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La última sesión

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Summary

Relato corto de terror psicológico, en el que acompañaremos a Sara a una extraña sesión de cine de la que no podrá escapar.

Status
Complete
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

La última sesión.

Una voz grave, retumbando por toda la sala anuncia: “La sesión dará comienzo en breves momentos, por favor tomen sus asientos”.

Se encontraba un poco adormilada y cansada, notaba como le pesaban los párpados. ¿De quién había sido esa maravillosa idea de ir a la sesión de cine de medianoche? A ambos lados se encontraban sus acompañantes: Rosa y Mateo. Compañeros del colegio, de su clase del año ochenta y dos. Hacía tiempo que no los veía, ya que Sara había finalizado sus estudios de secundaria dos años atrás. Sin embargo, encontrarse con ellos e ir al cine le parecía un plan estupendo.

No recordaba quién se lo había propuesto, ni qué sala era. Pero estaba relajada y tranquila. De aspecto algo antiguo, sobre todo comparado con los modernos cines que estaban abriendo por la ciudad; la sala no era muy grande, unas diez filas, cada una con sus butacas rojas con el asiento plegable.

Sara se fijó en las paredes de la sala. El color blanco se volvía amarillento hacia las esquinas y ahora que se fijaba, podía ver algunas grietas. Incluso lo que parecían… ¿goteras? Le produjo gracia el mal estado de las paredes, pero al mirar a su alrededor se dio cuenta que el resto del mobiliario no estaba mucho mejor. Sus tres butacas eran las que mejor lucían, las demás filas tenían butacas sin reposacabezas, o con el relleno asomando por diferentes roturas y descosidos.

Sara se dirigió hacia Rosa, que se encontraba a su derecha.

Menudo cine tan destartalado. ¿Realmente seguirá funcionando?

Rosa le sonrío. Esa dulce expresión enmarcada en su cara redonda. Era una chica algo gordita, Sara recordaba haberse reído de ella en clase. La llamaba “Gordibola”, y en alguna ocasión la llegó a empujar por las escaleras. Pero sabía que en el fondo Rosa era buena chica, y se alegraba de que ahora quisiera ir con ella al cine. En ese instante las luces se apagaron y volvió la vista hacia la pantalla.

Era extraño, la película parecía ya empezada. No había anuncios, ni créditos iniciales, ni tan siquiera título. Sara prestó atención, las imágenes le sonaban. Esto ya lo había visto, quería comentárselo a Rosa y Mateo, pero ambos estaban absortos en la película. Parecía no gustarles, ya que ambos negaban en silencio continuamente.

Sara volvió a mirar con atención las imágenes proyectadas en la pantalla. Eran los pasillos de una escuela bulliciosa, alumnos entrando y saliendo de las clases, profesores anunciando los deberes. En ese instante se percató de que faltaba el sonido, tan solo se oía el goteo rítmico del agua de las goteras. De repente la imagen cambió, unas chinchetas eran clavadas con violencia en la palma de una mano rechoncha y pálida.

No había sangre, la víctima solo apretaba los ojos con fuerza. Sara no podía dejar de mirar, se preguntaba por qué alguien aguantaría semejante dolor. En la siguiente escena volvía a ver profesores, pero en esta ocasión en actitud enojada. Estaban riñendo a alguien. De nuevo, Rosa y Mateo seguían absortos en las imágenes.

La siguiente escena, un antiguo gimnasio escolar. Esta vez parecía que había sonido, se escuchaban unos chasquidos rítmicos, cada vez que alguien golpeaba una cuerda contra el suelo de corcho. Un chico en el suelo, hecho un ovillo boca abajo, con los brazos y las palmas de las manos estiradas ante sí. La cuerda le golpeaba las manos y brazos sin cesar. Con cada golpe, Sara escuchaba perfectamente el estallido de la cuerda. El chico parecía gritar, pero no se le oía. El último golpe, directo a su cabeza, le hizo crujir los dientes.

De pronto, las luces del cine volvieron a encenderse, pero la película no se detuvo. La iluminación era mucho más tenue ahora. Al mirar al techo, Sara se fijó en multitud de pequeños focos fundidos y algunos de los tubos fluorescentes colgaban peligrosamente sobre sus cabezas. El tono amarillento enfermizo de las paredes se tornaba totalmente negro en algunos puntos por el exceso de moho y humedades.

— Chicos, creo que es mejor irse.

Ambos seguían negando con la cabeza, pero ante sus palabras cesaron. Mateo, que se encontraba a su izquierda, le sonrió:

— Cuando tú quieras Sara.

Sara miró extrañada a Mateo, no reconocía su cara. Se trataba del chico guapo de su clase, el ligue con el que soñaban todas; pelo castaño claro, piel morena y alto, tenía la mandíbula muy marcada y los labios carnosos. Pero en aquel momento parecía que tenía algo inflamada la cara, y lo que parecía una pequeña brecha sangrante en su ceja derecha.

Se volteó para preguntarle a Rosa qué le había pasado a Mateo. Ante su pregunta, Rosa empezó a llorar desconsoladamente, sin hacer ruido. En ese momento, y a pesar de la escasa luz de la sala, se dio cuenta de lo pálida que se encontraba, prácticamente marmórea. ¿Qué le habría pasado?

Se incorporó de su butaca y al instante Mateo y Rosa le siguieron. La sala estaba llena de polvo y basura por donde pisaran. ¿Cómo podía seguir este cine abierto así? Algunos de los restos de comida y basura parecían moverse, había distintos tipos de insectos entre ellos. Volvió a fijarse en la pantalla, seguía la película. Ahora aparecía una pareja besándose, sabía que habían aparecido antes. La chica era la dueña de la mano que sufría el pinchazo de las chinchetas; el chico, era el que soportó estoicamente los golpes de la cuerda. Él era guapo, y ella un poco gorda de más.

Dejó de prestarle atención a la película, no le estaba gustando para nada. Era momento de salir de aquella ruina de cine.

—Vámonos ya. Creo que no debería de estar aquí…

Salieron a un pasillo con un poco de inclinación dónde la decrepitud del edificio continuaba hacia ambos lados. La basura del suelo apenas dejaba ver una raída alfombra roja que cubría toda su anchura. Las paredes estaban llenas de marcos destartalados, que aún alojaban los restos raídos de pósteres de los últimos estrenos. La luz era aún más escasa en este pasillo. Apenas algunas lámparas parpadeaban de forma mortecina. No había nadie, sólo ellos tres.

Miró a sus acompañantes, el pobre Mateo tenía la cara en un estado más lamentable que antes. Ahora parecía tener el labio superior roto, con un hilo de sangre, necesitaría muchos puntos. La mandíbula estaba mucho más inflamada, y el golpe de la ceja ahora cubría todo el ojo. Con lo guapo que le parecía, y lo feo que lo encontraba ahora. Rosa seguía llorando, pero de nuevo sin hacer ruido. Se debía de encontrar muy mal, a su palidez se sumaba el aspecto cerúleo de sus ojos, parecían no albergar vida.

Aunque no conocía el cine, sabía que, si subía el pasillo, llegaría a la taquilla. Y si lo seguía recorriendo hacia abajo, llegaría a la salida hacia la calle. Decidió ir a las taquillas, se quería quejar para que al menos cambiasen la película. Emprendió el camino con decisión, pisando con cuidado para evitar basura y ratas. Algunas eran enormes, podía verlas escudriñando con sus pequeños ojillos rojos. No le atacaban, pero le prestaban especial atención, sus bigotillos se movían como cuchicheando entre ellas.

A medida que avanzaba por el pasillo, la luz se hacía aún más escasa. Apenas podía ver el final. Miró hacía atrás para ver si sus amigos le seguían. Allí seguían ambos, aunque no parecían muy contentos de acompañarla. Al volver a mirar al frente, se dio cuenta de que ya no podía ver el final del corredor. La oscuridad era total frente a ella, no sabía si el túnel seguía, o acababa de sopetón unos pasos más adelante. De pronto notó una presencia, algo estaba delante de ella.

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