Capitulo1
Start writiCapítulo 1
Una suave llovizna caía sobre las calles de Londres, empañando las ventanas de la elegante mansión de los Rochester, donde se celebraba una de las reuniones más esperadas de la temporada. Elizabeth había llegado apenas unos minutos antes, saludando a conocidos y conocidos de conocidos, como era costumbre, aunque sin mayor entusiasmo. Su madre la había convencido de que asistir a tales eventos era esencial, una obligación social que, según ella, Elizabeth no podía ignorar. Después de todo, decía, ¿qué sería de una joven que no participara de los círculos correctos?
El salón estaba decorado con flores de jardín y candelabros dorados, que proyectaban sombras suaves sobre las paredes altas. Elizabeth observaba a su alrededor, sumergida en sus pensamientos, cuando una figura alta y de aspecto serio llamó su atención. Era un joven vestido de negro, con una expresión de incomodidad apenas disimulada, que observaba el lugar con el ceño fruncido. Parecía estar, al igual que ella, ligeramente fuera de lugar, aunque él se mantenía en el fondo, casi oculto entre las sombras.
Un murmullo recorrió el salón cuando alguien mencionó su nombre. William Ashford. Elizabeth había oído hablar de él en alguna ocasión. Decían que era un joven de carácter reservado y de inteligencia mordaz, alguien que no se dejaba llevar por las formalidades, una peculiaridad que en el Londres de aquella época no siempre era bien recibida.
La mirada de Elizabeth se cruzó con la de él por un breve instante. No pudo evitar sentir una extraña mezcla de curiosidad y recelo; algo en su presencia parecía atraerla y a la vez mantenerla en guardia. Sin embargo, antes de que pudiera pensar en acercarse, William se apartó y desapareció entre el grupo de caballeros que rodeaban al anfitrión de la velada.
Unos minutos después, mientras Elizabeth trataba de disimular su incomodidad viendo el paisaje en el jardín, una voz a su espalda la hizo sobresaltarse.
—No parece que disfrute mucho de estas reuniones —dijo él con tono irónico, y cuando ella se giró, ahí estaba William, mirándola con una leve sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Elizabeth, sorprendida, apenas pudo esbozar una respuesta.
—No las disfruto, en efecto —replicó, y sus palabras, más sinceras de lo que ella hubiera deseado, parecieron sorprenderlo.
—Interesante —comentó él, sin apartar la mirada—. A menudo, en estos lugares, uno solo escucha lo que otros desean escuchar.
Ella sintió un leve rubor en sus mejillas, y la incomodidad se hizo más palpable. No sabía si él se burlaba de su franqueza o si realmente compartía su sentimiento, pero había algo en su expresión que no dejaba de inquietarla.
Sin querer prolongar el intercambio, Elizabeth buscó una salida al silencio incomodo.
—Y, sin embargo, aquí estamos —respondió, intentando igualar el tono irónico.
William asintió, pero en lugar de responder, observó a su alrededor con un aire casi melancólico. Entonces, inclinándose hacia ella como si fuera a confesarle un secreto, susurró:
—A veces, la soledad es menos notoria en compañía. ¿No lo cree, señorita?
Con esa frase, dio media vuelta y desapareció entre los invitados, dejándola sola con una extraña sensación, como si hubiera compartido algo demasiado íntimo con un desconocido. Elizabeth, aún turbada, intentó recobrar la compostura, pero no podía olvidar esa breve conversación que había dejado una sombra de inquietud en su mente. ¿Quién era realmente William Ashford, y por qué sentía que aquel encuentro había sido el preludio de algo que no podía aún comprender?
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La noche avanzaba lentamente, y Elizabeth sentía que el bullicio de la fiesta era cada vez más ajeno, como si una distancia invisible la separara del resto de los invitados. Aún se encontraba perturbada por su conversación con William. En algún punto de su mente, aquellas palabras resonaban como un eco incómodo: “A veces, la soledad es menos notoria en compañía.”
Trató de despejarse mientras caminaba hacia el extremo del salón, donde varias mujeres conversaban animadamente sobre los últimos acontecimientos de la temporada. Entre ellas se encontraba Caroline, su amiga de infancia, quien al verla se acercó con una sonrisa encantadora y un brillo de curiosidad en los ojos.
—Elizabeth, ¡por fin te encuentro! He oído rumores tan interesantes esta noche. —Caroline hizo una pausa dramática, echando un vistazo a su alrededor antes de inclinarse hacia ella—. Dicen que William Ashford ha regresado a Londres después de años viviendo en el extranjero. ¿Lo has visto ya?
Elizabeth dudó un instante. Sabía que Caroline esperaba una respuesta entusiasta, pero su encuentro con él había sido, por decir lo menos, inesperado.
—Sí, lo he visto —respondió con tono neutro, sin añadir nada más.
—¡Oh, pero cuéntame! —insistió Caroline, claramente intrigada—. He escuchado que es un hombre… peculiar. Algunos incluso dicen que es excéntrico, que apenas se adapta a nuestra sociedad.
Elizabeth se encontró sonriendo sin querer. Excéntrico era, en efecto, una palabra adecuada para describirlo, pero detrás de su aparente desdén por las normas sociales, había vislumbrado una sombra de algo más profundo y menos evidente. Sin embargo, se limitó a responder:
—No puedo juzgarlo aún. Fue una conversación breve, nada fuera de lo común.
Caroline entrecerró los ojos, claramente decepcionada. Sabía que Elizabeth no era de ofrecer detalles innecesarios, pero esperaba más de su relato. Al final, suspiró y cambió de tema, hablando de un joven aristócrata que había llamado su atención esa misma noche. Elizabeth trató de escuchar, pero su mente seguía anclada en las palabras de William y en el misterio que parecía envolverlo.
Más tarde, cuando la fiesta comenzaba a disolverse y la gente se retiraba, Elizabeth decidió salir a tomar aire. El jardín estaba desierto y la bruma de la noche lo envolvía todo en una calma inquietante. Sin embargo, no había dado más que unos pocos pasos cuando una figura apareció a la distancia, emergiendo de las sombras de los árboles. Era él.
Ella vaciló, sin saber si retirarse o enfrentar su presencia, pero antes de que pudiera decidirse, William se acercó, caminando con paso decidido pero sin prisa. Cuando estuvo a pocos pasos, hizo una leve reverencia, cortés pero sin perder ese aire distante.
—Señorita Elizabeth, parece que ambos compartimos la afición de escapar de las multitudes.
Elizabeth lo observó, tratando de descifrar la intención tras sus palabras.
—No soy precisamente amante de las aglomeraciones, señor Ashford —respondió, con un tono que pretendía ser neutral.
William asintió, sin apartar la mirada.
—Me lo imaginaba. Se nota en su expresión; una especie de… cómo llamarlo… —hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—… melancolía discreta. Aunque, debo decir, es una rareza encontrar tal franqueza en estos círculos.
Elizabeth sintió que un leve sonrojo se apoderaba de su rostro. La precisión de sus palabras, y la manera en que él parecía observar más allá de lo evidente, la inquietaban.
—Quizás sea usted quien está viendo algo que no existe, señor Ashford.
Una ligera sonrisa se dibujó en sus labios.
—Tal vez —concedió—. Pero en un lugar donde todos se esfuerzan tanto por aparentar, uno se pregunta qué tan sinceros somos realmente, ¿no cree? Si tan solo bastara con observar más detenidamente para comprender…
Elizabeth notó la intensidad en sus ojos. Por un momento, pensó en replicar, en protestar, pero algo en ella se contuvo. William no parecía estar hablando solo de los demás, sino también de él mismo, como si aquella búsqueda de sinceridad fuera una lucha personal.
De pronto, la voz de Caroline resonó desde el umbral de la casa, llamándola.
—Elizabeth, ¿te encuentras aquí? ¡Es tarde, debemos regresar!
Elizabeth miró hacia la entrada y luego de vuelta a William. Él hizo un leve gesto, invitándola a irse.
—No quisiera retrasarla más. Tal vez nos volvamos a encontrar… en algún lugar menos concurrido —dijo con una inclinación.
Ella respondió con una leve inclinación de cabeza y se marchó, sintiendo su mirada fija en su espalda hasta que cruzó el umbral de la casa.
Mientras subía al carruaje junto a Caroline, Elizabeth trató de concentrarse en la conversación que su amiga insistía en mantener, pero su mente no podía apartarse de aquel enigmático joven, ni de la inquietante sensación de haber sido comprendida en apenas unas palabras.
Fin del capítulo 1
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Chauchi^^!!
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