Prólogo
Le había citado. Sabía que él se enteraría, ya que tenía ojos y oídos en todas partes, pero eso no impidió que lo desobedeciera. Todo formaba parte de un plan para conseguir lo que quería. Tambaleándose por el oscuro pasillo de aquel club de mala muerte en dirección a su oficina, apenas era consciente de su estupidez. Su determinación, y demasiado alcohol, se lo impedían. Tenía una familia encantadora en casa, gente que le adoraba y le amaba. En el fondo sabía que no había ninguna buena razón para estar exponiendo su cuerpo y su mente a aquel mundo sórdido y de mala muerte. Pero había vuelto esa noche y volvería a hacerlo la siguiente. Se le hizo un nudo en el estómago a medida que se aproximaba a la puerta de aquel despacho. Su cerebro ahogado en alcohol, estaba activo lo justo para permitirle levantar la mano y agarrar el pomo de la puerta. Hipando una vez más y con otra pérdida de equilibrio sobre sus ridículos tacones, entró en el despacho de Ji Sub.
Era un hombre atractivo a finales de la treintena, con una densa melena que empezaba a encanecer en las sienes, lo que le otorgaba un aspecto maduro y distinguido, a juego con sus trajes. Su mandíbula era ancha y severa, pero su sonrisa resultaba amistosa cuando decidía revelarla, cosa que no sucedía con muchas frecuencia. Sus clientes masculinos jamás la habían visto. Ji Sub prefería mostrar esa pose dura que hacía que todos los hombres se echasen a temblar en su presencia. Pero para sus empleados sus ojos siempre brillaban, y su expresión era suave y reconfortante. No le entendía ni pretendía hacerlo. Sólo sabía que le necesitaba. Y sabía que Ji Sub también le había cogido cariño, de modo que usaba esa debilidad contra él. El duro corazón de aquel hombre de negocios se ablandaba con todos sus chico(a)s, pero con aquel ser se le hacía puré. Ji Sub miró hacia la puerta mientras entraba trastabillando y levantó la mano para detener la conversación que mantenía con un hombre alto con mala pinta que estaba de pie frente a su mesa.
Una de sus reglas era que siempre había que llamar a la puerta y esperar a que él diese permiso para entrar, pero nunca lo hacía, y Ji Sub jamás le reprendía por ello.
—Seguiremos pronto con esto —dijo, y despachó a su socio, que se marchó al instante, sin protestar, y cerrando la puerta sin hacer ruido al salir.
Ji Sub se levantó y se alisó la chaqueta mientras salía de detrás de su enorme mesa. Incluso a través de la neblina del alcohol, podía ver con perfecta claridad la preocupación que reflejaba su rostro. Y también un punto de irritación. Se acercó lentamente, con cautela, como si tuviera miedo de que saliera corriendo, y le agarró con suavidad del brazo. Le colocó sobre una de las sillas acolchadas de piel que había frente a su mesa, se sirvió un whisky y le pasó un agua fría antes de sentarse. No sentía miedo en presencia de ese hombre tan poderoso, ni siquiera a pesar de su vulnerable estado. Por extraño que pudiera parecer, sentía seguridad. Él haría lo que fuera por sus chica(o)s, incluso castrar a cualquiera que se pasase de la raya. Tenía reglas específicas, y ningún hombre en su sano juicio se atrevería a saltárselas, porque arriesgaban mucho más que su vida. Ya había visto el resultado, y no eran agradable.
—Te dije que se acabó —anunció Ji Sub intentando no sonar enfadado, aunque sólo consiguió adoptar un tono cargado de compasión.
—Si no me los buscas tú, me los buscaré yo —balbuceó.
La embriaguez había inyectado valor en su pequeña constitución. Tiró el monedero sobre la mesa delante de él, pero Ji Sub pasó por alto su falta de respeto y lo empujó de nuevo hacia aquella persona.
-¿Necesitas dinero? Te daré dinero. Pero no te quiero más en este mundo.
—Esa decisión no es tuya —respondió sin miedo, sabiendo perfectamente lo que se hacía. Sus labios serios y sus ojos grises le indicaban que se estaba saliendo con la suya. Le estaba apretando las tuercas.
—Tienes diecisiete años, y toda una vida por delante. — Se levantó, rodeó la mesa y se sentó en una esquina quedando de frente —. Me mentiste sobre tu edad, te has saltado un montón de normas, y ahora te niegas a dejar que vuelva a enderezar tu vida. —Le agarró la barbilla y elevó su rostro desafiante hacia él —Me has faltado al respeto y, lo que es peor, te lo has faltado a ti.
No sabía qué responder a eso. Le había embaucado, le había tendido una trampa con el fin de que se acercara.
—Lo siento —murmuró arrastrando las palabras, y se apartó de él para dar un largo sorbo de agua.
No sabía qué más decir, y aunque encontrara las palabras, jamás serían suficientes. Sabía que la compasión que Ji Sub sentía podría menoscabar el respeto que se había ganado en ese negocio de vicio y perversión, y su negativa a dejar que solucionase su situación, una situación de la que se sentía responsable, hacía sólo peligrar aún más esa reputación.
Ji Sub se arrodilló y apoyó sus grandes palmas sobre sus piernas desnudas.
—¿Cuál de mis clientes se ha saltado mis reglas esta vez?
Solo se encogió de hombros, no iba a revelar la identidad del hombre que había seducido hasta su cama. Sabía que Ji Sub les habían advertido a todos que no se le acercaran. Pero había conseguido embaucarlo, igual que a Ji Sub.
—Da igual.
Quería que Ji Sub se cabreara ante su continua insolencia, pero él conservó la calma.
—No vas a conseguir lo que pretendes. — se sintió como un cabrón al espetarle esas duras palabras. Sabía lo que estaba buscando —No puedo cuidar de ti —añadió tranquilamente, tirando del dobladillo de la ropa rasgada que llevaba.
—Lo sé.
Inspiró entonces profunda y cansadamente. Era consciente de que no pertenecía a su mundo. Ni siquiera estaba seguro de si él seguía haciéndolo. Jamás había dejado que la compasión interfiriera en su negocio, nunca se había expuesto a situaciones que pudieran arruinar su respetada posición, pero aquella persona había puesto su mundo patas arriba.
Eran esos ojos azul zafiro... Ji Sub jamás había consentido que sus sentimientos afectasen a su negocio, no podía permitírselo, pero esavez había fracasado. Elevó su enorme mano para acariciar la suave mejilla de porcelana, y la desesperación reflejada en los ojos atravesó su duro corazón.
—Ayúdame a hacer lo correcto. Tú no perteneces a mi mundo —le dijo.
Asintió, y Ji Sub suspiró aliviado.
Demasiada hermosura e imprudente, una peligrosa combinación. Acabaría buscándose problemas. Estaba furioso consigo mismo por dejar que eso sucediese, a pesar de su engaño. Cuidaba de sus chica(o)s, la(o)s respetaba y se aseguraba de que sus clientes también, y siempre mantenía los ojos bien abiertos por si pasaba algo que pudiera ponerlas en peligro, mental y físicamente. Sabía lo que iban a hacer antes de que lo hicieran.
Pero había traspasado su guardia. Había conseguido engañarlo. Sin embargo, no le culpaba. Se culpaba a sí mismo. Su joven belleza lo había desconcentrado demasiado, una belleza que se le quedaría grabada en la mente para siempre. Volvería a echarle, y esta vez se aseguraría de que no regresara. Le importaba demasiado como para mantenerle ahí. Y eso le provocaba un dolor abrasador en su oscura alma.
Buenooooooo aqui vamos de nuevo mis estimadas 💛
Gracias por seguirme ahora que la otra app me dejo sin historias 🥺