Anhelo

All Rights Reserved ©

Summary

Daniel despierta desorientado en una habitación desconocida, con un dolor de cabeza que apenas le deja recordar quién es. Fragmentos de su pasado, una relación rota y un pueblo lleno de chismes se entrelazan en su mente mientras intenta reconstruir cómo llegó allí. Envuelto en la nostalgia de un amor perdido y la vergüenza de sus errores, Daniel se enfrenta a un encuentro inesperado que lo sacude hasta el alma. Entre el abandono, el arrepentimiento y el anhelo, deberá enfrentar su propia culpa y el misterio de lo que realmente lo atormenta.

Genre
Other
Author
Infumable
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Anhelo



No sé dónde estoy. Me he despertado y, al abrir los ojos, solo veo una habitación completamente vacía, con paredes destartaladas y una telaraña en la esquina. El suelo de baldosas está marcado por las rozaduras del abrir y cerrar de una puerta metálica, que es lo único moderno en este lugar. Estoy sobre una cama antigua, desgastada y crujiente, que me recibe como si hubiera sido utilizada hasta el cansancio. La única luz en la habitación es una bombilla colgante con el cable a la vista, de la que apenas emana una luz tenue.


Me tumbo de nuevo e intento hacer memoria, pero no recuerdo nada. Solo tengo un dolor de cabeza espantoso. Lo intento, de verdad que lo intento, pero lo único que consigo recordar son sus ojos, aunque hayan pasado años. Ni siquiera me he planteado si este lugar es seguro, ni el motivo por el que estoy aquí. Ya me da igual. Llevo horas perdido en recuerdos de ella; hace tanto que perdí la esperanza. Esa esperanza se fue apagando con cada trago de licor que he tomado a lo largo de este tiempo. Sigo sin superar que se haya ido. Nunca la traté como se merecía; pensé que se quedaría a mi lado toda la vida, como si no tuviera otra opción. En el pueblo, todos se casan jóvenes, nos conocíamos desde niños, y, en mi mente, eso era suficiente. Fui tan terco, tan ingenuo. Creía que con un ramo de flores y una disculpa todo se solucionaría. Pero el hastío invadió nuestra casa, y ambos decidimos ignorarlo. Meses después, ella simplemente se fue. Yo sabía que pasaría; ella también.


La puerta se abre con un chirrido que me crispó los dientes. Aparece una mujer con uniforme. Sin mis gafas, apenas puedo distinguirla, pero, a medida que se acerca, la reconozco: es Maite, la nieta de Jesusa. Me cuenta que me encontraron aturdido, empapado por la lluvia, con una botella de vino vacía en la mano, deambulando por el pueblo. Fue Antonio, el hijo de Encamita, quien me trajo aquí, avisado por el padre Miguel, quien me había visto rondando la sacristía para robar la botella. Mientras me lo cuenta, pienso en los chismorreos que estarán corriendo por el pueblo y en lo que estará sufriendo mi madre. Ya lo pasó muy mal cuando Irene me dejó; ahora tendrá que soportar que la gente diga que su hijo es un borracho y, además, un ladrón. Encima, robando en la iglesia que ella frecuenta cada día.


Maite me saca de mis pensamientos para decirme que el médico pasará pronto a darme el alta y el informe. También menciona que el padre ha puesto una denuncia en mi contra por hurto. Al salir de la habitación, me desea suerte con todo el chismorreo que tendré que enfrentar. "Perfecto, Daniel", pienso para mis adentros. "Llevas una racha de desastres que merece un premio".


De camino a casa, solo puedo pensar en mi madre. Ya no me importa lo que me digan los vecinos, pero a ella sí le afecta, y mucho. Encima, he tenido que avergonzarla en su iglesia. Ese es el único refugio que ha tenido desde la muerte repentina de mi padre. Ella quedó viuda poco después de que me casara con Irene, y al irme a vivir con ella, mi madre buscó consuelo en la iglesia. El padre le tiene mucho cariño, y antes a mí también, o eso quiero pensar. Él fue quien nos casó y siempre que nos encontraba por el pueblo nos preguntaba cuándo íbamos a "repoblar el pueblo". Decía que los niños le daban alegría a las calles.


Sigo recordando a Irene mientras mi cuerpo avanza inerte hacia la casa de mi madre. Tengo pánico por su reacción; quiero que esté bien. Aún no me he cruzado con ningún vecino, así que pienso que o todos están echándose la siesta o están en casa de mi madre contándole la última “hazaña” de su hijo. Sinceramente, espero que sea la primera opción.


Respiro hondo, meto las llaves en la cerradura, abro la puerta… y ocurre lo imposible. No me lo creo. Es Irene. No sé cómo ni por qué, pero está ahí, sentada en el sofá de mi madre. Es la mujer más guapa del mundo, y su presencia llena la habitación de una forma que había olvidado. La felicidad me inunda. No me lo creo; es Irene. Está ahí, a solo unos centímetros de mí. Ha vuelto a mi vida después de más de cinco años. Me saluda y me pregunta qué me ha pasado. En ese instante, me doy cuenta de mi estado: llevo la ropa sucia, huelo a perro mojado, y tengo restos de barro y vino por todas partes. La felicidad se disuelve en un segundo. Me dice que necesita hablar conmigo, que hay algo importante que debo saber. Y antes de que yo pueda responder, dice que necesita el divorcio y que quería decírmelo en persona. Siento que mi corazón se rompe con cada palabra.


Definitivamente, este será uno de los días más patéticos de mi vida. Le pregunto por mi madre y me responde que está en casa de las vecinas, avergonzada por mi culpa. Me entrega los papeles del divorcio y una dirección donde enviar los documentos firmados. Sale por la puerta, y escucho cómo arranca el coche para volver a la capital.


Después de la noticia y de saber que mi madre está con las vecinas, decido volver a mi casa. Llego, me dejo caer en el sofá y hago lo único que parece natural en este momento: vuelvo a beber como un auténtico fracasado y me quedo dormido viendo la teletienda. Me despierto de madrugada, voy hacia la nevera y me preparo un sándwich. Entonces, escucho una voz familiar que me dice: “Me alegro de que vuelvas a tener apetito; llevas mucho tiempo cansado, amor. Te ha sentado bien dormir después de dos días. Sé que está siendo duro, pero prometo que te ayudaré con todo, que estaré aquí para ti”.


Me giro para ver quién me habla. Es Irene. Me está abrazando y me da un beso. Me dice que me ama. Incrédulo, miro alrededor y veo de reojo el móvil. Estamos a dos días después de la muerte de mi padre.