Ramón
San Felipe, Venezuela - Fecha Desconocida
Querido Ramón,
Cincuenta años han pasado desde aquella noche, y todavía escucho los ecos de tus pasos por esta casa. No hay día en que no te vea en cada rincón, como si el tiempo hubiera quedado atrapado en esas cuatro paredes. Cincuenta años de silencio, pero el silencio no es olvido. El silencio tiene peso, y es un peso que ya no puedo cargar.
El calor de San Felipe se arrastraba entre las cortinas aquella noche. No había viento, ni alivio en el aire, solo el pesado aliento del polvo y las sombras que se extendían como una manta sofocante. Estabas allí, sentado frente a mí, ajeno a lo que rondaba en mi mente, como siempre lo estuviste a mis pensamientos. Observabas tu vaso de ron, como si fuera lo único que valía la pena en esa habitación. Tus manos, grandes y fuertes, se movían despacio, seguras, mientras el líquido se deslizaba entre tus labios.
Pero yo no miraba el vaso. Te observaba a ti, cada movimiento, cada gesto, cada grieta en tu armadura que creías impenetrable. No fue una decisión repentina, Ramón. No fue un impulso del momento. Fue el desenlace inevitable de años de silencios rotos solo por tus gritos, de noches en las que mis pensamientos se volvían más oscuros que las sombras que se alargaban en nuestra casa.
Recuerdo haber sentido el peso del cuchillo antes de levantarlo, su frío en mi mano sudorosa. El filo parecía brillar bajo la luz tenue de la lámpara, como si la oscuridad misma lo hubiera creado para ese momento. Cuando lo hundí en tu carne, no hubo gritos. No te moviste ni un centímetro. Tu cuerpo rígido, siempre tan seguro, pareció finalmente ceder, como si supieras que esto era lo que debía pasar.
El sonido… el sonido fue lo que se me quedó grabado. No fue el de tu cuerpo cayendo, ni el del cuchillo encontrando su destino. Fue el susurro de la vida escapando, lenta, inexorable, como el silbido de un viento que aún no ha llegado. Observé cómo la mancha oscura se extendía por el suelo, mezclándose con el polvo, y por primera vez en años, sentí que el mundo volvía a estar en silencio.
Te enterré aquella misma noche, bajo el roble viejo en el patio, donde solías sentarte cuando el calor se volvía insoportable. Nadie vino a buscarte. Nadie preguntó por ti. Quizá, en el fondo, todos sabían que el hombre que fuiste ya no tenía lugar entre los vivos.
Pasaron los años, y con ellos la casa fue envejeciendo, al igual que yo. El roble sigue allí, como un guardián silencioso de mi secreto. Y aunque mi cuerpo está más débil con cada día, mi mente no ha dejado de revivir esa noche. He esperado la justicia, Ramón, pero la justicia nunca llegó. Quizá porque, en mi corazón, ya se había hecho.
Ahora, mientras escribo estas últimas palabras, siento la cercanía de mi final. No temo la muerte; la he llevado conmigo durante décadas. Pero sí temo una cosa: que al dejar este mundo, me lleve contigo, que tu sombra me siga hasta donde no hay descanso.
Cincuenta años, Ramón. Cincuenta años de silencio. Y hoy, al borde de mi propia tumba, siento que ese silencio finalmente será roto. Solo espero que, cuando mi tiempo llegue, no haya más oscuridad.








