Capítulo 1
Empujones, gritos y pisoteos por toda la sala. Observaba a mi alrededor; la gente parecía alterada, loca. ¡Todos enloquecían! Definitivamente, no era una paranoia mía. La multitud estaba tan apretada que podía oler el sudor y la cerveza; era bastante desagradable. Fruncí el ceño. ¿Realmente la gente se ponía así por una pelea? Qué locura. Movían los brazos y, de reojo, veía que algunos sujetaban fajos de billetes. ¡Diablos! Espero que sean reales. Menos mal que sujetaba mi cartera con fuerza. Me abrí paso entre la multitud, siguiendo de cerca a mi mejor amiga, Vanessa McVey.
—¿Estás bien? —me preguntó Vanessa por señas, justo frente a mí. Yo asentí, nerviosa—. Quédate cerca, no me sueltes la mano. —Su sonrisa brillaba bajo las luces; debía tener una buena pasta dental para mantener los dientes así de blancos. Un segundo después, continuó con las señas—: Ya está por empezar y esto se va a poner más loco todavía. ¿Entendido?
Asentí con los ojos abiertos de par en par. Vanessa me agarró de la mano y me guío entre ese mar de personas. Admito que estaba preocupada de recibir un golpe sin querer. La verdad es que tengo la piel muy, muy sensible; basta con que me choque por accidente con un velador para que al día siguiente ya tenga un moretón verde en el muslo.
La miré y noté que buscaba a alguien, girando la cabeza a todos lados. Supuse que intentaba localizar al “amigo” que le había hablado de esto y nos había invitado. Iba rápido, pero lograba mantener su ritmo. Temía caerme y ser pisoteada por esa horda de animales salvajes… «Sin ofender, claro…».
De repente, vi que abrazaba a un chico alto y una linda sonrisa. ¿Ese era el “amigo” del que menciono? ¿Por qué nunca me había hablado de él?
Una vibración en el suelo me sobresaltó, y de inmediato el ambiente comenzó a llenarse de humo. Ay, no... todo se iba a nublar. Vanessa me dijo rápidamente en señas que no me preocupara, que el humo se disiparía pronto. El chico con el que se había saludado la miró a ella y luego a mí. Me puse tímida y desvié los ojos hacia la jaula. Estaba vacía. De pronto, sentí unas manos agitarse frente a mi cara; era Vanessa. Parpadeé rápidamente para concentrarme en ella.
—Él es H-A-R-R-Y —me deletreó en señas. Asentí, lo miré y lo saludé con una sonrisa. Él me devolvió el saludo e hizo el mismo gesto.
Harry era un chico moreno, con el cabello tan corto que apenas se le notaban los rizos, la barba bien afeitada y unos ojos color miel. Se notaba que estaba en buena forma. Vi que se acercó al oído de Vanessa; supuse que le preguntaba si yo era sorda, obviamente. Mi amiga asintió. Dejé que hablaran y volteé a mirar a todos lados. Estaba muy oscuro allí adentro. Suspiré, dándome cuenta de que seguro me aburriría; ni siquiera sabía a quién apoyar. Yo solo sería como una muñeca aplaudiendo por inercia.
Un hombre entró a la jaula. Era enorme y muy musculoso; en una mano sostenía un micrófono y en la otra una bolsa. Me pregunté qué sería. Sentí que Vanessa volvía a jalarme de la mano y seguí sus pasos como pude, mirando al suelo por miedo a pisar a alguien. Dimos una especie de vuelta alrededor de la jaula hasta que me llevó a unos asientos en primera fila. Me pidió que me sentara y yo obedecí.
El hombre musculoso que estaba dentro de la jaula asentía con la cabeza, rodeado por los rostros del público que parecía no dejar de gritar. Luego, se llevó el micrófono a la boca y habló, haciendo enloquecer aún más a la multitud. El corazón me latía con fuerza y empecé a sudar. El lugar era calurosísimo. Me limpié las palmas de las manos en los jeans.
—¡Bienvenidos al lugar sangriento! —Abrí los ojos de golpe cuando Nessa empezó a hacer de mi intérprete—. Yo soy Erik LeBrock, y como ya saben... esta noche les presento a un nuevo luchador de Chicago, dicen que es el mejor de su ciudad. ¿Creen que sea cierto? ¿Creen que podrá superar a nuestro campeón? ¡Demos la bienvenida a Christian “Bad Blood” y a nuestro, aún campeón, “Drakon Blue”!
—¿Quién es el campeón? —le pregunté a Vanessa en señas.
—Su nombre es D-R-A-C-O W-R-I-G-H-T —me deletreó.
En ese momento subió un joven. No era exageradamente musculoso, pero estaba en perfecta forma. Hizo su entrada con el pecho desnudo, caminando con total tranquilidad. Tenía el cabello corto y castaño, el cuerpo lleno de tatuajes y llevaba guantes de boxeo. Nessa me señaló con la cabeza al tal “Draco”. Su rostro me resultaba extrañamente familiar, como si lo hubiera visto en otra parte. Fue el primero que me llamó la atención, restándole total importancia al otro luchador.
La gente a mi alrededor empezó a saltar como loca, gritaban y tiraban sus palomitas de maíz. «Cielos… parecen monos salvajes», pensé.
Draco se plantó frente a Christian. Ambos se miraron fijamente a los ojos. Ese tal Christian tenía una mirada asesina, mientras que Draco parecía completamente despreocupado. La pelea estaba a punto de empezar cuando Vanessa me comentó por señas que Harry era el mejor amigo de Draco, y que ambos habían dedicado su vida a eso y a “otras cosas”. Me pregunté qué más harían de peligroso.
Los músculos de ambos se marcaron en cuanto se pusieron en guardia, pero los de Draco, combinados con esos tatuajes... ¡Wow! Me pregunté si le habría dolido, porque realmente cubrían casi todo su cuerpo. Espero que hayan valido la pena y tengan un gran significado; no soy de juzgar, pero a veces veo tatuajes que me parecen sin sentido.
El oponente de Draco adoptó una postura defensiva y Draco atacó primero. El otro se cubrió el rostro e intentó contraatacar. Para colmo, el público enloqueció y se movió como una ola, empujándome y dejándome atrás. Perdí de vista a Vanessa y entré en pánico. Me puse de puntillas, balanceándome de un lado a otro para observar mejor. Poco a poco me fui deslizando entre la multitud. Por desgracia, recibí varios codazos y golpes por los choques de la gente. Me quejé, pero no me rendí; lograba divisar la cabeza castaña de Draco, así que seguí avanzando hasta alcanzar de nuevo la primera fila.
Justo en ese instante, el grandote atrapó a Draco con sus brazos musculosos e intentó derribarlo. Antes de que tuviera la oportunidad, Draco logró escabullirse del agarre y contraatacó. Sus puños impactaron directo en la cara de su rival, cuyo rostro comenzó a sangrar profusamente. Casi me dieron ganas de vomitar.
De repente, sentí que una mano me tomaba con fuerza del brazo y me hice hacia atrás, asustada.
—¿Qué estás haciendo? —me preguntó Vanessa. Tenía el rostro tenso, preocupada y un poco molesta.
—¡No podía ver nada desde atrás! —le respondí con señas.
Sin esperar su respuesta, me di la vuelta rápidamente para seguir mirando. El rival iba a lanzar un puñetazo, pero Draco lo esquivó dando un giro completo y, antes de que el otro pudiera voltearse, le plantó un puño directo en la nariz. El sujeto cayó desplomado al suelo. Observé a mi alrededor: los labios de la gente estaban cerrados, lo que significaba que nadie gritaba. Se había hecho un completo silencio.
El tal Erik se agachó frente al luchador tendido y golpeó el piso lentamente, contando los segundos. Cuando extendió los brazos en forma de V, la multitud estalló. ¿Ya había terminado? Una parte del público parecía molesta; seguro apoyaban al que había caído. Vanessa me tomó del brazo para llevarnos atrás, hasta que se encontró de nuevo con Harry. Logré leer sus labios; él solo asentía y le hacía una seña para que lo siguiéramos. Nosotras fuimos detrás. No sé cómo ocurrió, pero en medio del caos, Draco levantó la mirada y se me quedó viendo fijamente, hasta que lo perdí de vista entre la gente.
Afuera, el ambiente ya estaba más tranquilo y la multitud se dispersaba poco a poco.
—No vuelvas a alejarte de mí. Si querías ir adelante, solo tenías que decírmelo, ¿de acuerdo?
—Está bien, lo siento —le respondí. No quería preocuparla. Sabía que me cuidaba, pero a veces sentía que podía valerme por mí misma. Vanessa me dio un abrazo, demostrándome que no estaba molesta. De pronto, vi que Harry le tocaba el hombro; ella lo soltó y se giró hacia él.
—Dile a tu amiga si quiere ir a comer pizza, hay un buen restaurante cerca —le dijo Harry. Sonreí por lo amable que era.
—Lo capté. Está bien, vamos —le dije a Vanessa en señas antes de que pudiera interpretármelo, sin perder la sonrisa.
Vanessa se volvió hacia Harry, le dijo algo y él asintió, buscando a su amigo con la mirada. Nosotras nos encaminamos hacia la salida. Afuera estaba completamente oscuro; ya era de noche. Vanessa me tenía sujeta de la mano y del brazo, como si fuéramos una pareja, lo que me hizo reír por dentro. Sabía que me agarraba así para que no volviera a “escaparme”. Le apreté la mano para llamar su atención.
—Lamento haberte asustado y haberme separado de ti —le hice la seña. Realmente me sentía culpable.
—Está bien, nena. Tranquila —leyó mis señas y se acercó a darme un beso en la mejilla.
Me di cuenta de que llevábamos un largo minuto esperando a Draco. ¿Siempre demoraban tanto? Nos detuvimos frente a un auto espectacular: un Audi R8 negro. Me quedé con la boca abierta; era un coche increíble y sumamente costoso. ¿De dónde sacaba un luchador el dinero para comprarse algo así?
—Es increíble, ¿no? —me dijo Vanessa con una sonrisa. Asentí, aún asombrada—. Draco ahorró mucho y se lo compró.
—Es maravilloso. Nunca había visto uno de tan cerca.
—Ojalá me tradujeras lo que dices con esas expresiones, Nessa —habló Draco, apareciendo de la nada con una sonrisa. Se notaba que se había dado una ducha rápida.
—Lo siento —sonrió ella—. Dice que es maravilloso y que nunca había visto uno así de cerca.
—Dile que gracias. Veré si me tomo el tiempo de estudiar su lengua —dijo él. Como yo había entendido perfectamente sus labios, me sonrojé y empujé mi mejilla con la lengua por dentro. A ver, es el típico comentario que la gente siempre hace y al final nadie se toma la molestia de aprender. Supuse que lo decía por decir o por mera cortesía.
Le di un vistazo rápido al chico. Le hice una seña rápida a Vanessa para que nos subiéramos antes de que él dijera algo más, con la excusa de querer sentir el auto por dentro. Una vez sentada, comprobé que los asientos eran sumamente suaves. Todo estaba impecable, ni un solo rasguño. O era nuevo o el tipo era extremadamente cuidadoso.
—¿Les parece bien si vamos a Mastro’s Steakhouse? ¿Conocen el lugar? El chef de ahí hace maravillas —propuso Draco.
—No lo conozco, creo que nunca hemos ido —respondió Vanessa.
—¿Y la pizza que habíamos quedado? —intervino Harry, confundido, mirando a su amigo.
—Iremos ahí, les va a encantar —sentenció Draco, ignorando por completo a Harry.
Miré a Vanessa cuando sentí la vibración de su risa. La tomé del brazo, sintiéndome un poco tímida, y me concentré en mirar las calles oscuras a través de la ventana. Hacía frío y el viento soplaba con fuerza en las calles de Nueva York.
Casi me voy de espaldas cuando llegamos al lugar. Por fuera, un enorme letrero luminoso iluminaba la entrada. Me daba hasta vergüenza entrar vestida así, como si fuera una intrusa: unos simples jeans, mis Converse gastadas y una sudadera negra. ¡Era un desastre para un sitio tan hermoso!
Conseguimos una mesa para cuatro. Era el lugar más lujoso en el que mis ojos hubieran estado jamás. Mientras asimilaba el entorno, capté que Draco hablaba, dirigiéndose a nosotras.
—¿Cómo se conocieron ustedes? —leí en sus labios.
—Mi hermana perdió la audición —explicó Vanessa—. Mis padres nos inscribieron en clases de lenguaje de señas, y ahí conocí a Licia el primer día, cuando nos abrió la puerta. Era tan tímida... Supuse que tenía mi edad. Conforme iba por las tardes, me adentré más en su cultura y un día nos hicimos mejores amigas.
—Deberían enseñar eso en las escuelas... en todas, de hecho. Aparte de español y francés —opinó Draco.
—Exacto —dije en voz alta, dejándome llevar por el impulso. Al instante me sonrojé, recordando que ellos no me entendían. Vanessa me tomó de la mano.
—¿Verdad, Licia? Deberían —me apoyó ella, y luego miró a los chicos—. Licia, finalmente nos presentamos formalmente. Él es Draco, Draco Wright.
Vi que él extendió su mano y demoré un poco en reaccionar. Finalmente, se la estreché. En realidad, en la Universidad yo conocía los nombres de casi todos los estudiantes, pero nunca les había dado importancia; no tenía intenciones de socializar con nadie. Me sonrojé aún más cuando vi la cara pícara y de burla que puso Vanessa. Le saqué la lengua y, intentando ocultar mi sonrisa, miré hacia otra parte para evitar sus ojos... o los de él.
De acuerdo, eso había sido un poco maleducado de mi parte. Arrugué el rostro y les pedí disculpas en señas a todos, avergonzada. Vanessa me apretó la mano y me indicó que todo estaba bien, aunque sus ojos me advertían que me comportara. Harry también se presentó muy amablemente.
Mientras contemplaba las copas frente a mí, sentí, gracias a mis “sentidos arácnidos”, que el chico de los ojos miel... no, perdón, que Draco me estaba mirando. Me sonreía como si me estuviera estudiando. ¡Qué tipo tan curioso!
El mesero nos entregó los menús. Era una lista larguísima, pero yo me fijé más que nada en los precios; no quería meter la pata pidiendo algo carísimo. Al final me quedé plantada en la sección de sushi y me olvidé del resto; después de todo, amo el sushi. Mientras los chicos pedían cervezas, Vanessa pidió limonada para las dos. Le agradecí con una sonrisa.
—Bueno... quisiera hacer un brindis —anunció Draco después de que nos trajeran nuestras bebidas.
Tomamos nuestras bebidas y esperamos a que continuara. Miré fijamente sus labios, carnosos y bien cuidados.
—Brindo por otra noche de victoria. Brindo por nosotros, por compartir este momento y por las nuevas amistades. Salud.
—¡Salud! —dijeron los demás. Yo solo sonreí y di un sorbo, mirando a Draco... quien, casualmente, también me miraba a mí. Para que cualquier cosa suceda, primero hay que dar el primer paso.
Al día siguiente en la universidad, Vanessa no paraba de contarme que se había reído muchísimo con Harry toda la noche. Me alegraba mucho por ella; se merecía ser feliz. Por mi parte, yo prefería que tuviéramos planes más tranquilos esa noche, solo nosotras dos: ver una película de terror tapadas con una manta mientras comíamos tortillas con queso derretido.
Vanessa me avisó que iría a saludar a Harry antes de entrar y yo le hice una seña de que la esperaría en el aula. Caminé sola por los pasillos. Como siempre, había gente mirándome y susurrando entre ellos. Lo bueno de ser sorda es que jamás escucharé las tonterías que hablan de mí. No me importaba; yo era más lista que ellos.
Llegué al salón, apoyé mi mochila en las piernas para sacar mis apuntes y luego la colgué detrás de la silla. Al moverme, tiré sin querer un bolígrafo que rodó por la mesa y cayó al suelo. Bufando para apartarme el cabello de la frente, me agaché a recogerlo. Cuando me incorporé, me pegué un susto tremendo: Draco se había sentado en la silla de al lado. Agitaba la mano, saludándome con una sonrisa. Casi me da un infarto.
—¿Qué? —articulé con los labios.
—Solo quería sentarme contigo —dijo, sonriendo.
Lo miré frunciendo el ceño. Busqué a Vanessa con la mirada por todo el salón antes de regresar mis ojos hacia el castaño.
—Ni siquiera estás en esta clase —le reclamé.
—Aguarda, no te entendí —dijo él, levantando las palmas en señal de confusión.
Rodando los ojos, arranqué una hoja de mi cuaderno y escribí con el bolígrafo: «Tú no estás en esta clase». Le pasé el papel.
—¿Cómo que no? Siempre me siento allá al fondo —explicó, estirando el brazo para señalar el lugar. Había un grupo de chicas allí que me miraban fijo y con mala cara, cuchicheando entre ellas. Vi una silla vacía en medio de su fila. Claro... Volví a rodar los ojos. Conque era mi compañero de clase. Siendo honesta, nunca me había fijado en el resto de los alumnos. Desde que ingresé, todos me miraban raro, juzgándome con la mirada, y nadie había intentado acercarse a mí.
Tomé el papel y escribí: «No voy a tomar apuntes por ti ni te haré los trabajos». Le entregué la nota y abrí mi cuaderno de materia.
Draco se inclinó hacia mí, tan cerca que pude sentir el calor de su respiración en mi mejilla. Volví a mirarlo con fastidio. Él me observaba con el ceño fruncido. Tomó el papel y escribió rápidamente: «Lo siento... ¿hice o dije algo que te ofendiera?». Leí la nota, suspiré y negué con la cabeza. Draco articuló con la boca: «¿Entonces qué pasa?».
Volteé a mi alrededor para asegurarme de que nadie estuviera husmeando nuestra conversación y escribí de forma directa: «No voy a acostarme contigo. No soy tan fácil».
Vi cómo intentaba contener la risa al leerlo. Sonrió, negando con la cabeza, y anotó: «No te he pedido que te acuestes conmigo». Levanté una ceja; no le creía absolutamente nada. Se quedó pensativo un momento, así que le arrebaté el papel y continué con frustración: «No soy como las chicas de allá atrás, que se les caen las bragas con solo mirarte. No me impresionas con tus ojos, tu sonrisa, tus encantos ni tus miles de tatuajes».
—De acuerdo, Licia —dijo él, acomodándose en su asiento para quedar frente a mí—. Ven con Vanessa esta noche a mi casa.
Me reí de su atrevimiento y negué con la cabeza, pero él se acercó un poco más, logrando intimidarme.
—Solo para pasar el rato, como amigos —insistió.
Escribí: «¿Y eso qué significa? ¿Más intentos para meterme en tu cama?».
Draco soltó una carcajada limpia y negó con la cabeza.
—Solo ven y ya está. No haré nada que tú no quieras, lo prometo.
Torcí la boca y achiqué los ojos, sopesando la situación. ¿Le creía o no? ¿Era otro de sus trucos de conquistador? Al final, dejé caer los hombros restándole importancia y asentí con la expresión más aburrida que pude fingir. Justo en ese momento, Vanessa llegó y se sentó al otro lado. Me hizo una seña con las cejas para que me sentara al lado de Draco, pero yo le respondí con las manos: «Descuida, ya me ganó el lugar. Aquí estoy bien». Vanessa me guiñó un ojo y yo volví a rodar los míos.
Le di la espalda a Draco, no a propósito, sino porque necesitaba ver de frente a Vanessa para comunicarme. Mi amiga intentaba aguantarse la risa, así que la fulminé con la mirada. Le hice señas contándole que Draco era un dolor de cabeza.
Durante la clase, Vanessa me sopló un par de veces, Draco estaba relajado en su asiento, bostezando o jugando con una pulsera negra en su muñeca. El profesor puso las diapositivas en la pantalla, lo cual agradecí; el maestro siempre anotaba todos los detalles, así que yo solo tenía que leer la pantalla mientras él explicaba de frente para poder leer sus labios.
La clase pareció durar una eternidad y se me durmió el trasero. Volví de golpe a la realidad. Nunca dejaré de agradecerle a Vanessa que sea mi intérprete; jamás se queja ni se cansa, siempre lo hace con cariño. Sintiéndome observada, noté un par de toques en mi hombro. Rodé los ojos sabiendo perfectamente quién era y me di la vuelta.
—¿Ya lo pensaste? —me preguntó Draco con los brazos cruzados, mirándome fijo.
En ese instante, una chica morena se plantó frente a nosotros con los ojos brillando de ilusión.
—Hola, Draco —fue lo único que alcancé a leer en sus labios antes de que ella se alejara contoneándose. Estaba coqueteando descaradamente.
Pese a la interrupción, él no dejó de sonreír. Yo levanté las cejas, pensando en lo ridícula que se veía la tipa haciendo eso. Draco solo le dedicó una sonrisa de cortesía. «Seguro ya se acostaron y ella quiere repetir. Qué intensa», pensé mientras el resto de la clase se levantaba para salir.
—Y bien... ¿ya lo decidiste? —insistió él, dándome un golpecito en el hombro para que lo mirara.
—¿Disculpa, decidir qué? —le respondí moviendo los labios de manera exagerada.
—Puedo leerte los labios —sonrió—. Sobre si vas a venir esta noche.
Volviendo a rodar los ojos, tomé el papel y el bolígrafo una última vez: «Si te digo que sí, ¿dejarás de molestarme?». Él se quedó pensativo, sopesando mi condición, y finalmente asentí. Escribí debajo: «Bien, iré».
—¿A qué hora? —me preguntó cara a cara.
Solté un suspiro cansado: «Esta noche. Iré esta noche».
Draco sonrió de par en par y me miró con fijeza sin borrar su gesto.
—Genial, nos vemos luego.
Lo vi marcharse primero. Le hice una seña a Vanessa para que saliéramos rápido de ahí. Una vez en el pasillo, mi amiga me avisó que se iría un rato con Harry y me pidió que tuviera cuidado antes de darme un abrazo de despedida. Yo tenía que ir a un taller de Arte, así que tomé mi camino de siempre.
Era una escuela que encontré una vez en línea, quería avanzar y mejorar tanto para estar preparada.
Allí tenía un casillero donde guardaba mis lápices, pinturas, pinceles y otra mochila. Intercambié los bolsos, cerré el candado y entré al taller. Saludé con una sonrisa a mi maestra; ella había aprendido un poco de lenguaje de señas por mí y se lo agradecía de corazón. Éramos muy pocos alumnos ese día. Nos repartieron hojas grandes de dibujo y carboncillo, colocándonos alrededor de una estatua que representaba el rostro de Medusa. Su historia siempre me había dado pavor y tristeza; muchos la ven como la villana de los mitos, pero tiene un trasfondo oscuro y traumático detrás.
Regresé al departamento agotada. Metí las llaves, abrí la puerta y la cerré detrás de mí. Vanessa apareció en la estancia vistiendo unos shorts, una blusa de mangas cortas y pantuflas. Detrás de ella venía Harry. Me preguntó por señas cómo me había ido, primero salude a Harry y le conté que había estado dibujando a Medusa. Fui a mi habitación a dejar mis cosas sobre la cama y solté un suspiro. Salí de mi habitación y los encontre en la cocina a Vanessa y a Harry. Decidí suprimir los rodeos.
—Voy a verme con Draco esta noche —le confesé en señas.
—¿Draco W-R-I-G-H-T? —abrió los ojos, estupefacta—. ¿De eso eran las notas que se escribían en clase? —Asentí—. Licia, eso solo va a empeorar las cosas. Él no es de los que insisten para salir como amigos, no está acostumbrado a que lo rechacen.
—¿Entonces qué quieres que haga? ¿Acostarme con él o inventar una excusa barata que no se va a creer?
Vanessa se encogió de hombros, asimilando la situación. Harry agitó la mano desde el umbral para llamar mi atención y yo lo miré.
—Le dije que iría a su casa esta noche —continué explicándole a Vanessa—. Él prometió dejar de joderme si aceptaba una vez. Tú siempre vas a su casa con Harry, estarás allí, ¿verdad?
—Pues sí... —frunció el ceño, aún confundida—. ¿De verdad quieres ir?
Asentí con una sonrisa malvada. Me levanté para ir al baño a darme una ducha, ya que traía algunas manchas de carboncillo y pintura, pero antes seleccioné la ropa que usaría. Se me había ocurrido una idea brillante en el camino a casa.
Me desvestí en el baño, eché la ropa sucia al cesto y abrí el grifo esperando a que el agua templara. Me enjaboné bien y me lavé el cabello. Al salir de la ducha, me envolví el cuerpo y el pelo con sendas toallas. Me sequé y me puse las bragas. Luego, me puse una calza deportivo gris, una playera blanca de tirantes y, encima, una sudadera gris tres tallas más grande, con una mancha vieja de pintura acrílica que nunca había salido en la lavadora. Me amarré el cabello en un chongo desastroso y desaliñado. Nada de maquillaje; iría al natural... o más bien, con aspecto de aburrida de la vida.
Salí de la habitación con mi mejor cara de fastidio. Cuando Vanessa me vio, se quedó con la boca abierta, lo que obligó a Harry a voltearse también para mirarme.
—¡Diablos, Licia! ¿Qué te pusiste? Pareces una vagabunda —exclamó mi hermana en señas, también dijo en voz alta para Harry.
Levanté los pulgares y me morder el labio con una sonrisa. ¡Exacto, ese era el punto!
—No creas que no sé lo que tramas, Licia. ¿Quieres que te maquille para que parezcas sucia? —bromeó.
Hice un puchero dramático y asentí, como si fuera la mejor idea del mundo. Harry agitó la mano para llamar mi atención.
—¿Qué te pasó? —preguntó divertido.
—Está intentando lucir lo menos impresionante posible —le tradujo Vanessa—. Cree que así va a aburrir a Draco.
Volví a levantar los pulgares en señal de victoria. Harry sonrió, negando con la cabeza.
Bajamos al auto de Harry. Me senté en la parte de atrás mientras ellos iban adelante. Vi que Harry tecleaba en su celular, probablemente avisándole a Draco que ya íbamos en camino. Vanessa se volteó y me preguntó si quería pizza; aplaudí entusiasmada. Nos detuvimos en una pizzería local a mirar el menú. Vanessa me comentó que compartíamos los mismos gustos de pizza que los chicos, así que ordenamos un par de cajas grandes sin dar muchas vueltas.
Mientras las preparaban, nos sentamos a esperar. Harry me pidió con señas sencillas que le enseñara algunas palabras. Aprendía bastante rápido. ¡Qué tierno! Ese detalle me hizo sonreír de verdad. Fue divertido ver cómo Vanessa le acomodaba los dedos para formar una palabra mientras él la observaba concentrado.
Cuando nos entregaron el pedido, volvimos al coche. Me acomodé de nuevo atrás con las cajas de pizza sobre las piernas, sintiendo el calorcito de la comida. Me quedé mirando la ciudad por la ventana. Me fascina ver las luces de los rascacielos de Nueva York por la noche, la gente caminando abrigada, tomando café o paseando a sus perros.
El trayecto pareció una eternidad, pero finalmente llegamos. Harry me abrió la portezuela después de ayudar a Vanessa. Le agradecí con una sonrisa que él me devolvió. Abrió la puerta de su departamento y nos cedió el paso. Sinceramente, yo esperaba el típico departamento de soltero: descuidado, con pósteres de boxeadores o chicas semidesnudas, ropa tirada por el suelo y olor a cerveza rancia. Pero no... Al contrario, todo estaba reluciente, perfectamente ordenado y con los muebles en excelentes condiciones.
—Ya era hora de que llegaran —anunció Draco, apareciendo frente a mí con una sonrisa. Levanté una ceja y le extendí las cajas de pizza.
—Vamos a calentarla, me muero de hambre —dijo Harry mirando a Vanessa.
—De acuerdo, iré por los platos y los vasos —dijo Draco, dándose la vuelta hacia la cocina.
—¿Qué dijo? —le pregunté a Vanessa.
—Que va por los platos y vasos —me respondió. Justo en ese momento, Draco gritó desde la cocina:
—Por cierto, Vanessa... ¡dile a Licia que se ve muy tierna!
Vanessa estalló en risas, negando con la cabeza mientras me miraba. Yo levanté una ceja, sospechando que se estaban burlando de mí. A ver, honestamente no me veía tan mal, tampoco había exagerado al extremo de parecer un monstruo.
—Draco dice que te ves muy tierna —me tradujo Vanessa, mordiéndose el labio para no soltar otra carcajada. Harry también sonreía, divertido.
Hice una mueca de frustración; mi brillante plan de espantarlo no había funcionado en absoluto. Rodando los ojos con ganas de ignorarlo a él y a su comentario, busqué una excusa y le pregunté a Vanessa dónde estaba el baño. Me indicó el camino y entré, cerrando la puerta. Me paré frente al espejo e hice un par de muecas divertidas ante mi reflejo. Ya que no había ganado la batalla de la vestimenta, decidí al menos arreglarme un poco el chongo para que luciera más bonito y no tan desastroso.
Cuando salí, la mesa ya estaba puesta en el comedor. Me sentí un poco mal por no haber ayudado, pero bueno... él se lo había buscado por coqueto. El olor de la pizza en el centro de la mesa era espectacular; hacía meses que tenía antojo de una buena rebanada. Noté que faltaba la bebida y localicé una botella grande de Coca-Cola. Decidí servirla yo misma; era lo mínimo que podía hacer para colaborar. Agité el brazo para llamar la atención de Vanessa y señalé la botella; ella asintió. Harry se percató, me miró y me levantó el pulgar. Draco estaba de espaldas, y me daba una flojera tremenda caminar hasta él para preguntarle.
—Draco, ¿quieres Coca-Cola? —le preguntó Harry.
—Sí, gracias —respondió él.
—Draco también quiere —me avisó Vanessa en señas. Le regresé el pulgar y comencé a llenar los vasos, rezando para no salpicar el mantel.
Nos acomodamos en los asientos. Draco alzó su vaso y propuso un brindis por el inicio de una buena amistad. Admito que el detalle me ablandó un poco y me hizo sonreír. Le di un gran mordisco a mi rebanada; estaba deliciosa.
Al cabo de unos minutos de silencio, decidí saciar una duda y le hice señas a Vanessa: —¿Cómo aprendió a pelear? ¿O de dónde sacó la idea de dedicarse a esto?
Vanessa, al leer mis señas, me respondió rápidamente con las manos: —No, no, no. Ahora no, luego te cuento.
—¿Qué están diciendo? —intervino Draco, notando el intercambio.
—Nada, Draco. Solo dice que la pizza está muy rica —mintió Vanessa descaradamente, dedicándole una sonrisa falsa. Fruncí el ceño. ¿Por qué le mentía con algo tan simple?
—Vanessa, preferiría que me dijeras la verdad —insistió Draco, mirándola con seriedad—. Recuerda que voy a aprender su lengua de señas tarde o temprano y me voy a enterar de todo.
—Es solo que... —Vanessa suspiró y miró el plato—. No, Draco, ahora no. No quiero aguar la noche.
—Está bien, solo dilo. No pasa nada.
—Ella... quería saber cómo terminaste metido en esto de las peleas —confesó finalmente mi amiga, tragando saliva. Sin dejar de interpretar por mí.
El comedor se sumió en un silencio sepulcral. Nadie decía nada. Me arrepentí al instante de mi maldita curiosidad y de mis caprichos; sentí unos deseos enormes de que la tierra me tragara. Miré a Vanessa con los ojos cargados de culpa, pidiéndole perdón con las manos.
De repente, Draco me miró directamente a los ojos y empezó a hablar con una madurez que no le conocía:
—Mi padre era alcohólico y tenía un carácter terrible. Se puso así después de la muerte de mi madre. Ella falleció cuando yo era pequeño; unos tipos intentaron asaltarla cuando volvía a casa, ella se defendió y la apuñalaron. Mis hermanos mayores cayeron en las drogas por el trauma, pero afortunadamente fueron a rehabilitación y ahora están mucho mejor. Todos salimos adelante.
Lo miré con una profunda tristeza. Detrás de ese chico musculoso y de sonrisa arrogante, se escondía un pasado desgarrador. Las peleas habían sido su única válvula de escape para mantenerse en pie y no desmoronarse.
—Lo... si...ento... mu...cho —intenté articular con mi propia voz. No tenía idea de si se había escuchado bien o si había sonado extraña, pero todos en la mesa se me quedaron viendo. Draco suavizó la mirada e intentó sonreír.
—Gracias... —me dijo, modulando bien sus labios. Luego se volvió hacia Vanessa—: ¿Cómo se dice “gracias” en señas?
Vanessa se lo mostró con las manos.
—Gracias —repitió Draco, imitándola mientras me miraba fijamente. Sonreí levemente—. Bueno, supongo que esto es un avance y significa que me odias un poco menos. ¿O es que odias a todos los hombres por igual?
—Creo que solo a ti —le respondí moviendo los labios y rodando los ojos. Entendí perfectamente lo que hacía; quería cambiar de tema para quitarle hierro al asunto.
Él soltó una pequeña risa. Mi mal humor y mis caras de fastidio parecían causarle una gracia infinita.
—No puedo creer que seas la primera chica a la que le caigo mal antes de que intente algo. Ni siquiera te esfuerzas por llamar mi atención. Solo eres tú misma.
—¡Draco! —le reclamó Vanessa, dándole un golpe juguetón en el brazo.
—Simplemente no me agradas —le respondí directamente con los labios—. No me gusta la gente que asume que una va a caer a sus pies solo por el hecho de tener coño.
Vanessa, que estaba tomando un trago de su bebida, se atragantó y escupió un poco el líquido antes de estallar en una carcajada limpia.
—¡Te amo, Licia! —exclamó mi amiga entre risas—. Dice que no le gustas porque... Ah, olvídenlo, ya lo entendieron.
Draco y Harry tenían los ojos abiertos de par en par, sorprendidos por la audacia de mis palabras y la traducción implícita de Vanessa, y de inmediato soltaron una carcajada conjunta.
—Esta chica tiene que ser mi mejor amiga desde ahora mismo. ¡Lo exijo! —bromeó Draco, apuntándome con el dedo.
—¡Oye, búscate la tuya! Ella es mi hermana —la defendió Vanessa con orgullo.
—Bueno, ¿tienes más preguntas para mí? —me invitó Draco, mirándome con una sonrisa limpia.
—De dónde eres y por qué te apodaron... —Miré a Vanessa frunciendo el ceño; no recordaba con exactitud el apodo que el presentador de la jaula había gritado.
—Quiere saber de dónde eres y por qué te llaman “Drakon Blue” —le tradujo Vanessa.
—Nací y me crié aquí en Nueva York —explicó él—. Hace unos años, busqué una forma de canalizar el estrés y la ansiedad. Un día compré lienzos y pinturas por pura curiosidad. Empecé a pintar paisajes y descubrí que me identificaba mucho con Van Gogh; siento que compartimos algo, porque él también luchaba contra sus demonios a través de la esencia espiritual del hombre y la naturaleza. Tuve muchos ataques de pánico cuando pensé que perdería a mis hermanos tras lo de mi madre. Respecto al apodo, LeBrock me llamó así la primera vez que subí a la jaula y gané. Me quedé con el nombre.
—¿Cuántos hermanos dijiste que tenías? —le pregunté leyendo sus labios.
—Tres. Yo soy el mayor, luego sigue Jason y después están los gemelos.
—¡Gemelos! —me sorprendí articulando con los labios.
—¿Sabes diferenciarlos? —le preguntó Vanessa con curiosidad.
—Uno es... sin ofender a mis hermanos, el típico chico bueno y un poco nerd, y el otro es todo lo contrario, va de rudo por la vida —explicó Draco. Asentí, encontrando la historia verdaderamente interesante.
Así continuó nuestra velada, entre risas, pizzas y confesiones. Descubrir que compartíamos la misma pasión y sensibilidad por el arte fue un giro que jamás habría imaginado en un luchador de jaula.
Él la observaba discretamente cuando ella se distraía.
Ella lo miraba a hurtadillas cuando él no se daba cuenta.
Ambos evitaban que sus miradas chocaran de frente.
Pero este era, sin duda, el comienzo de su historia.








