Prologo: Clotaldo, el ladrón (ocho años antes)
Sai sentía un impulso que lo empujaba hacia el vacío. Intentaba controlarlo, pero era una lucha constante, un desfase entre su mente y su cuerpo. Ahí nacía el miedo.
Era la primera vez que veía el borde de su isla y, por eso, también la primera vez que sentía vértigo. Estaba tan cerca del filo que un simple empujón habría bastado para hacerlo caer al abismo blanco. Blanco, por culpa del Mar Nube. Entonces, el niño escuchó la risa adulta de Clotaldo. Esa risa contagiosa que lograba que incluso los chistes malos parecieran graciosos.
—¿De qué te ríes? —exclamó Sai, aún más nervioso por el solo hecho de mover la boca.
—Nada. Me recordaste a mí.
Aquel no era un lugar para llevar a un niño.
Vivían en la isla flotante de Buganvilla, un trozo de roca y tierra compacta suspendido en la Atmósfera, a más de treinta kilómetros de altura. Sus calles eran de roca caliza y tenían unas casas coloniales construidas con arcilla, hormigón blanco y mucha paciencia. La gente era humilde y agradecida: la isla les daba lo suficiente para vivir, y a veces un poco más… aunque otras veces, apenas lo justo.
El viento era fresco, suave y con olor a rocío. Pero, como toda isla flotante, Buganvilla tenía unos bordes que daban a una caída mortal. Aun así, en cuanto Clotaldo supo que Sai nunca había visto el borde de su propia isla, lo llevó sin aceptar réplicas.
—Puedes tener miedo. Es normal. Pero algún día tendrás que armarte de valor y mirar más allá. ¿Puedes? ¿Puedes ver más allá?
Sai ni siquiera era capaz de mirar hacia abajo. Si hubiera sido por él, se habría acostado en el suelo y se habría quedado allí durante todo el atardecer. Clotaldo lo notó y dijo:
—Cierra los ojos.
—¿Y si me caigo?
—Confía en mí. Ciérralos.
Clotaldo, de todos los adultos que Sai conocía, era, con diferencia, el más irresponsable. Sin embargo, fue su tono, su calma y esa sonrisa tranquila lo que convenció al pequeño de obedecer, aunque con cautela.
—Ahora repite esto: veo el camino, no los obstáculos.
Sai lo hizo. Luego, Clotaldo le dijo que respirara hondo, y también lo hizo. Repitió la frase una vez más, alzó un poco la cabeza por indicación de su amigo y abrió los ojos.
Azul. La claridad de la Atmósfera se imponía frente a él. Pequeñas nubes, algunas en manada y otras solitarias, viajaban tranquilas por el horizonte. Entonces miró hacia el cielo y sintió los cálidos rayos del sol sobre su piel. Era asombroso. Toda esa belleza, en su propia isla, y hasta ahora se dignaba a contemplarla.
—Una vez pierdes el miedo, puedes ver cosas espectaculares —dijo Clotaldo.
—Es hermoso.
—Y es solo el principio. Allá afuera, lejos de esta isla, hay cosas que ni siquiera te imaginas.
—Tú has ido, ¿verdad? Fuera de Buganvilla.
Clotaldo soltó una risa.
—¿Ido? Yo he vivido allá afuera.
—¿Y cómo es?
—Divertido.
Clotaldo era la única persona en todo el pueblo que venía de afuera. Sai era muy pequeño cuando ocurrió, pero le habían contado que aquel hombre cayó del cielo con un gran paracaídas naranja. Vestía ropa gris, un conjunto completo, y tenía un tatuaje en la palma de la mano. Fue evidente desde el principio, incluso, él mismo no tardó en confesarlo: era un criminal. Había escapado de prisión en una isla superior. La isla U, para ser exactos.
—¿Qué es lo más genial que has visto? —preguntó Sai.
—Un hombre, ¡que disparaba rayos de los ojos!
—¡Vamos, Clotaldo!, ya déjate de bromas.
Él volvió a reír.
—Ese es el problema. Aunque te lo contara, no me creerías.
Entonces Sai miró hacia el infinito. Sin darse cuenta, ya era capaz de observar la caída con calma.
—Algún día me gustaría salir. Conocer otras islas, conocer la Atmósfera —dijo Sai.
—Así no se dice.
—¿Qué?
—No se dice: algún día me gustaría. Se dice: Un día de estos voy a hacerlo. ¿Me entiendes? Tienes que quererlo de verdad.
—Pero en Buganvilla no hay naves.
—Un buen ladrón convierte los problemas en oportunidades. Los que quieren algo, buscan la manera. No lo olvides.
Sai prefirió no recordarle que él ya no era un ladrón. Cuando Clotaldo se ponía así, era mejor cambiar de tema. Podía quedarse sumido en sus propias ideas hasta convencerte… o hasta obligarte a darle la razón. Era de esos que difícilmente aceptaban una opinión distinta.
—¿Y alguna vez bajaste hasta el Mar Nube? —preguntó Sai.
—Conocí a alguien que lo hizo. Casi muere. ¿Por qué lo preguntas?
—No lo sé… quería saber si habías visto la Superficie.
—El Mar Nube cubre todo nuestro planeta, eso te lo puedo asegurar. Si quisieras ver la Superficie, tendrías que atravesarlo.
—¿Alguien lo ha hecho?
—Alguien lo ha intentado, eso seguro. Pero nadie ha vuelto para contarlo. ¿Por qué? ¿Quieres ser el primero? —dijo con evidente emoción.
—No. Solo tenía curiosidad.
Clotaldo suspiró.
—De verdad… los niños de esta isla no tienen ambición.
—Oye Clotaldo, ¿y cómo te hiciste ese tatuaje? —dijo Sai señalando la mano de su amigo.
—¿Esto? Fue cuando estuve en la prisión Diama...
—¿Sai? —interrumpió una voz que el pequeño reconoció al instante.
Era Alba, su hermana, que lo venía buscando hacía horas, preocupada. Les soltó un bochornoso regaño a él y a Clotaldo, en el que los llamó irresponsables, y les recordó que podrían haberse caído. Como ambos sabían que tenía razón, apenas objetaron. Siempre resultaba curioso que un hombre tan mayor como Clotaldo —de unos cuarenta y cinco años— tuviera que pedirle perdón a una joven de diecinueve. Aun así, lo hacía con toda la calma del mundo, como si aquel momento hubiera estado previsto desde el principio.
Finalmente, Alba se llevó a Sai, y él se alejó mientras su amigo se despedía. Entonces volvió a ver el tatuaje: una línea negra que le rodeaba la mano. Años después, Sai descubriría lo que significaba. Era conocida en toda la Atmósfera, como la marca de los ladrones.








