Primera parte (I, II, III)

· I ·
Nubes rojas en el cielo, espuma roja en la tina de baño, rosas que se bañan de aquel mismo tono; una cascada escarlata que cae lentamente y se enreda como serpiente sobre el tallo espinado. Es cándido y tibio, es agudo y aterradoramente hermoso. Luhan le mira desde el cristal roto de su ventana, y Sehun continúa pintando el tallo de los rosales de aquel líquido pasional. Pinceles de pieles desnudas cabalgando de pétalo en pétalo, de tallo a tallo, de espina a espina. La pintura ya pronto se termina, se seca, y dedos se han cansado del arte de casi 10 horas. Entonces, Luhan baja rápido con vendas en sus manos y un poco de agua dulce.
—Por favor, no te lastimes más —dice, halando los brazos de su hermano, cuando éste, pincha sus palmas con un par de rosas, dulcemente espinadas —Vamos adentro, ¿sí? Suéltala,por favor.
Sehun besa la frente blanca, y obedece luego de un lapso extrañamente corto pero eterno a la vez. Dentro ya, de la casa vieja y despintada, el televisor es encendido, y Luhan sonríe con diversión, observando un par de muñecos gritando y mutilándose entre sí; tripas de felpa y vísceras de mentiras parecen ser, ahora, su único objeto de atención. Sehun no pasa esto desapercibido, y pronto se sienta junto a su hermano, observando la animación, sin causarle nada más que apatía.
—Mírame. Mírame. Mírame —voz autoritaria, pupilas en dirección a las muecas radiantes, a pesar que, su rostro entero sigue de frente. Las manos heridas de Sehun, de pronto, son acariciadas por las otras, y los labios de Sehun, al mismo tiempo, apresan los otros; tan salvajes, tan ambiciosos, tan desesperados.
El televisor sigue encendido, llenando el interior de una melodía ligera y siniestra. Ropas al suelo, gemidos siendo ocultos, y carnes que colisionan fuerte. Muy fuerte. La mejor de las escenas que Sehun, más que admirar, es un sentir más allá de un superficial e incontinente placer.
· II ·
El cielo gris siendo opacado por las luces de la pequeña ciudad, vientos deshojando rosales secos y árboles poco a poco muriendo. Automóviles que se mueven como si en el mundo, en realidad, no pasase nada, levantando solo polvo sucio de excremento y otras repugnancias más. El silencio también es un acompañante más de Sehun y Luhan, pero el ambiente no se siente pesado, en absoluto.
—¿Hermano, por qué nunca ríes? —suelta Luhan, pateando una roca del camino arenoso.
La repuesta no se presenta al instante, ni tampoco a los 5 minutos de haber sido preguntada, y cuando ya han dado más de 100 pasos, la afonía sigue en labios del cuestionado. El viento aún sopla fuerte, la tarde turbia se desvanece y autos comienzan a ser un poco menos. Pero Sehun, sigue sin decir ni una sola palabra, solo respiraciones rutinarias y suspiros endebles. Y no importa, de cualquier manera, Luhan se ha acostumbrado a los silencios de Sehun, a su voz extrañamente melancólica y acre, a su modo indiferente y un tanto desorientado, aunque, ciertamente, no lo es.
—No puedo reír, es todo.
—No importa, hermanito, te amo así, tal y como eres.
—Yo también.
Ambos se detienen en una casa demasiado más lujosa que la ellos; paredes bien pintadas, piso de mármol y cortinas rojas. Su madre y padre les esperan afligidos, ojos llorosos, pañuelos secando lágrimas, ropas negras y una noticia devastadora: el abuelo de Sehun y Luhan había muerto. La expresión de Sehun no cambia; seco, sin pizca alguna de dolor. Mientras que Luhan enseguida se acerca al féretro, estupefacto observa el cadavérico rostro del abuelo, escapándosele una ligera y siniestra carcajada. A su mente, le llega una loca idea, ¿qué se sentirá tocar el amarillento y tieso cuerpo de su familiar? ¿Qué habrá dentro de aquel interior descompuesto? Curiosidad removida con sigilo, hasta que Sehun y su tono autoritario, le detienen.
—No ahora, Luhan, aléjate.
—¿No es… interesante?
—No.
Las manos de Luhan son apresadas, y aunque en su mirada pide un poco más de comprensión a su extraña inquietud, Sehun se lo lleva. Y quisiera entenderlo, porque quizá, sus 12 años son llenos de eso llamado estúpida curiosidad; solo quizá.
· III ·
El timbre suena 3 veces, anunciando el fin de clases y el inicio de las siempre ansiadas vacaciones. Sehun espera sentado en una de las banquetas, bebiendo una soda de fresa. Y en cuanto Luhan sale de la escuela, entusiasmado corre hacia su hermano y le abraza con júbilo. Sus brazos cortos se enredan en el torso de inmediato, besándole la mejilla, hasta llegar con los labios delgados y adictivamente dulces. A Sehun no le sorprende en lo mínimo, y en cambio, se deja querer aun y si a su alrededor ojos les lanzan espinas, bocas expulsan veneno y dedos les señalan como si su adorada hermandad fuese un vil pecado y engendro de la naturaleza. Pero el amor clandestino sigue. Sus manos se enredan y sus ojos no miran otra cosa, tan solo a ellos y su entrañable cariño.
Pasos livianos, respiraciones tranquilas, corazones acompasados que laten solo en apariencias; guardando descargas y delirios para momentos en donde el placer y caricias emerjan. El asfalto repleto de baches, brisas despeinando cabellos de seda y un cielo rojo que admiran antes de llegar al semáforo. Inesperadamente, la paz es quebrada con un grito, seguido por lamentos y voces pidiendo auxilio. Gente se acumula en medio de la carretera, pese a que la luz ha cambiado a verde. Los pensamientos de Luhan se hallan perdidos, Sehun lo nota al instante. Ojos buscando la escena trágica, sus pies intentan llevarlo frente al accidente, y nuevamente, su hermano le atrae en un agarre violento para negarle a sus ojos el mórbido deseo. Lo cual es, ya inevitable, porque un par de personas se retiran, y le dejan el panorama abierto. El rostro del menor se ilumina, su boca se abre como si hubiese visto un agradable regalo; pozas de sangre y salpicaduras en la llanta del auto culpable, mientras que el cuerpo del occiso se encuentra doblado por la espalda y piernas escabrosamente hacia delante, tripas se hayan fuera de lugar y vientre totalmente aplastado.
—Camina, vámonos —esa voz de autoridad retorna, y por el momento, Luhan agradece que Sehun le haya otorgado el placer de mirar más allá de lo que se hubiese imaginado. No ruega por unos segundos más para alimentar aquel deleite a su dulce e infantil mirada de niño bueno, no hace falta ya, y Sehun lo comprende. Se marchan, aunque Luhan gire su rostro nuevamente, para poder, saciarse por completo.








