Chicas Impuras

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Summary

Tres jóvenes adolescentes cursan el último año de preparatoria en un alejado pueblo de Pensilvania llamado Greens. Cada una con una peculiaridad especial experimentan distintas fases de su vida que no cualquier adolescente “normal” atravesaría. Sus personalidades y vivencias las obligan a ser personas desagradables, impúdicas, y muchas veces perversas. Hasta que las tres se ven engañadas por una única persona que lo cambia todo y hacen hasta lo imposible por desmantelar todos los telones de la obra con tal de que los suyos sigan intactos. ¿Pero qué costo tendrán que pagar por todas sus malas acciones? La única manera de sobrevivir es escapando una de la otra.

Genre
Mystery/Drama
Author
Suemy
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 LA TÍPICA

France


Jamás quise ser una persona convencional, y menos a los 17. Pero como todo lo que quiero siempre se cumple a la inversa, hoy en día abarco todo el estereotipo de “La típica chica” y serlo es posiblemente la cosa que más detesto en el mundo.


Yo soy esa chica que entro a mitad de curso por que se mudó de la ciudad más bonita del país, al pueblo marginado y que nadie conoce (posiblemente si lo conocen, pero soy demasiado dramática). La que nunca logro formar amistades duraderas en ninguna parte, la que tiene padres en proceso de divorcio y por lo tanto una personalidad disfuncional. Yo soy la típica chica que se sienta en el rincón más insignificante del salón, en la última butaca más vieja y descompuesta. Quieta como una roca, muriendo en vez de existiendo.


Estoy en el último año de preparatoria, soy virgen, drogadicta temporal, y posiblemente futura mujer desempleada y fracasada. Lo que quiere decir que además de típica y solitaria, mi vida es triste.


En días como hoy en los que tengo la menstruación, y que sobre pienso absolutamente todo, me cuestiono si de verdad estoy viviendo en el mismo plano temporal que Anna Baker. La mejor y más cotizada chica de todo el colegio, la dueña de la caridad y la competencia de Newton, y por sobre todo la preferida de cupido. Ella es la otra típica chica que está sentada justo en medio de la clase, luciendo tan perfecta y pura, tan… feliz.


Quiero dejar de mirarla, pero es imposible cuando justo al lado de ella está su novio.


Lorenzo Wiley.


O mejor conocido como: mi amor platónico, el hombre en el que pienso cuando me duermo, cuando me despierto, cuando me depilo las piernas, y particularmente cuando estoy ovulando.


La última coca cola del desierto. La manzana de Eva en forma reencarnada, dios y el fin del mundo al mismo tiempo…


—¡Señorita Leborgne! —El profesor de cálculo me rescato de mis pensamientos sobre el chico que tal vez no es ni la mitad de genial de como lo describo, e inmediatamente me limpie toda la baba que ya estaba derramando. —Se ve que está usted muy ocupada observando al joven Wiley. ¿Al menos presto atención a algo de lo que dije?


Sentí como todos posaron sus ojos sobre mí, y puedo decir que no es un sentimiento para nada agradable cuando se luce como yo luzco ahora mismo. Como una vagabunda desamparada. Esta no es la primera vez que algún profesor me atrapa viendo a Lorenzo y se lo ventilaba a toda la clase y tengo la sensación de que los demás ya hasta piensan que estoy perdidamente enamorada de él, cuando en realidad, solo es uno de mis tantos caprichos inalcanzables al que pronto superaré.


—Hablaba sobre... ¿la revolución francesa?


Y las risas resonaron por todo el salón. ¿Por qué los adolescentes siempre se ríen de las cosas que menos risa dan?


—Esto es cálculo señorita, no historia. Mejor pase enfrenté y resuelva este ejercicio.


El maldito profesor del diablo señaló justamente el ejercicio más difícil de la pizarra. Yo no sabía absolutamente nada de números y menos cuando los mezclaban con letras, y para mi mente terriblemente limitada solo había de dos opciones: negarme y hacer el ridículo, o pasar y hacer el ridículo. Me decidí por la menos deplorable, pero eso no significó que las piernas no me temblaran o que la voz no se me atorara en la garganta como una espina de pescado atravesada.


Es horrible esta sensación de desconocimiento y de sentir que todos me miran el trasero.


Los estuve contando, y en total ya llevaba cinco minutos parada frente a la pizarra fingiendo que de verdad sabía lo que hacía. Borrando y escribiendo números una y otra vez. Ya nadie me prestaba atención para este entonces, ni siquiera el profesor. Todos sabían que yo era un caso perdido y no solo en cálculo, si no en la mayoría de las actividades cotidianas.


Hasta que de pronto, lo inesperado y más maravilloso de toda mi semana aconteció. Justo antes de que yo me declarara una tonta en cálculo, una voz fuerte y empática se escuchó detrás.


—Profesor. ¿Puedo pasar a resolver el ejercicio por mi compañera? O al menos… ¿Ayudarle?


Mi corazón sufrió mil taquicardias seguidas en ese preciso momento de gloria. No podía creer lo que sucedía, mi amor platónico había actuado ante mis llamados de ayuda y eso solo confirmaba la existencia de la conexión telepática que teníamos.


¡Lo amo de la manera que yo más amo amar!


—Por supuesto. — El profesor le sonrió a Lorenzo, su alumno favorito. —Todos deberían de aprender del joven Wiley, ¡tan gentil!


Él se colocó justo a mi lado, me miró a los ojos con esa expresión asesina y me obsequió esa maldita media sonrisa de hombre seductor que tanto me debilita y me motiva a la vez. Nuestros hombros chocaron como dos campos eléctricos y de pronto nos imaginé juntos en el altar con una canción acústica de fondo, el entregándome un anillo precioso y yo en cambio, mi vida entera. Así de cerca podía percibir su olor… perfume Burberry y al pan con mantequilla que él había desayunado esta mañana.


—Mira abajo France.


France. Mi nombre en sus labios sonaba angelical. France, la forma en la que pronunciaba la “F” y la “R” tan marcadas y sonoras, y cuando entreabría su boca para pronunciar la “A” …


—¿Qué?


—Que se te ha caído la droga.


No puedo explicar mi expresión de ese momento, solo sentí como un bichito recorrió toda mi espina dorsal por la mezcla de adrenalina y vergüenza que me provocó la situación. De los clichés románticos que existen, me tocó el más fuera de lugar. Ya ni tiempo medio de reaccionar ante la pronunciación de nadie, simplemente me agaché y recogí mi medicina más rápido que un piloto de carreras. Para después ir de nuevo a mi rinconcito seguro esperando que nadie, además de Lorenzo, haya notado mi error.


—Si señorita, siéntese… como ya se lo ordené.


—Lo siento…


Durante el resto de las clases, me la pase pensando en esa pequeña interacción que había tenido con él por más vergonzosa que esta fuera. No dejaba de recordar su voz susurrándome cerquita del oído y el hecho de que él prácticamente me salvó, no solo del problema de cálculo, sino también de una expulsión inmediata por la droga. Aunque es un acto que cualquiera con un poco de piedad habría hecho, yo lo veía como algo mucho más significativo.


Quizás por el enamoramiento.


O más bien, por la idealización.


A la hora de la salida iba tan ida que incluso choqué con la puerta de cristal que dividía los pasillos del colegio, provocando algunas burlas detrás de mí. Aquí iba de nuevo…


—¡Cuidado, retrasada! Parece que empeoraste ¿Es por eso te desapareciste por tanto tiempo? ¿Por qué estuviste en el psiquiátrico?


Voltee para encontrarme con Jade, una de mis compañeras de curso que ya había tomado cierta fascinación por utilizarme como conejillo de indias. Iba acompañada de todas sus amigas y a pesar de que lo que dijo no fue para nada gracioso, todas ellas se rieron a carcajadas.


—No seas mala Jade, las chicas como ella siempre son las más peligrosas y astutas. Podría entrar a tu casa y asesinarte mientras duermes— dijo otra raquítica.


—¿Peligrosa? A los drogadictos no les sobran neuronas ni para escribir sus nombres, ni mucho menos para planear un asesinato.


—Bueno está bien me convenciste. Acoceémosla el resto del curso y grabemos un video golpeándola para YouTube.


—No, sus súplicas aburrirían a todos.


Las escuchaba con detenimiento, pero nunca hacía ni respondía nada en contra. Sabía que ese era mi papel por ahora y disfrutaba de la temporalidad de este, ser la burla era nuevo para mí y de ahí venía uno de los tantos motivos por los cuales había optado por introducirme en el mundo de la drogadicción. De esa manera no me sentía tan ofendida.


Mientras ellas hablaban, todos los demás me veían con cierta lástima. Me consideraban la representación viva de la cobardía por permitir múltiples humillaciones por parte de literalmente, cualquier persona. Aunque la realidad detrás de todo ese marginado telón que hasta ahora había formado a la perfección, era muy distinta.


Lo que yo hacía no era nada más ni nada menos que protegerlos.


Jade y su grupo me siguieron durante toda una cuadra, riéndose de mí y no conmigo. Antes de que cada una tomara su propio rumbo, Jade se acercó a mí individualmente, al asustadizo borreguito que permanecía mirando al cielo y esperando el bus.


Recargó uno de sus estilizados brazos sobre mi hombro, como si fuéramos amigas de toda la vida. —¿Por qué volviste? Pensé que habías muerto y que tus padres te habían ido a sepultar a tu tierra natal.


Me quedé en silencio.


—Pero claro, no tengo tanta suerte.


—¿Qué quieres Jade? — Le pregunte con angustia en mi tono de voz.


—¿Así, directo al grano? Así lo haremos entonces…— Suspiró y me soltó del hombro, para mirarme directamente con seriedad. —Vi lo que paso esta mañana en cálculo y necesito más de eso. Una cantidad grande.


—No paso nada en cálculo. — La única parte que había recopilado de entonces era Lorenzo, y nada más.


—Se te cayó el gramo de coca en medio de la clase. Todos sospechaban de tu drogadicción pero no queríamos culparte demasiado rápido. Ahora sabemos que es tan real que ni siquiera puedes estar limpia en clases.


—No, no era droga. — Fingí demencia, es lo que mejor me salía. —Es medicamento, son pastillas molidas por qué no me las puedo pasar


—Pero que excusa tan infantil…— Jade se rio. —Mira, no voy a acusarte con el rector ni nada por el estilo por que sinceramente no me importa si mueres de una sobredosis o algo así. Solo quiero pedirte un pequeño favor.


Claro, lo del favor era más bien un sinónimo de negociación.


¿Pero negociar qué? Ella no sabía nada de mí, nada que fuera real. Me podía negar si yo quería —¿Qué tipo de favor podría hacerte una drogadicta como yo?


— Ya lo dijiste. El único favor que la gente como tú podría hacer bien. Conseguir algo de droga para ambientar las ocasiones importantes.


—¿Ambientar qué? ¿Una tonta fiesta de Halloween? No necesitas mi ayuda Jade, la droga se consigue en cualquier parte.


Apretó los labios con esa expresión de fastidiarle mi respuesta. Al inicio tardo en contestar, pero después soltó lo que rápidamente supuse, era un plan bien estructurado. Quería jugar conmigo. —Sé que no te he tratado bien en todo lo que nos conocemos. Y ahora que vamos a terminar la preparatoria supongo que mereces que haga algo bueno por ti. Quiero que asistas al evento anual de Reaf. No hace falta que te explique lo que es, siempre es novedad durante estas fechas.


—Pero no estoy invitada.


—Soy la anfitriona este año, así que ahora lo estás. Te enviaré una invitación por correo para que veas que no hay trampas esta vez. Pero necesito que me digas ahora si iras y si llevarás lo que te pido… Anda, acepta y hasta con dinero saldrás.


¿No hay trampas? Por favor, ni ella se lo cree. Jade estaba equivocándose y demasiado. Sin embargo, yo no era ninguna tonta y no me autosabotearía ante la semejante oportunidad de entretenimiento que se me estaba presentando. Después de todo, necesitaba liberarme de todo el aburrimiento que había acumulado por semanas mientras estuve en el monstruoso lugar.


—Bueno, lo pensaré.


Jade, aunque no lo creas te extrañe demasiado.


Aparentemente, el día no había sido tan malo porque al llegar a casa me encontré con otra emocionante sorpresa que hizo que mi serotonina se disparara. Mi padre había traído una nueva mascota. Dijo que sería mi responsabilidad temporalmente en lo que le encontraba un nuevo dueño, ya que el que tenía había fallecido y ahora ella había quedado desamparada.


¿Podía llegar a ser yo su futura dueña?


Anna


El toque de queda en mi casa era a las ocho de la noche. Con ese límite de tiempo no tenía espacio para “casi nada” según Lorenzo. Así que aquí me tenía, sentada a la orilla de la ventana esperando su llegada. Era una costumbre inquebrantable que solo le fascinaba a uno de los dos. No lo había dicho en voz alta y mucho menos después de todo lo que él había hecho por mí, pero yo ya no lo quería en mi vida.


—Te extrañé. — Me abrazó tan fuerte en cuanto llegó y no tuve más que recibirlo con los brazos abiertos. Ah, y con las piernas también.


—¡Qué dramático! Nos acabamos de ver hace algunas horas.


—¿horas? Parecieron días.


Él entró a mi habitación ya no tan cautelosamente como las primeras veces, y lo primero que hizo fue tumbarse a la cama. Su mirada y la forma en la que acariciaba una parte específica de su pantalón, rápidamente me dio a entender que solo había venido para tener sexo. Era lo que casi siempre hacíamos en estos encuentros nocturnos. Aunque la verdad es que variaba completamente de mi estado de ánimo. Si estaba triste, conversábamos.


Si estaba feliz, bromeábamos y bailábamos. Si estaba enojada, discutíamos a morir. Yo era, literalmente, el centro del universo mental de Wiley y aun así me sentía desenlazada de él.


—Me tienen fatal los finales, física en especial. Creo que voy a morirme de una epilepsia por estrés.


Él se rio a carcajadas no tan altas por obvias cuestiones de seguridad, e hizo como si mi problema no fuera la gran cosa. Y si, realmente no lo era. —Ya olvida un rato eso. No importa si desapruebas este parcial sabes que los profesores son muy fáciles de convencer al final.


Yo estaba lejos de ser una alumna de excelencia, y esa era una de las tantas razones por las que no podía dejarlo. Cada fin de semestre desde que iniciamos la preparatoria él hacía una especie de “intercambio” con los profesores. Ponía una cuantiosa cantidad de dinero en sus cuentas bancarias, a cambio de que ellos pusieran una calificación impecable en mi historial.


Las primeras ocasiones me daba pena el hecho de que él tuviera que resolver cosas tan fáciles y que no le correspondían. Pero Lorenzo siempre justificaba sus dulces acciones diciendo que hacía esto por los dos y por nuestro futuro, ya que una de las metas que teníamos como pareja era estudiar juntos la universidad en New Haven.


Después de algunas horas de buen sexo y a lo que la mayoría de las personas cataloga como “la mejor de las relajaciones” por fin paramos un momento para hablar. Era lo que mi cuerpo me estaba exigiendo.


Nos sentamos los dos en la alfombra rosa eléctrico de mi habitación, en medio de una oscuridad interminable, pero aun sintiendo ese calor mutuo que nos convertía en un mismo cuerpo. Dejé recaer mi cabeza sobre su pecho todavía desnudo y de pronto tuve la seguridad suficiente para confesarle una de las cosas que realmente me tenían preocupada.


No. No eran los exámenes de física, ni que cada día estuviera más cansada y pálida por causa de la anemia. Lo que atormentaba mis sueños y gran parte de mi realidad era algo mucho peor. Era una secuencia de pecados compartidos, que ni siquiera Lorenzo haciendo mil maravillas, podía sacarme de la mente.


—¿Ahora si vas a decirme que te pasa?


—No puedo superarlo, lo que sucedió con Andrew… Ha pasado más de un año y no dejo de soñarlo, la conciencia me carcome y lo peor de todo es que siento que soy la única con esta sensación de culpa en el pecho.


—No eres la única Anna. Ninguno de nosotros lo ha superado todavía. — Noté como su semblante había cambiado seguramente porque el tema lo tomó de sorpresa. No solíamos hablar de Andrew después del atroz suceso que le habíamos hecho pasar, y era horrible tenerlo en la conciencia. Pero sobre todo para mí


Andrew era, o mejor dicho…


Es más que un mejor amigo.


Es la persona que amé y que amaría por el resto de mi vida.


—Pues parece todo lo contrario. ¿No has visto cómo se comporta Jade? Ella no tiene ni una pizca de arrepentimiento y a veces hasta creo que fue ella quien lo planeo todo. Andrew jamás le agradó.


—¿Te das cuenta de lo que dices? Una cosa es que no le agradara y otra muy diferente que lo haya matado. Jade no es una asesina.


—¿Entonces la loca soy yo?


—No Anna, pero quizás si te lo estás tomando demasiado enserio. Prometimos que haríamos como si nada hubiese pasado y eso es lo que todos estamos haciendo. De hecho, es lo que tú deberías de hacer también.


—Lo intento, te juro que lo intento, pero…


Y el silencio habitó. Era una agonía para Lorenzo lidiar con el sentimentalismo y el amor interminable que Anna seguía teniendo por Andrew, incluso cuando se había encargado de que ya no estuviese en la faz de esta tierra, ese nombre seguía ahí, pegado al corazón de su adorada novia como una bacteria que la consumía.


Se había esforzado tanto… tanto para que al final ella siguiera queriendo más a un muerto que a él.


—Sus padres creen que está vivo, y después de un año todavía siguen buscándolo. Tengo tantas ganas de contarle a alguien lo que sucedió, de ir a la policía y afrontar totalmente la culpa.


Pareció como si yo hubiese dicho algo terriblemente malo, por qué antes de terminar la frase Lorenzo se volteó hacia mí con una expresión frenética en los ojos y me sostuvo de las muñecas tan agresivamente que hasta cortó mi circulación. Intenté zafarme de su agarre en cuanto sentí cierta debilidad crecer dentro de mí.


Esa debilidad que en realidad era miedo paralizó mi ser, impidiendo la lucha o algún tipo de protesta de mi parte.


—Soy tolerante a muchas cosas tratándose de ti, Anna. Pero lo que ahora insinúas puede poner nuestro futuro en riesgo, y eso no lo voy a permitir. — Su voz aún era baja, muy cerca de sus labios y de su ser. —Nosotros no le hicimos nada a nadie. Y entiende que no podemos dejar que nuestras vidas se arruinen por la mala suerte de alguien más.


¿Mala suerte? ¿De verdad estaba diciendo que lo que le paso a Andrew fue solo mala suerte y no malas personas?


—Promete que no lo volverás a mencionar con nadie, ni siquiera conmigo.


Anna no era tan diferente de Lorenzo ni de Jade, lo único que la distinguía era que ella tenía más recuerdos y, por lo tanto, más remordimiento, pero nada más. No diría nada porque al final siempre tendría a dicho hombre recordándole que debía querer más a sus planes que a los de una persona que ya ni siquiera podía planear. Debía seguir fingiendo, hasta morir.


—Lo prometo.


Era una persona sumamente cambiante, un minuto podía estar llorando desgarradoramente por todo lo que nunca fue, y al otro riendo a carcajadas por todo lo que ya es. Me obligaba a ser de esta manera, tal vez tenía un trastorno de personalidad o algo así.


Justo después de que habláramos de aquel suceso que fácilmente podía salir en un episodio de American Horror Story, comenzamos con una guerra de cosquillas silenciosas. El que se riera primero y despertara a mis padres perdía. Desafortunada o más bien, afortunadamente nunca perdíamos ninguno de los dos.


Pero lo que, si nos interrumpió a mitad de camino, fueron varios mensajes seguidos que llegaron a mi celular.


Era de un número desconocido. Lo era hasta que leí los mensajes.


<Soy Bett, algo muy grave pasó y necesito que me ayudes. Por favor ven a esta dirección en cuanto puedas y por nada del mundo le digas de esto a Lorenzo, se trata sobre él.>


El mensaje me desconcertó y la sensación de miedo recorrer mi piel nuevamente estaba ahí. Se suponía que Bett debía estar justo en la habitación de alado, durmiendo profundamente como cualquier adolescente de quince años. Pero no, nuevamente se había metido en problemas. Sé lo inteligente que ella puede llegar a ser y eso es lo que más me atormenta. Que estuviera arriesgando su vida por culpa de su curiosidad. Aquel mensaje no era un juego en lo absoluto y yo sabía muy bien lo que implicaba. Si eso se trataba de Lorenzo posiblemente también se trataba de mí… ¿Y si lo descubrió todo?


—¿Estás bien? ¿Quién es? — Lorenzo interfirió en mis trágicos pensamientos.


—Sí, solo es Bett. Está obsesionada con mandarme hilos de Twitter.


—¡Así que la pequeña Bett por fin tiene celular! Qué bueno, tus padres no la podían proteger del internet por siempre.


—Claro, buenísimo…


Bett no tenía permitido el celular, mis padres se lo habían prohibido desde que le encontraron un montón de grupos Afganistán. Ni mucho menos estar fuera de casa a horas tan elevadas como estás, de hecho, hasta habían puesto cerraduras en sus ventanas para que eso no sucediera. Estaba ansiosa y lastimosamente Lorenzo se estaba tardando más de lo normal en irse. Como si quisiera alargar el tiempo a propósito, lo cual ahora más que nunca parecía muy extraño.


—Gracias por venir.


—¿Gracias por venir? ¿Ahora no me vas a insistir para que me quede un rato más? — Lorenzo se reía mientras salía por la misma ventana por la que entró, volviéndose a poner el abrigo de lana que le había tejido en la Navidad pasada.


—Lo siento. Mañana tengo que acompañar a mis padres a la iglesia, así que no puedo desvelarme.


—¿Misa en sábado? No te creo.


—No es una misa, es una celebración por el cumpleaños del padre Bass. Pensé que lo sabías, las vicentinas organizaron todo.


La madre de Lorenzo era parte del grupo de Vicentinas, por no decir que la líder máxima. Aun así, ella no hablaba con su hijo sobre cosas tan triviales como la celebración de un sacerdote y él, en cambio, no le daba ni la hora por las mañanas.


—Sí… tal vez lo mencionó y yo lo olvidé. — Yo solo sonreí. No quería responder otra cosa por qué sabía que, si seguía haciéndole plática, él se justificaría con algo y terminaría quedándose toda la noche. —Nos vemos mañana. Te amo.


En cuanto Lorenzo se fue, prendí mis velas aromáticas, cerré las ventanas de par en par y cambié las sábanas de mi cama por unas limpias y completamente blancas. Por fin sentía que podía respirar de nuevo. Me sentía culpable por pensarlo de esa manera. Por sentir que Lorenzo se estaba convirtiendo en algo que simplemente ya no podía soportar.


En un problema.


¿Pero realmente tenía el derecho de tirar todo por la borda? Yo soy la enferma, la afligida, la que necesita descansos continuos. No doy nada a los que me dan todo, pero doy el mundo a los que no me dan ni las migajas.


—Ya puedes salir.


Las puertas de su closet se abrieron de par en par. De entre los abrigos y mil vestidos de colores apilados, un hombre salió. Era tan alto, que Anna tenía que levantar la mirada para poder verlo, iba vestido totalmente de negro haciendo que su blanca piel brillara y que el clima sereno se transformara en uno tétrico.


La madera crujió en cada paso que dio hacia afuera. El corazón de Anna se aceleraba, y su cuerpo recobraba la vida. —Pensé que Lorenzo ya se había deshecho de su ingenuidad. Y tú sigues sin perder tú encanto, preciosa Anna.


Cuando se ama intensamente haces hasta lo imposible: hasta sacar a alguien del mismo inframundo. Aunque no se reciba lo mismo, el entregarnos plenamente en cuerpo, alma y conciencia es algo mágico.


Y muy estúpido también.