Más allá del destino.

All Rights Reserved ©

Summary

Iris vive atrapada en una relación sin chispa y una batalla constante contra su propia mente. La depresión, la dependencia emocional y la rutina han oscurecido su vida, mientras arrastra la carga de un vacío que no sabe cómo llenar. Su única luz es Luna, su mejor amiga: una alma libre, mística y risueña que cree en la energía de los cristales, el tarot y las fases de la luna. A través de la conexión con la naturaleza y el universo, Luna ayuda a Iris a mirar hacia dentro y comenzar a sanar. Pero nada es sencillo cuando el pasado llama. Leo, el amor que nunca pudo soltar, reaparece cargando sus propios demonios: un trauma infantil silenciado, una vida marcada por la drogadicción y promesas rotas. Juntos han vivido amor, dolor y pérdidas difíciles de nombrar. Iris deberá enfrentarse a sí misma y decidir si dejar atrás el caos o volver a arriesgarse por ese amor que la marcó. Más allá del destino es una historia de amor, autoconocimiento y superación, que nos recuerda que, a veces, la verdadera lucha es hacia dentro, y que el destino puede tener otros planes cuando aprendemos a escucharlo.

Genre
Romance/Drama
Author
KarmaP
Status
Ongoing
Chapters
27
Rating
n/a
Age Rating
18+

El peso del silencio.

Cansada de levantarme cada día con la misma sensación de vacío, de sentir que mi vida es una lista interminable de cosas que mejorar. Mi relación con Leo no es la excepción. Lo quiero, pero nuestro 'nosotros' está llenos de remiendos que no logran cubrir las grietas.

No me malinterpretes, no estoy buscando excusas ni culpables. Sólo… no sé cómo llegué hasta aquí, viviendo una vida que se siente como si no fuera mía. Tal vez por eso estoy contándote esto, porque necesito entenderlo yo misma.

Si hay algo que puedas sacar de mi historia, o al menos si me acompañas mientras trato de encontrar respuestas, bienvenido seas. Pero no prometo finales felices, ni siquiera estoy segura de que existan.

Soy Iris y esta es mi historia:

Siempre he deseado una vida distinta. Imagino un lugar donde las colinas se extienden como un tapiz de verde intenso o tal vez un pequeño pueblo costero, donde los primeros rayos del sol despierten al mundo y los cantos de las aves acompañen el amanecer. Un lugar en el que el susurro de las olas sea mi despertador, acariciando la costa como en mis libros favoritos.


Pero mi realidad es otra: un pueblo gris y olvidado en algún rincón de Zamora. Aquí las calles permanecen desiertas, como si el tiempo se hubiera detenido. A veces me asomo por la ventana y apenas veo una sombra cruzar. Es como si este maldito lugar hubiera perdido las ganas de moverse.


Cada día es idéntico al anterior: las mismas caras apagadas, los mismos sitios desgastados, y esa monotonía implacable que me asfixia. Las casas se ven descoloridas, heridas por el paso de los años. Lo que algunos podrían llamar “tranquilidad” aquí no es más que un vacío, un silencio sin alma que no trae paz, sino una quietud desesperante, inactiva, pesada. Me siento atrapada en un ciclo sin final, en una rutina que se repite como una canción triste.


El sonido del despertador del móvil rompe esa quietud sofocante. Las 7:00 am, otra vez. Otro día más. Me doy la vuelta, buscando perderme unos minutos más en el calor de las sábanas, estirando ese instante en que aún puedo fingir que estoy en otro lugar, lejos de esta realidad.


El cuerpo de Leo yace junto a mí, desnudo y tranquilo, respirando con una serenidad que casi envidio.

Deslizo mi mano por su espalda y respiro profundamente, reconociendo su aroma, familiar y reconfortante. Pero, a diferencia de antes, ya no siento el fuego que solíamos compartir. Hemos caído en una costumbre entre nuestros cuerpos. Su presencia sigue siendo un refugio, pero... ¿Cuándo fue la última vez que me hizo sentir viva? No lo recuerdo.


Algo se ha apagado, y me pregunto si él lo nota también, o si se conforma con esta tranquilidad que hemos construido. ¿Debería conformarme yo también?


Hubo un tiempo en que verlo me hacía latir el corazón más rápido. Recuerdo esa tarde, hace unos años, cuando nos reíamos sin razón y, en un impulso, nos besamos como si fuéramos adolescentes. Me hizo sentir deseada, viva, como si el mundo entero se desvaneciera en ese instante.


Ahora, esa intensidad parece un eco lejano. Nos hemos asentado en una rutina cómoda, que no es mala, pero tampoco es lo que quiero.


Me quedo un momento más, sumida en mis pensamientos. Me he acostumbrado a su cercanía, a depender de su presencia silenciosa para sentirme completa.




Estoy sentada frente a mi terapeuta, tratando de ordenar el caos en mi cabeza, como si al verbalizarlo pudiera encontrar alguna respuesta. Mi relación con Leo es lo primero que surge en mi mente.

—Siento que estoy atrapada en un bucle del que no puedo salir —empiezo—. Al principio, todo era un sueño, pero ahora... se ha convertido en una pesadilla.


—¿Qué sientes que falta? —me pregunta, con tono tranquilo.


—Esa sensación de estar viva. Me he dejado llevar por la rutina, y aunque la presencia de Leo sigue siendo reconfortante, ya no es lo mismo. Y eso me asusta.

Respiro profundamente antes de continuar.—El trabajo también está igual. Antes era mi pasión, pero ahora todo se siente predecible, monótono. Me siento atrapada, como si mi vida ya no fuera mía.


—Parece que estás buscando algo más profundo —observa ella, asintiendo—. ¿Has pensado en qué podría ser?



Salgo de la consulta sin respuestas, como siempre. La sensación de confusión persiste. Me subo al coche y, al instante, el miedo y la presión familiar comienzan a invadirme de nuevo.

Hace años que me da miedo conducir, y no logro entender por qué. Es irracional, lo sé, pero me paraliza. Mis manos comienzan a temblar, el volante se me escapa entre los dedos por el sudor, y mi corazón late al triple de su velocidad normal.


— Otra vez no... —un ataque de pánico. —Relájate, respira.


Inhalo y exhalo con fuerza, tratando de dejar que la angustia se disipe, aunque sigue acechando, impidiendo que mi vida avance con normalidad.


Hoy, como cada día, estoy en la oficina, donde me dedico a diseñar interiores de casas, edificios… Es una tarea aburrida, sin gracia, amplia pero claustrofóbica.


El ambiente es monótono: un mostrador simple, paredes blancas, y un sinfín de teléfonos que no dejan de sonar. No hay nada que inspire ni estimule mi pasión por el diseño. Los clientes, en su mayoría, tampoco son muy respetuosos.


El sonido metálico de la puerta abriéndose me sacude, justo cuando un compañero entra con su primer café de la mañana. La luz artificial inunda el espacio, y el constante ruido del teclado del ordenador llena el aire. En la radio suena "Perfect" de Ed Sheeran, una canción irónicamente dedicada a un amor perfecto, algo que me parece cada vez más distante.


Mientras coloco la lámpara y ajusto la luz, la clienta entra y se deja caer en la silla, sonriendo con superioridad.


— ¡Hola! —dice, soltando su bolso con desgana sobre la silla incómoda que ofrecemos.