Bóreas
Una visita tocó mi ventana
hacia frio
me dolían los huesos,
pero no me sentía solitaria.
El invierno se acercaba,
mi piel lo sentía
hice chocolate caliente
y luego de beberlo subí a dormir.
En casa y con la pijama puesta
todo era familiar,
dulce,
suave,
compasivo
y silencioso.
Cuando la ventana de abrió
Bóreas trajo consigo la risa de un bebé,
salpicaron cristales de hielo
que se adhirieron a la madera,
y unos brazos escandalosos,
necesitados y torpes trataron de cubrir mi cuerpo.
No me alteré
respiré hondo,
se supone que el frío debe quemar, pensé
esta sensación;
el aroma,
la piel suave,
el tono dulce
era familiar.
Me quedé ciega por unos instantes,
con el fulgor y la luz blanca,
repasé la sensación de pies a cabeza
«suave, dulce y familiar»
Familiar, familia, repetía en mi cabeza
¿Dónde había sentido esto antes?
A medida que recuperaba la vista
y me encontraba con las sórdidas paredes
la sensación de suavidad, dulzor y frío
abandonaban mis brazos.
«¡No, no, no!»
El abandono dejó a mi corazón insatisfecho,
incoloro y alarmado.
Compulsiva y presa del delirio,
abrí la ventana.
Bóreas me robo el aliento y también a ella.
Salieron alborotados los filamentos de vilanos.
Sabía que se había ido
y yo me quede inerte y triste.