba llena de vecinos y risas. Ahora, el edificio estaba cerrado y cubierto de maleza. Con un gesto de duda, se acercó a la ventana polvorienta y trató de mirar hacia adentro. La oscuridad era impenetrable, pero pudo distinguir algunas estanterías vacías y, en el suelo, algo que parecía un rastro de cenizas.

Lucía, que había permanecido en silencio, señaló la calle que llevaba hacia el cementerio. “¿Recuerdan las historias que nos contaban sobre la iglesia y el culto?”, preguntó, mientras su mirada se perdía en el horizonte. Desde pequeños habían escuchado los rumores sobre la Orden de la Noche Eterna, un culto oscuro que, decían, realizaba sacrificios y rituales en la vieja iglesia. Los adultos siempre les advertían que no se acercaran, pero el miedo a lo desconocido nunca había sido suficiente para contener su curiosidad.

“Pensé que todo eso era solo una historia para asustarnos,” respondió Tomás, pero una sombra de duda pasó por su rostro. “Pero ahora que estamos aquí, no puedo evitar sentir que algo de eso podría ser verdad.”

Sebastián asintió. “No creo que todos los rumores fueran falsos. Siempre había algo extraño en este lugar.” El silencio se hizo más pesado, como si el mismo pueblo escuchara sus palabras.

Decidieron dar un paseo por las calles vacías, para reencontrarse con lo que quedaba de sus recuerdos. Pasaron por la vieja escuela, donde las ventanas rotas parecían ojos huecos que los miraban, y por el parque, ahora cubierto de maleza y árboles retorcidos. A medida que caminaban, los cuatro amigos sintieron una presencia invisible, como si el pasado y el presente se entrelazaran en una danza macabra que solo ellos podían ver.

De repente, Lucía se detuvo. “¿Escucharon eso?” Todos quedaron en silencio, pero el viento había cesado y el pueblo estaba sumido en un mutismo absoluto. Se miraron entre sí, y por un instante, cada uno pensó en sugerir que se marcharan de inmediato. Sin embargo, la curiosidad era más fuerte que el miedo. Sabían que algo oscuro habitaba en Santa Eulalia, algo que parecía haber estado esperándolos todo este tiempo.