El Hada del Páramo. La Ascensión de Una Bruja.

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Summary

Oculta, aislada; en un mundo al borde del colapso y la destrucción de toda la vida, Debora vive alejada de todo y de todos, siendo su hermana y su trabajo como la criada de Merlín, los únicos contactos que tiene con el mundo exterior a causa de su "maldición", una condición con la que nació que, si se descubre, sólo puede causar el repudio de la gente. Un día, mientras curioseaba entre las cosas de su maestro, descubrió que esa diferencia, le facilitaba el uso de las artes y la magia, lo que la llevó a conocer a un nuevo ente que poco a poco logró convencerla de que su "maldición" tenía cosas buenas y también podría ser la salvación del mundo y de aquella gente que tanto la repudia. ¿Salvará al mundo que la ve como poco menos que nada o decidirá recluirse y dejar que todo colapse? ¿Podrá contra los nuevos peligros que la liberación de su poder la hará enfrentar o terminará siendo ahogada por la corrupción?

Status
Ongoing
Chapters
9
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Tiempo Equivocado

Autor.


Hola hola.


Algunos me estarán siguiendo hasta acá desde Wattpad... espero.


El caso es que decidí publicar en esta plataforma porque con el cambio de normas en la gran W y las escenas crudas que en ocasiones hay en esta obra, es posible que me la bajen y... no queremos eso; hay que asegurar los trabajos, así que algunas obras, pero esta historia en particular, la estaré resubiendo por aquí.


Besos y espero les guste.

.

.

Los pájaros cantaban y yo me deleitaba gozosa con la melodía mientras las hojas de fresno se mecían desde los ramajes al son del viento. Casi no parecía que el mundo literalmente se estaba acabando... en realidad los nueve de ellos.


Otros ni siquiera pudieron alcanzar a formarse, pero honestamente, con lo aislada que estaba, no podía importarme menos; no recuerdo cuando empezó a importarme.


El sol entraba por la ventana de mi árbol hueco, ahora que reparo en ello, una pocilga sin duda, pero los días más felices de mi niñez ocurrieron allí.


Pujas para madera tumbadas en el suelo, pinceles de pelo de minotauro manchando el piso o mis propias sábanas con la pintura natural de las bayas y los olivos, todos materiales que tomé del despacho de mi maestro con el pasar de los años.


Todos los días tomaba algo; se podría llamar un robo, pero igual ese viejo podrido casi nunca lo notó; siempre estuvo ocupado con sus discurrencias y artificios... Y con su muy adorado aprendiz.


Es decir, aún si un día tomaba tres o cuatro pelos de minotauro para poco a poco armar un nuevo pincel, nunca lo notaba... A no ser que exagerara; en una ocasión me descubrió y recibí azotes que no me dejaron sentarme en tres días, así aprendí a no tomar nunca demasiado y no guardar el mismo material dos días seguidos.


Tenía que ser cuidadosa.


Hoy unas dos bayas, mañana tres pelos, pasado una ramita de sause, al día siguiente algunos aceites para tratar madera. Suena poco, pero imagina el hacer eso todos los días durante las cuatro estaciones del año.


Rara vez descansaba.


Es así que surgió este desastre de pinturas, lienzos, pinceles y herramientas de tallado tirados por todas partes en mi árbol.


¿Me arrepentí alguna vez?


Nunca.


¿Me sentí culpable?


Jamás. Ese viejo verde merecía perderlo todo.


—Debora... —fue entonces que mi disfrute de la mañana quedó interrumpido por una sucia y más madura chica tratando de entrar a mi árbol.


Me revolví entre las sábanas y fingí no escuchar.


—¡Debora! ¡Sé que estás allí, no me obligues a tumbar la puerta, maldita floja!


—¡Debora salió, deje una nota bajo la puerta con su mensaje y con gusto la atenderá cuando regrese! —fue mi respuesta y apreté las sábanas a mi alrededor, con la cabeza hundida entre ellas.


—Por un de...


Como debí esperar luego de dos mil veces, un estruendo se escucho y la puerta de corteza desquebrajandose, fue sinónimo de alarma.


—¡Levántate de una vez, pequeña inútil! —regañó mi linda hermana.


Suspiré y me levanté, estirandome con la mayor pereza posible para molestarla mientras las sábanas se escurran por mi cuerpo desnudo... O algo así; ciertas... Protuberancias de ese entonces las engancharon a mi espalda, de modo que me sacudí para tirarlas.


—Elaine... No puedo hacer suficientes puertas si las continúas rompiendo.


—Si te molestaras en abrir, esto no pasaría —respondió molesta.


—Si te quedaras a vivir conmigo, no tendría que abrirte —debatí.


—No puedo hacer eso, sabes que tengo un trabajo al igual que tú, al que por cierto vas tarde; ¿entiendes lo difícil que es venir desde el pueblo hasta este lugar para despertarte todos los días?


—Entonces solo déjame dormir —con esas palabras, me tumbé nuevamente sobre las sábanas de mi cama hecha de heno; en realidad, ahora que lo pienso siempre fue muy divertido molestar a mi hermana de esa manera, pero si pudiera regresar al pasado... Seguro la mortificaría más.


—¡Sabes que no puedo hacer eso! —regañó—. ¡Ya tienes quince años, Debora! Si no vas a pensar en casarte, al menos trata de mantener un trabajo.


—Si piensas así, ¿por qué no te casas tú? —cuestioné aburrida—. Sería más fácil y tienes más edad.


—¡Porque tengo que cuidar de ti!


Con ese grito, la discusión terminó, inflé mis mejillas con dolo y ella suspiró.


—Escucha, no... No es que prefiera estar casada, tú eres mi hermanita y sabes que te quiero —se acercó para cepillar mi cabello—. Pero creo que sería bueno para ti encontrar a alguien que te de la vida cómoda que deseas.


—Lo sé, pero es que hay más paisajes y cosas que quiero dibujar antes de casarme, no me veo tumbada todo el día en una habitación solitaria a merced de que alguien venga a cuidarme.


—Que raro, es justo lo que haces ahora.


—Eso es distinto porque tu eres mi hermanita y me adoras.


—¡Cabrona! —ella me jaló del cabello y yo grité de dolor—. Al menos deberías evitar ser tan cínica.


Dime por favor que fuiste anoche al baile de cortejo y por eso te levantas tan tarde hoy —expresó lo último con lastimera y desesperanzada voz, seguramente intuyendo la respuesta.


—Yo... Tal vez...


—Debora… —insistió con reproche y me sinceré.


—Se me fue el tiempo y cuando lo note, ya era muy tarde, no podía llegar a la fiesta con tanto retraso.


—¡¿Qué?! —se enojó, podía sentirla peinarme con más fuerza de la necesaria—. ¡¿Sabes cuanto me costó robar esa invitación para ti?! ¿Qué estuviste...? ¡Estuviste pintando!


Al notar su enojo, traté de cambiar el rumbo de la platica, de justificarme.


—De cualquier forma, ¿Quién se fijaría en una chica jorobada? Ir habría sido inútil de cualquier forma, todos se burlarían de mí.


—¡Pero no estás jorobada!


—¡Pero ellos creen que sí porque tengo que esconder estas estúpidas cosas en mi espalda! —la molesta fui yo a partir de ese momento—. ¿Por qué no puedo salir así?


—Sabes porqué, Debora, no puedes dejar que te vean.


—¡Entonces no trates de buscarme marido! Nadie me aceptará si creen que estoy jorobada, no sabes lo incomodo que es caminar encorvada todo el día para complementar la actuación.


—Te aceptarán menos si ven tu espalda, y será más incómodo y más peligroso —devolvió.


—Mayor razón para quedarme pintando.


Ella terminó de peinarme con un suspiro y levantó una empolvada túnica del piso junto con algunas tiras de tela con las que empezó a envolver mi cuerpo y mi espalda.


—Sé que es difícil, pero no quiero que te quedes sola el resto de tu vida y yo no...


—No quieres cuidar de mí toda la tuya, lo sé... —expresé deprimida.


—No es lo que quise decir, pero no estaré siempre y ver que estás en un lugar tranquilo y seguro, me daría paz —terminó de cubrir mi torso y me colocó la túnica por encima de la cabeza—. Solo entonces espero que no tengas que preocuparte por eso en tu espalda —dijo al final palmeando levemente.


—Lo sé, pero relacionarme con la gente es... No es lo mío, y se vuelve difícil cuando todos creen que guardo mis reservas de agua en la espalda.


—Y es por eso que cuando alguien se interese en ti, sabrás que es sincero.


—Lo dudo, bien podría tratarse de una broma; todos siempre quieren burlarse de la chica jorobada.


—Solo sé positiva, ¿de acuerdo, hermana?


—Trataré...


—Bien, ve directo al trabajo y no te distraigas.


Asentí y tras unas palabras de aliento, me dirigí a la puerta, pero...


—Debora... —mi hermana me llamó, señalandome un morral en un rincón.


—Cierto, perdón —siempre olvidaba una u otra cosa, en este caso, mis artículos de limpieza, corrí a tomarlos y...


Las hojas de los árboles se sacudieron, el polvo y la tierra cayeron sobre nosotras, los pájaros, las ardillas, los animales en general, chillaron ante el peligro ominoso que estaba haciendo temblar brevemente la tierra cada cierto tiempo.


—Yggdrasil está muriendo —mencioné cuando el terremoto finalmente se detuvo.


—La guerra nos está alcanzando —siguió mi hermana.


—Si seguimos así, tal vez ni si quiera necesite encontrar marido.


Con mi broma, mi hermana movió la cabeza y me apresuró.


—Aún así, no quedas exenta de ir a trabajar, anda vas tarde.


—Pero la puerta...


—Ya veré como la arreglo.


—Pero también vas tarde —insistí.


—No te preocupes por eso, yo la rompí y he de arreglarla, confía en mí —al finalizar sus palabras, ella besó mi frente en un cálido acto de cariño fraternal; aún hoy en día puedo recordar tal sensación al repasar con mis dedos mi frente, ese desolador recuerdo de un pasado que no volverá.


Se perdió junto con muchas otras cosas, pero en ese entonces aún no estaba consciente de cuánto más iba a perder.


Solo era una solitaria chica forzada a salir de la comodidad de su madriguera, buscando su lugar en el mundo en pro de una vida que no le interesaba vivir, y es que, ¿qué tenía de divertido acercarse tanto a las personas?


Ser parte de un grupo... No, Debora no necesitaba amigos, menos aún esa clase de chicos que se burlaban de mí cuando me veían pasar, algunos incluso se atrevían a lanzar alguna piedra... Quería regresar a casa.


Caminaba como una chica jorobada, encorvandome para no llamar la atención, al menos no de la manera más peligrosa, ocultando mi rostro atrás de una máscara de tierra que no hacía más que dejar mi piel reseca y de mi cabello negro, largo y maltratado.


Una chica fea, eso es lo que era ante los ojos de los demás, ante sus burlas, y aún cuando no llegaran a decir nada, podía intuir sus pensamientos juzgando cada centímetro de mi apariencia como alguna clase de animal extraño que no quisieran ni tener de mascota y...


Me ofusqué un poco. Como iba diciendo, en ese entonces solo trataba de vivir mi día a día como una persona... ¿Normal?


Una piedra incluso me dio en la frente, a un costado y los niños que acostumbraban jugar a las orillas del bosque, de mi bosque, reían a carcajadas y celebraban mientras yo me sujetaba por el dolor para posteriormente, observar la sangre escurrir entre mis dedos.


Me sujeté, apreté la herida y contuve las ganas de llorar, una de las últimas veces que vi lágrimas de verdad, gotas de dolor dolor caer de mis ojos; solo las vi otras dos veces a partir de ese momento. Una piedra era mejor que ser linchada por lo que de verdad se ocultaba tras mi espalda.


Salí corriendo, no olvidando seguir encorvada y más piedras me perseguían como alguna especie de criatura consciente guiada por las manos de aquellos bribones, pero ante su decepción, ninguna más me dio.


Finalmente, tras perder el aliento, llegué a una gran chosa de piedra y barro a las afueras del pueblo, oscura por dentro, con piso de frío adoquin que mermaba mis pies cubiertos únicamente por una ligera capa de piel.


Caminé despacio para no ser notada, pero la chimenea ya estaba encendida en el cuarto al lado del pasillo, cosa natural cuando llegas tarde a tu lugar de trabajo. Mi empleador o maestro, revisaba algunos pergaminos sobre una fea y maltratada mesa mientras murmuraba sin sentidos cuando accidentalmente pisé un palo redondo que la luz del fuego en la habitación principal no alcanzaba a aluzar.


Resbalé y caí de nalgas al piso, por lo que el volteó.


—¡Debora! ¿Cuantas veces te he dicho que si no vas a llegar a la hora que pactamos, mejor no te molestes en venir? —se volvió regañando cuando me vio sujetando mi frente.


—Lo... Siento —me disculpé temerosa de ser maltratada nuevamente.


—¿Qué pasó? —por su lado, jaló mi mano, obligándome a descubrir mi herida sangrante—. Fueron esos mocosos de nuevo, ¿no es así? —concluyó y sin soltar mi mano, me jaló, obligándome a levantar—. Vamos a curar eso antes de que sigas ensuciando mi piso; la sangre siempre atrae alimañas y un día podrías llamar a un Gresseter —ese día estaba de un particular buen humor, pero como siempre, todos temían a esas criaturas.


Yggdrasil produce vida, pero cuando se corrompe, atrae muerte, por eso la guerra; durante años, ambos tipos de criatura habían peleado para acabar con sus opuestos, el problema es que cuando un lugar se corrompía, nada volvía a crecer... O casi nada en realidad, aún surgían aquellas criaturas espantosas que odiaban la vida, el como las enfrentaban, yo no tenía idea, era solo una chica tonta que no podía ni cuidar de sí misma.


El maestro era brusco cuando me curaba, pero al menos mostraba algo de preocupación.


—Ahora has tus deberes antes de que me arrepienta de tenerte dando vueltas por mi laboratorio.


—¿Laboratorio? —pregunté extrañada.


—Es un lugar donde se experimenta e investigan diversos temas, la palabra la inventé yo —parecía bastante orgulloso, aunque yo misma no podía entender tanta emoción.


—¿Por qué nombrarlo? Son solo palabras, no es que cambiara su función con otro nombre.


—Una rosa con otro nombre es igual de dulce, Debora, pero deja de ser una rosa; las palabras son muy importantes, muy indispensables, muy precisas.


Es por eso que cuando te pido mi báculo, no te digo que me pases "esa cosa", todo tiene nombre y función —.


—Entiendo.


Puras patrañas, al menos eso era lo que yo pensaba en ese entonces, pero las palabras efectivamente son importantes, en especial para una bruja.


—¿Qué esperas para irte? Te pago para que limpies, no para que hables conmigo.


Tomé mi bolsa y comencé a correr de un lugar a otro con los utensilios de limpieza que yo siempre cargaba.


Botellas de vidrio en formas raras, pequeñas criaturas mágicas en jaulas, fragmentos de corrupción encerrados en frascos colgantes de hilos que había que cambiar cada semana y poner en frascos nuevos para que su corrupción no afectara otras cosas.


Yo me encargaba de todas las tareas mientras el imbécil que hoy llegaba tarde, siempre se quedaba al lado del maestro brindando ideas y aprendiendo.


Ese día tampoco fue la excepción.


Llegó abriendo la puerta sin cuidado, puerta que yo me encontraba haceando y fui derribada por el joven de armadura plateada que entraba campante con las suelas enlodadas por el piso que acababa de limpiar.


—Debora, ¿sigues aquí? —preguntó—. Me sorprende que el maestro te permita seguir trabajando cuando ni siquiera limpias bien. Este suelo no tiene que mojarse tanto —señaló el charco de agua producto de la cubeta derramada—. Limpia rápido antes de que lo descubra, no arruines el trabajo que te conseguí.


Siguió su camino como si fuese ageno a lo que pasó y avanzó con la mano apoyada en el mango refulgente de su elegante espada.


Solo porque su madre me vio en la calle le pidió ayudarme... ¿Por qué no se metía en sus asuntos? Así podría haber continuado con mi vida de vagancia.


Saludó y el maestro respondió.


—Mi querido aprendiz, apresúrate y ven, encarga tu espada y tu armadura a Debora, tengo que enseñarte algo que descubrí.


Sería un día largo...


Así, mientras pulía la armadura del niño bonito, tres años menor que yo, me quedé escuchando como algunas veces acostumbraba, más por aburrimiento que por otra cosa.


Al parecer, había tres tipos de magia.


La natural, que guía y transforma el flujo natural de los elementos y las cosas vivas, la de objetos que dota de energía y movimiento a las cosas no vivas y la de maldiciones, que interrumpe el flujo normal de la naturaleza y lo transforma.


De entre las tres, el último era el que más se parecía al efecto de los Ugressspisere y por tanto, el objeto de estudio por excelencia de mi maestro.


—… Todas las especies se especializan en uno u otro tipo de magia, menos los brujos; descubrí que dependiendo del brujo, está sujeto a uno u a otro, pero como especie, no estamos ligados a un solo tipo.


—¿Y es por eso que los brujos son tan débiles en comparación con las otras razas? —preguntó el joven, a lo que el viejo contestó con lo que en ese entonces, para mí eran poco más que galimatias sin sentido.


—Débiles no, tenemos el mismo potencial mágico, tal vez más, o por lo menos esa es mi teoría, pero mira esto —finalmente algo que captó mi interés.


El hombre extendió ambas manos hacia la chimenea y estas comenzaron a brillar poco a poco hasta que tras una decena de segundos, un rayo helado dejó a oscuras la habitación.


—¿Sabes qué pasó?


—¿Nos quedamos momentáneamente ciegos? —respondió el chico.


—Cierto, Debora enciende la chimenea.


—S... Sí —empecé a moverme y con un grito... Tropecé.


Cuando finalmente la encendí, el maestro siguió explicando con base en algunos pergaminos que había en la mesa al centro de todos los artilugios y estantes con pociones y frascos. Su mesa de dibujo, o así la veía yo.


—Los brujos podemos reunir magia del ambiente y canalizarla antes de producir algún efecto según nuestra alineación, pero la magia que golpeó el fuego, fue mucho menor que la que reuní en mis manos, ¿sabes qué significa?


—¿Que los brujos no están hechos para practicar magia?


—¿Que... Que la magia se pierde en el viaje? —respondí por reflejo, inmersa en su explicación.


—¿No deberías estar limpiando? —y fui regañada por el maestro, de modo que me apresuré a seguir con el aseo—. Pero te acercas, no se pierde al viajar, si no al lanzarlo.


Al arrojar el hechizo, la magia se concentra en un punto medio, desde ese punto se ejerce una fuerza en dirección hacia donde se apuntó, pero otra similar, envía la magia de regreso al cuerpo que la lanzó, justo en la dirección contraria.


Es como golpear un muro de hierro con tu espada; si hubiera una manera de controlar esa magia para que no se perdiera... —


—Aún está el problema de que los lanzamientos mágicos tardan mucho —interrumpió el aprendiz—. Da lo mismo poder lanzar ataques poderosos si tardamos tanto en hacerlos. Un solo segundo en el campo de batalla puede definir si vivimos o no, lo dijo mi padre.


—Ese Uther no ha investigado como yo.


—Pero guió a un reino hacia varias victorias contra los Ugressspisere, eso es una razón de peso para escucharlo.


—Ganar batallas no sirve de nada si al final pierdes la guerra y créeme, estamos perdiendo, ¿por qué crees que cada vez nos replegamos más? Porque no importa cuantas batallas se ganen, la corrupción se sigue esparciendo, los comedores de hierba continúan saliendo de los páramos, atacando campesinos, desolando pueblos.


—Pero eso no es culpa de mi padre.


—Lo será si no trata de buscar la manera de frenarlo.


Estoy seguro de que si los brujos logramos pulir esta debilidad, esa pérdida de magia, podremos dar vuelta a la guerra, ganar tiempo mientras encontramos una forma de revertir esta corrupción—.


—Hablaré con mi padre para que destine más fondos a su investigación, pero debes entregar alguna prueba de lo que dices.


—Mi querido Artur, siempre tan leal.


El maestro sonreía complacido y cuando volteó a verme por no escucharme limpiar, me apresuré.


A partir de ese día, no sabía lo mucho que mi vida cambiaría.