Polaroid | Chanbaek

Summary

La historia de un agente de policía que se convierte en el tutor de un joven que lo mira de una manera que no debería. El agente Chanyeo no puede obligarse a apartar la mirada. ¿Cómo podría un hombre que ha jurado respetar la ley violar uno de los tabúes más notorios de la sociedad? ADAPTACION ©️Todos los créditos a su autora original. ⚠️Diferencia de edad 🔴Traducción mía

Genre
Romance/Drama
Author
Mitzil
Status
Complete
Chapters
2
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

UNO

Una fotografía. Eso era todo lo que le quedaba de él. El resto de él se marchó de repente, y se lo llevó todo consigo cuando se fue. Un día, todo rastro de su existencia simplemente desapareció. Como un tornado, entró y salió de su vida.

Lo cambió todo y no dejó nada.

Bueno... casi nada. Estaba la fotografía. El chico nunca supo que existía. En todo el año que cohabitaron, nunca se hicieron una foto juntos. Al menos no a propósito.

Para su cumpleaños, Chanyeol lo había llevado a la feria del condado. En retrospectiva, el chico de diecisiete años probablemente era demasiado mayor para eso, pero Chanyeol no sabía mucho de niños o jovenes. Sin embargo, el chico nunca se quejó. Con ojos redondos y caramelos en los labios, había disfrutado de las vistas con el mismo entusiasmo que cualquier niño.

—Nunca había estado en una feria.- le dijo en voz baja a Chanyeol y se agarró al abrigo del mayor para protegerse mientras la multitud los rodeaba. Nadie empujó al sheriff. Nadie se atrevió.

El chico no había hecho muchas cosas. Chanyeol no podía arreglar muchas cosas de su desdichada educación, pero al menos había podido arreglar eso. Lo llevó a la playa, al teatro y a la feria.

El hombre de hombros anchos ganó un premio en el juego del hombre fuerte y, medio pensativo, le entregó el oso de peluche al niño. No se había dado cuenta entonces de que un feriante había tomado una polaroid justo en ese momento. Los alcanzó mientras el chico estaba en una nauseabunda atracción giratoria y Chanyeol estaba a lo lejos, observándolo con una suave y extraña sonrisa.

El conductor le ofreció la fotografía a cambio de cinco dólares. Era una suma escandalosa por una polaroid sin valor y Chanyeol la habría rechazado, pero entonces vio la foto. Un vistazo y entregó el dinero sin pensárselo dos veces.

Cinco dólares por lo que se convertiría en su posesión más preciada. Era una ganga.

La guardó en un cajón del escritorio de su casa. Cuando el policía tenía días oscuros, y los tenía casi siempre, la sacaba y dejaba que le recordara la luz. Siempre tenía cuidado de tocarla con las manos limpias y de no arrugarla nunca.

Había dos figuras en primer plano. Detrás de ellas había un vertiginoso torbellino de acción, pero permanecían inmóviles. Un hombre era mayor y mucho más corpulento que el otro. Era alto, de rasgos duros y angulosos. Seguía teniendo el pelo de un color negro oscuro, apenas se marcaban unas pequeñas arrugas en las comisuras de los ojos que delataban su edad. Tenía una expresión de afecto reservado.

La emoción estaba ahí, pero había que buscarla. Como sheriff, era experto en ocultar la verdad de sus sentimientos.

La figura más joven no tenía esa contención. Era pequeño a comparación de él, rubio, de ojos brillantes y encantador. En su rostro, ojos,labios y en sus mejillas sonrosadas, estaba escrita una gratitud casi desesperada y una adoración abierta. Sostenía un osito de peluche con asombro. Era como si dijera: “¿Para mí?” Pero sus ojos no estaban fijos en el premio. No era eso lo que captaba su atención y la mantenía. No, sus ojos estaban fijos en el rostro del mayor. Su expresión era de adoración y el amor allí escrito era suficiente para dejar sin aliento a Chanyeol, sin importar cuántas veces lo viera.

Se preguntó cómo no lo había visto entonces.

Se preguntó por qué había elegido permanecer tan ciego durante tanto tiempo.

Y había sido una elección consciente por su parte. Había intentado protegerlos a ambos. Fueran cuales fuesen los sentimientos que pudiesen o no haber yacido en silencio entre ellos, no podía haber actuado en consecuencia.

El hermoso muchacho era el hijo de la hermanastra de Chanyeol, su sobrino, en cierto modo. Aunque ella se había ido y no había una verdadera relación de sangre, Chanyeol era todo lo que le quedaba. Estaba en una posición de autoridad sobre él y el chico dependía totalmente de él. Además, sólo tenía diecisiete años y Chanyeol era un hombre de treinta y ocho que había jurado cumplir la ley. No era un seductor de niños.

Pero, por supuesto, eso no le había impedido desear. Había una diferencia entre querer y hacer. Era natural desear carne joven y hermosa.

Los hombres estaban hechos así y los números en los certificados de nacimiento no hacían mella en los instintos animales que yacían latentes incluso en el más firme de los hombres. Todos los hombres tienen pensamientos de robar y matar y desear cosas que no pueden tener. La acción es lo que separa a los hombres honorables de los criminales. Chanyeol lo sabía y, aunque no podía controlar sus pensamientos, sí podía controlar sus acciones.

No podía controlar al chico, ni sus pensamientos, ni sus deseos, ni sus acciones... no había podido evitar que se marchara. Pero entonces, él nunca había anticipado que lo haría. Pensó que, a pesar de sus defectos silenciosos, habían sido felices juntos.

El año que habían pasado el uno en compañía del otro permanecía marcado en la mente del agente de policía igual que la foto estaba marcada en aquel papel Polaroid. A veces parecía una fantasía. La foto era la única prueba real que tenía de la única felicidad que había conocido. Era la única prueba de que alguna vez había sucedido. Era todo lo que le quedaba de ella. Sin ella, él no era nada. Ellos no eran nada.

Había pensado que estarían juntos para siempre. Tal vez no como deseaba en la oscuridad de la noche, cuando se tomaba la polla con la palma de la mano y pensaba en sus bonitos ojos y labios suaves, pero juntos al fin y al cabo, como padre e hijo, tío y sobrino... como familia.

Pero no eran familia.

Un punto que se había clavado en el corazón de Chanyeol por la forma descuidada en que el chico se había marchado. Había llegado a casa a altas horas de la noche, después de trabajar doble turno, con la cena en la mesa. Hacía mucho frío, pero eso era de esperar. No obstante, Chanyeol agradeció el detalle. Todas las noches el chico le preparaba la cena, hacía lo posible por mantenerla caliente, aunque nunca sabía cuándo regresaría su tutor. Era una amabilidad que Chanyeol nunca había llegado a esperar, y que siempre agradecía.

No se había dado cuenta de que la cena sería la última. Aquella noche se había acostado en silencio, con cuidado de no despertar a su pupilo, sin darse cuenta de que la cama del chico estaba fría.

No dejó ninguna nota. Sólo esa última cena, cuidadosamente preparada y compuesta de todas las cosas favoritas de Chanyeol.

Como una sonata lúgubre, Chanyeol sintió que significaba algo, pero no estaba seguro de qué.

Chanyeol no era un hombre particularmente contemplativo, ni poético. Todo lo que sabía era lo que sentía y desde entonces se había sentido desgraciado. Para un hombre que antes valoraba su soledad por encima de todo, ahora le resultaba insoportable. Cada noche, cuando volvía a su casa vacía, sentía una agonía casi física. Era como un agujero latiéndole en el pecho noche tras noche. El policía había sido herido dos veces en servicio. Cada bala había dejado su cicatrices en su cuerpo, pero ninguna le había dolido como esta pérdida.

No quedaba nada salvo esa foto. Todos los recuerdos físicos habían desaparecido. Era como si quisiera que Chanyeol lo olvidara.

Como si alguna vez pudiera.

Un hombre no olvida simplemente su corazón.

La verdad era que Chanyeol lo necesitaba. No podía vivir sin él.

Se sirvió un vaso de whisky y dejó que le quemara en la garganta. La fuerza de su necesidad le obligó y, como hacía todas las noches, abrió bruscamente el cajón del escritorio y agarró la foto con ambas manos como un hombre que se ahoga se sujeta una cuerda. Su rostro habría parecido de piedra, de no ser por el pequeño temblor de su barbilla.

Sabía que no podía vivir así. Ya no. Le costara lo que le costara, iba a encontrarlo y devolverlo a donde pertenecía.

Una sensación de desesperación casi abrumadora se apoderó de él y el agente se puso en pie. Sentía claustrofobia. Se levantó y se acercó a la ventana. La empujó con una mano y con la otra buscó a tientas sus cigarrillos.

Había dejado de fumar hacía once meses.Y había vuelto a fumar hacía tres semanas.

La temperatura bajaba poco a poco. Casi todas las hojas del magnolio habían desaparecido. El otoño casi se había convertido en invierno. La feria del condado ya había pasado. El cumpleaños del chico había pasado.

Ya tenía dieciocho años.

El aire fresco de la noche lo vigorizó, al igual que la potente nicotina en sus pulmones. Al exhalar, una idea acudió a la mente del agente. Inmediatamente trató de alejarla, pero era como el humo. Se enroscó y se instaló en cada rincón de su cerebro. Era nocivo y negro y le hizo retroceder. Aunque le repugnaba la idea, también le fascinaba, porque sabía que le daría exactamente lo que quería.

Intentó apartarlo como si fuera la colilla de su cigarrillo, pero no se apagó tan fácilmente.

Durante toda la noche, Chanyeol dio vueltas en la cama, despierto por los susurros de su ángel más oscuro.

A la luz de la mañana, sus pensamientos estaban tan retorcidos y enredados como las sábanas que rodeaban sus pies. Tropezó con el cuarto de baño y se miró en el espejo. Unos ojos oscuros y pesados le devolvieron la mirada. Se miró la cara como si buscara respuestas.

El hombre del espejo no tenía ninguna.

Se puso el uniforme almidonado, se lustró las botas y la placa y se peinó cuidadosamente. El sheriff de pueblo tenía todo el aspecto del honrado hombre de ley que era.

El uniforme debería haber servido para recordarle quién era. Lo separaba del hombre común. Le imponía un ideal más elevado.

Esta vez falló.

Cuando llegó a la comisaría, la idea se había solidificado aún más, de humo a grasa negra. Se había impregnado en sus poros. No había fregado que pudiera deshacerse de ella.

El jefe de policía se sentó frente al ordenador y, con unas pocas pulsaciones, sacó un carné de conducir.

Unos ojos marrones lo miraban desde una foto granulada del Departamento de Tráfico. Unos bonitos labios en forma de arco de cupido se entreabrieron con sorpresa. Tenía la sensación de que el fotógrafo le había hecho la foto antes de que él se lo esperara.

Chanyeol recordaba el día en que lo había conseguido. Le había sorprendido mucho aprobar el examen de conducir. El agente de policía permanecía en segundo plano con los brazos cruzados sobre su enorme pecho. Él mismo le había enseñado a conducir y le había instruido en las leyes de tráfico de Luisiana hasta que se supo el libro de cabo a rabo.

Con su nuevo carné en la palma sudorosa de la mano, el adolescente le había echado los brazos al cuello y le había susurrado al oído: —Gracias por creer en mí.-. Sus labios se habían humedecido en la mejilla de Chanyeol.

La idea de no volver a verlo era intolerable.

Tomó una decisión.

Un músculo se crispó en su mandíbula y, con unas pocas pulsaciones del teclado, abrió una nueva pantalla. La denuncia por fuga no había dado resultado, pero era de esperar. Las fugas apenas se tenían en cuenta entre secuestros, asesinatos y desapariciones y, desde luego, a nadie le importaba que un chico de diecisiete años decidiera irse por su cuenta. Era casi irrelevante. Un boletín de todos los puntos sería diferente.

Pirateó la base de datos de delincuentes e importó la foto del carné del adolescente. Los cargos inventados eran de todo, desde graffiti a robo de coche. La orden de búsqueda y captura falsificada se envió a todas las comisarías en mil kilómetros a la redonda. Todos los agentes sobre el terreno conocerían su cara y lo estarían buscando.

En el momento en que fuera detenido, Chanyeol sería notificado.

Estaba hecho.

Acababa de incriminar a un hombre inocente. El abuso de poder era asombroso.

La culpa escocía como lejía en una herida al imaginar el terror absoluto al que se enfrentaría el adolescente cuando lo detuvieran como a un delincuente común, lo esposaran y lo encerraran en una celda. La diferencia entre un hombre bueno y uno malo no eran sus pensamientos, sino sus actos. El agente Chanyeol acababa de cruzar una línea de la que no podría volver. La había cruzado por desesperación, por pasión, por obsesión... por amor.

Sus altos ideales eran inconsecuentes comparados con su necesidad.

Nada más importaba ya.

Sólo lo quería de vuelta.