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Paper Dreams (MinWon)

Summary

¿Puede el peor momento de tu vida llevarte al mejor? "Es como una fantasía en mi jardín" Un accidente con un chocolate demasiado caliente. Una conversación en un restaurante. Una mano amiga y un hombro para llorar. Lo que comienza como una inocente y adorable amistad, se convierte rápidamente en un una atracción difícil de ignorar y, mientras los sueños personales de cada uno se materializan, los besos de nieve surgen tal y como el amor florece bajo los copos de nieve.

Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

¿Puede el peor momento de tu vida llevarte al mejor?

Mingyu se lo preguntaba mucho en los últimos seis meses y, esa mañana de finales de noviembre, la pregunta se respondió por si misma después de mucho darle vuelta. La respuesta era sí. Hace un par de meses si alguien le hubiese preguntado a dónde se dirigían sus pasos después de la separación, él se habría mordido la lengua sin pensar siquiera en que podría haber un después. Pero lo había. Y cuando llegó allí se felicitó a si mismo por sobrevivir.

Abrió la puerta de su nuevo negocio con una sonrisa y se adentró en el local. El aroma floral lo recibió en un suave abrazo expulsando su posible malestar y reemplazando la tristeza por un orgullo desmedido. En cada uno de los rincones se podía notar que él había entregado más que su corazón para que todo se viera lo más perfecto posible.

Paseó por el lugar lentamente sintiendo en su cuerpo la emoción genuina por empezar algo nuevo. Aquel había sido su sueño por muchos años desde que se graduó en la universidad pero, de ser un sueño a llevarlo a cabo, había un gran trecho por recorrer y él no solo lo había recorrido sino que fue recogiendo migaja tras migaja para construir su propio refugio. Una tienda de regalos navideños.

-- Bien hecho, Kim – palmeó su espalda como había aprendido y continuó su exploración orgullosa.

La amplia vista le permitió darse cuenta de todo lo que podría crear con sus propias manos y vender en su tienda. El mostrador para recibir los pedidos era de madera oscura similar a las de la puerta de entrada y la de su taller y las ventanas corredizas que había instalado. El suelo brillantemente blanco se extendía por toda la tienda y, las lámparas colgantes le daban un aire hogareño sin perder el toque. Los habitantes de Sleepy Crave decían que antes de que siquiera su familia se mudase al pueblo, allí había estado la mejor cafetería de los Estados Unidos. Por supuesto, después de la primera recesión económica en los 50’ y la caída económica en el 2008, los dueños habían decidido venderla. Desde entonces, desde una librería, cafetería, restaurante de comida para llevar aquel gigantesco lugar había abrigado detrás de sus puertas a más de un soñador dispuesto a cumplir todos sus objetivos.

Él esperaba que fuera el último.

La puerta fue abierta llamando su atención y la cabellera rubio ceniza de su mejor amigo hizo acto de aparición.

-- ¡Wow! -- exclamó con ojos curiosos -- ¡Esto se ve íncreible, Mingyu!

-- Gracias Joshua – agradeció de buena gana y sonrió -- ¿Qué te parece?

-- Más le vale a la gente de este pueblo admirar tu trabajo porque este lugar se ve espectacular.

-- Hannah lo diseñó y Jeonghan buscó a sus chicos de la constructora para el trabajo.

-- Recuerda enviarle más de un ramo de flores a Jeonghan y a Hannah por su arduo trabajo porque chico, esto va a ser la bomba.

Dejó ir una carcajada suave y asintió a su amigo. El dúo se había lucido esa vez y todas las anteriores.

-- Déjame que te invite una cerveza en lo que estoy en el pueblo – sugirió Joshua – Me voy en dos días para consternación de mis padres pero, tengo que trabajar.

-- Deberías considerar establecerte aquí una temporada – dijo Mingyu cerrando la puerta del negocio y siguiendo a Jisoo hasta uno de los bares del pueblo – Sobretodo en Navidad.

-- Mingyu, crecí aquí – desechó el hombre y continuó divagando – No hay nada que me pueda ofrecer el pueblo profesionalmente. En Boston tengo la firma y, por muy raro que te parezca, me siento cómodo allí.

El moreno se encogió de hombros sin querer profundizar en el rechazo de su amigo por el pueblo que los vió nacer. Mingyu tenía ideas diferentes y experiencias completamente distintas a las de Joshua pero, eso no quería decir que no entendía un poco lo que él otro hombre quería decir. Entraron al bar particularmente animado para ser una tarde de miércoles. Mingyu tomó un asiento cerca de la ventana mientras Joshua buscaba dos cervezas grandes para ellos y quizás unas tapas para picar.

-- Aquí tienes – dejó las cosas en la mesa – Desde que Seungcheol contrató a este chico de la cocina, todos vienen al bar más seguido.

-- ¿Seungcheol contrató a alguien?

-- El viejo gruñón sacó su cabeza del pozo y escondió el orgullo y dejó la cocina en manos de un jovencito de la ciudad – bromeó Joshua – Sabes que él nunca aceptó que nadie más que él usara su cocina pero, parece que este chico nuevo es de oro.

Mingyu parpadeó tomando una de las tapas que Joshua había traído y gimió del gusto. La masa se disolvió en su lengua mientras los sabores cubrían todas las partes de su sentido del gusto.

-- Está delicioso – aseguró sin dejar de masticar – Eso explica porque todo el pueblo está aquí un miércoles en la noche.

-- Oye, Gyu – tarareó en respuesta para que continuase a sabiendas de que no le iba a gustar la pregunta del hombre -- ¿Cómo va tu...divorcio?

Se encogió de hombros sin querer responder realmente pero, sabía que debía decir al menos algo. Mingyu, como todos los jóvenes de 24 años había soñado toda su vida con unirse a un hombre o mujer que lo amase por quién era. Quizás por ello se embarcó en la relación más larga con un chico de “ciudad” como decía su abuela Kang. Solía decir que su matrimonio era como una oruga pequeña que se envuelve en un capullo cuando está lista para cambiar. Lástima que había durado lo mismo que tarda una mariposa en volar. Así que después de 10 años y seis meses, Mingyu y su ex se estaban divorciando.

-- El mes próximo iré a Boston por el certifico que falta y seré un hombre libre – comentó en un susurro escondiendo el dolor que aquella frase le daba con un trago de cerveza – Supongo que estoy todo lo bien que puedo estar.

No mentía. No negaba que le dolía muchísimo que el hombre con el que imaginó todo un futuro ya no estuviera a su lado pero, en los últimos ocho meses después de volver a su pueblo remoto, se dió cuenta de que era imposible seguir en un matrimonio sin amor por mucho que la costumbre y la comodidad hubiesen reemplazado el abrasador sentimiento que los unió por primera vez.

-- ¿Qué hay de la casa y las cuentas? -- inquirió Joshua sin querer entrometerse demasiado – Es que Seokmin no quiere decirme nada y es frustrante.

-- ¿Seokmin? ¿Lee Seokmin? -- Mingyu arqueó una ceja ante la mención de su amigo abogado – Lo dividimos todo equitativamente, Josh. Sé que es difícil de creer que Michael haya dado su brazo a torcer pero, en términos de dinero él sabe lo que le conviene y no desea una batalla legal conmigo. Me compró la mitad de la casa y me cedió el auto que compré con mi primer pago.

-- Eso es...honorable.

-- Como dije, no quiere una batalla legal conmigo. Mientras más rápido nos divorciemos más rápido puede seguir jodiendo con chicos por ahí – añadió para su propia consternación – Ahora, ¿cómo conoces a mi abogado?

-- Trabajamos juntos en más de un caso y es un buen amigo mío.

Mingyu sospechaba que tan buena era esa amistad pero no comentó nada más. La vida privada de Joshua no era de su incumbencia pero, le picaba la curiosidad de saber si había algo más entre los abogados. Bebieron cervezas frías mientras disfrutaban del postre y terminaban de ponerse al día. Siempre era agradable tener un amigo con el que pudieras desahogarte y, para Mingyu, Joshua había ocupado todos esos lugares.

Se conocían desde la primaria y ahora casi 30 años después, podía decir con alegría que su amistad con los años solo se había solidificado.

Se despidieron cerca de la hora de la cena. Joshua tenía una cena con un amigo de su familia que necesitaba sus servicios y él tenía que llegar a casa. Caminó con lentitud sin prisas de llegar a su casa admirando la calidez otoñal de su pueblo. Las mañanas no eran tan llamativas en el pueblito. Un montón de personas que volaban hacia sus trabajos con un café para llevar en mano y otros con caras de pocos amigos por volver a la ciudad grande. Sin embargo, en las noches todo cambiaba. La ciudad se iluminaba desde todos los lugares y, pasaba de ser un pueblo simple sin nada que ofrecer a un cómodo refugio familiar al que volver. Era mucho más que fascinante y, para ser sincero consigo mismo lo había extrañado. La gran ciudad podía ser ruidosa, mareante, zumbante hasta que terminabas con la garganta cerrada buscando respirar. Agradecía siempre de tener un lugar al que volver y recargar las pilas aunque esta vez, no se iría.

Estaba tan ensimismado en sus pensamientos que olvidó que estaba en una concurrida ciudad. Reaccionó con rapidez tomando al joven por un brazo mas el chocolate caliente que este traía voló directo al suelo.

-- ¡Oh! -- parpadeó el joven con un puchero adorable sin despegar la vista de su bebida perdida -- ¿Por qué a mí?

-- Lo siento iba un poco... perdido.

La disculpa murió en algún momento. Una mirada azabache detrás de lentes redondos se encontró con la suya robándole el aliento. Era la primera vez quizás que le sucedía algo así. El hombre parecía tan ensimismado y sorprendido como él. El cabello negro cubría su frente, la recta nariz le daba un toque extranjero y sus labios continuaban en el puchero más adorable que él había visto en sus 34 años de vida.

-- Yo...eh.. -- la disculpa murió en sus labios mientras el extraño se enderazaba en toda su altura con una mirada entre lo triste, lo enojado y lo curioso.

-- Me debes un chocolate – la voz profunda erizó su piel como una caricia suave que le encantó.

Nunca le había visto y, por la mirada en el rostro del joven, era el único que tenía esa opinión. Bajo las pocas luces de la ciudad, dibujó un rostro varonil con marcadas facciones asiáticas y, unas gafas redondas que enmarcaban su rostro. Era alto pero, más allá de eso, las capas de ropa que cubrían su cuerpo le impidieron determinar si su cuerpo estaba tan bien construido como el suyo. Sin embargo, algo en él era vagamente familiar.

-- Soy Mingyu, el nuevo dueño de la tienda de regalos del centro – se presentó cuando finalmente su capacidad de comunicación se conectó a su cerebro -- ¿Tú eres...?

-- Wonwoo – respondió el hombre en susurros – Jeon Wonwoo.

Jeon. Los recuerdos se agruparon en su mente mientras el apellido se acentaba en él.

-- ¿El hermano mayor de Seulgi? -- su cuerpo se tensó ante el nombre de la mujer de su mejor amiga y el pelinegro asintió -- ¡Eres el programador!

Un suave tono de rosa cubrió las mejillas del chico. Hace años que no le veía y, decir que estaba gratamente sorprendido era quedarse muy poco. Wonwoo y él habían intercambiado muy pocas palabras a lo largo de los años y, luego de mudarse a Chicago, se vieron cada vez menos.

-- ¿Cómo has estado? -- preguntó Mingyu con una gran sonrisa – Sé que viajaste por el país no hace mucho y tu juego es super popular.

-- Yo...eh.. Sí... -- contestó aclarando su garganta – Estoy de vuelta para las vacaciones navideñas. Mi abuela también regresó y quería a toda la familia aquí.

Tan rápido como habían comenzado a hablar la conversación murió. La verdad sea dicha ellos no eran lo que alguien llamaría “amigos” pero, Mingyu no pudo evitar sentir que el pelinegro estaba prácticamente huyendo de él. Wonwoo carraspeó y se despidió de él con una sonrisa vacilante.

-- Te veré por ahí – murmuró alejándose a toda prisa sin darle tiempo a Mingyu de pensar o de invitarle un chocolate por el que había perdido.

Mingyu se quedó de pie allí bajo las luces parpadeantes del centro y se encaminó a casa con un suspiro. Si esa no era la interacción más rara de toda su vida no sabía que era. Agradecía que no era plena luz del día sino no hubiera sabido como esconder su asombro.

Llegó a casa sin más incidentes arrastrando los pies sintiendo de golpe el cansancio del día y el frío del día colarse en sus huesos.

Encendió la luz de la cocina y sin ganas de cenarse algo fuerte, calentó un poco de agua y bebió un té de hibiscus sin cafeína. Tomó asiento en la ventana cubierta del comedor y disfrutó del silencio. La tranquilidad que sentía en su interior era sorprendente pero, eso era lo que daba regresar a tu lugar feliz, estar a punto de cumplir tu mayor sueño y finalmente respirar en paz. No había nadie esperando por su presencia en una oficina ejecutiva después de pasar horas despierto en la madrugada tallando juguetes. Habían más de mil encargos esperando por él pero, los haría a su propio ritmo. No habían esposos celosos de su negocio o ansiosos por abrir una relación en un intento desesperado por revivir un sentimiento que se había desvanecido con los años. Solo estaban él y su nueva tienda en el pueblo que le vió nacer y crecer y todo iba viento en popa. Su negocio estaría listo en pocos días y luego de ello, su nuevo comienzo estaría finalmente en marcha.

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