Sin arrepentimientos
Conocer a Nanami Kento para Yūji fue algo… peculiar. Además de ver la curiosa interacción que tiene Gojō con el rubio.
Nada inusual podría verse en Nanami. Aunque lo llamativo de él podría ser su traje beige, camisa azul claro, zapatos marrones, corbata amarilla con puntos negros. Pareciendo prácticamente un hombre de negocios.
Ahora, el pelirrosa tendría que aprender de él, ya que el peliblanco tendría otros asuntos que atender. Su entrenamiento quedaría a manos de Kento. Nada complicado, hasta el momento en que tuvieron que seguir el rastro de Mahito. El mismo espíritu maldito de grado especial que ha estado causando estragos en la ciudad, al modificar con su técnica maldita el cuerpo de varias personas. Convirtiéndolos en sus muñecos.
Nunca sería tarea sencilla el ser un hechicero, mucho menos acabar con aquellos que una vez fueron humanos. El mismo rubio se lo había dicho.
De él verdaderamente aprendería.
Nanami Kento mucho antes de volver a ser un hechicero, había trabajado en una oficina como oficinista; donde invertía el dinero de personas ricas y las hacía aún más ricas. Trabajo, trabajo. Era lo único que había en su vida. Nada emocionante, solo agotador.
Lo único que podría llamar un descanso, es cuando iba a aquella panadería y pedía su pan favorito cada día. Encontrándose siempre con aquella chica que lo atendía, lo saludaba, sonreía alegremente y hablaba con él. Como extrañaría después aquel lugar.
En cierto momento se dio cuenta de que su trabajo lo agotaría más y más, así que tomo la decisión de renunciar. De ninguna manera se arrepentiría de ello. Ya no más horas sin dormir, despertar en la oficina, trabajar frente a una computadora. Todo eso se acabó.
Después de que pasaron algunos días en que Yūji aprendería de él, permaneció tranquilamente observando la ciudad sobre el techo de uno de los edificios. Era relajante estar en un lugar casi silencioso, donde la brisa que podía pasar no era tan fría.
—Na-na-mi. —Pronunciaron con tanta alegría detrás de él.
Ahora toda tranquilidad se había marchado. El rubio dejó salir un suspiro al tener que lidiar con Gojō. Aunque él mismo es el que le pidió venir—. ¿Y bien?
—Ve al punto— dictaminó seriamente, queriendo evitar preguntar a qué se refería —aunque ya lo intuía.
—¿Qué tal le fue a Yūji últimamente?— indaga, estando ya a su lado.
—Bien. Se desempeña correctamente. Aunque sus sentimientos en este “trabajo” podrían acabar con él. Tú y yo sabemos lo que implica, lo que debemos sacrificar— expresó sin sentimentalismo. Podría ser cruel al decirlo, sin embargo, era la verdad.
El peliblanco guardó silencio por un momento, reflexionando aquellas duras palabras antes de replicar: —Tienes razón. No hace mucho fue un chico normal, un estudiante ordinario. Ahora es un estudiante de hechicería de primer año. Y no menos importante; el recipiente de Sukuna.
—En ese caso ya puede seguir con sus demás compañeros, ya no necesita aprender más de mí.
—¿Estás seguro de ello?
Sin pensarlo demasiado, Nanami contestó: —Así es. ¿Alguna razón por la que deba permanecer más tiempo conmigo? —Giró levemente su cabeza para observar a tiempo la sonrisa de Gojō.
—Ninguna. Confió en tu criterio. Siempre lo hago.
Satisfecho con aquella respuesta, regreso su mirada al frente. Posponía el tener que hablar de un tema muy complicado, pero ahora que estaban ambos, podría decirlo.
—¿Alguna información sobre dónde podría encontrarse Getō? He de suponer que él tiene algo que ver con lo que ha sucedido últimamente. Especialmente con aquel espíritu maldito de grado especial que hallé con Itadori.
La sonrisa del peliblanco desapareció, volviéndose una sola línea firme.
—No, por desgracia. Sabe como ocultarse muy bien. Por lo demás también creo lo mismo, pienso que no es una simple casualidad. Seguramente planea hacer algo parecido al Desfile nocturno de los cien demonios del 24 de diciembre. En particular, si ya sabe lo especial que es Yūji.
Ambos permanecieron en silencio, sin necesidad de mencionar lo que ya conocían y suponían. La cuestión era cuándo ocurriría. Los dos deberían de estar presentes cuando llegue el momento e incluso muchos otros más. Necesitarían a tantos hechiceros.
El día esperado llegó. El 31 de octubre, un velo —técnica maldita; donde cualquiera puede entrar, pero no salir—, cubrió gran parte del distrito de Shibuya. Podría ser claro que Getō era el responsable o al menos estar implicado.
Como había sido previsto, varios hechiceros fueron convocados —principalmente de grado 3, 2 y superior, formando varios equipos. El rubio sería el líder de uno de los grupos, acompañado por Fushiguro y Takuma Ino.
Cada equipo tendría un área asignada. Uno de sus deberes era salvar a aquellos civiles que habían quedado atrapados dentro de la barrera, además de luchar contra los espíritus malditos. Dejándole la tarea a Gojō de encontrar a Getō Suguru.
Todo plan cambio cuando el pelirrosa le gritó a Nanami que el peliblanco había sido sellado. Tenían que apresurarse, así que el rubio dejó que Itadori, el peliazulado e Ino se encargaran de deshacer el velo, mientras él se encargaría de infórmarle a Kiyotaka Ijichi lo sucedido con el peliblanco.
En el camino el rubio se encontró con él, sorprendiéndose al verlo herido en un costado de su abdomen —aún vivo. Al mirar esta escena, no pudo evitar recordar la muerte de su amigo, Yū Haibara.
No estaba de muy buen humor cuando logró salvar a Nobara de Haruta Shigemo —responsable de apuñalar al pelinegro y lastimar a Akari Nitta. Golpeó al pelirrubio hasta dejarlo muy malherido, posiblemente muerto.
Aunque la castaña se ofreció a formar parte del equipo de Nanami, él se negó diciéndole que solo estorbaría. Sinceramente, no quería tenerla cerca después de la lucha que había tenido, era mejor que se quedará con Akari.
Ahora su equipo sería con Maki y Naobito Zenin.
Nada sería sencillo de ahora en adelante, encontrándose con Dagon —otro espíritu maldito de grado especial. Podría haber sido una lucha sencilla, pero nunca sería de esta manera.
Dagon reveló su verdadera forma, atrapándolos en su expansión de dominio. Debía de haber una forma de salir.
Golpe tras golpe recibieron de aquel espíritu. Sería demasiado complicado el pelear con él, a pesar de que eran tres. Sin embargo, Fushiguro logró abrir una brecha con su técnica de sombras que les permitiría escapar de ahí.
Sería primordial aquella táctica, si no hubiera aparecido un hombre desconocido, quien extrañamente se había enfocado en atacar a Dagon con una de las armas malditas de la peliverde. Esto al parecer funcionó, porque el tipo derrotó a Dagon y su expansión desapareció junto con él.
Se suponía que todo acabaría ahí, pero ahora el hombre se enfocó únicamente en el peliazulado, quien fue directamente contra él. Solo quedaría en tener que hacer algo. Ahora bien, las heridas graves y el cansancio jugarían en contra. Por si fuera poco, fueron encontrados por Jogo —también un espíritu maldito.
Tanta fue la ira de este ser al enterarse de que su amigo había muerto, que teniéndolos a ellos enfrente, no dudo en quemarlos e irse del lugar sin mirar atrás. Lo que no sabía era que el rubio permanecía con vida y solo la mitad de su cuerpo había sufrido quemaduras.
Sintiendo un dolor abrazador, intentó levantarse varias veces con el único brazo funcional que le quedaba. Era una tortura el respirar, como el esfuerzo que realizaba. Lográndolo, se tambaleó por un momento, hasta equilibrarse.
Observó que Maki pasó por algo similar a él, aunque en ella no se podría ver movimiento e incluso si seguía con vida. De ser así, tendría que buscarle ayuda.
Caminar se volvía un reto, deseando no caerse en ningún momento. Se encontraba en uno de los entrepisos de la estación. Mirando toda la sangre que estaba pintando el suelo, las paredes o alguna estructura cercana.
Fue mala idea el suspirar, su cuerpo lo castigo con dolor que lo hizo quejarse. Ir a pasos lentos tampoco ayudaría.
Escuchando ruido detrás de él, se detuvo por un momento esperando que no fuera alguna maldición. No había forma de defenderse o escapar en ese estado. Su alivio salió cuando notó que se trataba del pelirrosa. Al fin alguien conocido. Ahora podría pedirle la ayuda que la peliverde necesita con urgencia y él descansaría por un momento, reponiendo un poco sus energías.
—¿Nanami?— pronuncia sorprendido, además de preocupado al ver como se encontraba el rubio.
Las palabras quedaron en la boca de Nanami, una presencia apareció a su lado. Él sabía de quién se trataba. Mahito. Lo supo por la energía maldita que desprende.
Se dio cuenta el rubio que sería inútil luchar contra él, al tener el cuerpo demasiado herido como para moverse. Quizás era mejor quedarse donde estaba. Ya no podría tener salvación, pensaba.
Su mente comenzó a divagar, imaginándose estando en una playa, donde sentiría el aire salado golpear su rostro, el dulce sonido de las olas y la arena suave bajo sus pies. Se decía a sí mismo los lugares en que podría vivir. Construir una hermosa casa en una playa desierta. Leer por fin aquellos libros que había comprado. Pasaría página y recuperaría poco a poco el tiempo perdido.
Una sonrisa se dibujó al haber tenido ese lindo sueño, que lamentaba no cumplir. Su mirada se enfocó únicamente en Itadori, quien comenzó a correr seguramente para salvarlo. Eso hubiera sido bueno.
Su sonrisa cálida no desapareció, a pesar de que estaba por decir sus últimas palabras. Lo que podría pedir por última vez, es que todo terminara bien, aunque él ya no estuviera para ver el desenlace.
—Te dejo el resto a ti, Itadori.
Solo un segundo, y todo desapareció. No más dolor, estrés, sufrir más perdidas. Por fin descansaría. Era libre.