Sucio Amor

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Summary

Es el hombre más canalla que pueda haber, pero ella cayó en un caliente infierno por él. Trina es una joven terapeuta con una activa vida sexual y una curiosidad extrema por conocer los placeres de la carne, hasta que el amor llega sin anunciarse y su libertad cae en jaque mate ante Alejandro, un hombre comprometido con el placer y con mantener a raya sus mayores secretos que parecen estar vinculados de manera dolorosa con la historia de Trina.

Status
Complete
Chapters
31
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo 1

El reloj marca las tres en punto cuando Alejandro entra en mi consultorio. Desde el primer momento, su presencia llena la habitación. Alto, con una figura imponente y unos ojos de intenso tono verde que parecían desnudarte con la mirada. Lleva puesta una camisa blanca ajustada que resalta cada uno de sus músculos definidos y unos pantalones negros que parecen hechos a medida.

—Hola, Trina—dice él con su voz profunda y suave, cerrando la puerta detrás de sí.

—Hola, Alejandro. Adelante, siéntate—le respondo, intentando mantener mi tono profesional a pesar de la atracción que me provoca.

Nos sentamos frente a frente y la sesión comienza como cualquier otra. Quedamos en el punto de la última vez, tomando sus desafíos, sus emociones y sus pensamientos. Pero hoy su tono se vuelve cada vez más acentuado, más tenebroso. Nos encontramos en sesión desde hace seis semanas, una vez por semana, me pareció desde el primer minuto un hombre con una presencia viril imponente, su voz gruesa y las manos grandes. Cada semana se ha vuelto más compleja para centrar mis esfuerzos, pero él parece notar lo que provoca en mí, asunto que llevaría al mismísimo Freud a revolcarse en su tumba si supiera que mis deseos están siendo filtrados. O eso parece.

—He estado pensando mucho en lo que hablamos la primera vez, sobre mi motivo de consulta—me dice él, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Sobre mis deseos y mis fantasías.

Siento un repentino escalofrío recorrer mi espalda.

—Lo recuerdo—convengo—. Llegaste con dudas porque te has casado hace poco, Alejandro, pero consideras que tu vida sexual no estaría siendo del todo satisfactoria, ¿verdad?

—Me has ayudado, Trina. Me has ayudado a aceptar mis deseos, la carne pide carne y no podemos evadirnos de ello.

—No es algo atípico que la monotonía de una relación pueda traer aparejadas algunas dificultades sexuales y en el deseo.

—Ese no es el punto—acentúa—. Sino que estoy empezando a aceptar lo que deseo.

—¿Quieres compartir algo en particular?—pregunto, tratando de mantener mi voz firme.

—Sí, Trina. He estado soñando contigo—dice, su voz apenas es un susurro.

Mi corazón comienza a martillar con fuerza en mi pecho, encendiendo todas las señales de alarma.

—Creí que dirías algo sobre tu matrimonio—le digo.

—¿Estás casada, Trina?

Por todos los cielos.

—¿Lo estás? De novia, en pareja o algo—sus codos se afirman en sus rodillas cuando se inclina hacia adelante en el sillón y comienzo a arrepentirme de no haber hecho el paso a diván antes, para evitar que me mire a la cara como lo está haciendo ahora mismo, siento que en cualquier instante podría derretirme.

Esta es una línea que nunca debía cruzarse, pero sus palabras me atrapan.

—Alejandro, sabes que debemos mantener esto en tono profesional—intento recordarle, aunque mi voz está sonando más débil de lo que quisiera—. No es algo que ataña a las sesiones el hablar de mí o mi estado civil.

—Lo siento. Tienes razón—retrocede un poco y comienzo a agradecer que se aleje un poco, pero su espalda se afirma a las anchas en el respaldar, mantiene las piernas separadas y no consigo evitar que mis ojos se deslicen por un segundo hacia su entrepierna que parece haber montado una tienda de campaña ahí; tengo serias dudas de que sea la bragueta del pantalón doblada hacia arriba.

Intento sacarlo del tema.

—¿Has…hablado con tu esposa de esto, Alejandro?—le pregunto.

—¿De cuánto te he estado pensando?

—No—me apresuro en aclarar, aunque una parte de mí sí que quiere saber qué ha estado pensando, qué ha hablado con su esposa—. De tus deseos.

Suspira.

Insisto:

—Esto puede ser todo una fantasía, en realidad tu ya llegaste con el problema dando vueltas y lo proyectas en mí, pero yo no tengo nada que ver con tus deseos que ya estaban de esa manera antes de llegar a terapia, Alejandro.

—Vine a controlar mis ganas de coger con otra mujer, pero lo terminé aceptando. Quiero hacerlo.

—Alejandro, no voy a avalar una infidelidad de tu parte si es lo que buscas, yo solo estoy aquí para que descubras lo que es mejor para ti sin dañar a otros.

—¿Dices que estoy proyectando en ti mis apetitos?

—Mmm.

—Eres una mujer exquisita, no quiero que te sientas como una simple proyección.

Su halago consigue hacerme cruzar de piernas. Inspiro profundamente y ya creo que empieza a hacer calor entre estas cuatro paredes.

—No puedo evitarlo—añade; hay cierto fervor en su tono—. Cada vez que cierro los ojos, te imagino conmigo, Trina. Tu piel suave, tu cabello entre mis dedos, esos labios carnosos—continúa con la mirada desbordada como si estuviera recordando realmente algo que le tiene ocupado en su cabeza.

Siento que mi respiración se acelera. Sus palabras son jodidamente hipnóticas, cielo santo.

—¿Es lo mismo que sientes cuando deseas estar con otra mujer? Esos deseos antes de llegar a sesión.

—Ese deseo arde como el fuego y solo lo siento por ti, Trina. Antes era un animal atado, ahora el animal se ha soltado y sabe qué quiere comer. Carajo.

Definitivamente siento que estoy humedeciendo mis bragas.

Miro su bragueta.

Está elevada a más no poder.

No sé si se ha puesto ropa interior, pero juraría que se le marca el contorno de todo el pene en su pantalón beige. Debe tener, sí, porque debe de estar humedeciendo su ropa interior también.

“Puedes con esto, puedes con esto” intento convencerme. Considero dos opciones, hacerlo que se detenga con sus intentos de seducirme porque no tienen nada que ver conmigo sino con las proyecciones del afuera que pone en mí, o bien, cortar la sesión y sugerirle que mejor siga con algún colega.

Él cede a su propia incomodidad y me mira mientras lo observo también. Intento mantenerme fija en sus ojos.

—¿Lo ves?—me pregunta.

Trago grueso.

—Lo veo—. Quizá si me muestro desafiante, lo haga que se detenga.

—¿Te gusta?

Okay, no era quizá la mejor opción.

—Alejandro, creo que…

—Sé que sientes lo mismo, Trina. Lo veo en tus ojos—dice él, inclinándose aún más cerca.

Mi mente lucha entre la ética profesional y el deseo que hierve en mi sangre. Su proximidad hace que mi piel se ponga crespa como una descarga eléctrica.

—Alejandro, por favor... —intento decir, pero mis palabras se ahogan en el aire.

Él se hace hacia adelante, extiende su mano y roza suavemente mi tobillo que lo tiene cerca de sí. Nota mental: no usar pantalones de vestir con los tobillos al aire. Mi piel arde bajo su tacto, pero no deseo quitarme.

—Trina, yo no soy terapeuta, pero está claro que no necesitas terapia para saber que me deseas también.

No pude responder. Mis labios se entreabren, pero las palabras no salieron. Él tomó esto como una señal y se acerca aún más, esta vez, deslizando su mano por mi tobillo hacia mi pierna.

Justo cuando está a punto de levantarse y venir a mí, quito mi pierna, retrocediendo y me atrevo a sacar el aire contenido en mis pulmones:

—No, Alejandro. Esto tiene que parar—me tiembla la voz.

Él retrocede. Hay una evidente mezcla de deseo y frustración en sus ojos.

—Entiendo, Trina. Lo siento—declara, pero su semblante dice otra cosa.

—Creo que es mejor dejar la sesión aquí.

Él asiente, quita el dinero y me lo entrega. El contacto lo vuelve denso, extraño. Pero lo recibo sin más y lo dejo sobre mi escritorio.

Lo acompaño hasta la puerta y me besa la mejilla en un saludo, como siempre.

—Hasta la próxima sesión—dice, con una sonrisa que promete mucho más.

Una vez fuera, me muevo hasta el sillón con la idea de que puede que toque mi puerta, pero necesito un poco de agua fría antes de mi próximo paciente.

Carajo, sé que esto ha sido un punto de inflexión irrefutable con Alejandro y debería tomar una decisión urgente.