Beyond The Darkness, You
No podía negar que había sido muy bueno para el “Grupo Iniciativa Fénix” encontrar un nuevo refugio en lo que aún se comprendía como Yokohama. Sin embargo, la información que habían recibido de parte del “Frente del Nuevo Orden” era como una sombra dentro de la misma luz.
Suspiró profundamente, ya anochecía y la playa lucía más bien solitaria, tal como él en ese momento. El viento salino jugaba suavemente con su cabellera borgoña, larga hasta sus hombros, y sus aretes de hanafuda, haciéndolo pensar en todo lo sucedido hasta ese punto. No solo el Virus de Degeneración Hormonal había venido cambiando el mundo desde antes de ese año, el año 2100, sino que las consecuencias de su elección de ser un médico, lo habían llevado a tener experiencias que en su vida imaginó. El desarrollo por su parte de una posible cura para contrarrestar las muertes de la población femenina, la destrucción de su laboratorio e investigación clasificada y la pérdida de dos personas importantes en su vida, parecían las piezas de un despiadado juego de dominó cayéndose una tras otra. Lo único bueno, había sido… la aparición en su camino del comandante Yuuji Itadori y su esperanzador “Grupo Iniciativa Fénix”.
El “Frente del Nuevo Orden” había tomado rehenes para intercambiarlos por la posible cura del virus, la que poseía él mismo, y sabía cuánto revuelo había causado dentro de la unidad del militar de treinta años y cabello rosa. Él mismo había escuchado las opiniones divididas de todos los integrantes y tenía claro que nadie le deseaba el mal verdaderamente. Mas, algo dentro de sí mismo le reclamaba que él tenía la culpa, sobre todo por ver a Yuuji muy alterado al respecto.
Volteó y a lo lejos, varios integrantes de la patrulla, incluidos el subcomandante Inosuke, comían y/o trataban de relajarse con ayuda de quienes los habían recibido en Yokohama, pese a la reciente tensión a nivel de sociedad. Tenía que ver al jefe, le preocupaba y debía hacer lo que estuviera a su alcance para que se sintiera mejor.
El segundo hombre al mando de la patrulla fue firme en su pensar. Para él, lo más adecuado era que el “Frente del Nuevo Orden” se quedara con Tanjiro en pro de salvar a los prisioneros y de paso, matar a aquellos “adversarios”. Y no se trataba de que Yuuji no estuviera de acuerdo en ello, claro que como el líder, también era su objetivo eliminarlos. Lo que no quería era… tener que dejar al médico a quien él y su agrupación habían decidido amparar.
Respiró hondo, intentando apaciguar la rabia que sentía mientras limpiaba y recargaba su metralleta tipo Pulse y su fusil tipo Magnum, aunque lo que más sentía era miedo. Su antiguo entrenamiento en la milicia lo había formado para ser un hombre que no mostraba tales sentimientos y por lo general, solía esconderlos. No obstante, era primera vez que le estaba costando trabajo disimular, y todo por ese hombre de su misma edad y de ojos color vino.
Había pasado un año ya desde que intervinieron en el saqueo de un hospital público en Osaka, donde conocieron a Nezuko Kamado, una paciente del virus en estado crítico y que fue quien le rogó a Yuuji protección para su hermano mayor, un médico de treinta años. La razón de su petición no era menor, pues él había trabajado en una cura eventual que mantenía en secreto, lo que lo hacía alguien muy valioso. Hallar a esa muchacha allí los llevó a rescatar al doctor en el momento más acertado, pues justo ese día los del “Frente del Nuevo Orden” saqueaban su laboratorio improvisado en su propia casa, matando así a su compañero, Zenitsu. Afortunadamente, el “Grupo Iniciativa Fénix” salvó a Tanjiro y se adjudicó la misión de tenerlo bajo su custodia hasta dar con las condiciones apropiadas en pro de aplicar y patentar la cura, lo que podría derivar en la salvación de la población femenina restante.
El militar sonrió, todo eso parecía que hubiera sucedido ayer pero más increíble era lo que se había dado entre los dos. Pese a ser tan distintos en sus personalidades y formaciones educativas, tenían en común una visión al respecto de la situación poco favorable en la que estaban insertos, que los había hecho complementarse y unir fuerzas. Cierto era que nunca había sospechado que ese lazo entre los dos tendría la posibilidad de convertirse en algo más que solo compañerismo en beneficio de un sueño en común que iba mucho más allá de ellos mismos. Y es que justo en ese punto de su camino, Yuuji ya no se imaginaba… sin Tanjiro a su lado.
Un golpe en la puerta de la habitación que le habían proporcionado en el refugio, lo sacó completamente de sus pensamientos y escuchó la voz grave de quien se había convertido en su… debilidad.
—¿Yuuji?
Los latidos de su corazón se dispararon.
—Tanjiro. Pasa —dijo, aparentando normalidad. Lo vio abrir la puerta y la intensidad de su mirada lo atravesó, como veces anteriores. El solo hecho de ver la hermosura de su rostro, incluyendo esa quemadura en su frente, lo tranquilizaba y mantuvo su seriedad—. Mandé a todos a distraerse y descansar, deberías estar haciendo lo mismo.
El aludido sonrió levemente ante su respuesta esperable, prestándose a ignorar lo atractivo que se veía así. Su ropa marcando su cuerpo fornido y sus manos grandes maniobrando sobre sus armas. Lo que le importaba más en ese instante era lo que podría estar pasando por su mente.
—Podrías seguir tu propio consejo, ¿no? El atardecer está hermoso y conseguimos un nuevo refugio para dormir en la noche. —Le dijo, acercándose para tomar asiento a su lado.
—Sí, tal vez tengas razón —contestó el comandante y dejando de lado sus armas, agregó—: Pero diablos, no creo que pueda con ese maldito mensaje.
Tanjiro inhaló profundo y se volvió severo, incluso su voz bajó un tono.
—Oye, Yuuji… —comenzó a hablar e hizo una pausa. Él no se lo iba a tomar a bien, pero no podía callárselo—. Podría entregarme y otorgarles la cura. Soy capaz de desarrollar una nueva más adelante. No vale la pena arriesgar las vidas de los rehenes.
El pelirosado frunció el ceño de inmediato, entre incrédulo y molesto por lo que el doctor le decía. Y por supuesto que mantendría su perspectiva.
—No. No haremos eso. Si esos bastardos realmente son los mismos que destruyeron tu laboratorio, que es lo más probable, la utilizarán para controlar a la gente. Y luego de eso, te asesinarán. No permitiremos que eso suceda.
—Pero esos bastardos matarán a esa gente si no accedemos —dijo el hombre de aros hanafuda y los amargos recuerdos pasaron por su mente. La muerte de su hermana Nezuko a causa del virus y el asesinato de su amigo y compañero de investigación, Zenitsu. Continuó, pretendía asegurarle al comandante que todo iría bien, aun cuando eso significara… dejarlo. Suspiró hondo—: Maldita sea. Lo digo en serio, desarrollaré otra cura. Una nueva y mejorada. No es el fin del mundo.
Ambos comprendían muy bien el impacto que el Virus de Degeneración Hormonal había causado a nivel mundial, provocando el deceso de millones de mujeres y así, derrumbando gobiernos y sociedades. En ese punto, la prioridad parecía lógica ante ellos. Había que garantizar la acción de la prometedora cura creada por Tanjiro y reducir al mínimo cualquier muerte relacionada a ello, pero sus corazones los habían puesto en una encrucijada. Anhelaban estar juntos y demostrarse todo ese amor y ese deseo que había florecido inesperadamente entre los dos,… de todos modos.
El volumen de la voz varonil de Yuuji subió.
—Tanjiro, la cura que creaste es nuestra única ventaja. Si se la entregamos, perderemos toda oportunidad de derrotar a esos hijos de perra. No podemos confiar en que desarrollarás una nueva cura en poco tiempo.
El líder de la unidad militar conocía el nivel de inteligencia y experticia del hombre al frente suyo, no ponía en duda sus habilidades de ninguna manera. No obstante, el virus continuaba cobrando y cobrando víctimas sin parar y era menester detener sus nefastas consecuencias. El doctor se molestó, pues pensaba que Yuuji sería capaz en esa ocasión de dejar su modo objetivo de pensar y darse cuenta de lo que a su parecer, era más adecuado.
—Dime, ¿qué es más importante para ti, Yuuji? ¿La cura, o las vidas humanas? —indagó, sin advertir que sus palabras serían la gota que derramaría el vaso.
—¡Tú, maldición! —exclamó el aludido, la honestidad y el peso de sus palabras se reflejaba en el café de sus ojos, lo que aceleró el palpitar de ambos. Las mejillas se tiñeron de rojo y por unos segundos, lo único que se escuchó fue el sonido del mar y el murmullo de los demás a lo lejos. No dejaron de mirarse y Tanjiro tragó duro, antes de que el pelirosado se determinara a decir su verdad en un susurro—. Eres lo que más me importa… No puedo permitir que te entregues y te pongas en peligro.
—¿Qué dijiste? —preguntó el hombre de aretes de hanafuda, también en voz baja. El comandante se puso de pié y tomó su mano para ayudarlo a levantarse. Besó su mano solemnemente y la respiración del médico se aceleró. Algo le decía que todo estaba apunto de cambiar de un modo permanente.
—Te amo. —Le dijo, su mirada castaña brillaba de puro amor y entrelazó sus dedos con los de él, aproximándose. Los ojos borgoña lo miraban emocionado, lo que dijo había sonado como el más loco de sus anhelos y el jefe de la patrulla agregó—: No solo eres alguien que podría ser clave para la humanidad, eres la persona que más me importa en este mundo.
Tanjiro no fue capaz de resistir una sonrisa y se vio impulsado por las palabras del hombre de cabellera rosa, las que igualaban su sentir.
—Yuuji, yo… también te amo. Y no quisiera tener que separarme de ti —confesó y tomó del rostro al líder, quien sonrió junto a él. Acarició la cicatriz de la comisura de su boca delicadamente, una marca de batalla tan bella como la otra que cruzaba su entrecejo.
El derrumbe de las barreras de ambos dio inicio con un suave y sensual beso que acalló todo pensamiento acerca de su falta de cordura. Se preguntaban quienes podrían enamorarse en tiempos oscuros, de angustia y desesperación a nivel mundial. Y luego, cuando el beso se volvió más intenso y sus manos comenzaron a tocarse por sobre sus ropas, recordaron que el corazón no era capaz de elegir. Ni el momento, ni la persona.
Detuvieron el beso, la hoguera ya se había encendido y en sus rostros, se notó lo evidente. No importaba lo que sucediera después, solo querían estar juntos, como fuera y donde fuera. Sus bocas volvieron a unirse de manera aún más apasionada, tratando de ahogar sus gruñidos y gemidos, con el objetivo de evitar ser escuchados en su ritual de amor y lujuria. Pronto, sus pies los llevaron a uno de los rincones de la habitación y sus dedos siguieron abriéndose camino, rozando sugerentemente, hasta deshacerse totalmente de cada prenda de ropa.
—¿Te han dicho lo precioso que eres? —Le preguntó Yuuji con voz ronca, llevando una de sus grandes manos a tocar la erección palpitante de su adorado doctor mientras lo acorralaba contra la pared.
El pelirrojo cerró los ojos y se le escapó un suave jadeo, el que su amante sofocó con sus labios.
—Tú eres maravilloso —musitó el aludido, masturbándolo también. El militar se mordió el labio inferior en una mueca de lascivia y Tanjiro se atrevió a provocarlo con algo que sabía que iba a gustarle—. Mi comandante.
—Uuuff, no me digas eso.
—¿Por qué no?
—Porque me vas a volver loco —reconoció el hombre de ojos café y su amante sonrió triunfante.
—Mmm desearía ver eso entonces.
Con fuerza, el pelirosado lo tomó del trasero para pegarlo a él, al tiempo que continuaban besándose y tocándose. Sus fantasías más calientes estaban haciéndose realidad, poder dejar todo de lado para demostrarse al fin, eso tan bello que sentían el uno por el otro.
El viento del anochecer en la playa se colaba entre las cortinas de la ventana, así como la excitación crecía entre los amantes que continuaban explorándose en un sensual juego previo. La luz comenzaba a disminuir suavemente, oscureciendo los colores de ambos, sobre todo en esos ojos llenos de amor que buscaban contacto a cada momento.
—Vas a ser mío, Tanjiro Kamado —murmuró el jefe, ya sin ser capaz de resistir las ganas de reclamar cada rincón de su cuerpo y de su alma.
—No sabes cuánto quiero… que me hagas tuyo.
Yuuji lo hizo voltearse rápidamente de cara a la pared, su cadera presionó las nalgas del objeto de su amor, quien apreció su cálida masculinidad en su piel. Los corazones de ambos estaban a mil por hora y el comandante llevó un par de dedos a su propia boca, a fin de empaparlos con saliva. Los llevó a esa caliente abertura deseosa de él y en la que tanto quería entrar, bordeándola y esperando poder penetrarla pronto. Luego de relajarlo y estimularlo, comenzó a adentrarse con solo un dedo. Un gemido un poco más alto se escapó de los labios del hombre de aretes de hanafuda y el pelirosado lo interrumpió con un sensual murmullo en su oído.
—Ssshh… Sólo yo debo escucharte. —Le dijo, e hizo su cabello a un lado con la otra mano, lamiendo el lóbulo de su oreja—. Un poco más y estarás listo para mí.
Tanjiro frunció el ceño de puro goce, apretando sus dientes y notando con claridad la manera en que el dedo del líder de la unidad entraba y salía para agregar un segundo dedo, ayudando en la sensual acción de prepararlo para él. La respiración agitada del hombre de ojos castaños en su oído subía la temperatura de ambos cada vez más y cuando supo que estaba listo, reemplazó sus dedos por la punta de su dura y potente hombría.
—Yuuji… —murmuró su enamorado, resistiendo un gemido al sentir su gentil y parcial penetración.
El aludido dio inicio a un vaivén muy suave, a la vez que con una mano afirmaba la cadera de Tanjiro y con la otra jugaba con sus pezones, rozándolos cariñosamente. Sus estocadas y sus caricias iban potenciando la pasión de los dos, ayudándolo a llegar más adentro. Jugueteó con él unos momentos más y el pelirosado mordió y besó su cuello al llegar al fondo, dándole unos segundos para terminar de adaptarse a él, pese a que creía que estaba al borde de perder el tacto.
—Mierda, se… se siente tan bien —volvió a decir en voz baja en el oído de Tanjiro y comenzó a embestirlo un poco más rápido. Las gotas de sudor comenzaban a verse en la piel de los dos, tanto como el placer acrecentaba con cada movimiento de las caderas del militar—. ¿Duele mucho?
—Un poco, pero… me encanta —dijo el hombre de ojos borgoña, su cuerpo estremeciéndose cada vez que lo notaba llegando a lo más profundo. Giró un poco su rostro y lo miró de reojo con lujuria—. Creo que… me voy a correr pronto.
—No, todavía no… Quiero disfrutarte un instante más… Aaahh —musitó Yuuji, tomando su rostro y alcanzando su boca en un beso caliente. Su palpitante masculinidad le pedía ir más rápido y así lo hizo, la mirada de ambos rebosaba de amor y deseo.
—Mmm… Dame más… Más… —rogó el doctor en un murmullo de desesperación y el objeto de su pasión concedió su petición, aumentando la velocidad con la que lo penetraba. Su interior comenzaba a hacer presión sobre aquella erección y todos esos sentimientos que los envolvían se arremolinaban en sus almas—. Demonios, ya no puedo más…
—Tanjiro… Tanjiro —susurró el pelirosado una última vez y ambos cerraron los ojos para sentir el más potente de los orgasmos dominando todo su ser.
Ahogaron un grito de máximo placer, amor y comprensión, el pelirosado lo llenó con su ardiente y espesa esencia y el hombre de aretes de hanafuda expulsó su fluído, manchando la pared. Sus corazones habían hecho conexión total y profunda, y sus cuerpos fueron los instrumentos que concretaron ese sueño romántico de estar con una persona que pudiera entregar una razón para continuar adelante, en un futuro distópico como ese.
Recuperando el aliento, Yuuji salió de él, su enamorado volteó y se besaron suave y tiernamente. Sonrisas se dibujaban en sus rostros, a la vez que se abrazaban como si pronto tuvieran que soltarse. Pararon el beso y el brillo de sus miradas conectó nuevamente, reflejando aquello tan hermoso y que ya no tenía vuelta atrás.
—No te soltaré nunca más, cariño mío —dijo Tanjiro, en voz baja. Sus manos acariciando la cicatriz de su boca por segunda vez y el comandante no aguantó el sonrojo sobre sus mejillas. Acentuó su sonrisa al ser llamado de esa forma tan especial y el pelirrojo rió un poco.
—Mi amor, nada podrá alejarme de tí —respondió el hombre de ojos café, acariciando la cabellera roja oscura con ternura. El médico buscó más de su toque, cerrando sus ojos y el objeto de su adoración se arriesgó—. ¿Juntos de aquí al fin del mundo?
El aludido regresó su mirada hacia él y asintió sin dudar.
—Juntos de aquí al fin del mundo.