Prólogo
La lluvia me envolvía como un manto de tristeza, reflejando el vacío que sentía en mi corazón. Había salido del hospital con lágrimas en los ojos, después de descubrir la verdad sobre Draken. No podía creer que aún estuviera atado a Emma, que no había superado su muerte.
Corrí por la calle, intentando escapar de mis pensamientos, pero la lluvia parecía seguirme, recordando mi dolor. De repente, chocó contra un cuerpo fuerte y cálido. Me disculpé, intentando recuperar el equilibrio.
Pero cuando miré hacia arriba, vi unos ojos que me hicieron olvidar mi tristeza. Eran ojos intensos, penetrantes, que parecían ver más allá de mi superficie. Me sentí desnuda bajo su mirada, pero no pude apartar la vista.
—Lo siento —dije, mi voz apenas era audible.
El hombre sonrió y me agarró por la cintura, sujetándome con una mano firme.
—No hay problema, preciosa —dijo, con una voz baja y suave—. Estoy aquí para ayudarte.
Me sentí incómoda, pero también segura. Su contacto era como un bálsamo para mi alma dolorida.
—Gracias —agradecí, intentando zafarme de su agarre.
Pero él no me soltó. Me miró fijamente, como si pudiera ver dentro de mí.
—Me llamo Ran.
—Rebekah —respondí, mi voz apenas un susurro.
La lluvia continuaba cayendo a nuestro alrededor, pero en ese momento, todo parecía haberse detenido. Solo existíamos nosotros dos, conectados por una mirada que parecía contener un universo de posibilidades.
Y en ese instante, no sabía que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre.
Me sentí atraída por él, por su sonrisa y su mirada. Me sentí viva por primera vez en mucho tiempo. Pero también sentí miedo. Miedo de que me lastimara, miedo de que me abandonara.
Pero Ran me sonrió de nuevo, y mi miedo se desvaneció. Me sentí segura en sus brazos, como si nada malo pudiera pasarle.
Y entonces, sin decir una palabra más, me tomó de la mano y me llevó bajo la lluvia, hacia un destino desconocido.