Grand Explendid
Para su sorpresa todo lo que tenía pendiente había terminado en un lapso previo. No precisamente por hacer las cosas como se lo pedían, ella había encontrado la forma de escabullirse de sus deberes y para su sorpresa nadie se había dado cuenta. Traía puesto su uniforme que la destacaba como una estudiante más del mejor liceo de todo Buenos Aires. Pero para la vista de los bibliotecarios ella no era más que una simple erudita, que degustaba su mente con los escritos más difusos de entender, incluso para un adulto formado en letras. Esa era la imagen que por lo menos ella irradiaba y no estaba contenta en lo absoluto.
Ciertamente estaba perdida, en aquel mar de libros y pensamientos abstractos que tanto llamaban la atención de las mentes más estudiadas que le daban una vuelta a los pasillos y se iban sin más, con las manos vacías.
También era el lugar perfecto para los turistas más aventureros con sed de llenar sus mentes vacías con un recuerdo que dejarían olvidado al llegar a sus residencias.
Entre todos ellos, pocos por cierto, dada a las altas horas de la mañana, pasaban por alto la apariencia errática de la joven. Se perdían por los pasadizos más extraños y buscaban entre los libros algo interesante como trofeo turístico. Para ella era un caos, se sabía perfectamente de memoria cada uno de esos pasadizos por los cuales tantos se perdían miranda como presas a los libros, libros que parecían vestirse con pieles de tigres listos para el ataque. No le servía de nada esconderse tras los anaqueles de historia o filosofía, mismas clases que había evitado para estar allí entre los pocos lectores aventureros.
Trataba de ocultarse. ¿De quién? No lo sé, tampoco lo sabe ella ni mucho menos el guardia de seguridad, que de vez en cuando se asomaba al pasar, encontrándose con el orden predeterminado tan característico de las más honorables estancias de los libros más cumbres para el relato Argentino.
Acechada por los ojos que parecían apropiados esconderse de ella, la joven, extraordinariamente tomó un poco del control qué parecía perder cada que algún turista sospechaba su apariencia.
Empezó entonces a subir las escaleras que la dirigían al segundo piso. Piso cuya importancia yacía intacta por todos aquellos amantes del arte que no dudaban en tomar una que otro foto del recuerdo. Pero para ella no era sorpresa encontrarse en el techo bellos retratos de espectaculares ceremonias mitológicas, refinados con los mejores colores a disposición del artista en su momento. Al ser habitual en ella recorrer esas zonas ya no le sorprendía como la primera vez.
Lo que sí le sorprendió fue lo desierto que se encontraban aquellos pasillos circulares que muy de vez en cuando (para no decir siempre) se encontraban repletos de cámaras y personas sin interés alguno de impregnarse en la lectura.
Intentó sentirse más amena con la gran oportunidad que tenía en frente pero también encontró sublime la poca concentración de seguridad en aquellos lares.
Por primera vez sintió una calma que nunca antes había sentido consigo misma. Pensó entonces que eso era acto único de aquel lugar, que siempre brindaba la mejor de las experiencias a los amantes más dichosos en torno al arte de las letras.
La curiosidad comenzó a llamar a su puerta, sentía que no podía perderse una oportunidad como esa.
Delante suyo se encontraba la delicada cinta roja que separaba la zona más privada del teatro. Con un cartel dando precisas instrucciones de no pasar por allí.
Tampoco encontraba relación alguna con las cámaras de vigilancia, siempre atentas a cada emergencia. Parecía casi loco creer que allí, en ese rincón donde siempre se las veía haciendo su trabajo, se encontraba más que una pared blanca totalmente vacía.
Era natural en la administración de aquel teatro tener siempre una desvinculación de todos los objetos y hasta incluso libros. Un día encontrabas los libros de cocina a la entrada principal y a la semana los encontrabas en el rincón más lúgubre del último piso sin ninguna explicación de su cambio. Había alguna mínima posibilidad que aquel fuera el caso de las cámaras aunque era difícil de creer que así fuera.
Pero tampoco le importaba tanto indagar en las miles de posibilidades, en vista de que ningún alma transcurría por la zona más popular (incluso los guardias) se propuso a tomar una decisión que siempre contempló, más nunca logró realizar, hasta ese momento.
Saltó sin mucha dificultad la cinta roja dando grandes pero silenciosas zancadas por las escaleras milenarias.
Aquellas le evocaban una sensación que jamás antes había sentido en esos lugares. Siendo la mejor conocedora del Grand, era su primera vez caminando por un sector prohibido al público en general.
Tenía miles de posibilidades del otro lado, casi como la búsqueda del tesoro, con una gran ingenuidad de su parte la chica pensaba realmente que un nuevo sector se encontraba del otro lado. Pero al llegar a su destino se topó con el tercer y último piso.
Siempre lo veía desde la lejanía pero jamás habría pisado sus maderas. No era nada que le evocara una nueva sensación, de esas que tanto amaba sentir.
Se sintió casi engañada. Era más de lo mismo solo que desnuda puesto a la falta de anaqueles o libros.
Lo que sí parecía sorprenderle era la falta total de personal o turistas en la zona principal. No podía entender cómo, de un minuto para el otro, todos los que se perdían por los estantes habrían desparecido como humo al igual que los guardias.
Intentó quedarse allí por más tiempo pese a someterse a que la atrapen. Tampoco le importaría, eso le demostraría que la gente seguía allí, rondando en los alrededores.
Lo que en un principio era gracioso dejó de serlo para el otro. La joven tomó conciencia de lo que pasaba a su alrededor y con mucha adrenalina se precipitó nuevamente por la escalera, la misma que la habría dejado en aquel extraño sector.
No le importaba caer, le era primordial encontrarle un sentido a lo que sus ojos presenciaban.
Para su suerte había conseguido volver a la zona crucial. Saltó la cinta pero en vez de seguir por aquellas escaleras, de las cuales desconfiaba, trató de ir por el ascensor. Se le vino a la cabeza (después de estar tantas veces en ese lugar) la utilidad que tendría aquel pequeño ascensor que muy pocas veces era usado.
Pensaba así que no le podría pasar ninguna locura más, bajo su lógica aquel elevador no podría caerse ni mucho menos desviarse de su camino.
Sin dudarlo se acercó a la parte donde habitaba el mismo creyendo ciegamente que allí estaría.
Pero al verse allí la chica se topó con un gran muro crema obstaculizando su camino. Donde se suponía estaba el ascensor no era más que continuación de la pared.
Lejos de preocuparse, buscó un alternativa distinta optando la escalera como último recurso.
Pero allí ya no había una escalera. Todo lo que creía conocer de memoria dejó de estar presente. De repente las escaleras y el ascensor nunca existieron. Pero ella estaba segura que allí tendría que estar, se negaba a estar encerrada en un piso, famoso claro está, pero vacío sin nadie que le diera una mano.
En su crisis de no saber que era lo real de lo no real se encontró, y por pura coincidencia, con un hueco similar al de una escalera. Lo negativo de su descubrimiento era la ubicación. Para llegar a esa escalera tenía que treparse por el techo y dar un salto prácticamente imposible y aunque era difícil de creer ella lo había logrado. Logró moldear su cuerpo a la difícil tarea de llegar a la escalera.
Sus ganas de escapar le hicieron cometer lo imposible. Cierto trabajo le tomó seguir con su rumbo, bajo su lógica tendría sentido sí al final encontraba la salida.
Tuvo entonces que caminar en cuclillas por las escaleras que se veían muy próximas al ras del techo. Aquella trampa parecía provenir de la peor pesadilla para un claustrofóbico, suerte para ella, esas cosas no le intimidaban, no como a su pareja.
Los siguientes tramos fueron los más difícil de acceder. Tenía que balancear su cuerpo de tal forma que le permitiera pasar con facilidad a través de las “escaleras” mismas se vestían de difíciles rompe cabezas, lugares recónditos a los que solo se accedían con el movimiento preciso. Lejos de asustarle era algo que le sacaban de quicio.
Había perdido la cuenta pero probablemente su estancia en aquel ridículo escape habría tomado unos cuarenta minutos a reloj. Las esperanzas comenzaron a erradicarse de su cuerpo y el cansancio parecía ser la respuesta resolutiva a su gran destreza.
Pero un paso en falso hizo que lo peor pasara y en cuestión de segundos su cuerpo cayó contra el piso. Lo primero que vieron sus ojos al abrirse como criptas fueron sus manos. Repleta de suciedad y un moretón aislado producto de su intrépida odisea.
_ ¿Está todo bien señorita?
Preguntó la amable voz del guardia que con anterioridad parecía acecharla con la mirada.
_ ¿Cómo llegué acá?
Preguntó ella acompañada de un fuerte dolor en racimo qué parecía crecer mediante el tiempo transcurría.
_ Te tropezaste de las escaleras. Por algo está la cinta que prohíbe el paso.
Indicó el buen hombre señalando a su vez lo que segundos atrás era la misión más imposible que le habría tocado enfrentar en su vida.
Lejos de las preguntas que podría tener consigo optó por seguir con su camino.
Al sentir el verdadero tacto de las escaleras logró conectarse con su interior.
Todavía no entendía lo que fue eso pero tampoco se la pasaría toda la mañana torturando a su mente. Después de todo fue el ruido de la tormenta estruendosa lo que la despertó de aquella extraña sensación, hasta el dolor de cuello y espalda seguían allí, dejando entrever que aquello fue así como ella lo recordaba.








