Capítulo I
Moscú, Rusia.
Yulia Volkova ha tomado una importante decisión. Se armó de valor y determinación para dejar su aburrido trabajo como contadora. Estaba harta de ser menospreciada por el idiota de su jefe, quien no tenía el título pero sí el cargo. Él cobraba más trabajando menos y llevándose las palmas.
Su complejo de superioridad lo hacía lucir petulante y enérgico. Pero no era más que una máscara de su verdadero sentir. Irrumpió en la oficina de la morena sin pedir permiso, demostrando siempre su autoridad. A Yulia le enojaba, pero ya optó por no prestarle atención.
-Volkova, necesito el estado de ganancias y pérdidas de lo que va de mes.
-Pero señor Petrov, el sistema no me arroja esa información aún.
-¿Eres contadora o no? -la miró con desdén- hazlo manual. ¿O acaso conseguiste este puesto por tu cara bonita?
Y eso fue todo. Yulia se levantó de su silla, se quitó el gafete y se lo tiró, para finalmente salir. El tipo se encontraba confundido por la situación.
-¿Qué crees que haces? Vuelve a tu puesto de trabajo ahora mismo y seré gentil contigo. No te despediré.
Yulia detuvo su andar y regresó. Lo miró fijamente con seriedad y luego sonrió de medio lado.
-Consíguete una nueva idiota, yo ya me cansé. No hace falta que me despidas, porque renuncio.
Tula, Rusia.
Katya estaba feliz con su vida de ensueño. Una casa bonita, un auto modesto y un marido que se mataba trabajando para darle lo que necesitaba. Pensó en el acierto que fue haberse casado al salir de la secundaria. Su marido la convenció de que no era necesario que fuese a la universidad, porque él se encargaría de que no le faltara nada.
Una tarde, ya con los quehaceres terminados, recibió un mensaje en su celular. Fue corto y conciso, aunque sorpresivo.
"Hotel tango, Habitación 503, 7:00 pm. Te espero con ansias, gatita"
Después de cinco años de un matrimonio vainilla, pensó que Vladimir quería intentar cosas nuevas. Ella era de mente abierta, pero esa personalidad la tuvo que sepultar al conocerlo. Él nunca mostró ningún interés a lo distinto, lo cual le llenó la mente de ideas.
Se exfolió su piel y se depiló toda. Vladimir se empeñó en desestimar su feminidad porque no quería que ningún hombre la viera. Ella lo veía como algo dulce, pero sentía que había intenciones ocultas.
Se puso la ropa más sexy que tenía: un bikini y un sostén negro. Hasta en eso era controlador, con el argumento de que sólo él la iba a ver.
Se bañó y se perfumó. Usó un Chanel número 5 que había recibido de regalo de su mejor amiga, el cual tenía oculto de su marido a toda costa.
Llegó la hora y fue a la cita. Se sorprendió de muerte al ver a su esposo vestido de látex negro, con una bandana sobre los ojos y un collar con una cadena que iba de su cuello a uno de los copetes de la cama. El hombre estaba en posición de cachorrito aguardado a su ama.
En una mesa habían distintos tipos de consoladores. De diversos tamaños y colores, unos con pliegues y otros lisos.
El hombre al sentir unos pasos dentro de la habitación, sonrió. Katya no daba crédito a lo que estaba mirando: su galante y amoroso marido era un maldito sodomita.