1
Gianna
El salón está lleno de personas. Apenas puedo respirar con el maldito vestido que me aprieta el estómago. Le dije a Alice, la criada, que esto no iba a ser cómodo de usar, pero con esos ojos de cachorro asustado que tiene, terminé aceptando. Sé que mi padre es un hombre aterrador, así que estoy segura de que él la había amenazado de que yo debía usar esto. Jamás voy a entender esa insistencia en que luzca como una verdadera princesa la mayor parte del tiempo.
En mi cuello hay un jodido collar de diamantes, el vestido es largo y gris, con salpicaduras de brillos en él, parece sencillo, pero sé que la mitad del salón sabe que esto pesa una tonelada porque mi padre manda a coser los vestidos elegantes con hilos de plata y oro, el de hoy, afortunadamente, solo tiene plata. Los pequeños brillos no son nada menos que oro blanco pulido. En mis pies no son necesarios zapatos muy altos, y aun así mi amado padre insiste en que debo usar tacones, tacones que por supuesto son de cristal reluciente y de al menos quince centímetros.
Mi padre detesta que me vea más baja que los hombres que me rodean en el salón, así que siempre me ven con un metro ochenta y cinco. Intentó que llevara tacones más altos, tuve que rogarle que no lo hiciera. Aun así, la gran parte de Corvino no supera el metro ochenta. Mi padre es el más alto de todos tocando los dos metros de altura y tal vez un poco más. Es algo de familia, claro, si los genes dominantes no son de la otra persona. Mamá no era muy alta, es un milagro que mi hermana y yo superáramos el metro cincuenta.
Bajando las escaleras de mármol pulido, me sujeto del barandal haciendo el esfuerzo de que no se note el sufrimiento que es cargar seis kilos de peso en el atuendo, agradezco que papá no me obligara a usar la corona que mandó a hacer para la ocasión. No hay corona, pero sí una hermosa hebilla de un color beige sujetándome el cabello. Él tenía previsto que no querría usar eso.
Mi hermana Emma se acerca a pasos rápidos y me sujeta la mano para que baje el último escalón, el cual es el más difícil de todos por ser bastante alto. Mi progenitor lo mandó a hacer a propósito para que la gente que no era parte de la casa tropezara y se cayera, y en los eventos sociales, como este, siempre había un pobre idiota que se caía.
—Bambi —dice Emma sonriente, tan radiante, tan perfecta—, tardaste mucho hoy, el viejo está al borde de una crisis nerviosa.
—Vino a verme hace veinte minutos —Me quejo en voz baja sosteniendo la mano de Emma aún y pegándome a ella.
Siento ese ardor en la nuca, las miradas están sobre mí. En ocasiones llega a ser muy aterrador.
De igual forma, camino firme, con la cabeza en alto mientras mi hermana sonríe de la manera más arrogante y altanera que estos infelices podrían haber visto en sus vidas. Algunos se intimidan, otros parecen muy irritados, y el resto sonríe, estos últimos son muy peligrosos. Emma dice que hay que tratar de cuidarse de ellos o te comerán viva.
Los rumores sobre mí son algo de entretenimiento para el bajo mundo. Incluso hay supersticiones infundadas y asquerosas, y si bien lo sufro desde mis adentros, por fuera no es un problema real porque las bocas de estos hombres devorados por la codicia nunca se abrirían en frente de la hija del Don. Eso no evita que las palabras hirientes lleguen a mis oídos.
Nos acercamos a nuestro padre que parece tener una crisis ansiosa de tantas servilletas que destroza en sus manos. Al vernos, suelta todo el aire de sus pulmones y nos llena de besos a las dos hasta que hay que separarlo de nosotras porque su barba de pocos días es muy rasposa. Papá es viejo, canoso hasta los dientes, y ya no quedan rastros del cabello oscuro en la parte baja de su nuca. Él nunca viste tan elegante como nos hace hacerlo a mi hermana y a mí, le gusta que nos veamos inalcanzables.
Hoy tiene su atuendo semi elegante, unos vaqueros negros y con mucho esfuerzo, imagino, se habrá puesto esa camisa negra. Podría apostar toda mi herencia adivinando que María, el ama de llaves, lo estuvo jalando de la oreja hasta lograr que se colocase esa camisa. Él decía que no tenían ningún romance, aunque la mayoría sabía que papá la molestaba a un punto infrahumano con tal de recibir la atención de ella.
María siempre fue muy resistente al encanto de ese saco de huesos. Pensé que luego de que muriera mamá, esos dos terminarían juntos; María mandó a mi padre al diablo, lo que aumentó lo perro viejo insoportable que él era.
—Mis niñas —Sonríe mostrando todos los dientes, bueno, los que tiene. Nunca se ha querido arreglar esos dos dientes faltantes en su costado izquierdo—. Hoy es un día muy importante. Las necesito a ambas impecables.
—Lo dijiste siete veces —dice Emma.
—Una octava nunca está de más —digo al mismo tiempo que mi padre. Con los años aprendes sus mañas.
Mira a ambos lados y se desabrocha botones de la camisa hasta que su cuello queda suelto. Desabrocha dos botones de más dejando ver ese pecho lampiño.
Suspira con alivio.
—Bueno, les iba a decir, hoy vienen los Giordano —Mira de nuevo a sus costados—. Los invité porque tenemos un negocio importante que cerrar.
—¿No dijiste que no querías aliarte con esa gente? —Pregunto arqueando una ceja.
—No es una alianza, es una salvada de culo.
—¿Para ellos o para ti?
—Para ellos. No tienes idea de cuanto nos necesitan —responde.
Una bandeja de metal golpea la cabeza de papá. Él se la toma entre quejidos y refunfuños.
María sujeta la bandeja entre su brazo y cadera llevándose una mano a la cintura con el ceño fruncido.
—Abróchate esos botones —susurra—, viejo indecente.
—Vita mia...—Mi papá la mira con ojos de ruego, recibe un pisotón en el pie y aguanta el insulto que estaba por salir de su boca. Él empieza a abrocharse los botones refunfuñando—. Años siendo un hombre temido de la mafia para que una ama de llaves me venga a dominar.
Dicho aquello, aunque fuese en voz baja, María lo mira con cólera y empieza a caminar a otro lado.
—María... —dice él siguiéndola, y perdiéndose entre la gente.
Emma explota en risas bajas, es un espectáculo verlos. Los visitantes aquí están acostumbrados a esas escenas ridículas, así que se quedan tranquilos y sin sorpresas. Río junto a ella, y mientras mi mirada se pierde entre la multitud, los veo. Los invitados especiales de papá.
Mis ojos se abren de par en par cuando Marco Giordano camina entre las personas acercándose a nosotras. Mierda. Ese tipo jamás aparece en reuniones, siempre se mantiene oculto en las sombras, alejado de todos sin querer que nadie le vea el rostro por mucho tiempo. Debe tener al menos treinta y cuatro años, un poco más. No quiero arriesgar un número tan alto solo por sus canas, papá estaba canoso a los veinticinco años luego de dos pares de gemelos y un par de trillizos, no puedo juzgar su edad por eso. Puede ser por sus arrugas, algunas muy ligeras en sus ojos, eso no aumenta la chance de adivinar.
Marco viene acompañado de uno de sus mejores hombres, al parecer no trajo al psicópata de Ludovico, lo cual no es de extrañar. A su lado viene Niccolo Vitale, alto, fornido, y de cabello oscuro. Nunca lo vi en persona, pero lo reconocería en cualquier lado por la descripción tan vívida de esos ojos grises que vuelven loca a cualquier mujer que lo rodea, y por su labio partido del lado izquierdo.
Quisiera decir que soy parte de quienes no le prestan atención, mentiría. Niccolo es el tipo de hombre que te encantaría llevarte a la cama porque sabes que te destroza hasta dejarte temblando, aunque en agregado puede que luego te enteres de que tiene una esposa y cuatro hijos. Nadie sabe mucho de Niccolo ni de qué basurero o zona privilegiada salió. Tiene modales, no los suficientes, es elegante, pelea como callejero, tiene una inteligencia insana, y aun así, es solo un guardaespaldas.
—Señoritas De Santi —Saluda Marco manteniendo las distancias.
—Marco —digo con seriedad—. ¿Qué hace que el cocodrilo salga del agua?
—Hambre —responde sin parecer ofendido.
—Interesante. No veo práctico entrar demasiado en la jungla para eso —Siseo.
Sonrío. Toda la vida me ha gustado ofender a hombres poderosos. Maña que tengo de mi padre. Así que me irrita muchísimo cuando pueden mantener el control de sus emociones.
Esperaba una mala cara de Marco, no lo hizo. Supongo que esperar menos sería una ofensa.
—¿Dónde está Vicente? —pregunta.
Emma mira alrededor, y yo miro a Niccolo. Estoico. El hombre parece una estatua. Veo sus labios apretados con fuerza, está enojado por algo, y un presentimiento me hace estremecer, insistiendo en que no quiero saber por qué.
—Ahí viene —Señala mi hermana.
Mi padre se abre paso entre la multitud. Debe sacarle al menos dos cabezas a Marco porque tiene que bajar bastante la vista. Estrechan las manos.
—¿Se quedará toda la noche o solo hasta el anuncio? —pregunta mi padre.
—Por cortesía debemos quedarnos toda la noche —Marco responde.
Ese hombre nunca habla en plural. Es fácil darse cuenta de que está aquí única y específicamente por Niccolo.
—Que lo haga ahora —Exige Niccolo en voz baja.
—¿Tiene apuro, Joven Vitale? —La pregunta de papá está llena de sorna.
—Mucho.
Emma no es discreta para nada. Se come con la mirada a Niccolo. Él ni lo nota.
Mi padre se aproxima al borde de la escalera arrebatado y eufórico.
Todos cierran las bocas al verlo ahí. Su sonrisa y mirada clavadas en mí me dicen que voy a querer estrangularlo apenas hable.
Nunca le temo a mi padre, excepto cuando hace eso en medio de un salón con al menos doscientas personas.
Por favor, por favor, Dios. ¡Que esté mirando a Emma, por favor!
Ruego con las manos en el pecho y entrelazando los dedos para orar.
Me muevo a un costado dejando más en vista a Emma, pero no, soy yo en su peligrosa mirada. Entonces el pánico me invade sabiendo lo que viene.
Hijo de puta.
Lo conozco. Conozco las palabras exactas que dirá y como me arruinará la velada; la velada y la vida.
Él parlotea un poco, mirando alrededor, noto la mirada de mis dos hermanos mayores, Davide y Adriano, desde el otro lado de la sala. Noto como ellos están sacando las armas de sus cinturones para -muy probablemente- dispararle a nuestro padre y es en el momento exacto que los guardaespaldas de papá deciden darles un ‘amistoso’ abrazo para detenerlos.
Antes de que Davide se ponga a gritar le cubren la boca con la mano. Casi nadie se da cuenta de esto porque todos están muy concentrados escuchando a ese maldito anciano senil.
—Mi hermosa hija, mi hermosa princesa —dice mientras su sonrisa se ensancha—, nos unifica a la familia Giordano.
La multitud voltea mirando a Emma. Lo lógico luego de que la otra niña -yo- hubiera tenido tres matrimonios fallidos y catastróficos.
—Mi hermosa, Bambi.
Bambi, sí, Bambi soy yo.
Las luces comienzan a cegarme los ojos, como si fueran malditos reflectores. Mi respiración se vuelve pesada. Oh, juro que lo estrangularé mientras duerme cuando tenga la primera oportunidad.
El silencio inunda la habitación, y no puedo animarme a mirar a ninguno de los rostros que me observan, en cambio, mantengo el semblante calmado mirando hacia papá aunque apenas puedo verlo porque todo es muy borroso.
La mano de Emma se posa en mi cintura, dice algo que no entiendo. Sé que ella moduló bien la frase, pero es que estoy al borde de entrar a un ataque psicótico.
Los murmullos comienzan, y las voces se elevan.
—Nuestro amado Marco, ha ofrecido a su hombre de confianza como el afortunado de tener a mi Bambi.
El gentío se calla.
Los cuellos de todos parecen al borde de romperse con ese giro tan brusco que hicieron mirando a Niccolo. No puedo distinguir tan bien su rostro, en cambio, si sus manos, apretadas tan fuertes que sus nudillos están blancos y las venas sobresalen.
Voy a desmayarme por el malestar que me provoca. Tambaleo un poco. Qué vergüenza. Me muero de la maldita vergüenza. El rostro me arde como los mil infiernos.
De todos los hombres en el mundo que existen para ser padres, esos hombres conscientes, relajados y amables, me toca un jodido viejo obsesivo mal de la cabeza que no tiene ni un gramo de conciencia.
Estaré en boca de todos, otra vez. El chisme local con Bambi de protagonista por cuarto año consecutivo.
¿Y qué clase de loco era Giordano para ofrecerme A MÍ uno de sus mejores y más leales hombres? El maldito tenía que estar muy desesperado. ¡Pudo haberle pedido a mi hermana! A Emma no le molestaría casarse por primera vez. Claro que no. Mucho menos con Niccolo Vitale. Ella y su encanto lo volverían loco en segundos, seguro caía rendido.
Una mano masculina se posa en mi hombro, por lo suave y delicada que es, distingo que es la de mi otro hermano. Valentino.
—Respira, Bambi —Susurra en mi oído—, con la cabeza en alto.
Aunque no veo nada, fuerzo la única sonrisa de felicidad que me permita mi rostro mirando hacia la borrosa forma de Niccolo.
Él no sonríe, nunca sonríe. Es algo que todos sabemos, no necesito ver bien para saber que las comisuras de sus labios no se levantan para nada.
—Es un gusto aliar a las Familias con usted —digo con la voz firme.
—No me interesan las Familias, solo usted —responde. Las mujeres de la habitación sueltan un suspiro enamorado.
Este hombre también estaba loco. MUY loco.
Y aunque no conocía a Niccolo de nada más que fotos, reconocer que ese tono en su voz era mentira no fue difícil. Él mentía. Muy bien. Hizo que el corazón se me acelerara.
Un animal de su calaña, violento y poderoso, nunca estaría con un pavo real.
Niccolo
La mano de Marco temblaba, el hijo de puta estaba al borde de apuñalarme al solo instante que yo la cagara al hablar. Entendía que era importante para él, no arruinaría los planes desesperados de mi Don, aunque si le hubiera dicho al enfermo de Ludovico que se casara con una de las princesas De Santi, el psicópata aceptaría sin chistar.
Jamás fui fanático de seguir órdenes directas, cuando Marco me miraba era suficiente para que yo supiera lo que él quería que hiciera.
—No me interesan las Familias, solo usted —respondo.
Sé que causo ese efecto. Ese suspiro. Y no me puede importar menos. Gianna ni siquiera puso una cara de susto ni se desmoronó en llanto, lo cual es lo que yo esperaba. Ahora nos quedaba pasar las siguientes tres horas juntos, uno cerca del otro y compartiendo mucho oxígeno.
Prefiero mirar de lejos antes de tener un compromiso serio. Algo casual también cuenta, aunque no he sido fanático de esto los últimos años. Tenía que estar muy desesperado para querer tocar a una mujer de manera sexual, y ni siquiera podía acostarme con ellas pensando en ellas. Mi cabeza siempre remota a la misma mujer de la cual no he podido escapar en siete años.
Gianna parece recuperarse de ese pequeño shock, sus ojos ya están orbitados y mira a los míos esperando una silenciosa invitación a una corta caminata por el gran salón.
Muevo mi cabeza dándole su señal, y ella se acerca a mí tomando dos copas de alcohol de la bandeja de un mesero. Pensé que me daría una a mí, pero se las bebe a ambas de un trago en seco y deja en mis manos una de las copas vacías.
Me pregunto cómo soporta con un semblante calmado y esa sonrisita socarrona. Nunca indagué demasiado sobre Gianna, me limitaba a mirarla las escasas veces que nos encontrábamos por casualidad, y ella tan distraída, en su mundo, sin notar a nadie más que ella misma.
—¿Por qué no Emma? —pregunta.
De todas las preguntas que pudo hacer para iniciar una incómoda conversación entre nosotros, preguntó que por qué no elegí a su hermana.
Estoy seguro de que no tiene idea de que Vicente insistió como un maniático para que fuera ella. La primera opción de Marco fue Emma, y Vicente se puso como loco diciendo que no me daría a Emma por ningún motivo.
De igual forma. Detesto a Emma, es la mujer más materialista y arrogante que he conocido en toda mi vida. Me exaspera al punto de querer poner mis manos en su garganta hasta que deje de respirar. Detesto la manera en la que me mira y respira cerca de mí, detesto su físico de pies a cabeza.
—Tu padre insistió —digo dejando la copa con rapidez en la bandeja de un mesero que va pasando.
—Ah.
Creo que fue suficiente explicación para ella.
Vicente De Santi era un hombre insoportable, cruel, despiadado y loco de remate. Davide era igual que él, se conocían tan bien entre padre e hijo, que Vicente pudo prever que su hijo estaba dispuesto a meterle un tiro en la frente con tal de no entregar a su hermanita a la boca de los lobos, otra vez. Lo que le faltó a Davide fue astucia, tuvo que suponer que su padre tenía un plan de contingencia.
No sería la primera vez que esos dos se dispararan entre sí. Cuatro años atrás, en la galería de arte, los dos hicieron huecos en las paredes y destrozaron una inmensa cantidad de cuadros antiguos por un desacuerdo sobre qué cenarían.
Por otro lado, Adriano no era una amenaza, solo seguía a Davide hasta donde le convenía.
Soportar a la familia de mi futura mujer sería el peor calvario y castigo que me podrían imponer.
Comían todos juntos los domingos por el medio día y se quedaban ahí hasta la cena. Todos.
Ocho personas en la misma mesa en las que cinco intentaban apuñalarse entre sí.
Ocho sin contar a las parejas de cada hijo, si es que las conservan.
Gianna no tiene intenciones de pasar tiempo conmigo, no me afecta. Ahora está atada a mí, como yo a ella. No puede escapar de esto.
—La boda. ¿Te dijeron cómo será?
—Discreto. Sencillo. Tu familia, Marco y alguno de sus hombres, no muchos invitados.
—¿Podemos entonces pedir casarnos solo por civil sin tener que hacer teatrillo? —pregunta.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque Marco quiere complacer a tu padre.
Ella se queja por lo bajo. Sí, yo también me frustré cuando me dijo que debía usar un traje de vestir y estar ‘decente’ para la ceremonia. Marco me lo recordó tan amablemente que mi brazo aún siente dolor de las púas en su manopla incrustadas hasta el fondo de mi carne.
Sus incentivos son bastante convincentes.
Vicente nos mira desde lejos, lo miro también, está enterado cuanto detesto este acuerdo. Se que todo esto es por Marco y solo Marco, pero odio estar en el medio, atrapado.
Me hubiera gustado que en una situación de este tipo pudiera casarme voluntariamente y no a rastras para salvar a la Familia Giordano del descenso.
—¿Por qué tu?
—¿Por qué yo? —Cuestiono arqueando una ceja.
—Si. De todos los hombres dentro de la Familia, ¿por qué tu?
—¿Que tengo de malo,bella?
—Eres... uncoglione.
Mis cejas se levantan. No puedo creer que me insulte.
Algo dentro de mi tiene muchas ganas de reír gracias a ella, no lo hago. Mantengo a raya a las comisuras de mis labios que intentan que pierda mi seriedad habitual.
Pasamos unos minutos juntos, sin hablar, ni siquiera mirarnos. Es incómodo, Marco parece notarlo así que redirige su conversación con Vicente hacia nosotros.
Estoy perdido en mi cabeza pensando en todo el trabajo que tendría que hacer apenas nos fuéramos de aquí cuando el dolor punzante en mi brazo me hace mirar hacia la mano de Marco que está estrujándolo con fuerza.
Aprieto los dientes queriendo tolerar el dolor, he estado peor, el problema es que el tipo de daño que genera Marco con sus golpes es diferente a todo aquello que me ha herido alguna vez. Una puñalada es más tolerable que su dedo incrustándose en mi carne por sobre la tela.
En la mañana, el muy bastardo me arrancó un pedazo del brazo. No hice ningún sonido para no satisfacerlo con mi dolor, pero sabe a la perfección como reconocer en mi mirada furiosa los ligeros rastros de sufrimiento.
—Vicente te preguntó algo —Me dice.
—¿Qué quiere? —pregunto entre dientes hacia Vicente.
—Tu casa —dice Vicente—. ¿Es lo suficientemente grande para las cosas de Bambi?
Bambi. Nunca entendí porque mierda la llamaba así en frente de todos.
—Tendrá toda la planta del segundo piso para ella, supongo que será suficiente. —Contesto evitando tartamudear mientras el agarre se vuelve intenso.
—¿Será suficiente? —pregunta Vicente a Gianna.
—No, no lo será. —Niega Gianna, quiero matarla.
—Tendrá todo el primer piso también si ella lo quiere, Don Vicente.
Vicente mira a Gianna y ella asiente satisfecha. Entonces Marco me suelta y mascullo comenzando a alejarme de ellos.
Me quedaré sin brazos si cruzo la gran puerta antes de tiempo, así que me detengo a mitad del salón volviendo sobre mis pasos mientras la gran parte de gente se abre paso para dejarme caminar, me choco con varias personas hasta que puedo tomar a Gianna del brazo y atraparla contra mi cuerpo.
—Vas a hacer que me maten —susurro en su oído—. Compórtate y dile a Marco que estás satisfecha.
Sus uñas se clavan en mi camisa, son tan filosas que parece que atraviesan la tela para enterrarse en mi piel. Su respiración se agita, y se aleja unos centímetros mostrando una sonrisa altanera.
Ella ríe con tanta dulzura dejando atónito a Vicente, se ve preciosa llevándose las manos a los labios para cubrirse la sonrisa.
—Yo también espero poder vivir pronto con usted, Señor Vitale —dice en una voz audible para los cercanos dejando que se extiendan los murmullos.
Gianna golpea con una falsa timidez mi cuerpo, separándose por completo y sonriéndole a Marco de una manera descarada.
—Me lo quedo —anuncia Gianna.
Se acerca a Marco y le susurra algo al oído. Lo hace sonreír mientras mira hacia mi. Él le asiente.
¿Qué tan en la mierda estoy?
Gianna
De nuevo papá eligió el vestuario.
No debería estar usando blanco cuando no es mi primer matrimonio. Me molesta que papá siga insistiendo con el tema.
Prefiero complacerlo antes de mudarme de su casa o llorará tanto que tendremos que asistir a otro funeral falso porque es un exagerado. Pienso que, si fuéramos una familia con dinero suficiente para llegar a fin de mes, él sería un hombre tranquilo y relajado que no haría las santas barbaridades que hace.
Valentino está acostado en el sofá del cuarto, tiene sus piernas sobre el respaldo y la cabeza le cuelga. Ni siquiera le interesa estar aquí, pero parece que no pudiera respirar si no está pegado a mi o a Emma.
Emma no estará en la boda porque su novio la invitó a dar un paseo. Paseo para ella es lo mismo que escapar sin decir nada a nadie y luego averiguar si papá rompe su tiempo récord encontrándola en el otro lado del mundo.
Se escuchan los gritos de papá y María desde la puerta. María entra primero estampando la puerta en la cara de este, ella se acerca a mí, nunca dice nada, solo me acomoda el cabello, se asegura de que el vestido no me moleste tanto como los otros siete que me puse anteriormente, y no sonríe cuando sus manos me acarician las mejillas. Me mira con lástima, y me relajo contra su calor dejando salir un suave suspiro.
No quiero otro matrimonio, no quiero tener que pasar esto otra vez.
De nuevo la patética Bambi con otro matrimonio que terminará en fracaso.
Él no lo hace por malo o por querer entregarme al mejor postor, lo sé. Papá es el que sufre cuando uno de sus hijos se va de casa, hace siempre lo posible por tenernos a los siete juntos, pero nos hiere más de lo que nos ama.
—Puedo romperle la cabeza con una de las botellas de champagne —Sugiere María.
Rio. Se que ella lo haría sin problema.
—Mi niña. Podemos irnos en cuanto digas que quieres que nos vayamos.
—No, está bien. Esto se pondrá jodido si llego a escaparme.
María va a decir algo más cuando mi padre entra a la habitación sosteniendo una escopeta. Es una de las viejas de caza que tenemos colgadas en la sala de estar como decoración, todavía son funcionales.
—Voy a meterte una puta granada por la boca si no sacas esa porquería de aquí —grita María.
—¡No seas así, mujer! —Se queja.
—Linda escopeta,babbo—dice Valentino tomándole una foto con el flash encendido.
—Saldrá con los ojos rojos —digo acercándome a mi hermano para ver la foto que le tomó a mi padre, es horrible. Sus ojos rojos brillan tanto como si estuviera poseído—. Captaste toda su hermosura.
—¡Jo, a ver!
El viejo se acerca para mirar la foto, frunce el ceño, y le arrebata el teléfono a Valentino de las manos.
—Me veo bien. Muy bien. Me lo quedo. —Él sale de la habitación.
—¡Papá ya te dije mil veces que no tienes que quedarte mis teléfonos cuando una foto te gusta! —grita Valentino saliendo detrás de él.
—¿Qué carajo te gustó de él? —pregunto a María.
—¿Quieres una respuesta honesta o una mentira blanca?
—La honesta.
—Sabe bailar —Contesta.
Los he visto bailando múltiples veces en el balcón de la habitación de mi padre, no es el mejor del mundo, y aun así, escucho a María carcajear y divertirse cuando la pasan juntos. Han estado días enteros bailando hasta el hartazgo, me sorprende que algo tan sencillo como eso la traiga tan enamorada como para soportar la peor parte de él.
—¿Crees que Niccolo sepa bailar? —pregunto.
—No, pero algo bueno tiene que tener para mantenerte feliz porque lo tienen agarrado de las bolas.
—¿Cómo sabes eso?
—Escuche a Giordano gritándole —comenta ella recargándose en el tocador—. Al parecer debe tratarte como una reina y no disgustar a Vicente.
Asiento agradeciendo por la información, me conviene saber eso para mantener a Niccolo a raya por si quiere propasarse o cualquier otra cosa que no me guste de él.
No tuvimos una buena introducción y antes no habló demasiado conmigo como para poder conocernos y establecer reglas.
Pondremos reglas hoy luego de la ceremonia, es importante para mí que tengamos una convivencia por lo menos buena. Intentaré no existir en su casa, mientras que él mantenga su distancia también.
Niccolo puede ser atractivo y tal vez fiel por lo desinteresado que parece con cada mujer que lo rodea, pero es uno de los hombres de Giordano. Son conocidos por ser crueles y despiadados, para mi mala suerte he visto múltiples veces cuando lanzaban un cadáver magullado al mar, y también cuando ataban a alguien del cuello arrastrándolo con el auto para dejar las calles cubiertas de sangre y algunos miembros del cuerpo esparcidos por ahí.
No quiero dar pasos ciegos, porque no importara el negocio que hayan hecho con mi padre, ni tampoco las amenazas de control de Giordano, si Niccolo quisiera matarme en algún momento, tendría todas las posibilidades de hacerlo a partir del minuto uno en que compartiéramos casa.
Cuando me casé con Servan no estaba tan preocupada por estas estupideces, él era igual de peligroso que Niccolo. Tal vez porque nos estuvimos besando bastante antes de la boda y eso apaciguó mucho mis nervios.
La puerta del cuarto se abre, entra Emma con una mala cara. Yo sonrío, parece que mi hermana si estará en mi boda después de todo.
Iba a bromear con ella cuando su novio entró ensangrentado y con un ojo hinchado. Suspiré mirando a María a mi lado quien negó con la cabeza, seguro iba a volver a pelear con el viejo.
Alexander, creo que ese era su nombre, se sienta en el sofá donde antes estaba Valentino y cierra los ojos. Nunca les salían bien las escapadas, al menos no para Alexander.
—¿A dónde fueron?
—Nueva York —responde Emma.
—Ya habías estado ahí varias veces, eres tonta.
—Pensé que papá estaría distraído con lo de tu boda. —Suelta queja abrazándome y apoyando la cabeza en mi hombro.
—Debiste preguntar cómo sería la ceremonia. Es algo muy pequeño —Explico—. Creo que solo habrá unas veinte personas.
—Merda.
—Emma juro que- Agh- —Alexander no puede hablar de lo adolorido que está.
—Deberías atender a Alexander.
Emma se acerca a mi oído.
—Alexander era el otro, este es Alexis.
—Oh —Murmuró—. ¿Estás saliendo con los dos?
—No, no. Terminé con Alexander hace dos semanas. Empecé a salir con Alexis luego de eso porque me hizo reír. Alexander era muy frío.
—Tienen la misma cara y son hermanos —Reclamo.
—Pero diferente pit-
—¡Emma! —Alexis levanta la voz avergonzado—. Te puedo escuchar, por el amor de Dios.
Niccolo
—¡Si no te callas juro que me disparo en la cabeza! —Grito quitándole el seguro al arma.
No era la mejor forma de callar a Marco, pero yo estaba al borde de pegarme un tiro en la cabeza de tanto que ese hombre me molestó en las últimas semanas con respecto a la boda.
Él levanta las manos en señal de rendición, por lo que suspiro, y dejo el arma sobre el mueble del cuarto.
Nos quedamos callados hasta que nos dan el aviso de que ya puedo acomodarme en el gran salón a esperar a mi futura esposa.
Marco se va primero y yo sigo después, la corbata me aprieta el cuello a tal punto que siento que me asfixio. Son nervios, los nervios que Marco infunde en mí para que todo su plan de mierda salga a la perfección. Hijo de puta egoísta, muevo el mundo para él, me adapté a su forma de trabajo, me volví sus ojos y oídos, y no puede cumplir la única cosa que le pedí. Una sola cosa.
Estoy posicionado, aguardo por ella. Tuve la ligera fantasía en mi cabeza en la que Gianna se escapaba y Marco me obligaría a perseguirla hasta traerla al altar para obligarla a casarse conmigo. Habría sido emocionante.
No veo a mucha gente alrededor, eso es bueno. Los hermanos de Gianna en primera fila, Ludovico en la segunda junto a Marco, y el resto de muchachos “cercanos” del trabajo. Les quitaré esas sonrisas burlonas, un golpe en el rostro por cada minuto que la hayan mantenido así. El chiste del por qué se ríen es debido a ella, es de dominio público que cada esposo que tiene sufre una muerte muy... Inusual.
Entonces las puertas de metal se abren, su pequeño pie es lo primero que se asoma en una zapatilla de cristal, y después ella entrando del brazo de Vicente. Tiene un vestido blanco con varias incrustaciones de perlas en el, un escote pronunciado y que levanta sus pechos, el velo debe tener al menos unos cinco metros de largo con un encaje de flores. Su cabello castaño cae en largas cascadas sobre sus hombros deteniéndose en su cintura, y puedo notar el sutil maquillaje en su rostro.
Las luces descienden, y desde mis adentros maldigo lo buen padre que llega a ser Vicente, es un vestido luminiscente. Apenas entré al lugar ignoré todos los detalles de cristal, pero ahora cobran un sentido, cada paso que ella da ilumina todo el maldito suelo en partículas celestes.
No puedo ver a nadie más que a ella. Solo ella.
Es hermosa, muy hermosa, y si antes no podía respirar, ahora menos.
Extiendo mi mano para recibirla sin poder despegar mi vista de ella, sus dedos se enredan con los míos. Me mira enojada, hace lucir sus delgadas cejas.
Gianna.
—¿Vas a decir algo, grandote? —susurra ella.
—No —respondo.
—Eso es algo.
En ese instante me doy cuenta del truco. Mi traje negro, la posición en la que estoy, todo. Yo no destaco aquí, y estoy seguro de que el chico de la cámara que está a metros de nosotros, toma las mejores fotos de Gianna donde apenas mi rostro se verá por la iluminación de su vestido.
Vicente hizo todo lo posible para que ella fuera lo único que resaltara.
No me enoja, de hecho, puedo admirar con libertades a mi futura mujer.
Escucho al sacerdote hablar.
Termina, termina, termina. Pienso desesperado. El tipo solo debía terminar la frase, los papeles por civil estaban listos hace semanas.
No teníamos anillos. Vicente no quería anillos.
—Puede besar a la novia.
La tomo de las mejillas con una mano, aprieto mi pulgar y el índice en esos cachetes regordetes. Acerco mis labios y cuando ella hace un movimiento para besarme, retrocedo. Lo que la hace enojar bastante.
Beso la punta de su nariz y me alejo.
No dejo tiempo a nada, la tomo de la mano para arrastrarla fuera de allí sin dejar que hable con Vicente, evado a Marco y comienzo a correr. Siento como ella da tropezones, paro, la cargo en mis brazos y sigo corriendo.
Su velo molesta así que lo desprendo, vuela algunos centímetros y termina quedándose a mitad del corredor.
Salimos a la fresca noche mientras la sigo llevando en mis brazos. Gianna no se ha quejado en ningún momento, sus manos me rodean los hombros y apoya la frente en mi cabello lleno de gel. Ella no es pesada.
—¿A dónde vamos? —pregunta cuando me detengo en una esquina mirando a los lados.
—A mi casa.
—¿No estábamos escapando de ellos?
—Sí. Marco nunca iría a mi casa y tu padre... Es otro caso. Lo llamarás luego para decirle que estás bien.
—¿Entonces por qué no nos fuimos normalmente?
—Marco quería que me quedara para hablar de negocios con tu padre, me tiene harto. Tiene a Ludovico como guardaespaldas, estará bien.
Llamamos mucho la atención por la calle, algunos chiflan, otros aplauden, y yo estoy como un loco tratando de encontrar un puto taxi que nos alcance hasta la comodidad de mi hogar.
Sigo caminando, y veo a uno de los autos de Marco acercándose a nosotros, podía intentar buscarme, pero no dejaría que me atrape. Apresuro el paso, me cruzo de vereda hasta que encuentro un taxi al cual me meto y echo a las personas que estaban dentro.
—¡Largo! —grito logrando que se bajen.
Al entrar al taxi doy la dirección. El hombre panzón que maneja no le molesta que haya sacado a otras personas.
Gianna está sentada sobre mis piernas, me di cuenta de que no la solté desde que salimos. Suspiro con más calma recargándose en el asiento.
—Se ven jóvenes —dice el taxista—. ¿Tenían prisa por casarse?
—No realmente —Contesta Gianna con una risita—. No sabes cuanto me rogó para que nos casáramos. Deberías haberlo visto.
Muerdo uno de los dedos de su mano con suavidad para señalar que pare. El vestido ocupa mucho espacio, no tengo otras partes de su cuerpo visibles para apretar en advertencia de que cierre la boca.
—¿Se conocen hace mucho? —Otra pregunta, ¿por qué tan curioso?
—Sí —Respondo antes que Gianna y sus mentiras. Al menos, lo mío, tiene parte de verdad.
—¿Y qué hacen saliendo en un taxi?
—Mamá y papá son insoportables —ríe Gianna. Mentir se le da muy bien—. Nos escapamos antes de que quisieran meterse con nosotros en la cama en nuestra noche de bodas.
Ella continúa hablando y hablando con el taxista sobre cómo nos conocimos, una historia muy emocionante, por cierto. Al parecer hablo portugués y árabe, y soy un gran bailarín, la saqué a bailar en Puerto Rico y quedó enamorada de mi encanto. Luego ambos descubrimos que éramos italianos, así que volvimos a casa, peleamos con nuestras familias para casarnos y lo logramos.
Me encantaría dejarla como una mentirosa en frente del taxista, no lo hago porque a finales de cuentas, su historia es entretenida y me causa un sentimiento de diversión.
—Ya me imagino que sus hijos serán muy hermosos.
—¡Si! —Exclama Gianna con emoción—. Quiero seis hijos, en realidad, diez, pero mi esposo dice que son demasiados. Me ha hecho reducir el número a seis.
Me atraganto con mi saliva cuando la oigo, el taxista se ríe de como estoy tosiendo. Gianna sonríe victoriosa.
—Lo reduciremos a uno —Contesto—. Teniendo en cuenta los antecedentes familiares que te cargas y con mi mala suerte, tendremos a nuestros primeros seis hijos de una tirada. No lo sé, ¿cuánto crees que debamos estar encerrados juntos para que funcione? ¿Seis horas? ¿Seis días?
Se sonroja tanto que me da un golpe en el hombro con fuerza.
—¡No hables de esas cosas cuando hay gente! —grita con el color extendiéndose por todo su rostro.
Todo esto ha hecho el viaje ameno. Al salir del coche le digo al taxista que espere unos segundos que entraré a casa a buscar dinero porque no tengo nada en los bolsillos, dijo que no hacía falta, que disfrutó el paseo, y que nos deseaba un matrimonio feliz. Al menos no tuve que pagar.
Gianna miraba mi casa poco convencida, a comparación de su mansión, lo mío era una cabaña vacacional.
—Es muy pequeña.
—No es pequeña.
—Lo es, Niccolo.
—Disculpa, ‘Señorita mi padre caga dinero’. Esto es lo que tienes.
—Si que Marco te paga una miseria.
—Agradezco que mínimo me paga. —Murmuro.