♡P R Ó L O G O
La alarma no dejaba de sonar, el flash se vislumbraba en la habitación y ni siquiera sabía si era por la misma alarma o por una llamada, tampoco me importaba mucho, fue por eso que apagué el celular, bajé las persianas de la habitación por donde comenzaba a filtrarse el sol y cerré los ojos intentando dormir placenteramente.
En cuestión de minutos «al menos así lo sentí» la puerta de mi habitación estaba siendo golpeada con desesperación y a lo lejos escuchaba que articulaban mi nombre, pero estaba tan relajada que decidí ignorar el ruido, lo que no pude evitar fue que una intrusa ingresara a mi habitación.
—Vamos —me movió con brusquedad —levántate, Keleine —ordenó.
—Hannah... —musité a mi mejor amiga, la única que aguantaba a un desastre como yo —tengo sueño —anuncié.
—Tienes los síntomas de la depresión, pero no tienes el dinero suficiente para tratártela, así que levántate —se subió a mi cama y comenzó a saltar en ella como si las viejas maderas fueran a resistir nuestro peso.
—Joder, ¡pero que amable eres! —ironicé ante las palabras de “aliento” que me soltó.
—Soy sincera —me recordó con frialdad, también era muy amargada —¿vas a levantarte o prefieres que vaya por un balde de agua helada y te la lance?
—¡No lo hagas! —me apresuré a decir, Hannah era peor que el mismísimo demonio cuando se lo proponía.
—Date una ducha y abre las ventanas, aquí huele a muerto —fui irguiéndome de la cama y alcancé a notar como tapó su nariz con exageración —ésta no es la Keleine que conozco —me regañó apuntando todo el desorden que había en mi habitación, el mismo que se alojaba en mi interior desde que lo mío y lo de Saúl terminó «¡lo extrañaba en cada respiro que daba!».
—¿No irás a la universidad? —cuestioné al mirarla más preocupada por mí que por sus estudios.
Hannah y yo éramos polos opuestos en muchas situaciones; ella estudiaba, y yo trabajaba, su familia era adinerada mientras que mi mamá y yo estábamos sumergidas en deudas, ella era inteligente y brillaba en cada lugar al que iba, yo opacaba cualquier cosa que tocaba, ella era segura de sí misma y hacía todo para su propia conveniencia, mientras que yo era tan insegura como un pollo astillado y ponía a todo el mundo frente a mí sin importar que las personas fueran una mierda en toda la extensión de la palabra.
Apesar de las múltiples y notorias diferencias entre nosotras, siempre estábamos la una para la otra; ella aparece en mi primer y último recuerdo de vida, incluso nuestras madres bromeaban con que estábamos atadas al mismo cordón umbilical.
—Entro tarde.
—¿En serio? —elevé mi ceja.
—Sí —rodó los ojos —ve a ducharte, te llevaré al trabajo.
—¡Gracias! —me levanté de golpe de la cama y corrí a abrazarla.
La situación económica en casa era tan precaria, que ahorrar el dinero del transporte público podía salavarnos el pellejo, así fuese una cantidad mínima.
—Apúrate —exigió.
Trabajaba en una agencia publicitaria, era secretaria de uno de los altos mandos, por eso siempre debía irme presentable.
Obtuve ese importante empleo después de graduarme del instituto y ha sido uno de los logros más grandes en mi vida, si no es que el único.
La universidad nunca llamó mi atención, ya que nunca supe qué estudiar y cuando por fin descubrí que la nutrición me apasionaba, era demasiado tarde, pues mamá enfermó y tuve que dedicarme de lleno a trabajar para solventar los gastos de la casa.
Mamá se culpó por muchos meses, pero ni ella ni nadie era la responsable de su enfermedad, uno no nace queriendo tener esclerosis, ¿cierto?
Los medicamentos eran excesivamente costosos y aunque tenía un excelente y jugoso sueldo, el dinero no me rendía al final del mes entre los insumos de la casa, el transporte, los medicamentos, las múltiples visitas a las clínicas y las eternas deudas que teníamos «la casa era una de ellas».
Como si mi vida no pudiese ser más patética, recién había terminado una larga relación de 6años con Saúl, el primer y probablemente el único chico en mi vida.
Mi vida estaba desmoronándose a pedazos sin él y me dolía en demasía el imaginar que nunca más volvería a besar sus labios, pero sabía que en el fondo era lo mejor para ambos.
Nos sumergimos en una toxicidad que ni siquiera Chernobyl tenía, lo peor es que no me di cuenta hasta después de 6años.
Nuestra relación inició en el colegio, yo tenía 14 y él 16 «debí haberme dado cuenta de la clase de chico que era al saber que había recursado un año, ¡pero siempre he sido una tonta!» todos a nuestro alrededor «sobre todo las personas maduras como nuestra familia» nos decían que lo nuestro no funcionaría, que éramos muy jóvenes e inmaduros como para durar grandes cantidades de tiempo en una relación, que el cosquilleo que sentíamos se debía a la adolescencia, que nos faltaba nucho por recorrer y demasiadas personas por conocer, pero lo que sentíamos era tan inmenso, que decidimos no escuchar y nos aventuramos a iniciar una relación que al principio fue todo lo que una ilusa adolescente anhelaba experimentar.
Al inicio todo era inocencia, ternura, respeto y risas, Saúl siempre se caracterizó por ser caballeroso y realmente lo fue, hasta que comenzó a fastidiarse de lo que antes amaba de mí.
Nuestros estilos de vida eran diferentes y notorios a kilómetros de distancia, iniciando por el aspecto económico y la familia con la que contábamos, mientras yo sólo tenía a mi mamá, él tenía a sus papás, sus hermanos y abuelos junto a él, por ende, nunca le faltaba nada.
Debí haberme imaginado que lo nuestro terminaría así, pero mi interminable amor hacia él, siempre me cegó y justifiqué todas sus acciones negativas con la típica frase “lo hace porque me ama”, además de que tenía la típica costumbre de lastimarme y después “compensarlo” cariñosamente con chocolates y flores, lo ideal para que una estúpida como yo, lo perdonara.
Y en realidad las cosas no son así.
Alguien que te ame no va a celarte al grado de romperle la boca a cualquier chico que te hable, alguien que te ame no va a darte órdenes tóxicas que consistan en rechazar todas las invitaciones a salir que te hagan tus propias amigas, alguien que te ama no va a recalcarte hasta el cansancio las cosas buenas que hace por ti, alguien que te ame nunca va a juzgar tu cuerpo, tus actitudes o tus gustos, alguien que te ama nunca va a tratarte como muñeca de trapo, lamento no haberlo entendido antes.
Pese a todo eso, lo sigo amando, porque así de tonta soy cuando me lo propongo, sigo estando tan enamorada de él, que si viniera a arrodillarse ante mí y se disculpara «como lo ha hecho infinidades de veces», lo perdonaría como lo he hecho durante los últimos años, por eso le ruego al cielo que Saúl no vuelva a aparecerse en mi vida.
Soy como una alcohólica en recuperación y él es como una botella reluciente de lícor; necesito alejarme de él para no volver a caer en sus adictivas garras.
—¡Date prisa! —exigió Hannah —sé que estás haciéndote tonta.
—Ya casi termino —mentí.
Lavé mis dientes e ingresé a la regadera para empapar por completo mi ser, dejé que las lágrimas se perdieran entre el agua caliente que rozaba mi piel, las duchas eran mi parte favorita del día, pues mis lágrimas se camuflajeaban.
Cuando terminé de bañarme, me sequé rápidamente para colocarme mi ropa interior, enredé una toalla en mi cuerpo y salí del baño para colocarme el uniforme que estaba colgado en mi pequeño clóset.
Mamá bromeaba diciéndome que parecía azafata por lo elegante que era mi vestimenta de trabajo que consistía en una falda junto con un saco negro y camisa blanca, como toque personal, siempre añadía una mascada de distinto color.
Tomé mis medias negras que se transparentaban un poco, metí mi pie y las deslicé por mi pierna, coloqué lo demás rápidamente y bufé al mirar los brillantes tacones de charol que estaban guiñándome el ojo, ¡los odiaba en demasía! no podía colocarme otro calzado, pues era una regla general llevar tacones altos.
Me perfumé, humecté mi rostro y cepillé mi cabello castaño para hacer media coleta, coloqué mis aretes, unté un poco de gloss en mis labios y Hannah se había deleitado mirándome mientras me arreglaba.
—Vaya que el baño ayuda demasiado —guiñó el ojo —¡vámonos!
—Vete adelantando, ¿sí? Iré a despedirme de mamá.
—Ok, me la saludas —fruncí el ceño.
—¿No hablaste con ella? —negó —y, ¿cómo entraste? —se carcajeó.
—Debes guardar el juego de llaves en un lugar más seguro que abajo de la maceta —siguió burlándose y se marchó, pese a su colérico carácter, a veces deseaba ser como ella.
Colgué mi bolso, salí de la caótica habitación y caminé hasta la recámara de mamá.
—Mami —toqué la puerta.
—Adelante, tesoro —sonreí como tonta y entré a su espacio personal —¿ya te vas? —me observó con nostalgia, no le gustaba estar sola.
—Sí —besé su mejilla.
—Aún es tempranon —miró su reloj.
—Hannah vino por mí y me hará el favor de llevarme.
—Esa muchachita tiene ganado el cielo.
—Sí, mami, igual que tú —acaricié su cabello —debo irme, nos vemos en la tarde.
—Gracias.
—¿Por qué? —arrugué la nariz.
—Por todo lo que haces por mí.
—Sé que si pudieras harías lo mismo por mí como lo hacías hasta hace poco tiempo —la nostalgia me invadió —no olvides tomar tus medicinas y desayunar, ¿ok? Calienta el sobrante de comida de ayer —me dolía decir eso, ella merecía comida recién hecha todos los días, sin embargo habían prioridades.
—De acuerdo, hija —nos despedimos y finalmente salí de casa.
Subí al moderno auto de Hannah y en cuestión de minutos ya estábamos en mi trabajo.
—¡Gracias! —exclamé casi dejándola sorda.
—De nada —habló con frialdad —hoy no quiero más lloriqueos aparte del de la ducha —me conocía a la perfección —, ¿de acuerdo? —asentí con la boca ladeada, eso no dependía de mí, sino de mi corazón —que tengas lindo día.
—Igual tú —dije luego de bajar y cerrar la puerta del auto.
—Estáte al pendiente del celular, si salgo temprano pasaré por ti.
—Oh, no, no es necesario.
—Lo es y lo sabes —bufé ruidosamente —cuídate —lanzó un beso y se marchó acelerando el auto.
Subí las escaleras y el ruido de mis tacones era tan fastidioso que las personas a mí alrededor fruncían el ceño.
Al entrar al edificio, coloqué mi dedo en el checador y saludé a algunas recepcionistas.
Esperé a que el cubo de metal hiciera acto de presencia, cuando lo hizo, esperé a que bajaran algunos ejecutivos, ingresé a él y oprimí el botón del penúltimo piso, a los segundos el elevador se abrió, bajé de él y coloqué mi trasero en la silla que hasta estaba hundida de tanto tiempo que pasaba ahí.
Encendí la computadora y luego de teclear la contraseña, me dispuse a transcribir algunos datos que debían estar listos para ese día sin falta.
Estaba tan concentrada que no me di cuenta de que ya pasaban de las 11am y no lo supe por el reloj, sino por una masculina fragancia que se alojó en mi nariz, esa era una señal de que Maximiliano «mi jefe» había llegado.
—Ho-hola —saludé tartamudeando y levanté mi mirada con lentitud para encontrarme con la de él.
—Hola, Keleine —sonrió con dulzura —¿puedes venir a mi oficina?
—Sí —guardé el documento que estaba por terminar y seguí a Maximiliano.
—Siéntate, por favor —pidió con amabilidad y lo hice con timidez —¿cómo estás?
—¿Disculpe? —quizás no me había limpiado bien las orejas por la mañana.
—¿Cómo estás? —repitió.
—Bien —me impresionó su pregunta.
—¿Segura? —dudó —no creo que estés bien, ya me enteré que dedicas tu hora de comida a llorar, en vez de alimentarte y despejar tu mente para hacer correctamente el trabajo, Keleine —soltó de golpe.
Tragué saliva con nerviosismo y froté las manos en mi falda, no sabía como defenderme, pues era verdad lo que había llegado a sus oídos.
—Lo siento —agaché mi mirada y mi nariz cosquilleó por su llamada de atención, lo único que hacía era trabajar y me dolía no ser lo suficientemente buena ni siquiera para eso.
—Es por ese idiota, ¿verdad? —se refirió a Saúl «quien vino al trabajo a hacer berrinches de celos múltiples veces» y no respondí —tu silencio me indica que sí —se contestó a sí mismo —¿cuándo vas a dejarlo? —golpeó el escritorio haciendo que me sobresaltara.
—Ya lo hice —musité.
—¿Por cuánto tiempo? ¿Por dos días? —preguntó sarcástico.
—Es definitivo —no estaba segura de que fuera así, podía perdonarlo en cualquier segundo.
—Ojalá sea así.
—Lo será —hablé para mí misma sin seguridad.
—Los rumores de una hermosa mujer chillona llegaron a los oídos de mi padre —me ruboricé porque me llamó hermosa y después las alertas se activaron en mi cabeza, ¡seguro me despedirán!
El papá de Maximiliano era el inversionista mayor de la agencia, por tanto era quien tomaba todas las decisiones de la misma y eran irrefutables.
—¿Va a despedirme? —los ojos ya se me habían cristalizado, no podía perder el empleo, ¡no podía darme ese lujo!
—¡No! —exclamó ofendido —esta vez pude convencerlo para que no lo hiciera, pero no sé si tendré tanta suerte para la próxima, Keleine.
—¿Impidió que lo hicieran? —murmuré y lo miré a los ojos cohibida, como siempre miraba a quien me rodeaba, estaba sumergida en mis inseguridades.
—Sí —se levantó de su lugar y se acuclilló a mi lado para estar a mi altura, giró la silla para que quedáramos frente a frente, tomó mi barbilla para levantarla y que nuestras miradas se fundieran —pero deberás esforzarte si quieres conservar tu trabajo —acarició mi mejilla con dulzura —papá te tendrá vigilada y no me escuchará si cometes otro error.
—Entiendo —lamí mis labios con preocupación —no volverá a suceder —sonreí intentando verme segura de mis palabras, aunque por supuesto que no lo estaba —gracias por abogar por mí, se lo agradezco —Maximiliano era muy guapo e inteligente y me costaba creer que alguien como él, estuviese interesado en alguien como yo «¡sí, ese adonis babeaba por una niñita tonta como yo! Al menos eso me decía cada que tenía oportunidad».
—Lo haré hasta el cansancio, pero no te aseguro que todas mis súplicas ante mi padre funcionen.
—¿Por qué hace todo esto?
—Porque te quiero muchísimo, Keilene y porque no voy a rendirme hasta que me des una oportunidad, quizás siendo tu superhéroe enfoques tu atención en mí —reí por su comentario.
—No necesita a alguien como yo teniendo a la chica que desee a sus pies.
—La chica que deseo sufre por un chiquillo que no la valora —quedé estupefacta ante su confesión —y por alguien que en vez de construirla, la destruye —era cierto, Saúl hacía todo para desmoronarme cuán mazapán.
—¿A qué quiere llegar?
—Puedo ser todo lo que él no fue —besó mi frente, mi corazón palpitó con fuerza y los nervios hicieron acto de presencia.
—No estoy interesada, señor.
—Es por él, ¿verdad? —bramó.
—Es mi único amor —musité.
—Déjame ser el segundo.
—No sabe lo que está diciendo —reí —¿acaso no se ha dado cuenta lo torpe y tonta que soy? ¿No recuerda las múltiples veces que me ha corregido los reportes por mi dislexia? ¿Se ha percatado de que no me maquillo? ¿Está consciente de que no tengo un trasero ni boobies de ensueño? ¿Sabe qué...? —me interrumpió.
—Lo único que sé es que ese idiota te llenó de inseguridades —no pude defenderme, no había manera de hacerlo —y yo puedo ayudarte a que las recuperes.
—Eso es imposible.
—Te demostraré que no lo es, cielo —tomó mi mano y la besó, me pareció el acto más tierno del universo, pues Saúl había dejado de hacerlo desde hace mucho tiempo —ahora ve a terminar lo que estabas haciendo, te quiero libre para la hora de la comida.
—¿Por qué, señor? —gruñí para mis adentros.
—Porque comeremos juntos.
—¡¿Qué?! —exclamé anonadada.
—Así evitaré que vayas a llorar.
—Prometo no hacerlo.
—Créeme, me aseguraré de que no lo hagas porque comeremos juntos —repitió —es una orden para tu propio bien.
—Ok —refunfuñé.
—Nos vemos más tarde, preciosa —estaba tan nerviosa por su actitud que no coordiné mis pasos al levantarme de la silla «¡los tacones tampoco ayudaban!», mis pies se enredaron y me tambaleé por completo, él me sostuvo y de no haberlo hecho, ya estuviese en el suelo.
—Lo siento —me disculpé por lo arrítimica que fui.
—Te salvé la vida por segunda ocasión, deberás pagarme con una cita —guiñó el ojo con coquetería. un color rojizo se expandió por mi rostro, me quedé sin palabras y salí de su oficina sintiéndome patéticamente boba, ¡ni siquiera podía caminar sin parecer pollo espinado!
Y mi torpeza salía a flote todos y cada uno de los días, ¿¡por qué no podía ser perfecta como las chicas de las novelas que leía?!
Hannah me animaba diciéndome que era un perfecto cliché, ¡pero uno de los malos! Lo peor del caso es que ni siquiera podía negarlo, mi vida era una completa, verdadera y absoluta mierda.









No todos querem9s aue aparezca un ángel teniendo como dice la ?.. caca y no pues que tobta