My Hurricane; Malthus x Hilda

Summary

Esp: Hilda y Malthus, dos jóvenes campesinos pobres, se enamoran mientras trabajan en una granja de algodón. Sueñan con casarse al llegar a la mayoría de edad, pero sus planes se desmoronan cuando el padre de Hilda la obliga a casarse con don Alberto, un terrateniente millonario. Desolado, Malthus decide ingresar al convento y convertirse en fraile, alejándose de su amor. Años después, Hilda es la señora de las tierras, pero su vida está marcada por el vacío y el recuerdo de Malthus. Ambos, atrapados en caminos que nunca eligieron, viven una vida de sufrimiento y anhelos silenciosos, ligados por un amor imposible que sobrevive a la distancia y al tiempo. Eng: Hilda and Malthus, two young, poor farmhands, fall in love while working on a cotton plantation. They dream of marrying when they come of age, but their plans collapse when Hilda’s father forces her to marry Don Alberto, a wealthy landowner. Heartbroken, Malthus decides to join a convent and become a friar, distancing himself from his love. Years later, Hilda is now the lady of the lands, but her life is marked by emptiness and memories of Malthus. Both, trapped on paths they never chose, live lives of silent longing and suffering, bound by an impossible love that survives distance and time.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Promesa

En los campos de algodón de Minas Gerais, el sol apenas empezaba a bajar en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos cálidos y suaves. Entre los surcos de la plantación, Hilda y Malthus trabajaban, moviéndose entre las plantas con la agilidad de quienes han pasado años en esa rutina. El aire olía a tierra seca y a sudor, y de tanto en tanto se escuchaba alguna risa furtiva, algún comentario que rompía la monotonía de aquel trabajo interminable.


Malthus mira a Hilda con ojos de complicidad y ternura, lo que provoca el sonrojo de esta, Leonor, la amiga de ella, y con quien trabajaba a su lado, se da cuenta del intercambio de miradas de la pareja y se acerca a su amiga de forma un poco traviesa debido a ese momento:


— Y bueno, Hilda, él no se va a ir pero nuestro salario si, si no terminamos de embolsar todo este algodón. — Ríe al codearse con Hilda.


— Uh? ¿De quién hablas, Leonor?, solo estoy revisando cuánto algodón falta.— Fingiendo un poco de inocencia, mirando el piso como si estuviera buscando algo.


— No te hagas, desde hace rato me dí cuenta que traes un juego de miraditas con Malthus, sé que están locos el uno por el otro pero primero es lo primero, el trabajo.—


— Leonor, tranquila, además no estamos haciendo nada malo, no hemos descuidado ningún momento nuestro trabajo.— Hilda se agacha para seguir recolectando el algodón, con cuidado mientras habla con Leonor.


— Te creeré.— con cierto sarcasmo, agachándose a ver el rostro de Hilda, hablándole de forma juguetona. — Pero se nota a kilómetros lo mucho que se gustan.— Codeandose con su amiga nuevamente.


Hilda sonríe con timidez y sus mejillas sonrojadas mientras sigue recolectando el algodón delicadamente.


— Pareciera que estoy en un sueño...— Suspira y mira hacia el cielo, pensando con cierta emoción. — Sólo quisiera casarme, irme con él y que seamos felices para siempre... cuantas cosas cambiarían. —


— Sería muy bonito...— Suspira Leonor, imaginando con ella y compartiendo su emoción.—


Hilda voltea a ver a Malthus de nuevo y sonríe de forma tímida, de nuevo con cierta complicidad, él asiente discretamente mientras de igual forma le sonríe. Malthus camina disimuladamente hacia la parte trasera de un árbol grande que estaba cercano.


— Leonor, iré al baño...— Se levanta y deja el cesto de algodón en el suelo. — Te juro que no tardo y si viene el patrón le dices eso. —


— No te creo, vas a verte con Malthus.— habla en voz baja mientras ríe ligeramente por aquello  — Pero está bien, solo no tardes.—


— No voy a verlo, ya te dije la verdad... y nos vemos...— Se da la vuelta antes de que su cara la delate, caminando de forma disimulada hacia aquel árbol.

Ella se aproxima al árbol y se asoma para verlo, con una sonrisa dulce y sus ojos iluminados por la sensación y emoción de verlo de nuevo.



— Ya estoy aquí.—


Malthus voltea a verla, con alegría y ternura ligera en su rostro, por saber que estaba ahí, junto a él.


— Hilda...— Él extiende sus brazos y ella lo abraza, bajo ese cariño que ambos sentían por el otro, cerrando sus ojos por unos segundos, disfrutando el momento. — Ya necesitaba verte y hablarte.— Malthus la miró y le sonrió de nuevo al encontrarse de nuevo sus miradas.


— Yo igual, a pesar de que pasamos todos el día juntos... es muy poco el rato en el que hablamos.— Hilda soltó un pequeño suspiro con una expresión ligeramente triste.


— Yo sé, pero... — Sonrió para reconfortarla. — Pero faltará poco para que nuestras vidas cambien completamente, te lo aseguro...


Hilda sonrió al escuchar sus palabras tan esperanzadoras. — ¿Si? —


— Si, así será... — Malthus toma sus manos y las acerca a su rostro, dándoles un beso suave en sus dedos. — El día que cumplas la mayoría de edad, y estemos a la par... Iré a tu casa y pediré tu mano frente a tu padre y tu madre, también tu hermano estará presente.


— Yo solo espero ese día, ese día que cambiará todo lo que conocemos, y seremos felices...— Los ojos de Hilda brillaban ante aquel sentimiento y esos sueños.


— Así será.— Malthus le devolvió la sonrisa, dandole su voto de confianza. — Toma.— El joven sacó una especie de brazalete de hilo, colocandoselo delicadamente en su muñeca.


Hilda miró sus manos y su muñeca, con sorpresa y emoción, representadas en una suave sonrisa.


— El próximo, será un anillo de oro... de compromiso.— declaró Malthus.


Ella asintió, con los ojos llenos de emoción y, aunque no respondió con palabras, su mirada lo decía todo. En ese momento, bajo el cielo teñido de rojo, sellaron una promesa silenciosa. Ambos sabían que no sería fácil, pero con la misma certeza con la que el sol salía cada mañana, estaban seguros de que sus vidas estaban entrelazadas, como los hilos de algodón que recolectaban juntos cada día.



Mientras tanto, en la pequeña y humilde casa, el padre de Hilda, El Sr. Gualtieri, limpiaba sus manos de tierra tras una larga jornada de trabajo. Al oír unos pasos pesados acercarse a la puerta, levantó la vista y su semblante se endureció al ver la figura de don Alberto, el terrateniente, quien se aproximaba con su típico andar seguro y arrogante.


Don Alberto, un hombre de unos cincuenta años, corpulento y con una presencia imponente, tenía fama de obtener siempre lo que deseaba. Y esta vez, su objetivo era algo mucho más personal que un simple pedazo de tierra.


—Buenas tardes, Sr. Gualtieri —saludó don Alberto, mirando a su alrededor, como inspeccionando cada rincón del terreno.


—Don Alberto, ¿qué lo trae por aquí? —preguntó el señor, con un tono respetuoso pero cauteloso, sabiendo que la visita de un hombre como él nunca era casual.


—Verás, he estado pensando en lo mucho que trabajas estas tierras y en lo que has logrado a pesar de… tu humilde condición —dijo don Alberto, arrastrando las palabras, dejando una pausa intencionada antes de la última frase.


El Sr. Gualtieri frunció el ceño, sin entender del todo las intenciones del terrateniente, pero mantuvo su rostro impasible. Era un hombre orgulloso, pero sabía que no podía permitirse enemistarse con alguien tan poderoso.


—Hago lo que puedo con lo que tengo, don Alberto —respondió, manteniendo la compostura.


Don Alberto sonrió, una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.


—Y, precisamente, he pensado en una… forma de ayudarte a mejorar tu situación. Un pequeño acuerdo que beneficiaría a ambos —dijo, ahora mirando al Sr. Gualtieri con una intensidad incómoda.


El padre de Hilda tragó saliva, sintiendo que aquella conversación tomaba un rumbo que no terminaba de entender.


—¿Qué tipo de acuerdo?—


Don Alberto miró hacia la casa, y aunque Hilda no estaba a la vista, parecía consciente de su presencia allí, como si su mirada la pudiera atravesar.


—Tu hija, Hilda… Es una joven muy bonita. He notado que ha crecido bien, trabajadora, respetuosa… —dijo, sus palabras goteando una falsa amabilidad que hizo estremecer al hombre.


El Sr. Gualtieri sintió una tensión en su pecho, y el instinto protector de padre surgió de inmediato, aunque se contuvo, dejando que el terrateniente terminara de hablar.


—Vaya al grano, don Alberto —dijo, su voz endurecida.


El terrateniente rió suavemente y, sin rodeos, lanzó la propuesta.


—Quiero que Hilda se case conmigo. Tú sabes que le puedo ofrecer una vida que ningún otro puede. Comodidad, respeto, y claro… algo que también beneficiará a su familia —dijo, observando la expresión del hombre.


El hombre sintió una mezcla de sorpresa y ofensa, pero antes de que pudiera responder, don Alberto continuó.


—A cambio, te daré un terreno —añadió con calma, señalando hacia el horizonte—. Esas tierras junto al río, las que siempre has codiciado para expandir tu parcela. Solo tienes que aceptar… y Hilda será mi esposa.


El silencio que cayó entre ambos era casi tangible. El Sr. Gualtieri miró hacia el terreno que don Alberto señalaba. Era un buen terreno, fértil, con agua abundante. Con esas tierras, podría asegurar el sustento de su familia por generaciones. Pero también sabía lo que significaba ceder a esa propuesta: entregar a su hija a un hombre mucho mayor, solo por una mejor situación económica.


—Hilda… es muy joven todavía —dijo, con un temblor en la voz que denotaba su incomodidad.


—Es lo suficientemente mayor para casarse —replicó don Alberto, su tono implacable—. Y créeme, su vida será mucho más fácil conmigo que aquí, desgastándose en el campo. Podrá ser la señora de mis tierras, y tú, un hombre con propiedades de verdad.


La tentación era real y devastadora. El padre de Hilda miraba al suelo, luchando con sus pensamientos, imaginando las oportunidades que podría tener su familia, la estabilidad que tanto había soñado para ellos. Al mismo tiempo, una parte de él sabía que estaba traicionando la libertad de su propia hija.


—Piénsalo. No te estoy pidiendo una decisión ahora mismo —dijo don Alberto, poniendo una mano en su hombro—. Solo considera el futuro que puedo ofrecerles… y el futuro que ella tendrá si no acepta esta oportunidad.


Y sin esperar respuesta, don Alberto se retiró, dejando al Sr. Gualtieri solo, mirando el terreno que él mismo había cultivado con sus manos, y sintiendo el peso de una decisión que le quemaba el alma.