1. PRÓLOGO
PRÓLOGO
JUNGKOOK
No es que no quiera pagar el café, de verdad. Estoy intentando pagarlo. Mi teléfono está apagado, Apple Pay está en la pantalla y la máquina me dice que la toque. Pero el frappé de doce dólares con crema batida extra y trocitos de caramelo ya está en una de mis manos mientras estiro la otra, en parte para pagar el carísimo batido con cafeína cuando todo el ventanal delantero del café revienta.
Y mientras todo el lugar se asusta por la explosión y los cristales rotos, y alguien grita algo de un atentado terrorista en nuestra pequeña ciudad, mi mente está en la máquina de débito, pensando en una recaída forzada. No estoy tratando de robar el café, pero hay trozos de vidrio mezclados con mis trozos de caramelo, y la pantalla de la máquina de débito no me dice realmente qué hacer en esta situación o si el pago se realizó, y si tomo un sorbo, ¿significa que volveré a rehabilitación?
La cleptomanía es una perra y he trabajado duro para dejarla (y todas mis otras adicciones) y ahora un ventanal roto, una barista asustada, un puto domingo y un frappuccino son las únicas cosas que se interponen entre mi recuperación y yo.
La barista está al otro lado del mostrador, arrodillada con las manos sobre las orejas mientras la gente hace un alboroto por salir del café o asumir el papel de héroe. La miro y me pregunto si debería preguntarle si mi pago se realizó o si eso es egoísta. Quiero decir, ella obviamente está asustada, pero yo también ¡No quiero recaer!
—¿Disculpe? —la llamo—. ¿Puedo obtener un recibo?
Ella me mira, con los ojos llenos de lágrimas, las mejillas rojas y manchadas y esa clase de miedo real en su rostro.
—Mierda. Lo siento ¿Estás bien? —dejo la bebida, sabiendo que si no la tomo, no hay manera de que pueda considerarse un robo.
Salto por encima del mostrador justo cuando algo más entra estrepitosamente en el café. Aterrizo sobre la barista, pero ella se aferra a mí y me grita al oído, temblando como un martillo neumático.
—¡Abajo! —alguien grita.
Ya estamos abajo, pero tiro de ella más hacia abajo.
—Hay una habitación en la parte de atrás —grita por encima del sonido del segundo ventanal rompiéndose y los gritos de los clientes.
Veo la habitación a la que está señalando, así que la empujo delante de mí y trato de cubrir su cuerpo mientras nos arrastramos hacia ella. Es una cocina pequeña, solo para hacer repostería y algún que otro sándwich, nada más complicado que eso. Cuando la puerta se cierra detrás de nosotros, ella saca su bolso de un gancho. Se caen un millón de cosas, pero ella se lleva su teléfono a la oreja y llama al 119 antes de que yo me tranquilice lo suficiente como para pensar en eso.
Nunca he sido bueno en las crisis. Nunca he estado sobrio en una crisis. Drogado habría sido más rápido, pero esta versión lenta (una mezcla de dudas, células cerebrales fritas, una forma de vida completamente perdida y cero rasgos buenos) no sabe cómo manejar una situación que requiere que me concentre en cualquiera menos en mí mismo.
—Sí, me gustaría informar de… algo. El café de Simcoe Drive acaba de... ¡hay cristales por todas partes y entran cosas por las ventanas! —en su prisa, accidentalmente pone la llamada en el altavoz y entiendo el final de lo que dice el operador.
—... camión de reparto con material de construcción. Una correa se rompió justo en su ubicación. No es una amenaza de bomba. Los socorristas ya han sido enviados y están en camino.
Cuando cuelga, se seca los ojos y se levanta, dejando escapar un largo suspiro.
—Lo lamento. Eso realmente me asustó.
—Todo está bien. —Mi mano está húmeda y pegajosa por el frappé que sacrifiqué—. ¿Puedo hacer algo?
—No sé. Voy a decirles a todos que no es una amenaza. —Con eso, me deja atrás en la pequeña cocina.
A pesar de que mi atención se centra en que potencialmente habré robado un frappuccino durante un posible ataque, estoy orgulloso. Esto demuestra que he recorrido un largo camino, que he dado prioridad a mi salud y mi bienestar y que reconozco posibles desencadenantes y recaídas.
Han pasado ocho meses y seis días desde que salí de rehabilitación por séptima vez y finalmente me siento muy bien con mi sobriedad.
... ¿Cierto? Digo... ¿quién coño va a rehabilitación tantas veces? Algo tiene que funcionar esta vez, estoy seguro. El siete es el número de la suerte y todo eso.
Decidiendo que probablemente debería moverme y dejar este lugar o ayudar a la barista, presiono mis manos contra el suelo para levantarme. Pero el contenido del bolso de esta mujer está por todo el suelo, y antes de que siquiera vea lo que ha tocado mi mano, sé lo que es.
No lo mires.
No lo reconozcas.
Imagina que es una araña. Odiamos las arañas.
Pero no es una araña. Es una bolsita de droga y hace que me arda la parte posterior de la garganta por la necesidad de probar el polvo amargo. Está haciendo que mi cuerpo tiemble y mi cabeza se revuelva. Me está provocando picazón, y ni siquiera puedo racionalizar que esta no es mi forma favorita de ingerir drogas.
Soy un adicto a las pastillas, pero un adicto es un adicto, y tomaré todo lo que pueda.
Ocho meses y seis días, Jungkook. Nada de pastillas. Nada de alcohol. Nada de estimulantes, tranquilizantes, inhibidores o relajantes musculares. Nada de inyecciones para el dolor. Nada de parches para el dolor. Nada de robar. Nada de estafas. Nada de mentiras. Nada de sexo.
Suelto la bolsa y giro la cabeza hacia la izquierda tanto como puedo, negándome a mirar la bolsa. Me siento caliente y frío, sudando y temblando al mismo tiempo. Tal vez sea solo un Fun Dip en un paquete muy pequeño. Tal vez sean restos de brillantina de cualquier cosa para la que se use. No es coca. No es polvo marrón. No es ketamina ni analgésicos triturados. No es más que brillantina que no tiene valor y no vale la pena robarla, esnifarla o lamerla.
Necesito salir de aquí.
Ahora estoy sudando debajo de mi sudadera con capucha, mis rodillas tiemblan por la tentación mientras me esfuerzo para ponerme de pie.
No robé la bebida. No robé la bebida. No robé la bebida.
Cuando me levanto, saco mi teléfono para llamar a Kira, mi madrina. Responsable. Sí. Soy muy responsable porque no robé la bebida ni esnifé la brillantina y solo llamo a mi madrina y camino hacia la puerta. Decidido a escapar. A alejarme de la situación. Tal como me han enseñado.
—¿Jungkook? —ella responde—. ¿Te enteraste de lo que está pasando en el centro?
—Sí —le digo, y mi voz es tensa, y Kira está familiarizada con la tensión de la voz de un drogadicto.
—¿Dónde estás? Ya voy.
Soy consciente de que me refiero a mí mismo otra vez como un drogadicto. Eso es un gran “No” en rehabilitación, y aquí estoy, tentado por una bolsita que no es brillantina, de nuevo con la mentalidad de adicto.
Y le digo dónde estoy porque no soy del todo suicida, pero mientras hablo con ella, tomo mi frappuccino del mostrador, y esa bolsita de brillantina está en mi bolsillo, y los gritos y las sirenas de los socorristas no son lo suficientemente fuertes como para ahogar la voz en mi cabeza que me dice que una vez no hará daño.
Una vez no es una recaída. Una vez es manejable.
Y realmente, me digo cualquier cosa para justificar robar, esnifar y perseguir un subidón que nunca se siente lo suficientemente fuerte.
—Tal vez la octava vez sea la vencida —le digo a Kira afuera del café. Camino por un callejón y abro la bolsita. Polvo blanco. Babeo por él—. El ocho es el número de la suerte, ¿verdad?
—¡Jungkook, espera! Lo que sea que estés a punto de hacer, no vale la pena arriesgar tu sobriedad. Te lo prometo. Solo espera. Habla con alguien cercano. Ya voy.
Pero ya esnifé el polvo y lo seguí con un sorbo del frappé de caramelo con trocitos de vidrio, que cuesta doce dólares pero lo tuve gratis, y estoy flotando en el regusto amargo que siempre me ha prometido los mejores tiempos. Me lamo el dedo y lo meto en la bolsa, frotándome un poco las encías y dejando que el entumecimiento me invada. Cuando llego a la mitad de la bebida helada, recuerdo cada puta razón por la que soy un adicto ¡Vaya domingo!